Relatos

 

Aproximaciones al mundo de Genji

 

por Rodolfo Rabanal



 

 

 

 

 

El encanto de Oriente. Una mediación cultural, literaria, un contacto impalpable; lecturas ocasionales, imágenes reiteradas de máscaras blancas como harina. Incomprensión, curiosidad, atracción y distancia. Inflexiones guturales del idioma, el estereotipo de un gong, pequeñas pisadas en el talco. Y esa abundancia -o esa insistencia- de pétalos cuidadosamente sueltos, de la mención del rocío vinculada a esos pétalos.

La palabra Japón, su concluyente importancia fonética. Datos de un puzzle, no mucho más. Pero he ahí a las cortesanas del siglo X en los palacios de Heian Kyo. Y más tarde, las ilustraciones eróticas de Utamaro Utagawa, fusión insolente de refinados detalles y grotescos alardes.

Una bella mujer de piel blanca -amarilla, pero extraordinariamente blanca-, y el hermoso cabello azabache como fuerte contraste sobre la espalda desnuda. Su carnalidad emite un fulgor perlado, casi opaco. Ella se impone como una sugestión entre las líneas de La historia de Genji, la novela escrita por la dama Murasaki Shikibu, cortesana y mujer de letras.

 

Hace mil años, en Kioto, la dama Murasaki escribe: «Anoche, si bien en la penumbra creciente del ocaso, vi la flor amada. Pero hoy, una odiosa bruma la ocultó totalmente de mi vista». Se refiere al súbito flechazo que produce en el corazón del príncipe Genji una hermosa criatura apenas entrevista, y a la que, sin embargo, le es negado acceder.

 

Kioto se llamaba entonces Heian Kyo, o sea Ciudad de la Paz y la Tranquilidad, capital de un imperio severo, regulado bajo los designios espirituales del budismo zen. Eran los tiempos de la dinastía Heian, edad de ilimitada paz e infisurable poderío, y esa dinastía duró trescientos ochenta años, casi cuatro siglos de selectivo bienestar, refinamiento y cultura, Casi cuatro siglos sin invasiones ni guerras notables, dedicados exclusivamente al arte, a la religión meditada, a la política y a los sentidos. No se sabe de una «decadencia» más prolongada y armoniosa. Luego, con la fuerza sorprendente de una tormenta inesperada, se precipitó el horror y sólo hubo guerras y tormentos durante siglos. El chiaroscuro malva del placer fue desplazado por el chiaroscuro negro de la crueldad. Y desde luego, aquella literatura cayó en el olvido.

 

Pero La historia de Genji, en la versión inglesa de Arthur Waley, con sus mil ciento treinta páginas de líneas apretadas y letra chica es un tesoro que atraviesa las edades. Murasaky, de cuya vida sabemos muy poco, es como Proust. Y hasta es posible que más satisfactoria en un grado de libertad y delicadeza que desconocen el pathos moderno de la neurosis, tan decisiva en Proust y por momentos exasperante. En Murasaki no hay melindres ni ocultamientos clínicos. La complejidad espiritual de los caracteres en la corte de Kioto, la discreción cultural, el delicado equilibrio basado en la cortesía extrema, no eluden la licencia amorosa, y la «lubricidad» bajo el imperio de esos esmerados controles casi no admite ese nombre.

Se dice que es esta la primera gran novela del mundo. Ni los chinos habían logrado algo semejante. Y China es -o fue- el ideal de Japón. China, como Grecia para Roma, es el principio, la primera letra. Su idioma es venerado, su caligrafía cuidadosamente aprendida, imitada y vedada a las mujeres. En consecuencia, las mujeres se ven reducidas a escribir en japonés, y ese confinamiento las vuelve escritoras y poetas talentosas. Murasaki es una de ellas; Sei-Shonagon, otra. Ambas dominan las artes combinadas del amor y la escritura. Una escritura -es preciso insistir- que se traza con pinceles embebidos en tinta china y se colorea al agua. Claude Roy, hablando de la escritura china y por extensión de la japonesa, recuerda que un ideograma es una metáfora plástica que proclama o murmura su origen, o palabras que al decir lo que dicen imaginan al mismo tiempo su etimología. En fin, arte doble pero de significación única y sentido múltiple.

 

Curiosas mujeres -es una pena que la fotografía tardara tanto en inventarse-, ambas cultivaron la susurrante estrategia de la intriga y disfrutaron seguramente de sus resultados; las dos veneraban al Emperador y a la Emperatríz y las dos quizás compartieron amantes nocturnos a quienes ni siquiera sabrían reconocer  a la luz del día. Pero mientras que Murasaki es discreta, velada,Sei-Shonagon prefiere exhibirse como una diva. Murasaki, no cabe duda, es una artista más completa. Su novela, apoyada en un equilibrio narrativo que sólo corresponde a la alta madurez del oficio, destaca -.sobre todo- por la consistencia de un estilo horneado en el firme ejercicio poético. Por contraste, su Historia de Genji reduce a intentos precarios todo lo que en materia literaria estaba haciendo Europa en la misma época. Faltaban todavía tres siglos plara que Dante escribiera la Comedia.

Por su lado, Sei-Shonagon llevaba un diario de gossips y relatos circunstanciales, una especie de crónica cortesana destinada, en principio, a un registro privado. Su talento se manifiesta en la observación penetrante, en el infalible conocimiento de las conveniencias y tratamientos sociales. Su estilo exhibe un modelo prosódico seco y altamente categórico. Se explaya en la enumeración de vicios y virtudes, enumera montañas, lagos, sentimientos, gestos, actitudes. Señala con extrema pericia e inequívoco gusto la eficacia de un color sobre otro en la circunstancia debida, o detalla el encanto   nocturno de un rostro que no tolera fácilmente la claridad del día.

 

A Sei-Shonagon la describen hermosa y elegante hasta los cuarenta años, edad un tanto avanzada para una mujer de entonces. Un disfavor real, quizá el producto de una intriga que alguien disfrutó en su contra, la alejó un día de la corte y ya nadie supo nada más de ella. Se desvaneció para dejar su obra, ese único libro de notas personales, diario de cabecera (o de almohada, su pillow book), y el libro llegó hasta nosotros como el hálito de su propio perfume.

Sus fracasos... (Cierta-ficción por entregas)

 

por Miguel Blasco Marqués


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay hechos conocidos que se conocen.
  Hay hechos desconocidos que se conocen.
Hay hechos desconocidos que se desconocen.
Pero también hay hechos conocidos que se desconocen.
Es decir, cosas que creemos conocer,
  pero que acabamos por descubrir que desconocemos.

 

The Unkown Known, Donald Rumsfeld
 

 

Pésimo prefacio 


Si tuviera que vivir de su escritura, pasaría mucha hambre. Puede que le falte voluntad y que le sobre vicio. La libertad y la disponibilidad, por suerte, las tiene; en contraste, necesitaría un orden más férreo. ¡Circunloquios! Peor: puras pajitas mentales para omitir cierta verdad incómoda: es un can can, un vagazo redomado, Gándul, rey de Oblovomorf. 


Nota de color sobre el personaje


El otro día una amiga suya lo definió así: vistes siempre como si acabaras de salir de un after hour y no te ríes, cacareas. Podrías ser todo pero te gustan demasiado Robert Walser y Leopoldo. 


Vivir su vida

 

Acaba de llamar a esa amiga y no puede venir a verle. Le ha mandado sendos mensajitos a  L. y a E. y han pasado de él. Entonces, sin chicas, no le queda otra, escribe. ¿Es su escritura heteropatriarcal? A él le gustaría vivir en un matriarcado perpetuo, vivir mamando generosos senos y no en un sentido poético o figurado. Desea que las mujeres se empoderen todavía mucho más y ser su discreto servidor cuando no directamente un sumiso. Reivindica la figura del eunuco frente a la del torero, prefiere al príncipe Myhskin que a cualquier emprendedor tardo o neoliberal. Le fascina y le perturba a partes iguales esa carita de yonquis saciados que se les queda a los bebés después de pegarse un pico de leche materna. Ah, ¡qué vida!, todo el día enchufados a una jugosa mamella. ¿Todo lo que hacemos en la etapa adulta es una prolongación o un producto de lo que fuimos cuando niños? En ese sentido, tal vez su decisión de volverse escritor (y más que decisión se trata de un capricho, escribe solamente cuando le falta compañía femenina) atienda a un deseo infantil de protección y aislamiento, necesidades vitales resueltas, tal vez la Literatura sea para él ese gran seno al que amorrarse. Con embargo, las tetas le parecen el más prodigioso apéndice libertino del cuerpo humano y ya sean tetitas o tetazas, firmes o fofas, con forma de berenjena o de queso suizo, pezones acusadores o taponcitos para escanciar sidra, le fascinan, le interrogan. 


Los Ángeles, San Gerardo


Le gusta decir que vive en Hollywood. La ocurrencia, en realidad, la soltó una gringuita con un ligero aire a Britney Spears que estuvo hospedada en su casa vía Couchsourfing una semana (y él, para ligar, prefiere el Couchsourfing; el Tinder tiene ya demasiado de Mercadona donde se exhibe género humano directamente de escaparate del barrio rojo de Ámsterdam) y nada más entrar a la urbanización en la que reside por carambolas de una herencia familiar, Ellen, que así se llama la americana del Norte, le espetó: «Esto es Hollywood». Y él: «Venga ya». Y ella: «Yeah man, absolutely f*** similar! I travelled to Los Angeles and there are a residencial area, Sacramento Hills, very similar than this, the same mediterranean style, white houses, gardens inside, ¿de tejita baja?, ¿cómo se diche?...». 


Él no la cree, pero al llegar a casa se meten en Google Maps con el muñequito por las calles de esa urbanización de las colinas próximas a la cuna del séptimo arte y resulta que sí, es un calco literal del lugar en el que ahora se encuentra, las casitas blancas, pocos coches aparcados en la calle, ningún niño y ningún migrante jugando por las aceras, todos los chalet-tenientes parapetados tras sus muros y su línea de cipreses, faltan seguratas con pistola apostados a la entrada y cierto toque de glamour; lo cierto es que el algoritmo de la jornada comienza a derivar hacia ciertos terrenos cachondos, bromea con Ellen diciendo que su vecino siempre le había parecido Al Pacino, ríen, se beben dos botellas de sidra natural El Embajador Oaxaquense y cuando la tarde declina Ellen le deja que le mame sus tetas, y él las chupa y las acaricia cual si fuera el director de una gran superproducción clásica, un director que maneja grandes presupuestos, esmerado en conseguir un Óscar, el aplauso del gran público y la crítica. Ellen, de Indianápolis, quien, escasos instantes antes de convertirse en la madonna in the meadow de Raffael, le estaba contando que allá en su estado, en el corazón del corazón del país, se pueden encontrar unos cartelones gigantescos en las carreteras comarcales que aseguran que «Jesus is real» y «The hell is real», mas obviando toda educación puritana, salpica el encuentro con expresiones sacadas de otro tipo de cine: oh yeah, God, yeah, horny, come on, come on… y ciertamente le recuerda a Britney Spears en su versión más cabaretera, rolliza, bailarina de table dance, amablemente entregadísima a que alguien se refocile en sus turgencias. 

Observen como la calentura derrota al pensamiento


No era de esto, ni mucho menos, de lo que él pretendía hablar. 

Suceden cosas inquietantes 


A principios de otoño, una revista malagueña le encargó un artículo sobre la película El resplandor de Stanley Kubrick y desde entonces ha caído sobre él una especie de maleficio. Quiso darle otra vuelta de tuerca al film de terror, ofrecer su visión personal sabiendo de antemano que no hay otro cineasta en la historia cuyas películas se hayan prestado más a toda clase de interpretaciones, relecturas, teorías a posteriori más o menos acertadas, estudios cabalísticos, numerológicos y hasta horoscopales. Kubrick es único en este sentido y lo es, precisamente, porque trufó sus largometrajes de símbolos, claves, indicios, subterfugios formales… que muy posiblemente sean nomás que bromas para troncharse a gusto en la eternidad de todos aquellos que se las tomen muy a pecho. Pues bien, tituló el texto, cual agorera premonición, «La muerte de la Literatura en la era de las redes sociales» y puestos a soltar pendejadas –sobre dicho filme se pueden encontrar en la red dislates soberbios como que es una alegoría del Holocausto y, si uno superpone el mapa del campo de concentración de Auschwitz sobre el mapa del laberinto ajardinado, coinciden; que es un trasunto del alcoholismo de Stephen King y de la pésima relación que mantuvo con Kubrick durante el rodaje; que si uno suma por separado los números de la habitación 237 más el número de secuencias en los que aparece esa cifra le sale la fecha de los atentados de las Torres Gemelas, etc., etc.–; quiso subirse al carro también, aunque es cierto que su teoría primero la pensó y luego acudió a la película para constatar, un tanto acongojado, que se cumplía punto por punto. Y es que en la película vemos, por una parte, a un escritor novel al que se le concreta la fantasía de todo escritor novel: seis meses cuidando un hotel alejado del mundanal ruido junto a su familia a gastos pagados y a despensa llena en medio de una naturaleza imponente. ¿Y qué sucede cuando a uno le regalan ese caramelito, cuando por fin se cumplen las condiciones objetivas –tranquilidad, desahogo económico, espacio inspirador– para escribir? Pues que no se escribe nada. Imposible no establecer un eco con su propia biografía: si de normal esa urbanización en la que vive, San Gerardo Hills, es tranquila, en los meses de invierno se vacía de toda presencia humana, igual que el hotel al que acuden Jack Torrance y su familia. Las coincidencias no hacen más que cernirse kubricknianamente sobre él: en una alacena situada en la parte inferior del chalet descubre que los antiguos moradores –su familia; no hay terror más duro– han ido acumulando durante años latas y latas de conserva suficientes para sobrevivir a dos catástrofes nucleares. 


Avanzando en la película, un poco más adelante, aparece el vástago de Jack –Danny–, un niño que ha desarrollado una extraña forma de comunicación medio telepática (el resplandor) y es capaz de comunicarse a miles de kilómetros de distancia con otras personas que también gocen de dicha cualidad y, al mismo tiempo, tiene vía directa con un amigo imaginario –un tal Tony–, quien, como una especie de big data omnisciente, le advierte de los peligros y de los acontecimientos que le van a suceder. 


No excluye de esta teoría a la parte femenina, fundamental: la bellísima Shelley Duvall –Wendy, madre de Danny, pareja de Jack Torrance– cumple el papel de las antiguas bacantes griegas: en su fuero interno comprende que la situación no va a desembocar en otra cosa que en tragedia. 


Tendríamos, pues, a un hombre que trata de escribir, a una mujer nerviosita y a un niñito que lo sabe todo. ¿Cómo se representan esos advenimientos, esas prefiguraciones de Danny, su particular «resplandor»? La primera vez aparece en un plano dorsal hablando con su amigo Tony frente a un espejo (metáfora del Facebook/Instagram: mi imagen proyectada se relaciona con los otros) y más adelante moviendo esquizofrénicamente el dedito (se diría que mensajeándose por WhatsApp). Danny, y queda más claro en secuencias posteriores, está directamente en contacto con la Chingada, ese maremágnum de información que sobrevuela nuestras cabezas hoy en día, nos interrelaciona y nos adocena y que Kubrick, tremendo visionario, predijo ya en 1980. 


Tiene miedo porque lo que se deduce del film es que «el resplandor» no afecta negativamente a quienes viven bajo su influjo –a estos los vuelve autistas pero felices–, sino a los que no lo sufren, a estos les genera únicamente malos viajes, introspección, torredemarfilismo, arduos bloqueos creativos, incapacidad de interacción. Él no tiene ni Facebook, ni WhatsApp ni Instagram y si  bien todavía no la ha emprendido con nadie a los puros hachazos en la cabeza —al igual que Jack— se ha pasado el invierno sin que le salga una sola línea decente. 
 

 

Intermezzo (llega un mensajito de L.)


Los microrrelatistas la tienen corta. La prosa y la imaginación :) Q fas el diumenge?????

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La maldición de Ubangi vs. los antropólogos felices 

Prueba de que se halla bajo una especie de influjo perverso –en ese malditismo quisiera caer él, lo cierto, repetimos, es que es un vago y un tarambana– es la novela en la que ha estado trabajando durante todo el invierno y cuya extensión en un archivo de Word no pasa de las diez páginas. Aquí el fracaso es otro: trabaja sobre materiales reales –tiene cientos de carpetas con apuntes, fotos, datos y biografías– acerca de dos historias que se desarrollan en el continente africano a tiempo parejo, dos historias que le subyugan, pero en las que no sabe establecer bien la frontera que delimita dónde debería terminar lo real y dónde comenzar la ficción. Muy resumidas: 


A finales de los años 40, Dwain Espir, posiblemente un director no tocado por la varita de la elegancia y el buen hacer cinematográfico, aunque tenaz, no cabe duda, tiene en su haber películas como Maníacos Sexuales (1934), Marihuana: la hierba del Demonio (1936) y Cómo desnudarte frente a tu esposo (1937), se casa con Hildagarde Espir (de soltera Hildagarde Stadie y, antes de americanizar nombre y apellido, Maria Magdalena Strasser; sí, una mujer con un pasado no muy claro en la Alemania de Hitler, cuando no directamente una nazi redomada, amiga de Leni Riefenstahl y, al igual que ella, gran apasionada del continente africano), para más señas poseedora de una fortuna nada desdeñable, de turbio origen, excéntrica, espiritista de cafetín y parece que sumamente fácil de convencer para enrolarla en los proyectos más inútiles si estos poseían cierto morbo exótico y en los que colaboraba activamente en calidad de mecenas. Escribió muchos de los guiones de las películas que firmaba luego su marido, nada nuevo bajo el sol. No sabemos de quién pudo ser la idea, idea que fue su ruina, la ruina como el comienzo de la disolución, mas parece que cansados de rodar películas de bajo presupuesto que incluían escenas de desnudez y violencia para sacarles algún rédito, auténticos abuelos del género explotation, un buen día decidieron cruzar el charco e internarse en el África profunda para rodar The course of the Ubangi (1949), traducción española: La maldición de Ubangi. Todo coincide y ahora verán por qué. 


La película es un verdadero espanto, un cagalló de séquia infumable: ni en cuanto a forma (planos mal iluminados, cortes de montaje salchicheros, sonido mal grabado que se suple con trozos de una voz en off soporífera, música extradiegética torturante) ni en cuanto a contenido tiene nada rescatable, es abominable la manera en la que se retrata al pueblo africano, poco más que de freaks de barracón de feria ¡aun en su hábitat!, se ridiculizan sus ritos y tradiciones, hay una apestosa superioridad moral (seguramente la ascendente aria de Hildegarde) que desde las primeras secuencias se posiciona en el burdo discurso de que el hombre blanco es la civilización y ellos los salvajes. El film cuenta con una parte «documental» –reportajística más bien, estilo Norteamericanos por el mundo, premonitoria de lo que en los setenta serían títulos como Holocausto caníbal, etc.– que filmaron realmente en escenarios naturales y con una parte de «ficción» y esa es ya un despropósito, algo sonrojante, lo pueden ver, no es coña, Dwain y Hildegard trataron de ambientar interiores de África en el garaje de su casa o en el de casa de unos amigos o vaya uno a saber dónde, todo tiene un aire de cantina mexicana, de casal fallero con falla infantil de séptima categoría de fondo, de pasaje del terror chabacano con toques de vegetación artificial.  

 

Lo realmente inquietante viene después. A él le gustaría contar que todo el equipo técnico muere. Todos. Justicia poética por haber filmado semejante ñordo. Que el director de fotografía, Swen Alledan, al darse plena cuenta de aquello en lo que ha participado, se entrega a la heroína y una sobredosis lo ilumina mezzo forte en un callejón de Orlando. Que la directora de arte, Petra Dawnson, se cae por el hueco de la escalera nada más regresar a Los Ángeles, atropezzada; que el montador, Charles E. Campbell, se pega un tiro al terminar el montaje por no oír los tam-tam de la maldición nunca orquestada; que Excelsior Pictures, la productora seudofascista de Dwain y Hildegard, su local más bien, sito en la calle Augusta esquina Rodeo Drive, donde se guardan todas las latas de celuloide, se incendia misteriosamente y eclosiona. Los actores y las actrices, todos esos bastardos que interpretan los papeles de exploradores y exploradoras, acaban en un hotel de Las Vegas jugando al palanquín pekinés. Y pierden. Pero ustedes saben que no es así. San Google nos cuenta que no es así, piensa él, pienso yo, todas y todos vivieron hasta los ochenta o noventa años, jubilados en Florida, disfrutando del sol y de los burritos, yazca sobre sus tumbas y caiga sobre sus herederos la auténtica mambafolla africana. 

Shapes and colours

Bien. Todo esto lo quiere mezclar, en una especie de montaje paralelo, con otra historia, los diarios del antropólogo holandés Egbert de Vries y su pareja el doctor Johannes van der Roe quienes se hallaban muy cerca del lugar del rodaje (estudiaron hábitos de diversas comunidades entre Botswana y su vecina Zimbabue, aldeas y pequeños núcleos seminómadas próximos a la desembocadura del rio Okobongo) exactamente en la misma época y en los cuales, entre otras cosas, se explica cómo la introducción de las cerillas en esas tribus alteró sus hábitos sexuales. Los miembros de esas comunidades creían que era necesario encender un nuevo fuego en la chimenea tras cada relación sexual. Esta costumbre significaba que cada acto tenía algo de acontecimiento público, ya que, una vez consumado, alguien tenía que ir a una cabaña vecina a buscar un madero ardiendo con el que encender una nueva hoguera. En tales condiciones, el adulterio resultaba muy difícil de ocultar, lo que probablemente fuera la razón que originó la costumbre en un principio. La introducción de las cerillas lo cambió todo. Ahora bien, el material verdaderamente incandescente (esta primera anécdota, en el fondo, no habla más que de la influencia que una nueva tecnología, aun primaria, puede tener sobre las rutinas colectivas, las cerillas no dejan de ser el Tinder de esas tribus) fue el revelador estudio que hicieron sobre la etnia  de los mawharis, en concreto de los varones mawharis, dotados con vergas de entre 28 a 32 centímetros, capaces de auto penetrarse analmente, de darse por el culo a sí mismos, vaya, lo que curiosamente provocaba que siempre estuvieran mucho más alegres que los hombres de comunidades aledañas, se comportaran mucho mejor con sus mujeres, no hubiera tanto maltrato ni dominación porque eran auto-lúbricos, sin influencias externas, ya fueran estas religiosas o pornográficas. La guinda del pastel es que los mawharis eran abiertamente bisexuales y muy promiscuos, por lo que el amigo Egbert y su pareja Johannes puede que fueran, por unos días, los europeos más felices de toda África, pero si nos atenemos al sabio refranero popular dicen que la avaricia rompe el saco; en su caso, la lujuria sin control en las medidas te puede dejar el ano como un bebedero de patos, sin entrar en más desgarres, y eso fue lo que aconteció. 

 

 

Los Vagabundos


Otro de sus fracasos orbita –también– en torno a Hollywood antes de que pudiera llamarse como tal. Deseaba escribir un cuento acerca de tres personajes celebérrimos a inicios del siglo XX que se paseaban por el californiano valle antes de que un grupo de productores judíos se hiciera con el control de la ciudad. El problema es que no se le ocurren los diálogos, cuando los tres protagonistas están juntos no los oye, no le dicen nada. Comentó dicha cuestión a un escritor y este le dio un consejo práctico: «Hazles decir puras gilipolleces. ¿No te das cuenta? La gente se pasa la mayor parte del tiempo diciendo gilipolleces, los debates elevados, de altura intelectual, son pocos, impostados, y necesitan una preparación previa, un guión… aparte de que quien se la pasa hablando todo el rato con esos vuelos acaba solo o directamente loco». 


Pero nada. Ni siquiera así. No los oye. O no los quiere escuchar. Lo que, a lo sumo, ha pergeñado es una historieta para presentarles: 


En 1912, en el año cumbre de sus respectivas ascensiones ¬–merece la pena más llamarlo así que «carreras»–, Thomas Alba Edison y Henry Ford se juntan para organizar una serie de excursiones «hacia fuera» de los grandes núcleos de población y se autodenominan así mismos Los Vagabundos: les acompaña el antropólogo Robert J. Goldwin, padre del utopismo sedentario y prehipster. Se trata más bien de una serie de almuerzos o merendolas o brunchs excéntricos en donde los tres personajes celebérrimos –por distintas cuestiones eran ultrarreconocidos en todas partes– optan por retirarse durante unas horas, unos días, del mundanal ruido, esperemos que con esa sana intención de «alejarse del mundo para conocerlo un poco mejor». 
 
Hay una famosa anécdota que no valdría la pena ni relatar aquí dado que tiene todos los visos de leyenda urbana o de chiste popular: en un momento dado de su peregrinaje, se les estropea el coche y recalan en una gasolinera intercomarcal, un punto perdido en la amplia vastedad norteamericana; a retrancas consiguen acercar el primitivo vehículo a la posta gasolinera más cercana y les atiende un muchachín de esos que debemos visionar con peto vaquero sin mangas, rubio o pelirrojo y con algo de acné. El típico oil boy de las películas –aparentemente una de esas personas ajenas al mundo, piadosas, ingenuas– observa el motor y les lanza a los tres «vagabundos» al azar: 


–Debe de ser la bujía. 


En eso que uno de ellos, el primero en importancia tal vez, una importancia mainstream por haber sido el patentador en USA del popular cinematógrafo amén de otros inventos eléctricos, creador del primer lobby, auténtico gánster con traje de seda y modales de charol, se apresura a decir: 
–Yo soy Thomas Alba Edison y no es una fallo de la bujía. 


El muchacho, contrariado, mete el cuerpo debajo del parachoques para tratar de resolver el problema de sus tres extemporáneos clientes. Al rato, dice: 


–Creo que es el motor. 


A lo que el segundo en discordia –que no merece presentación: hasta hoy en Almussafes peligra una fábrica de su vasto emporio– sentencia: 


–Yo soy Henry Ford y te puedo asegurar que no es el motor. 


Ese zagalillo, que todos deberíamos asociar ya a las típicas películas mudas de los años veinte, un ser verdaderamente admirable en su bondad, alejado de todo, en las auténticas afueras, vuelve a ojear el coche y, pensando que le va a caer otra, dice: 


–Sí, claro, ¿y a usted qué le parece, Santa Claus? 


Conclusión y coda (el narrador se quita la máscara)


(Se escuchan abucheos y aplausos). Gracias, muchas gracias, que Dios les bendiga, son ustedes un público genial. Lógicamente habrán detectado que «él» soy «yo». Soy yo, en parte. Al menos la escritura me ha revelado el mayor de mis fracasos: antes, cuando era un hippie alpujarreño, ligaba mucho más, era apache, era exótico, y allá en las montañas de Sierra Nevada, al no tener mis necesidades vitales tan resueltas, escribía; ahora soy un burgués, más aún, soy el vecino de Al Pacino y vivo en Hollywood, en San Gerardo Hills, la mejor manera de terminar este cuento sería con la ley de Herodes: si no te gustó, te jodes; en el sentido de que me lo pasé tan tremendamente bien escribiéndolo que me vale vergas, mas, ¡atención!, iba a decir que eso no es justificación literaria de ninguna clase (o sí) pero adiós, adiós, que Dios les bendiga de veras porque me acaba de llegar un mensajito vía Couchsourfing de S., una bilbaína majísima, llega esta tarde, con muchas ganas de conocerme, 25 años, o sea que hasta aquí he dado de mí. 

 
 

OCHO CUENTOS

Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA FIESTA EN TEHERÁN

Hace años, en una fiesta celebrada en la terraza de una casa en Teherán, conocí a Kiarostami. Estábamos los dos solos, separados del resto, escuchando el rumor que llegaba de atrás –conversaciones,  música,  risas, cristales y platos– y mirando la ciudad que estaba debajo. 


Desde la terraza se veían  manchas oscuras e hileras de luces. Estábamos mirándola y hablamos unos 10 minutos no recuerdo de qué. Después nos quedamos en silencio una media hora, cada uno con sus pensamientos. Podría haberle preguntado algo. Pero entonces no me pareció mal compartir cómodamente el silencio con una persona casi famosa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, o como si no sintiéramos ninguna curiosidad ni nos interesara nada la vida del otro, mientras mirábamos la ciudad a nuestros pies, que desde ahí arriba era una confusión, un lento desorden apagado y sin límites, sombrío, luminoso e incomprensible.

 

EL EMBAJADOR, LA ANCIANA DESNUDA Y UNA ESPINA EN LA GARGANTA

En la década de 1930, un tío de mi padre fue nombrado embajador de Argentina en Suecia. Yo no lo conocí, pero en mi casa estaba considerado una especie de imbécil muy guapo, pomposo, conservador y lleno de prejuicios. Y algo vulgar, debido –como suele decirse– a la monotonía de sus éxitos. 


El primer ministro sueco lo invitó a su casa de campo a pasar un fin de semana. El tío de mi padre encontró a la madre del primer ministro tomando el sol totalmente desnuda sobre el césped, lo que ya en esa época debía de ser una costumbre aceptada en ese país. Imagino su cara al ver a la anciana. 


En otra ocasión, el rey de Suecia invito al cuerpo diplomático a una cena de gala. El tío de mi padre se tragó una gruesa espina de pescado que se le clavó en la garganta. En lugar de ponerse de pie y buscar ayuda, el pobre hombre permaneció inmóvil, muy erguido y digno en su silla, tratando de no llamar la atención, hasta que se desmayó de dolor o por la perdida de sangre o por la impresión.

 

LA PATADA DEL PROFETA

Estaba en San Juan de Acre, el antiguo puerto donde llegaban los cruzados para conquistar lo que llamaban Tierra Santa. Ahora, que está en manos de los israelíes, solo se llama Akko.


Hacía poco que había terminado una guerra en la frontera del Líbano y la ciudad estaba bajo toque de queda. Faltaban unas dos horas para que se iniciara y mi mujer y yo estábamos en el Museo de los Templarios. El ambiente era muy tenso entre la población local y los ocupantes israelíes. En el museo había muy poca gente.


Yo contemplaba una lanza o una armadura cuando noté que me tocaban el culo con cierta lentitud. Tras la sorpresa, me revolví con la velocidad de una mamba negra mientras rugía como un león herido. Sentí el eco viril de mis insultos que rebotaban en las viejas y gruesas paredes.


El autor de  la profanación era un chico alto y  muy flaco, de unos 15 años, vestido con una chilaba verde y amarilla a rayas, que huyó riendo  con un amigo.


Terminamos de ver la exposición y salimos. Ya faltaba poco para que se iniciara el toque de queda. La calle estaba desierta y silenciosa. 


Al girar por la primera esquina en dirección al hotel, veo a unos 20 metros la chilaba verde y amarilla que camina en la misma dirección que yo. Sin pensarlo, corro y le pego una patada con todas mis fuerzas. El de la chilaba, debido a la fuerza del impacto y a su escaso peso, se eleva unos centímetros  del suelo al tiempo que gira la cabeza. Es un hombre muy anciano que viste igual que el chico. Al comprobar mi error y temiendo la lapidación de los vecinos, echo a correr en dirección contraria, mientras mi inocente víctima huye despavorido hacia adelante.


Toda la escena transcurre en silencio ante mi mujer, que se queda quieta y sola en medio de la calle. 


El anciano no dijo ni una palabra, ni siquiera emitió un ligero gruñido al sentir el golpe, como si el castigo fuera justo y merecido por algún pecado que hubiese cometido en el pasado, o quisiera cometer en el futuro.

 

UN HILO, UNA AGUJA Y UN BOTÓN

Tengo que coser el botón en la manga de una chaqueta. Intento enhebrar la aguja. Después de unos diez minutos infructuosos pienso que el hilo es más grueso que el ojo de la aguja. Después, comprendo que la aguja o el hilo  juegan conmigo. A veces, el hilo está por entrar y se dobla. A veces, entra unos milímetros pero un movimiento, por pequeño que sea, lo hace salir. Al fin, después de unos veinticinco minutos, logro enhebrar la aguja. A una distancia respetable hago un nudo y corto el hilo. En vez de hacer un nudo sencillo hago, con las consiguientes demoras y fracasos, un nudo complicado que aprendí cuando era chico y asistí a un curso de navegación a vela. Pongo el botón en posición y desde abajo atravieso la tela y uno de los cuatro agujeros. Una duda. ¿Lo coso en un orden, digamos, circular o en cruz? En cruz es mas bonito y da más sensación de firmeza. Doy unas diez puntadas y noto que en la última he cometido un error. Meto la aguja por debajo del botón y descubro que, inexplicablemente, el hilo está por fuera desde el movimiento anterior. Así que ahora tengo un hilo al lado del botón y otro saliendo por un agujero. Trato de volver atrás pero lo único que logro es que se enrede. Doy varias vueltas con el hilo en la base del botón y lo corto. Separo las dos puntas con cierta dificultad porque no me puedo humedecer los dedos debido a que tengo la aguja entre los labios. Hago cuatro nudos consecutivos, esta vez sencillos. Espero que el botón no se caiga y que  no  me trague la aguja.

 

 

SOLO EN LOCARNO

Voy a desayunar. Estoy solo en Locarno. Los otros se han ido por ahí. Me siento debajo de un toldo amarillo que han puesto en el jardín del hotel porque acaba de empezar a llover de nuevo. Los fantasmas están alrededor de mí y reclaman mi atención. Quiero que se vayan, pero son pacientes y, cuando uno cree que se han ido, vuelven. Oigo las gotas de lluvia sobre el toldo amarillo. Dentro de un rato, en una comida, conoceré a otra gente. Aquí, bajo el toldo amarillo, no tengo ninguna curiosidad, ningún interés, ninguna esperanza. Estoy cómodo mirando las plantas verdes. Me podría quedar así toda la vida.

 

VIAJE EN GLOBO

Como Gambetta, yo también viajé en globo. Fue en Ginebra. El aparato se elevó lentamente con un ligero balanceo. Al principio, me llamó la atención que en el cielo no sintiera ni la más leve brisa. Luego, comprendí la causa. 


De pronto, el viento nos llevaba hacia el aeropuerto, lo que causó cierta inquietud en el piloto. Cuando estaba por llamar a la torre de control para avisar de nuestra situación, la trayectoria cambió. Tal vez porque no nos conocíamos, no hablamos mucho durante el vuelo. Yo escuchaba el silbido un poco ronco e intermitente de la llama de gas que producía aire caliente. Miraba el cielo, el borde de las nubes, los Alpes y la tierra marrón y los árboles. Recuerdo que no pensaba en nada y que en ningún momento vi el lago.


Un tiempo después, aterrizamos con suavidad en un prado verde. El piloto sacó con estudiada teatralidad una botella de champagne para celebrar nuestro primer viaje en globo. Brindamos con una excitación ficticia y una alegría un poco forzada en unos lúgubres vasos de plástico.

 

ARROZ TRES DELICIAS

Al mediodía voy a un restaurante chino con una amiga. Se acerca una camarera. Le digo: 


 –Alós tles delisias. 


La mujer pregunta sorprendida: 


–¿Qué? 


Yo repito, ligeramente avergonzado: 


–Arroz tres delicias. 


Y ella dice en voz baja mientras apunta: 


–Alós tles delisias.

 

EL ANILLO DE LOS TERREMOTOS

Hace años, cuando estaba de viaje, entraron a robar en mi casa. Se llevaron varios objetos, pero para mi, el más valioso fue un anillo de oro con un rubí de mi tatarabuelo. Relativamente grueso, como suelen ser  los de hombre,  tenía labradas unas flores y hojas y el oro era un poco más oscuro que el habitual, como si se lo mirara con los ojos entrecerrados.  El rubí era redondo, como una lenteja no del todo opaca y estaba engarzado en una especie de corona. El rubí parecía que flotaba. Lo que ignoro es si el anillo fue originariamente de mi tatarabuelo  o si perteneció a su padre o al padre de su padre.


En  1861 se produjo  en la ciudad de Mendoza, donde vivía esa parte de mi familia,  el terremoto más devastador de su historia. Mi bisabuelo era  un joven militar y ante el hecho de que sus superiores hubieran muerto o huido ante el caos, se hizo cargo de la defensa de la ciudad para controlar los saqueos que comenzaron casi inmediatamente. Cuando llegó a su casa para comprobar el estado de sus familiares, descubrió que todos estaban muertos y que un asaltante estaba cortándole el dedo a su padre para robarle el anillo. Mi bisabuelo lo mató al instante allí mismo.


Muchos años después, mi padre,  acompañado por mi madre con quien  se acababa de casar, se trasladó a la provincia de San Juan, limítrofe con la de Mendoza, para ocupar un cargo en la administración pública de la capital. Entre las alhajas que llevaban estaba el anillo. 


Poco tiempo después de su llegada, en enero de 1944, otro terremoto destruyó el ochenta por ciento de la ciudad. Mis padres se salvaron porque esa noche de verano habían ido a la finca de unos amigos en las afueras  y estaban cenando al aire libre. Cuando varios días después pudieron ir al centro, descubrieron que su casa estaba totalmente destruída. Recogieron sus pertenencias y poco después se trasladaron a Buenos Aires. 


A pesar de este comienzo violento y aventurero, sus existencias fueron relativamente placenteras, sin grandes sobresaltos, con la excepción tal vez  de las fiestas a las que iban y a los viajes que hicieron.


De su estancia en San Juan, mi padre me contó solo tres anécdotas: la del terremoto, el hecho de que el clima era tan seco que casi no tenia que secarse después de salir de la ducha y las visitas que hacía con mi madre a la casa de campo de una amiga que tenía tantos empleados que al no recordar sus nombres los llamaba exclamando «alguno».


Lo que nunca llegué a saber es si mi bisabuelo tuvo que terminar de cortarle el dedo a su padre para apropiarse del anillo.

 

 

REDOBLE

Javier R. Swift

A Andrea Balzola
txalapartari

 

 

 

 

 

Para mí fue como entrar en un sueño aquel redoble de tambor, aquella mazmorra que se adhería a la claridad del tragaluz cuando el centinela dio siete vueltas a la llave. Recuerdo que fueron siete, y no seis u ocho, porque en cada vuelta destejí cada uno de los días que pasé allí. En la primera vuelta, mi corazón golpeó el pecho con fuerza. Ya es hora, me dije, y andaba equivocado. En la segunda vuelta, acicalé mi pelo con la saliva que escupí en mis manos. La tercera mejoró mi ánimo y disposición. La cuarta, retocada y con dificultad, agujereó cualquier énfasis premeditado. En la quinta regalé mis pertenencias a las cucarachas. La sexta, llave o vuelta o hierro doblado, pertrechó mi ánimo con redoblado esfuerzo y la séptima ya abrió la puerta que me devolvió a la luz. No importaba más que la luz en aquella mazmorra despechada aun a sabiendas de que me devolvía a mis últimas horas entre los vivos. 


Siete días pasé en aquella mazmorra angosta, lejos de mi tierra. Los calamares se adherían a mis harapos cuando subía la marea, yo me subía al catre y la almohada se reblandecía húmeda. Ahora entendía la ironía del calabozo y su oscura marmita de pescado repleta de cefalópodos y ostras. Última voluntad: el tragaluz. Y tuvieron la delicadeza de traerme una botella de vino que escancié en la soledad gutural de mi caverna, al abrigo de miradas indiscretas.


En las desprevenidas horas previas, mientras el redoble se hace presente en la luz del patio, hago fe de vida y me pregunto qué hubiera sido de mí si la vida hubiera trazado una línea recta desde mi nacimiento a mi muerte: el esclavo Toussaint, cochero de una plantación moriría de viejo en el galpón mirando la única tierra que ha conocido, la única luz que ha visto. En cambio, Haití, la perla negra, liberada de manos de los franceses. La esclavitud abolida. «Ningún hombre, nacido rojo, negro o blanco, puede ser propiedad de su prójimo» (Toussaint Louverture, revolucionario).  

Allí. Por allí sopla. Y los marineros acumularon su orgullo en las manos. Desollaron su piel al ritmo de la caza que iniciaba el redoble. Era un negro inmenso el que en cubierta, blan blan / blan blan, percutía en los demás. Atentos al contracanto de las sirenas, perdieron de vista su estela los ojeadores y la mujer sollozó en su camarote deseando el cuerno del narvaal y su potencia extática. La mar se calmó y siguió un rumor de oleaje en las entrañas, un ritmo distinto y frenético, y era Ahab, quien con su pata de palo llamaba a las Erinias, danzas de la noche negra. Partenón, su perro fiel, afiló las fauces con una maroma desgastada, y Ulises, a quien los dioses concedieron toda suerte de dones tanto en la batalla como en el amor, rememoró su infancia desde la cazoleta del vigia. Su vista, aguda y de perfil, sabía de pliegues y mareos. Cuando ya la luna acariciaba poniente y su ánimo se tambaleaba, Ulises gritó en lengua antigua y extraña: «Tierra a la vista». Su grito palideció la brisa mañanera y los remeros soltaron sus colofones: habladurías, chismes de marineros corrieron como reguero de pólvora. Y es que allí, donde todos clavaban su mirada, una columna negra de veinte mil hombres avanzaba hacia ellos sobre las aguas. Se invocaron santos en lenguas autóctonas. Se rezaron versos prohibidos. Ulises deseó ser el capitán de aquella bella formación negra que venía hacia ellos en algarabía de voces, que avanzaba como una sola presencia, y él, tan caro, no pudo obtener la dádiva de los dioses. Dioses extraños, de agua y miel. Toussaint Louverture, el esclavo, arremetió como un solo hombre contra siglos de grilletes, de candados y de afilados arpones. Solo yo, el hijo de Agar, la esclava, el huérfano Ismael, logré escapar de aquel triste destino navegando en un ataúd a la deriva.

 

AMISTAD SIN PALABRAS
Michel Marx

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando era niño, desde mi nacimiento hasta mis trece años, todos los años fui a pasar las vacaciones de verano con mis padres y mis dos hermanos a Cadaqués, cerca de Porlligat, el pueblo de Salvador Dalí. Lo recuerdo perfectamente, llegando todos los días en una limusina conducida por un chófer, con su ropa de terciopelo, y regalando postales autografiadas a los niños que jugaban en la plaza principal, de las que no me queda ninguna –niños protegidos por sus padres, quienes tomaban copas al sol en la terraza del Hostal, famoso bar de Cadaqués, con una actitud entre burguesa y hippie, típica de los años sesenta y del lugar, o de lo que me queda de la sensación del lugar, de la Movida vista por un francés. Para sentirme apegado a aquellos momentos, cuatro décadas después, pasado un año desde mi divorcio, decidí ir a Cadaqués en verano con mi hija de nueve años y mi hijo de seis. Cada calle, cada piedra, cada sensación eran familiares. A mis hijos les encantó el pueblo, su mar, sus tiendas, su configuración, quizás mi emoción. Mientras caminaba detrás de ellos, que corrían como tantos años atrás lo hice yo en este lugar que no había cambiado, se me aparecieron, como un texto en una pantalla mágica, los nombres de Rosendo e Isabel Fruns Tobar. Sorprendido, pero consciente de que era una llamada a través del tiempo, recordé que esta pareja  era muy cercana a mis padres y que, durante el año en París,  entre estas vacaciones regulares catalanas, hablaban sobre sus grandes amigos Rosendo y Isabel Fruns Tobar. Así que me dirigí a una oficina de correos para leer el directorio y, por suerte, encontré el nombre con su dirección y número de teléfono. En lugar de llamar, decisión que habría considerado brutal, le pregunté al empleado cómo llegar hasta allí. Cinco minutos más tarde, después de subir por uno de los callejones, descubrí el número de su casa pintado en un azulejo inclinado.


No había nadie, y una vieja vecina, que nos miraba atentamente, como si buscara algo, me informó de que el señor Rosendo se había ido a su casa en Barcelona y que regresaría al día siguiente, alrededor de las 6 p.m., horario del autobús diario.

 

Mientras la vecina hablaba para averiguar por qué habíamos ido allí sin preguntarlo explícitamente, recordé que en realidad eran de Barcelona y que, como nosotros, que vinimos de París, pasaban cada verano en Cadaqués. ¿Ya tenían esta casa en propiedad? ¿La alquilaban? ¿Era otra? No lo sabía, en la oscuridad del pasado estos detalles no ocupaban espacio. Cuando regresamos, un día después, fiel a la imagen que tenía de él –con el Tiempo, las miradas permanecen–, Rosendo estaba esperando congelado frente a su puerta. Inmediatamente, sin darme tiempo para hablar, me llamó René, el nombre  de mi hermano mayor. O los años lo hicieron confundir nuestros andares, o mi cara había cambiado tanto como él pensó que el tiempo iba a dibujar la de mi hermano, o simplemente nos parecíamos. Le dije que era Michel. Se disculpó. Ahora yo tenía la edad de mi padre en el momento de su legendaria amistad. Mis hijos se rieron,  aunque les inquietaba un poco la apariencia anticuada de Rosendo que a mí no me asustaba porque hay en ella algo familiar. Ya había intuido que Isabel había muerto  porque la vecina no la había mencionado. Triste, Rosendo me lo confirmó. Me dijo que, acostumbrado a venir, había continuado viniendo sin ella porque no veía otro lugar para pasar el verano; era un hombre solitario. Le conté lo de mi padre. El lo sabía. ¿Cómo lo supo él? No lo sabía, pero él lo sabía. Lentamente, sirvió refrescos, contó algunos recuerdos y, de repente, rememoró cómo se conocieron. Rosendo ahora estaba seguro de que yo había sido el agente de ese encuentro (¿pero todavía estaba equivocado?).
 

Cuando era muy joven, me caí frente a su casa, que ya era esa, confirmó, y, al ver la sangre que salía de mi rodilla, mis padres entraron en pánico. Rosendo había indicado el hospital e Isabel se ofreció a quedarse con mis hermanos mientras se atendía mi lesión. Mis padres no los conocían, pero por un inexplicable sentimiento de confianza dejaron a mis dos hermanos con ellos y nos fuimos. Me suturaron la herida y, cuando volvimos, mis padres y los Tobar Fruns se habían convertido  en los mejores amigos del mundo. Nada quedó de este evento. Sin esa visita, nunca habría sabido cómo se forjó una amistad que duró toda la vida, hasta la muerte de mi padre, lo que aprendieron, una prueba de que el hilo nunca se había cortado cuando el hilo que seguramente me habían cosido en la rodilla en este hospital extranjero no me había dejado rastro, ni siquiera un recuerdo.
 

Después de un momento, debido a que mis hijos no entendían el español, sugerí que Rosendo continuara en francés para que pudieran beneficiarse de esta encantadora conversación. Le expliqué que aprendí español y que luego lo practiqué  en mi trabajo, pero que, por supuesto, los niños aún no lo hablaban, aunque seguramente lo aprenderían más adelante con mi ayuda. Rosendo, presumiblemente perdido en mis explicaciones, respondió que no hablaba francés.
 

Le pregunté si, en ese caso, era Isabel la que lo hablaba. Él respondió que ella tampoco lo había hablado nunca.


«¡Pero mis padres no sabían más de tres palabras en español!», exclamé.
 

Se hizo un silencio en el que me pregunté cómo era posible que existiera una relación sin diálogo, por lo que, naturalmente, le pregunté a Rosendo en qué idioma se comunicaban. Rosendo respondió que no hablaban. Tal vez había gestos, miradas, y así se entendían, y eso fue suficiente para construir una amistad profunda y para siempre. Después de enterarme de esto, mi confusión fue tan grande, la melancolía de Rosendo, sin Isabel, tan obvia –incluso si la ocultaba–, y el aburrimiento de los niños tan intenso que decidimos irnos. Entonces él me preguntó si había vivido mal el cambio de mi madre, el hecho de que en algún momento de su vida había decidido dejar a mi padre por una mujer. Como no sabía si era un asunto que le había contado mi padre en el momento de su crisis de pareja o si la realidad era que, siendo joven, no había tomado conciencia de la situación  y creí la versión de mi madre, según la cual su relación con esa mujer era para ambas  una simple amistad de esposas decepcionadas, no supe qué decir y me escudé  en una mirada que daba a entender que mis hijos eran pequeños y que era mejor no discutir este tema delante de ellos, incluso si no entendían el español. Cuando me levanté, comencé a murmurar una frase que decía que no sabía si tendríamos tiempo de volver... Cuando cruzamos la puerta, él se despidió, por supuesto en español: «¡Ah! las palabras son muy torpes... », una forma de excusar gentilmente esta regla de silencio que, a mi manera, y tal vez en cierto modo clandestina, por una razón comparable a lo que uno podría llamar la negación, estaba perpetuando.
 

Una relación no requiere diálogos, todo es interior, y si el sentimiento está allí, lo cubre todo: las imágenes, el paisaje, las fronteras, los personajes, el pasado, el presente y el futuro. Y la pantalla sigue siendo blanca y los altavoces permanecen  en silencio, como en un cine abandonado. Esperan, como marionetas, la evocación de recuerdos que hicieron la historia, pero que solo cobran vida cuando alguien tira del hilo casi invisible pero nunca perdido por completo mientras la vida esté allí... merodea en los callejones, dueña de la infinita extrañeza de los elementos que, más allá del peso de las palabras, o en su frontera tenue, recuerda sustancialmente los lazos como los vio nacer, como la piel de un niño cosida, una herida borrada en la rodilla.

 
 
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