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© Carlos Maiques 

Relatos

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Registros núm. 5

«Justicia»: Jesús Pérez Caballero

«India Púshkar»: Xavier Corrales

«La soledad del germitaño» Carmen Borja
«Dos cuentos»: Oscar Peyrou

«Defensa»: Fernando Bergón

«EPI-SO-DIOS CON DIOS. DIOS +/- DIOS= PATADIÓS»: Hilario Traver

Registros núm. 4

«Putos escritores»: Rafa Camarasa

«Paleta de colores»: Inés Matute
«Método»: Pablo Miravet Bergón

«Defensa»: Fernando Costa

«Seis cuentos»: Oscar Peyrou

Registros núm. 2

«Tribu de incendiadas pupilas»: José Vidal Valicourt

«Relámpago»: Jose Saz 
«El artista de la valla»: Lucía Pons Verduch

«Diez cuentos»: Oscar Peyrou

«Los dedos de la pianista»: Wenceslao Ventura 

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Justicia

Jesús Pérez Caballero


 
Queridos huéspedes, la historia comienza con un entierro. Escuchen con paciencia, ya que les hablo, ocultamente, no solo de la muerte, sino de nuestra gran y maltratada patria continental, de su justicia y de lo que es imposible medir en términos de justicia o injusticia.  


Evoquen el cementerio. Imaginen a la madre, al padre, al hermano de la muerta. Sus primos, niños contentos por haber perdido un día de clase. Sus abuelos, para quienes su nieta era prenda injusta dejada en tierra. La despedían, también, sus amigos. Del dolor, Guada, su mejor amiga, con su mismo nombre –por eso se hicieron tan, tan cercanas–, repetía mentalmente, hasta agujerearlo, el punto donde se conocieron.
El novio de la fallecida, Agus, fue el último que la vio viva, y los familiares, con la soberbia del cazador frente a los animales disecados que adornan su la casa, concluían que él les debía algo. Eran injustos, pero nada les aplacaría más que intercambiar a Agus por la muerta. 


Sin embargo, la educación de los familiares y la tristeza del momento vedaban los reproches. Ustedes, huéspedes, saben que una muerte es un amortiguador, una muralla que detiene los pensamientos más descabellados vinculados al fallecido. La muerte los detiene, pero no los disipa. En ocasiones, los pensamientos pueden regresar deformes, con la saña que los nómadas tendrían hacia la quietud de este salón donde escuchan esta historia, saña hacia nuestra mesa puesta, con la acritud de quienes odian cualesquiera cuatro paredes.


La fallecida era católica, por lo que el cura importaba. Cuando Dios pervive de refutaciones, una muerta creyente es un déjà vu. Símbolo de lo que pudo ser y no fue en una hija de Dios, es parte de la corriente, interrumpida, sí, pero encauzada al futuro feliz. Terminar bajo tierra es –emic– tanto urna que conserva como acelerador de resurrecciones. Baste añadir que en nada de esto creía ninguno de quienes despedían a la muerta.  


El hermano agarró una pala, el padre otra, y arrojaron terrones al ataúd. Agus había amagado con tomar una, pero nadie lo miraba a los ojos y entendió que no tenía permiso. Pensó en esas historias rocambolescas de ataúdes arañados por dentro. También en que, si la muerta resucitase –o mejor, si fuera un error y nunca hubiera muerto–, lo primero que tendrían que anunciar era su matrimonio, pues se habían comprometido horas antes del accidente. Se retrajo bajo el árbol, con los niños. 


El cura terminó de rezar. La tierra cubría la tumba. Ni siquiera la madre entendía ya si su hija muerta era algo distinto a los objetos que de ella pervivieron (su último vestido, la cama de chiquita), y hacia esos objetos iba la imagen de la muerta, en una traslación parecida a la extinción de varios fuegos a la vez y que no tiene nada que ver ni con el olvido ni con la metempsicosis. Los vivos comenzaban a normalizar esa muerte. Situaciones así tienen un final previsible: la costumbre del ritual espacia las reacciones emocionales hasta una petrificación que sí es olvido. Los asistentes, en fin, deseaban volver a sus hogares. 


Sin embargo, cuando la madre dejó de llorar, queridos huéspedes, algo extraordinario sucedió: el suelo se agitó. El cura, por ser el único que estaba acostumbrado a pedir explicaciones a un ente superior, racionalizó mejor los temblores. Observó a los asistentes con una mirada serena que devino frenesí cuando los temblores fueron tan violentos que derribaron a muchos. El miedo de los asistentes, queridos huéspedes, se agravó y se anegaron de sí mismos hasta que cada uno pensaba exclusivamente en cómo escapar, aun a costa de abandonar al otro. Pero permanecían quietos.


Su parálisis contrastaba con el suelo, que continuaba moviéndose. No era un terremoto, ya que salían volando trozos de tierra y los cortes en esta eran rápidos, amplios y profundísimos. Era, más bien, como si una gran bestia, subterránea y necrófaga, hubiera logrado acumular las fuerzas necesarias para levantarse. El cura iba a ordenar algo cuando la madre gritó y todos se giraron hacia el ataúd, al que vieron alejarse atraído hacia el fondo de la tierra. A su vez, el ataúd era como fuego entre papel, pues a medida que caía destruía su derredor. 
Pero no era solo eso, sino también que, a medida que cesaban los temblores, el centenar de metros a la redonda que rodeaban el ataúd habían estado elevándose y desgajándose de la tierra. En el centro del trozo de tierra, quedaba un hueco por el que algunos vieron que el ataúd, diez metros más abajo, al caer y chocar contra el suelo, se había abierto y así los despedía la muerta. 


Aunque seguía ascendiendo, el trozo de tierra ya no temblaba y el hermano de la muerta corrió hacia uno de los bordes y vio, no tan lejos aún, el cementerio. ¿No sería posible que fuera el resto del mundo el que se hundía? Escuchó un grito: un amigo de la muerta se había arrojado al vacío, arriesgándose a las consecuencias de una caída de treinta metros. Era curioso de ver cómo la mayoría de amigos, animándose entre ellos, lo siguieron y también se lanzaron. Al chocar contra el suelo, pocos se movían y los que lo hacían se revolvían entre contorsiones de dolor. Solamente uno, por caer sobre hojarasca y rodar luego por un terraplén, se levantó aparentemente intacto. Era un puntito que corría hacia quién sabe dónde y movía las manos hacia arriba, apuntando al trozo volante de tierra.


El hermano de la muerta le urgía a su novia. Debían apresurarse a saltar. Intentaba convencerla, pero ella se negaba y buscaba con la mirada la ayuda de los demás. Alegaba que no sobreviviría a la caída y que prefería estar con sus amigos. Además, abajo, en grutas recién formadas, había visto moverse cosas raras. Se insultaron y él la empujó al vacío. Al verla caer, la seguía insultando y se burlaba, y a ella la falda le cubría el rostro, pero el relieve de la cara se notaba iracundo, como si, primero, buscara dar dentelladas a su asesino, al que maldecía mientras se perdía en el vacío, y después mordiera lo poquísimo que le quedaba de vida.
El asesino retrocedió. No se atrevió a lanzarse; verdaderamente, eran ya más de doscientos metros de altura y se sorprendió al constatar que, de hecho, nunca había tenido la intención de saltar. El cura había acercado a él. Buscando la comprensión sobre pensamientos tan mezquinos, el asesino confesó al cura su maldad y su cobardía. Ambos se alejaron del borde y el cura, temblando, para hacer como que le comprendía y disimular cuánto lo estaba odiando, le reconvino: «No debes pensar en el suicidio». Guada había llegado y lloraba frente al el asesino, que le espetó que en momentos de tensión pasaban accidentes y que, de todas formas, solo quedaba ya morir. «Pero si yo te perdonase no quedaría nada de ella», lloraba Guada.
La mayoría rodeaba a los abuelos. Los viejitos, agarrados a una lápida aún en pie (el zarandeo había tumbado la mayoría de ellas, pero algunas decenas todavía parecían firmes), decían que no había que preocuparse. De hecho, la anciana no estaba preocupada en lo más mínimo. Ya fuera por la felicidad hindú de pensar que todos morirían juntos –la señora rondaba los cien años–, ya por un deseo autodestructivo de novedades que compensara su jubilación tan reglada, se sentía hasta contenta, como si lo que estuviera pasando fuera un último regalo, capcioso, de su nieta. El viejito estaba en la misma onda, y cuchicheaba a su esposa que debía encontrar cómo anotar tantos testamentos y que él iba a organizarlo todo.


Las hipótesis sobre lo que estaba pasando eran extravagantes. Para el cura, por ejemplo, estaba claro que Dios los elevaba, ¿quién si no? Un niño pensaba –pero bien que se lo callaba– que la ascensión era el castigo por un robo que, recientemente, le reconcomía antes de dormir. La idea de castigo, sin embargo, no era muy popular entre un grupo que, sobre todo, pensaba la ascensión como una putada. Se reconocía a esa pavorosa putada rasgos emblemáticos («¿qué representamos nosotros en esta nueva arca de Noé?») o pseudocientíficos («¿no habremos enterrado a la muerta sobre un OVNI?»), pero sus reflexiones se detenían ahí.


El abuelo de la muerta preguntó si se sentían mal, pero nadie, salvo por la ansiedad, notaba un malestar especial. «¿A qué se refiere?», preguntó un tío, el más rico de la familia. «A si pueden respirar bien», contestó el abuelo. Agus añadió que ese sería el principal problema: la falta de oxígeno. «No sé cuándo llegaremos, pero seguro que en el espacio exterior no podremos sobrevivir», puntualizó. «Los celulares no funcionan y tampoco Internet», agregó, como para replantear el acertijo. 


De momento, no había miedo. De la misma manera que fue absurda la manera de desprenderse del cementerio y elevarse, el grupo confiaba en una reversión de naturaleza similar que devolviera el trozo de tierra a su sitio. Aun así, Agus se percató de que, por primera vez, en esa situación, el hecho de no ser de la familia jugaba en su contra. Queridos huéspedes, ya saben que cuando un grupo está en un peligro prolongado, se busca un chivo expiatorio. La idea de sacrificar a cambio de aplacar es una de las más poderosas –y ya lo escribió, ahí sí, bien, De Maistre– que sobrevive latente o explícitamente en las sociedades, aunque se desconozca el sujeto que se beneficiará del sacrificio.


El cura dijo que él tenía fe y que  con eso era suficiente, aunque nadie más creyese. Usó la expresión, jugetona pero desangelada, de «milagros factibles» y citó la Ciudad de Dios de San Agustín como un chiste ya para sí mismo. Nadie le hacía caso («felpudo de Dios, que ocultas el pecado del mundo», le increpaba mentalmente Agus). De hecho, parte del grupo temía lo que, para ellos, eran «las incoherencias del cura viejón», como si querer borrar cualquier añadido de irrealidad fuera un primer paso para entorpecer la extraña ascensión. 
Pero ese escepticismo no era generalizado; de hecho, en los niños sucedía lo contrario. Los chamacos comenzaron a buscar explicaciones, precisamente, ampliando las incoherencias hasta descoyuntarlas: contaban que seres con rostros numulares, escondidos entre las lápidas, les hacían burlas, y que otros los llamaban por huecos que asomaban por el que la tumba dejó. Los niños se subían al árbol y, desde allí, jaleaban tonterías siniestras, como si estuvieran idos («odra, odra, odra / peor que la camorra / dek, dek, dek / te veo del revés / aquellos Caramoneda / que vienen de chaqué / se comen afanosos / las manos del que ve»), y conspiraban para salvar a los pájaros –el único alimento, junto a los insectos, de los supervivientes–, puesto que uno de los Caramoneda les había dicho que las aves los guiaban al reino al que se encaminaban. Algunas de esas chorradas calaban en los adultos más temerosos que, esperanzados y delirantes, les pedían más explicaciones. Con ello aburrían a los niños, incitándolos a continuar el juego de extremar, todavía más, la imaginación.


Durante la ascensión, el grupo lloraba de cuando en cuando. Como animados por descargas eléctricas, cada uno se apoyaba en el lloro del otro, y los gemidos, como si sacrificaran a mil cuervos a la vez, alcanzaban cotas de malestar insoportables. Esa insoportabilidad era el punto de inflexión, y el sonido amainaba para acabar en lamentos avergonzados, suspiros dispersos y algún sollozo, como si todos marchasen tropezando hacia el nuevo y precario silencio. 


Tras varias horas, la tierra dejó de ascender. Se miraron entre sí y Agus verbalizó lo que todos habían notado. Con ese liderazgo, televisivo en su redundancia, no pretendía integrarse en la familia, de la que se sabía ajeno, sino aparentar normalidad. Casi todos habían caminado por los bordes y desde allí miraban hacia el vacío. Uno de los niños se acercó a Agus y le dijo que, a lo mejor, pasaba un avión o un cohete y los rescataban. De la mano, fueron hacia el hueco que, en el centro del terreno, había dejado la tumba. El agujero era de un par de metros de ancho. «Como el de una dona», se sorprendió el niño. Guada se les unió y miró también abajo. Comentó que parecía más fácil saltar desde allí que por uno de los bordes. Agus se giró para buscar con la mirada al asesino, y dijo en voz muy alta que a él sí deberían arrojarlo al agujero. El asesino lo saludó desvaídamente. Agus imaginaba, kilómetros allá abajo, el nuevo nido de una bestia invisible y justa, con una boca que empezaba en ese agujero y con un cuerpo que, para crecer, hubiera desplazado al resto del planeta. Lejos, oyeron decir al abuelo que la pausa de la tierra era una buena señal, y al tío rico afirmar que todo iba a volver a la normalidad, que había que empezar a recuperarse del susto y –echando miradas de reojo al testamento que el abuelo, efectivamente, había comenzado a escribir con el lápiz de ojos de su esposa¬¬–, que mañana sería otro día, un mejor día. El optimismo, como una helada molesta, ponía una mueca de sonrisa a quienes no querían.


Al anochecer, Agus soñó con el descenso. Se imaginó, queridos huéspedes, que todos los trozos desgajados de tierra (¿no era previsible que esto se hubiera repetido en otras partes del planeta? Sin embargo, en su ascensión no habían visto trozos similares) regresaban para volver a acoplarse a la extensiones de terreno originales, tapando los agujeros. Aun así, ¿podría ser reversible? Soñaba con el Pacífico trasladado a los bosques y la Sierra del Tigre en medio de las ciudades, y edificios y naves industriales ascendiendo, quizá con mayor comodidad de sus habitantes (en cualquier caso, con muchísimo menos frío). La pesadilla, no por pequeñoburguesa (y lisérgica) menos vívida, resultaba en persecuciones de los trozos de tierra a los huecos que, a la inversa, huían hacia el centro de la tierra y, a su vez, este huía de un trozo o de un hueco, y así hasta que no quedase material que perseguir o del que escapar. Cuando la persecución se pausaba, el Agus del sueño tenía tiempo para pensar sobre lo que había pasado ¿Y si el trozo de tierra los estaba salvando de algo peor? ¿Sería una prueba pensada solo para uno de ellos y el resto eran «daños colaterales»? Al despertar, esos planteamientos agravaron su ansiedad. Todavía era noche cerrada, y Agus se dijo que había que ser realista: si no descendían, morirían de sed. Había que hacer inventario de las botellas que muchos llevaban en sus bolsos o mochilas, y preparar recipientes por si llovía. Igualmente, había que prohibir a los niños que protegieran a los pájaros (¿sería malo beber la sangre de las aves? ¡Ojalá Agus hubiera estudiado biología o la profesión que resolviese esa pregunta!) y comprobar qué había de comestible en el árbol. Si no había suficiente agua, era preferible ascender más para morir apagándose, congelados, asfixiados, pero quizá, por mareados y desmayados, no sufrirían tanto... 


Dormidos, la tierra, de nuevo, tembló, aunque más violentamente que la primera vez. Es más, empezó a inclinarse en diagonal, tanto, pero tanto, tanto, que se puso completamente en vertical. Quienes quedaron aferrados contemplaban a los que caían, y todos gritaban como con una sola voz. La extensión se quedó así vertical, pulidamente, durante casi un minuto. Agus vio que muchos, como él, abrazaban lápidas. Algunas de estas, en su desprendimiento paulatino por el peso, abrían surcos en el suelo, pero en el arrastre aún sostenían a los aferrados. Otros se arremolinaban abrazados al único árbol de la extensión y parecían lejísimos: el árbol había quedado en la, ahora, parte más baja. El cura bordeaba el agujero del centro, como sostenido por algo (debían de ser raíces), pero parecía que batallase no solo por no caer, sino también contra lo que le estaba sosteniendo. El asesino estaba en una parte de la extensión que, por el giro, era la más elevada, y, mientras pegaba su cuerpo al suelo, se agarraba firmemente al borde.
La extensión, por fin, volvió a temblar y comenzó a girar, hasta que, en un instante,  se puso completamente al revés. Después, recuperó su posición inicial. Pero, desgraciadamente, el breve tiempo que estuvo volteada desprendió el árbol, con algunos asistentes envueltos en sus raíces, otros abrazados al tronco y, en el caso de los niños, entre las ramas de la copa que se abría paso hacia el fondo de la oscuridad. También volaban, alrededor de un cuerpo enjuto que caía gimiendo, algunos papeles, los suficientes para que entre el horror se colara la curiosidad –una sensación siempre molestísima en esas situaciones, pues impide pensar en bloques y encierra en el detalle, como Jocelyn «Josie» Packard, ese personaje de Twin Peaks que, hechizada, termina atrapada en el pomo de una puerta¬– de preguntarse quién podía ser su dueño (eran del abuelo, que había terminado de enmendar su testamento mientras con la otra mano se agarraba al tronco del árbol, y caerse).


¿Qué pasó entonces, queridos huéspedes? Que la extensión, lentamente, empezó a descender. Al amanecer, Agus se soltó de su lápida. Estaba dispuesto a que la vida se redujera a anticiparse a los movimientos de esa extensión de tierra, a la que intuía ya como un ser vivo. Quería que volviera a anochecer para contrastar lo sucedido con un nuevo comportamiento de la tierra y, con ese ánimo, se acercó a Guada, que consolaba a los padres de la muerta (¡vivían!). La madre parecía un habitante de sótanos cuyo cuerpo entero, expuesto a la luz, hubiera menguado, salvo los ojos. En estos se concentraba la estupefacción de comprobar que la muerte es invisible, pero no intangible. 


El cura, cubierto de heridas, como de mordisquitos, y con la ropa del torso hecha jirones, y el asesino, caminaban por los bordes de la extensión. El descenso provocaba un estado donde las frases salían de golpe. Ansiosos, confundidos, tenían hambre y más y más sed:


–¿Usted cree que llegaremos abajo, y que ya no volveremos a subir? –preguntó el asesino.


–Creo que lo más difícil ya ha pasado. Sí, creo que esta noche estaremos abajo.


–Haya lo que haya ahí abajo... Mírese el torso. ¿Qué le ha pasado? Han pasado muchas cosas.


–Sí. Quién sabe si esto no sea una prueba. Hemos sufrido mucho. Tantas muertes.


–¿Ha pensado que abajo puede que no nos crean?


–Hijo mío, eso no es importante. Creo que tú debes preguntarte qué ha sido esto para ti.


–Usted ya sabe qué ha sido.


–Sé a que te refieres. Pero eso no es una respuesta, se lamentó el cura. Esto ha sido excepcional, añadió.


–Pero, ¿cómo explicarlo allá abajo? ¿Nos creerán? ¿Y a mí? Todo juicio debe ser justo.


–Abajo puede que estén peor que nosotros. Puede que al descender nos topemos con algo mucho peor, pues no sabemos nada más. Pero no pienses con frivolidad sobre tu caso.


El asesino miró a su alrededor. Agus y Guada estaban alejados, separados, cada uno intentando mear o cazar insectos. El asesino observó las piernas del cura, endebles, temblorosas por el esfuerzo, y se le hizo muy fácil empujarlo. El cura, al caer, movía los brazos como un pulpo o como si tuviera muñecas extensibles, y se sorprendió gritando todo lo que no había gritado en vida. La apatía era tal que quien vio ese otro asesinato, calló.
La extensión continuó descendiendo, pero al anochecer se detuvo y comenzó a elevarse. Fue lentamente, y dio tiempo a que cada uno se aferrase a su lápida. Sin embargo, la tierra se puso boca abajo abruptamente y la madre de la muerta se desprendió y cayó en silencio, como había caído su misma madre. Cuando la extensión continuaba el giro hacia su posición inicial, el padre de la muerta también cayó, o más bien se aventó. Luego le siguió su lápida, como si acudiera tarde a un paisaje por hacer, y nadie vio que detrás cayeron unos bichejos, que de lejos parecían gatos, pero que tenían el rostro numular y cinco dedos, como nosotros. Se oían otros gritos, pero muy cortos, de todas las partes de la tierra desgajada. La extensión, finalmente, recuperó su posición natural, pero esta vez para volver a descender. 


Agus había caído de bruces contra una lápida y le costaba permanecer despierto. Miró sómo Guada contemplaba el cielo. Ella quería dormirse o morir con los ojos abiertos y era posible. El asesino apoyaba su espalda en una lápida cerca del agujero del centro, murmuraba para sí y tampoco esperaba vivir más.


Agus despertó al mediodía, la cara quemada por tanto calor. Cansado y herido, notaba como si arbustos se abriesen paso por su boca, nariz, ojos. Mareado, vio a Guada platicar con el asesino. Ambos estaban casi desnudos. No había nadie más. Agus intentó levantarse, pero no pudo. Quiso llamarlos, pero notaba que le crecían ramas de la boca, de los ojos. Sentía la frondosidad del pedazo de extensión donde se había recostado, del aire que respiraba. Era como si viviera dentro de un cuenco donde las paredes estuviesen forradas de cuerpos que emanasen calidez de sus heridas y le costaba entender las cosas en términos de adentro/afuera. Se levantó y caminó, tambaleándose. Su realidad se le iba reduciendo: veía la extensión, luego solamente hasta Guada y el asesino, después todo era la lápida donde se apoyaba y, finalmente se miraba sus propios pies. Cayó al suelo de bruces y cerró los ojos. Al notar que cuatro manos lo estaban arrastrando, intentó abrirlos y no pudo. No sabía si estaba vivo o muerto, pero al caer abrió los ojos, justo para ver cómo la extensión se empequeñecía a toda velocidad. Se obligó, mientras caía, a mantener los ojos abiertos. Visto así, el trozo de tierra perdía su misterio, pero también su naturalidad.


Guada tomó al asesino del brazo. Sí entendía que la situación, con ellos dos solos, se había reducido, por el olvido, a la alianza y la promesa de una nueva justicia. Se abrazaron. Durmieron y no durmieron durante la noche y hasta el mediodía siguiente. La extensión se detuvo y luego pasó a descender, más rápido, pero suave e ininterrumpidamente, y se fueron el calor, y tampoco hizo más frío.


Al día siguiente, la extensión se encajó en el suelo del que se había desgajado. El asesino se despertó y miró hacia el centro de la extensión, donde debía estar el agujero. Vio una  montículo irregular, de donde sobresalían los restos del ataúd, pero no el cadáver de la muerta. Se levantó y caminó. Guada continuaba dormida. El cementerio se había vuelto irregular. Árboles al revés, nichos apilados y trozos de tierra erigidos, algunos kilométricos, que formaban escalones y grutas de una solidez inaudita, como una ciudad de comejeneras. Buscó cadáveres (buscaba el de su asesinada), pero no encontró ninguno. Todo estaba limpio de cuerpos. Pensó que podían haber quedado enterrados por todos los corrimientos de tierra y desgajamientos, y regresó con Guada. ¿Había algunos ruidos, eran como de animales? Corrió hacia ella. Guada, ya sin modorra, contemplaba el cementerio con aprensión, como si su piel le estuviera diciendo que esos ya no eran sus lugares. El asesino notó qué sombras se escabullían y cuáles los acechaban, y pensó en su novia. Veía su rostro de muerta, pero eran imaginaciones. Desde los trozos de tierra erguidos, desde sus grutas, se asomaban caritas, y esas sí de verdad. El asesino le preguntó a Guada si eran niños, pero no podía ser: eran caras, solo caras, no había cuerpos, de algunas de las caras –las que lideraban– brotaban unas manitas chiquitas, con cinco dedos, casi garras, el rostro se les hinchaba muy picudo hacia lo que debería ser la nariz para luego retraerse numularmente hasta componerse de agujeros ordenados. A Guada las caritas la estaban arrastrando, rápidamente, bajo tierra. El asesino escuchaba ruidos pulidos, como cuando las piedras se chocan para hacer fuego. Parecían venir, sí, de las grutas. Caminó hacia una de ellas, gritando para darse ánimos, y entró y allá se quedó, no hubo resistencia, y lo de adentro de las grutas hizo algo con el asesino, pero eso, mis huéspedes, ya no podía llamarse justicia.

 
 

India Púshkar

Xavier Corrales 

Por primera vez iba a viajar a la India. Tenía miedo de deprimirme ante la miseria y las enfermedades.
Me dio por no comprar una guía turística. Decidí hacerlo ya en el país, en esas librerías de segunda mano donde los mochileros suelen vender las suyas al final del viaje: manoseadas, baratas y en inglés (por casualidad, más adelante agradecería esta opción). Había chequeado en una librería de mi ciudad dónde pasaría las primeras noches en Nueva Delhi y apunté una zona y unos cuantos hoteles.
Al salir del aeropuerto, le mostré al conductor del rickshaw la dirección del hotel. Durante el camino, entre el denso tráfico, observé un par de camellos y varios elefantes conducidos por sus montadores.
–Este es su hotel, amigo.
No tenía rótulo.
–¿Está seguro?
–Bueno, este es mejor. El que usted me indicó está al otro lado de la autopista y seguro que está completo.
La recepción irradiaba cierta elegancia decadente (por la noche me di cuenta de que la frecuentaban prostitutas)
Subí con un «botones» uniformado por las escaleras. Luego, tras un pasillo, los peldaños eran cochambrosos, al igual que la habitación; a pesar de que no enfriaba, el aire acondicionado hacía un ruido tremendo.
Descansé un rato y, como no podía conciliar el sueño, decidí salir. Llovía y al mismo tiempo el calor me hacía sudar. Atravesé la autopista y tomé otro rickshaw. Esta vez llegué al barrio que buscaba –bastante distante, por cierto, del lugar donde iba a dormir–. Reservé el típico hotel frecuentado por mochileros y regresé en otro renqueante rickshaw conducido por un hombre famélico y fibroso vestido casi con harapos. En una cuesta demasiado empinada, bajé y empujé la bici junto al conductor. Ya sin lluvia, observaba las multitudes atareadas, las fachadas, los árboles y el bullicio caótico del tráfico y aquel atardecer bajo mi sombrero de fieltro verde empapado y arrugado. Tenía la sensación de estar viviendo una película de Indiana Jones.
Al día siguiente, en mi nuevo alojamiento me topé con muchos guiris como yo. No pude conseguir ninguna Lonely Planet y pregunté a un grupito de vascos que regresaban de Nepal.
–Un desastre –me dijo una rubia–. Todo el día empapados por el monzón. Estamos hasta arriba del agua y de los piojos.
–¿Y dónde no llueve? –pregunté.
–En el Rajastán. Para allá nos vamos mañana.
Me dejó consultar su guía y decidí mi próximo destino, Sikar; tomé nota de algunos hoteles y se la devolví.
Las distancias en la India y las incomodidades del transporte, excepto en los lentos y abarrotados trenes con literas hasta en el pasillo, son tremendas (algunos buses también tienen literas).
El modesto hotel elegido, que ocupaba el primer puesto en el rango de la guía, era coqueto, limpio y tenía una piscina de agua verdosa. En el restaurante servían buena pasta, verduras poco picantes y un delicioso naan recién hecho, el popular pan indio.
Volvía a necesitar consultar una guía. A mi lado, dos mujeres que me parecieron españolas tenían una sobre su mesa. Se la pedí prestada y me la cedieron con gesto condescendiente. El libro era italiano y ellas eran Renata y Lorella. Renata hablaba un buen castellano.
Siguiendo las indicaciones de la Lonely, volvimos a coincidir en Bikaner, Jeisalmer, Jodhpur y en una aldea junto al sagrado lago Púshkar, unas veces en el mismo hotel, otras en los mercados, las calles o los palacios frecuentados por los turistas. Coincidíamos, platicábamos y adiós.
En Udaipur, llevaba varios días sin verlas. Udaipur, la Ciudad de los Lagos, la Venecia del este. En medio del mayor de los aquellos lagos artificiales, construido hacia 1.300 por el rajá Pichhu Banjara, se construyó siglos después sobre un islote, el Jag Niwas, el Palacio del Lago, transformado hoy en un lujoso hotel. Los turistas que no duermen en él se embarcan y lo visitan previo pago.
En aquella ciudad se había rodado Octopussy, la película de James Bond. En muchos cafés pasaban el vídeo de manera intermitente, con las trepidantes persecuciones del agente 007 a bordo de un rickshaw.
Salía de meditar y de leer un rato bajo la protección de las recargadas piedras de un templo de obediencia jainita –doctrina que pregona una vía salvadora filosófica no centrada en el culto de ningún dios– cuando observé cómo una famélica vaca engullía una bolsa de plástico. Me acerqué, le ofrecí la piel del plátano que me acaba de comer y se la zampó con cara de satisfacción, a modo de postre (puede ser que las vacas indias hayan mutado unas encimas digestivas que asimilan hasta las piedras).
Mi piadosa acción había sido observada por Renata, que se me acercó sonriendo (i amb el sonriure, la revolta).
–¡Così tanto tempo! –dijo.
–Casi una semana. Creía que no nos volveríamos a ver.
–Saqué de mi macuto un papel arrugado.
–Mira, he escrito esto para ti.
–Léemelo.


(Años después salió publicado en el libro Cajón de sastre)
            para Renata Balducci
                              Torino        


En los sagrados escalones del Púshkar Lake
descalzo entre los excrementos de las sagradas vacas
me senté
me lavé los pies
y lloré.

En la orilla opuesta
arropada por entrecruzados cánticos de muecines y brahmanes
habitaba la reencarnación imposible y deseada
animal sacrosanto e intocable
formas arcillosas de diosa griega
alma de mármol
extraído de los templos de Dilwara Jain.

Y la lluvia seguía
suave y lenta
sobre mi viejo sombrero de lana gastada
impregnado por todos los limos
del nunca acabado periplo.

Y desde aquí,
dominando las terrazas cultivadas de otros lagos
bañado por la luz que nos faltó en Púshkar
protegido bajo las umbrías del Fuerte de Udaipur
una noche templada
tras el crepúsculo dorado de desierto en Rajastán
carente de la leña necesaria para la ceremonia anual
–que solo para ti tiene sentido–
acompañado tan solo por la añoranza
acariciado por la brisa tapizada de estrellas
las mismas que todavía se mirarán unas horas
en el Mare Nostrum
nuestro mar,
desde las antípodas de nuestras casas y geografías,
desde estas orillas ordenadas y limpias
rodeadas del caos hindú,
celebro en solitario nuestros desencuentros
y brindo con té dorado
del mismo color que el ron del que carezco
por lo que pudo ser y no fue
por lo que será
sin duda
búsqueda perpetua
parte necesaria
del camino.    

Esta es para mí la poesía más valiosa que he escrito, priceless, un pasaporte con visa para lo desconocido.
               

 

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La soledad del germitaño

Carmen Borja

Quizá te cuento esta historia porque no siempre sale el sol por el levante o porque se avecina la Navidad y entonces caigo en un barrizal los domingos lluviosos y pares.

Fue en una de esas noches cálidas de octubre. Tras darme la chapa durante la comida, mi hermano me convenció para ir a un concierto. El hecho de que tú estuvieras en el cartel me aupó de mi viejo sofá, donde estaba flanqueado por la mirada reprobatoria de Hegel y la geografía mental de Hölderlin. Hacía décadas que no ponía un pie en ese pueblo. Cuán grata fue mi sorpresa al advertir que la moderada afluencia de público haría que los conciertos fueran algo familiar. Curiosamente, con motivo de una festividad de por aquí, en el mismo recinto también habían organizado actividades para críos desde la mañana.

Cuando llegamos, todavía no se había puesto el sol en la nariz del indio y el pedaleo de algún triciclo se mezclaba con las pruebas de sonido. Se respiraba la calma. Manolo Caracol se encendía un cigarrillo en el peristilo, mientras yo, de camino a la barra, esquivaba divertido mofletudos niños rubios salidos de anuncios de champú. Ya en la barra me iba aclimatando en silencio gracias a la simpática camarera que me sirvió la primera copa. En el segundo trago, la voz de una chica de metro sesenta y con coleta centelleó en mi cabeza. Apartó algo de mi habitual bruma. A menudo, mi hermano bromea con mi forma de estar en el mundo, a la que ha bautizado como «la soledad del germitaño». Me fijé en su camiseta. Me bebí la consumición de golpe. A partir de entonces, la estuve observando toda la noche.

Cuando llegó tu hora, entre el público y tú había un calvero, amigo. Nadie sabía cuál era la distancia adecuada para escucharte golpear la tarima con tu bota. Creo que les dabas miedo. Los asistentes se preguntaban: «¿Más hacia la izquierda-derecha-delante-detrás?». Hasta que algunos de los niños se colocaron en primera fila. Entonces, algunos de los adultos vieron que no había peligro y dieron unos pasos al frente. Sin embargo, mantuvieron un foso entre ellos y tú: un lugar sagrado para la ceremonia. Esta situación me resultó de lo más cómica y estimulante. Solo por eso merecía la pena haber dejado un rato a los idealistas. Tocaste «Cámino ácido» y la chica con coleta vio, donde yo solo noté un escalofrío, que el cúmulo de hojas y florecillas que daban forma a su corazón negro serigrafiado se le desprendían de la camiseta para anudarse a vuestras guitarras.

Tras tu actuación, el ambiente inicial, en el que yo había encajado tan bien, empezó a enrarecerse. Escuché un par de canciones del siguiente grupo, pero pronto me cansé y salí a la terraza a fumar. Mi hermano seguía hablando con unas chicas. Pillé una silla de plástico y me hice a la idea de que tendría que esperar mucho para regresar a casa. Aquella chica volvió a aparecer acompañada de una amiga y del novio de esta. Se comieron unos bocatas mientras comentaban los conciertos. Creo que lo que hacía que me fijara en ella era que estaba enamorada.

Poco después de tu actuación, se sentó cerca de donde tú te sentarías después. Vi pasar al guitarrista, que te había acompañado a través del triángulo que ellos habían formado con las sillas. Escuché los elogios que te dedicó. Pensé que se levantaría a felicitarte, pero no lo hizo. Te digo lo único que pude escuchar con claridad de su conversación. Su amiga le dijo, medio en serio medio en broma:

–¡Y tú ya vale de ir por ahí perdiendo tus papeles!
 

Resignada y entre carcajadas, ella respondió:

–¿Y qué quieres que haga? ¡Soy un árbol de hoja caduca!

Entraron a ver a otro grupo. Yo me quedé dándole vueltas a este fragmento de conversación. Le pedí prestado un bolígrafo a un camarero. Empecé a garabatear en una servilleta la letra de una canción hasta que la palabra «hipnotitzador», proferida por un chaval ebrio, me hizo levantar la cabeza. El tipo estaba delante de la chica y ralentizaba su paso. Ella contuvo el enfado y prosiguió su camino hacia el coche, del regresó mordiendo una manzana. Estaba nerviosa, inquieta, azorada. Quería irse de allí como yo. Sin embargo, volvió a entrar en la sala de conciertos; yo traté de escribir un poco más.

Pocos minutos después apareció tapándose los oídos. Se sentó durante un momento. Paseó por los aledaños. La luna dejaba ver los contornos de la montaña. El indio estaría durmiendo. Dejé de sentir lástima por Hölderlin mientras me alejaba por el ojo de buey de la puerta de su torre. Recordé una frase de Rimbaud: «Una noche senté a la belleza en mis rodillas...». Ya lejos de la toponimia que hay al comienzo de Hiperión, ella parecía estar visitándola ahora. Me conmovió... Tan frágil y pálida, le deseé que no se perdiera en los bosques de Sipila.

Consulté el móvil y vi que mi amigo Carlos me había mandado un mensaje en el que me decía que en el pueblo donde se celebraba el concierto había desaparecido una extensión considerable, parecida a la de un campo de fútbol profesional. Le pregunté: «¿Pero cómo?». Me respondió que fue por una bolsa de gas subterránea. Por lo visto, el pueblo estaba hueco en algunas zonas. El agricultor del huerto de naranjos, que se había hundido a más de 2 km de profundidad, se salvó por poco de la muerte. Había quedado allí con una prostituta colombiana para follar; ella notó un espasmo y le dijo:

–¡Viejo, vayámonos! ¡Algo horrible está a punto de comenzar!

Afortunadamente, le hizo caso. Su mujer se enteró de que le era infiel con las chicas que se sientan en sillas de plástico en los arcenes de la carretera que une Gata de Gorgos y Gandía. A Luciana la había recogido por la tarde y le dijo que lo hizo humanidad; era verano y hacía mucho calor para estar sin sombrero en la nacional.

Debió de pasar al menos otra hora hasta que me decidí a ir a buscar a mi hermano. Quería irme a casa. Ya no aguantaba más. Cuando entré, la gente se comportaba como bolas de mercurio de un termómetro roto. Ella estaba sentada con la mano apoyada en su cabecita. Entonces le deseé que al cruzar el río de la medianoche no se hundiera en las aguas oscuras. A diferencia de mis amigos, yo nunca he conseguido conciliar el goig de viure amb l’humor valencià, y me acerqué a la barra resoplando. Un enjambre de miradas vidriosas me indicó que jo era un foraster.

Ya casi era de madrugada y la gente iba y venía tratando de pillar cacho. Un osezno me puso ojitos. Le giré la mirada. Deseché la idea de buscar a mi hermano. Volví a mirarla por última vez para valorar su tibieza. Respiré aliviado cuando vi su reacción con el chico que antes la había intentado volver a provocar y que ahora se tomaba la libertad de sentarse a su lado sin pedirle permiso. Celosa, la que parecía ser su novia o su rollo le tiró el contenido de un vaso y por poco alcanza a la chica. Ella les gritó contundente que corriera el aire. Se piraron. A continuación, se levantó, se desperezó, hizo un par de estiramientos, tomó a su amiga del brazo y se fue del local corriendo entre risas.

A mí también me sobraba todo en aquel sitio. El outsider que también hay en mí siguió su camino a ninguna parte de los viajeros del siglo XXI, pero en taxi. Volví a acordarme de la chica tarareando «Camino ácido». ¿Qué más puedo contarte, Ángel? Afortunados los músicos en los que resuena el eco del Mississipi, pues solo ellos levantan los corazones negros.

Cuando leas esto, mira en el interior de la guitarra. Es posible que algunas de las hojas de su camiseta hayan ido a parar ahí.

A la mañana siguiente, cuando desperté, me desenrrollé la pierna de una guapa rubia ¿No sabía cómo había llegado a mi cama? En la mesita tenía Rimas y Leyendas de Bécquer. Me dije:

–¡Hostia, sus botas!

No había sido una bolsa de gas, sino los golpes que dabas en el concierto con tu suela, lo que provocó el hundimiento. Pero esto es otra historia...

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Oscar Peyrou 

Dos cuentos


SOMBRAS DE UNA SOMBRA

Llegamos al Memorial Na Poklonnoy Gorá, o como se escriba. 
–A partir de este momento –me dijo el chofer– hay que caminar.
Estos monumentos –dedicados a los caídos en la defensa de Moscú durante la Segunda Guerra Mundial– están situados en una explanada tan extensa que uno solo puede acercarse a ellos lentamente. También eso debe de ser deliberado; una especie de ceremoniosa solemnidad obligatoria como la que supone tener que inclinarse para poder contemplar la tumba de Napoleón en París. A medida que me aproximaba por la avenida central, el obelisco se hacía más alto y unos puntos que aparecían en la cúspide se convertían en una diosa de la victoria, unos ángeles y una corona de laurel.
En el centro de la avenida hay varios hitos de mármol aislados, separados por unos cien metros, y en cada uno de ellos está cincelado un año de la segunda Gran Guerra. Uno lee únicamente la cifra, camina y tiene tiempo de imaginar lo que ocurrió en esos doce meses. Doce meses en cien metros. Y después en los siguientes, y después en los siguientes. Un lugar desolado que parece siempre rodeado de una atmósfera gris, incluso en verano. 
El edificio semicircular está custodiado en sus extremos por caballos y trompetas; es blanco, chato y recuerda a un barco apoyado en el aire porque lo sostienen decenas y decenas de columnas. Debido a su longitud, da la impresión de ser más bajo de lo que en realidad es. 
Detrás se encuentra la escultura. También tiene una forma arqueada y es de hierro negro y opaco, como el obelisco.
En realidad, se trata de un conjunto formado por varias esculturas. En un extremo –el principio– hay una serie de lápidas colocadas de una manera confusa, casi caótica, que recuerda a las del cementerio judío de Praga. 
Luego, estas lápidas se van ordenando gradualmente, una detrás de la otra y, también gradualmente, la parte superior de cada una de ellas adquiere una forma redondeada que crece, que intenta separarse del resto, una protuberancia que se estrecha lentamente en la base para formar una cabeza mientras el resto se alarga y se convierte en un cuerpo humano: una mujer, un hombre, un anciano, un niño. El conjunto culmina con las cuatro figuras inmóviles en actitud de caminar.
La escultura se diferencia de todas las otras que conozco porque no tiene un sentido más o menos inmediato. Se comprende a medida que uno la sigue con la mirada, de izquierda a derecha. Transcurre. El tiempo es imprescindible para captar su significado. Se trata de un texto cuyas letras han sido reemplazadas por figuras. El autor intentó desesperadamente negar la muerte o atribuirle alguna utilidad. 
Un pensamiento lleva a otro y recordé a Manuelito, mi sobrino, que había muerto a los tres años.
Mucho tiempo después de este hecho trágico, mi hermano compró un campo cerca de Buenos Aires y lo llamó «don Manuel», como si de esa manera el niño muerto pudiera haberse salvado y convertido en un hombre fuerte y poderoso que adquiere una propiedad y, como suele ocurrir, le pone su nombre.
Mientras caminaba alrededor de las figuras y de las lápidas, tuve la impresión de que había algo erróneo en la luz y en el aire. Era verano en Moscú, pero parecía como si el invierno no se hubiera ido del todo o estuviese por llegar.
Incluso –seguí pensando– para las futuras generaciones, los compradores del campo podrían haber sido los hijos o los nietos de aquel hombre –sombras de una sombra– que hubieran querido honrar la memoria de un anciano querido, de alguien que los cuidó en su infancia, que los tuvo sobre sus rodillas, que los llevó a pasear y que fue el iniciador, el origen, de la prosperidad familiar. 
Antes de irme noté con melancolía –ya que en ese caso desaparecía toda emoción– que también podía mirarse la escultura al revés de como estaba previsto, es decir, empezando por las figuras y terminando por las confusas tumbas. 
Al iniciar el regreso no se veía el automóvil en el que había llegado. Estaba demasiado lejos. Tenía que atravesar nuevamente la explanada y retroceder en el tiempo hasta llegar al presente. No se veía nada. Creo que ni siquiera se veía el horizonte.

 

 

 


VERANO EN SUIZA 
                                                            
                                                     
«Look in the terrible mirror of the sky
                                                                          And not in this dead glass, wich can reflect
                                                                          Only the surfaces [...] »
                                                                         
    (Wallace Stevens, «Blanche McCarthy»)

                                                                                                                 


A principios de julio operaron a mi mujer. Después de la intervención, el cirujano nos dijo que era optimista. La hermana de ella había muerto tras una larga agonía hacía dos años. Hacia el final, su marido le regalaba un oso de peluche cada vez que los análisis periódicos reflejaban una mejoría relativa. Cuando murió, tenía unos diez osos de todos los tamaños.
Aún ahora y por momentos, la sensación de incredulidad es un poco más intensa que la angustia. Recuerdo pocas cosas con claridad de esos días: una de ellas es que descubrí que los rituales obsesivos son inútiles y otra que la idea popular de refugiarse durante un ataque aéreo en el cráter abierto por una bomba no es aconsejable. 
En agosto fuimos a pasar las vacaciones a Suiza. Un amigo que vivía parte del año en Bruselas nos prestó su casa de Lausana. 
Vivíamos al lado de la estación ferroviaria, cerca del lago. Al principio, como mi mujer estaba todavía un poco débil, caminábamos hasta Ouchy, nos sentábamos en un banco y mirábamos las montañas francesas de enfrente que, me parece, no se reflejaban en el agua. 
Una semana después de llegar alquilamos una pequeña lancha a motor. La conduje en una dirección, como si iniciáramos un largo viaje, y luego cambié varias veces de rumbo: yo era un experto piloto y tenía que eludir los peligros del lago. A veces se trataba de una persecución; a veces, de una huida. Mientras surcábamos velozmente el agua casi quieta, mi mujer sonrió y dijo: 
–Esto es vida. 
Uno de aquellos días fuimos a ver una famosa colección de cuadros pintados por locos. Me parecieron mejores que los de muchos artistas consagrados. Una atmósfera de sufrimiento y crueldad invadía la silenciosa calma del museo. Colores violentos. Decenas de caras de ojos fijos. Muecas. Gargantas deshechas por alaridos que no se oyen. Minúsculos detalles obsesivos. 
Al anochecer y al despertar, sobre todo al principio, mi mujer lloraba casi en silencio. Yo la abrazaba.
El jardín botánico de Lausana es muy pequeño, pero junto a él, en una colina, hay un parque. Desde arriba se ve parte de la ciudad y el lago. Cuando subíamos lentamente entre los árboles, el sol hacía brillar su pelo de una manera intermitente. Se lo había cortado antes del viaje y no sé si a causa de ese hecho o de los reflejos irisados que despedía, lo estuve mirando durante todo ese trayecto –pensé después– con una anormal y dolorosa intensidad, como si pudiera descubrir el color de la luz en cada uno de sus cabellos y recordarlo para siempre. 
En una librería de la ciudad encontré un libro raro, Voyage a Paris pendant la Revolution, de un hombre que vivía en lo que ahora es la isla de Reunión. Estaba escrito en forma de diario. Abarcaba los años 1791 y 1792. Leyéndolo me enteré de que gran parte del invierno de 1792, que precedió a las matanzas de septiembre, fue sumamente suave. La gente paseaba por las calles, se reunía en las plazas y asistía a los espectáculos públicos sin saber lo que le esperaba. En esos meses, la vida en París se desarrollaba con total normalidad. 
Al leer esas páginas, el hecho de saber lo que iba a ocurrirles me producía una sensación rara –una mezcla de fragilidad, angustia y fascinación ante la inocencia–. Esta sensación se intensificaba en la víspera de determinadas fechas. Llegaba al día de una matanza, leía el desarrollo de los trágicos hechos y retrocedía al día anterior. Pensaba: «Hoy nadie sabe lo que va a ocurrir mañana. Nada permite adivinar el drama que se aproxima». 
Las palomas nos despertaban por la mañana. Por la noche yo permanecía mucho tiempo con los ojos abiertos en la oscuridad.
En el salón de la casa de mi amigo hay una biblioteca, una mesa llena de papeles y revistas, un antiguo aparato de televisión, varios sillones incómodos y un gran piano Bechstein. Mi mujer, todavía insegura, tocaba temblorosas piezas de Beethoven y Chopin y algún melancólico vals criollo, como «El aeroplano», que tanto me gusta. Llegaba a un punto, se equivocaba y comenzaba de nuevo. Yo la escuchaba desde el dormitorio mientras miraba por la ventana el cielo y las nubes que pasaban. 
Un día en que se quedó descansando fui al Vivarium de Laussane, una especie de pequeño zoológico privado que alberga una de las mayores colecciones de reptiles y grandes arañas de Europa. 
Para llegar al lugar había que atravesar el bosque de Sauvabelin. Un pabellón de tamaño mediano cobija a las serpientes y una pequeña construcción a las migalas. Mi visita coincidió con la hora de comer de estas últimas. Solo estábamos una abuela con su nieto y yo. 
El nieto, un chico de unos diez años, se mostraba muy excitado. Corría de un lado a otro, vigilando las actividades de las enormes arañas. La abuela, en cambio, permanecía en un rincón con una actitud curiosa: una mezcla de desinteresada suficiencia y de impaciente resignación.
En la mayoría de los cubículos de cristal reinaba la calma. Lo inevitable había ocurrido ya. Pero en el correspondiente a la migala de Guinea, un ratoncito gris se comportaba contradictoriamente. En algunos momentos daba la impresión de estar aterrorizado: permanecía en un rincón e intentaba trepar desesperada e infructuosamente por la pared de vidrio. En otros, paseaba con cierta confianza por su limitado reino. 
El chico había dejado de correr y observaba con atención el desarrollo de los acontecimientos. En dos ocasiones, que provocaron contenidas exclamaciones de mi pequeño compañero, el ratón se deslizó a unos milímetros de la araña. 
La última de las veces, tras rozar una de las patas de la migala, quedó durante unos angustiosos instantes a su merced en un ángulo de la celda. 
La araña permaneció quieta hasta que levantó una pata. El ratoncito escapó y se quedó tembloroso en el ángulo opuesto. El chico quería obligar a la abuela a mirar la escena. 
Me fui sin esperar el previsible desenlace. Pensé que cada día el drama podía durar segundos u horas, dependiendo del hambre y de la agilidad de los protagonistas. 
De vuelta, atravesando el bosque, miré con mucha atención dónde ponía los pies. Después, como el ratoncito gris, abandoné toda precaución. 
Al atardecer, algunas veces encendía la televisión. Casi                                                                                                                                                   inmediatamente fallaba el sonido. Solamente permanecía la imagen en medio de confusos crujidos. La única manera de volver a la normalidad era darle un fuerte golpe, pero la mejoría duraba unos minutos. Finalmente me cansaba y veía con resignación personas y paisajes que se movían incomprensiblemente silenciosos en la superficie curva. Algo un poco ridículo y molesto, al principio.
Por su trabajo, mi amigo pasaba temporadas cada vez más largas en Bruselas. Estaba considerando la posibilidad de abandonar Lausana y trasladarse definitivamente a Bélgica. 
Como he dicho, su casa se halla muy cerca de la estación de Lausana. Compramos unos billetes que nos permitían viajar ilimitadamente por todo el país durante quince días. De allí partían, además, trenes hacia París, Florencia, Bruselas, Roma, Hannover, Venecia, Milán, Barcelona, Nápoles, Trieste, Pescara, Zagreb. Todo resultaba muy fácil y cómodo. Estábamos a cien metros del centro del mundo. 
Los horarios de ferrocarril eran maravillosos. La proverbial exactitud de las salidas y llegadas permitía complicadas combinaciones entre trenes, que dibujaban invisibles arabescos en mi imaginación. Comprendí por qué, para un personaje de Chesterton, esos horarios tenían un carácter poético. 
Era posible, por ejemplo, trasladarse a un pueblo situado en los confines más salvajes de Suiza –es decir, en la frontera italiana– mediante tres combinaciones en las que, entre la llegada de un tren y la partida de otro, no había que esperar más de cinco minutos. 
Tal vez lo más emocionante era la exactitud –yo puse en hora mi reloj cuando un convoy inició su marcha– o, quizás, la seguridad de que allí no podría ocurrir nada imprevisto, ninguna modificación, ningún desorden, ningún peligro. Estábamos protegidos de toda inquietud, como animales pequeños en un refugio secreto. 
Hicimos varias excursiones. Partiendo de St. Moritz recorrimos el valle de la Engadina en varias direcciones. Desde el tren veíamos los nombres de los pueblos. Celerina, Samedan, Bever, Pontresina, La Punt, Madulain, Zuoz, S-Chanf, Bergell, Valposchiavo, Sils. A veces bajábamos y los recorríamos. Me gustaba esa mezcla de palabras de origen italiano, alemán y francés. Parecían caramelos de colores en la boca.
En Sils Maria visitamos la casa donde vivió Nietzsche. Ahora es un museo. Allí se exponen la mascarilla de cera que le hicieron cuando murió –que representa el rostro de un hombre demacrado y destruido por la enfermedad– y, a su lado, la que encargó su hermana –que refleja una expresión tan saludable como falsa, dado que la primera no le había parecido suficientemente digna del prestigio del filósofo–. 
En St. Moritz fuimos a ver el Museo Segantini. En una gran sala circular se exponen los tres grandes cuadros que fundamentan la gloria del infortunado pintor. Nos sentamos en un banco y nos quedamos un rato mirando. 
El cuadro central representa la muerte. Muestra un paisaje nevado, en un alto valle. En el cielo hay una nube rarísima, casi esférica. Los primeros planos están cubiertos por una leve sombra. En el fondo brilla el sol, como una vulgar promesa de resurrección. A un costado se levanta una cabaña y al lado está inmóvil el trineo que ha llegado para recoger un cadáver. Pensé que la verdadera muerte no era esa pequeña figura quieta, tendida sobre la nieve, sino la transparente, fría y turbadora oscuridad que cubría los primeros planos del cuadro. 
Otro día llegamos hasta Soglio, un pueblo perdido cerca de la frontera al que solo se puede acceder por carretera. Desde el pequeño cementerio lleno de flores se ve el valle. Entre los nombres de las lápidas había muchos repetidos, posiblemente de la misma familia. Ese día, las montañas que rodean el lugar estaban envueltas en una leve bruma. Después llovió. El agua nos sorprendió en las afueras del pueblo. Nos refugiamos bajo un árbol y allí comimos algunas provisiones que llevábamos. Recordé otras épocas, cuando éramos jóvenes, mientras caían las gotas sobre las hojas y sentía el olor de la tierra mojada, la humedad alrededor, algo de frío. A lo lejos, la bruma se transformó en niebla. 
Antes, unos diez días después de llegar a Suiza, habíamos viajado a Locarno. Quería mostrarle a mi mujer los lugares que conocía. Yo había estado con nuestra hija. Pero o no había tiempo o las frecuentes tormentas dificultaban las cosas. Incluso en los restaurantes conocidos –como el de Centovalli– siempre algo resultaba diferente. A veces mejor, a veces peor, pero nunca igual. 
Llegó el día de la partida. Mientras oía los ocasionales ruidos que hacía mi mujer al terminar de preparar sus cosas, me senté en el salón hasta que llegara la hora. Suele decirse que, a partir de cierto momento, la vida se reduce a una variada sucesión de esperas: que llegue o pase determinada momento, que alguien venga o se vaya, que ocurra algo o que no ocurra. Habíamos estado de vacaciones –es decir, un poco fuera de la realidad y del tiempo– y ahora debíamos regresar a casa.
El sol y la calma casi absoluta producían una especie de cansancio, de sueño. Conocer lugares nuevos también crea una sensación de extrañeza, una especie de inseguridad que luego se aquieta, pero de la que sobrevive algo de inquietud y de apatía, como cuando uno cree haber superado un peligro. Miré lentamente los cuadros, la mesa, el piano, los libros de la biblioteca; otra vez la mesa y los papeles desordenados que la cubrían, los variados objetos y sus sombras, uno por uno. Y después, hasta los más pequeños detalles de algunos de ellos. Y luego, la luz de un rayo de sol y aún después, las partículas que flotaban en la luz. 
Aparte de los vagos e intermitentes susurros que llegaban desde la habitación del fondo, el silencio era total. No quería irme. Supongo que, si hubiera estado tranquilo, podría haberme dormido. Pensé que, si mi amigo decidía por fin mudarse a Bruselas, era la última vez que íbamos a estar en esta casa. ¿Quiénes vendrían a habitarla? ¿Cómo serían?, me pregunté con desgana porque no me interesaba demasiado saberlo. Imaginé el aspecto de esas habitaciones vacías, blancas, solas, abandonadas. Los muebles ausentes, las paredes desnudas, desaparecido el piano, el polvo ya quieto, perdido para siempre el recuerdo de nuestras voces. 
Por la ventana, las imperfecciones de los viejos cristales hacían que las líneas de los edificios de enfrente se movieran como olas de un mar transparente. Más lejos, entre los techos, se veía una parte minúscula del lago: una manchita de un tono artificial, como si fuese falso, aunque solo era un poco diferente del color del cielo.

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¡Cuánto te quiero, percha mía!


Fernando Bergón

 


                                                                       

Los dos
Érase una vez una princesa y un príncipe unidos sentimentalmente.
Ella

 

La princesa se decía: «Qué suerte he tenido de haberle conocido inmediatamente después del desengaño que he sufrido con el príncipe precedente» –el de las cigalas, para entendernos a partir de ahora–. «Es capaz de beber como un cosaco sin emborracharse, ¡nunca monopoliza la televisión con el fútbol, no juega al dominó y siempre está dispuesto a montar a caballo y a lo demás!». La princesa levitaba en su acceso romántico acompañada por la música de Los Panchos, que dócilmente se habían dejado introducir en el aparato de música:


                 «Lo dudo: dudo que haya un amor tan puro como el que siento por ti…».


La princesa tenía un extraordinario talento natural que fluía inadvertidamente, como el agua por el cauce del río, sin que ella fuera consciente de ello. Este talento había decidido obsequiarle con un perfil que constituía un inmejorable y cómodo instrumento de navegación en la vida. La configuraba y la hacía percibirse como una persona no complicada, desinteresada, comprensiva, tolerante, devota de la familia y amiga de sus amigos. ¡Fantástico!  Partiendo de esa base, ponía el piloto automático y no hacía falta que prestara la mínima atención a sus actos, ya que la travesía tenía marcado el rumbo idóneo y debía ser feliz, salvo que alguno de los otros navegantes pegara un codazo en el timón, en cuyo caso ella mostraba ostensiblemente una expresión de dulce samaritana dolida y sorprendida al ser robada por el mendigo al que acababa de socorrer. Tenía una excelente memoria para recordar o no recordar, según el caso.

 

Él
El príncipe tenía una enorme capacidad de ser amado, de picar cuantas flores se pusieran a tiro, y era un entusiasta incondicional del fútbol y el dominó.
        Los dos y algunos más.


Otro príncipe –el de las cigalas–, el que había antecedido al príncipe de esta historia, además de su fidelidad al fútbol y dominó, estaba bien equipado para el divertido juego de picar de flor en flor y siempre tenía la precaución de cubrir de cigalas a la flor de turno. 


Desengañada por su absentismo y sus infidelidades, y ante la falta de reciprocidad a la inmensa capacidad de amar que había depositado en él, la princesa le dio de baja y, sin dilación, inició una prospección de mercado en búsqueda de un nuevo depositario. Tras  un buen número de escarceos breves y poco rentables, se puso a tiro el príncipe (el de esta historia) que, como ya se ha dicho, se caracterizaba por su ilimitada capacidad de ser amado. Al principio, en la fase de tanteo, el príncipe escuchaba más que hablaba y, con frecuencia, era el destinatario de las amargas quejas de la princesa quejas sobre las aficiones favoritas (fútbol, dominó y flores) de su predecesor. Consecuentemente, y para evitar problemas logísticos y turbadoras comparaciones con su predecesor, decidió no hablar nunca con ella de fútbol y de dominó, pues sabido es que aquello de lo que no se habla o que no sale en televisión no existe. A su vez, siempre achacaba sus ausencias a la pesada carga del manejo de los asuntos de Estado. ¡Él, que había estado a punto de buscar consuelo en ella por la frustración de un seis doble que le habían ahogado en la sobremesa! Así que optó por un dulce beso-mordisco en el cuello como preludio de una sesión de intenso amor; al fin y al cabo, se trataba de eso.


La princesa se mostraba muy dolida cuando las damas de compañía ¡en las que depositaba su amor! no estaban a la altura de sus deseos con puntualidad y dedicación. El trasiego al que estas eran sometidas en el escenario de la princesa y la rapidez con la que aparecían y desaparecían impresionaba. Un día, el príncipe preguntó a dos de ellas dónde se metían, y estas se miraron con complicidad y, entre risas, respondieron: «Bueno, tú ya sabes cómo es la princesa ¿verdad? Ya nos veremos cuando ella disponga de alguno de sus huecos y nos llame».


Un día de copas en un bar se encontraron con unas amigas de la princesa con las que enseguida ella se zambulló en una burbujeante y excluyente conversación. El príncipe encontró refugio en tres conocidos. Habían estado en el futbol y ya debían de haber comentado exhaustivamente el partido, puesto que no intercambiaban palabra. La llegada del Príncipe completaba el cuarteto para una partida de dominó y no lo dudaron. Al cabo de un rato, a sus espaldas, sonó la voz perentoria de la princesa: «Bueno, ¿dejas de jugar o qué?, porque yo me voy». Él miró a la barra y vio que las amigas se habían marchado. El talento natural de la princesa le indicaba que no había ya ninguna razón para que él siguiera jugando.


La princesa siempre estaba dispuesta a salir. Los jueves, el día preferido por la princesa, el Príncipe tenía duelo en la cumbre con los primeros espadas del dominó, que por razones de conveniente prudencia revestía la forma de reunión del Consejo del Reino. La princesa le esperaba durante horas tumbada en un sofá sin hacer nada (por no hacer, por ejemplo, no se le ocurría ni leer la novela Nada como el amor verdadero, best seller escrito por el príncipe) y le recibía con inevitables y prolongados bostezos reivindicativos.


El príncipe tenía un hijo pequeño, fruto de un desliz con una cortesana de un lejano reino, razón por la cual solamente lo veía las dos semanas al año en las que la cortesana se lo enviaba. Esa era toda la relación paternofilial del príncipe, que veía a su hijo cada doce meses y lo hacía con privacidad e intimidad, sin interferencias (incluida la de la muy excelsa de la princesa, a pesar de que la echaba de menos especialmente por las noches) que perturbaran los encuentros entre el padre y el hijo. Al principio, la princesa se mostraba comprensiva la actitud del príncipe, a pesar de que se quedara sola, pero pronto hizo tentativas de hacer planes a tres. No tuvo éxito, ya que el príncipe no cedió ni un ápice. 


Cuando el príncipe pasaba la noche en el palacio de ella, la princesa consideraba conveniente y adecuado enviar fuera a su hermano jovencito. Una noche en la que no pudo colocarlo en ninguna parte, le pidió al Príncipe que fuera cuidadoso con los inhabituales fragores provocados por las manifestaciones corporales que tenían lugar en la casa cuando estaban juntos. Poco después llegó la estadía de dos semanas del niño del príncipe. Al segundo día, la princesa no pudo soportar la ausencia del príncipe y se presentó sin previo aviso en el palacio de él. El niño ya dormía. Cuando sus respectivos talentos –la gran capacidad de amar y la gran capacidad de ser amado– les hicieron enfilar con prontitud hacia el dormitorio, él le pidió que tuviera precaución para evitar despertares embarazosos. Mostrando ostensiblemente la expresión de dulce samaritana dolida y sorprendida al ser robada por el mendigo al que acaba de socorrer, la princesa exclamó: «¡Me haces sentir como un delincuente! ¡Nunca volveré aquí!». 


La princesa le había echado el ojo a un palacete junto al mar en una escondida localidad. ¡Ella y su amado a solas, mano a mano! ¡Qué felicidad! Había, sin embargo, un pequeño inconveniente: sus finanzas no le alcanzaban para comprarlo. Utilizando sus mejores armas, intentó convencer sin éxito al príncipe para que lo comprara, porque él no estaba por la labor de hacer «retiros espirituales» tan alejados, entre otras cosas, del dominó. La princesa recurrió entonces a su padre, ante el que que se lamentó del gran desencanto que supondría para ella no poder cumplir el gran sueño de su vida.


                                                                                               La sorprendente revelación freudiana 


Visto lo visto y, no digamos extrapolándolo adecuadamente, no resulta extraño que la enorme capacidad de ser amado del príncipe se viera inmersa en una espiral de incertidumbre respecto a su satisfacción. La princesa repetía con determinación que no podía vivir sin él, pero los hechos eran los hechos.
El subconsciente vino a echarle una mano en forma de sueño. «La princesa, echada en un sofá, miraba a una de sus damas de compañía vuelta de espaldas. Ella le hablaba y, cuando la dama se volvía, la cara de esta era la del príncipe. Esto se repetía una y otra vez. De repente, sonaba el timbre y, cuando la princesa abría la puerta al príncipe se convertía en una niña resplandeciente al ser levantada y besada por él. La niña le cogía de la mano y le llevaba a la calle a un quiosco cercano, irradiaba entonces enorme felicidad engullendo un Chupa Chups mientras jugaba en la calle. Otras veces, no estaban las damas de compañía; sentaba al príncipe en el sofá y le hacía leerle siempre el mismo cuento. Cuando el príncipe, para variar, intentaba leerle otro cuento o hablarle, la niña no le prestaba atención. En otras ocasiones, en el sueño, aparecía la princesa delante de un armario repleto de bolsos, cogía siempre el mismo y se iba a la calle».
El consciente del príncipe no desdeñó la mano que le tendía su subterráneo y misterioso compañero de viaje. ¡Ya lo tenía claro! La aparente contradicción entre lo que él se temía y las encendidas profusiones de amor de ella no existía. Ella le quería: él era su «damo» de compañía, la percha de la que colgarse para deslizarse cómodamente por la barra de la vida. Y en cuanto al bolso, pues... era evidente que el príncipe era su bolso preferido. ¿Para qué iba a coger otro mientras no se gastara si le iba bien con casi todo...? Y, además, ¿conoce alguien alguna dama que no lleve un bolso para salir a la calle? ¡Esta vez el sueño era la realidad, y esta solamente unas cuantas vistosas carcasas de colorines brillando fugazmente en un cielo que, enseguida, se desvanecían en nubecitas de humo!
Decepcionada, la enorme capacidad de ser amado del príncipe optó por una retirada en toda regla. Mal asistido por su traicionera lógica masculina, tuvo que soportar que la princesa no respondiera a sus razonados argumentos sobre la inviabilidad de su amor y se limitara a reiterar «¡ninguna te querrá como yo!» para, a continuación, embarullar la conversación acusándole, a fin de contrarrestar el pliego de cargos, de haber hecho –el dominó no salió a relucir, dada la brillante táctica de su amado– o dicho cosas que él no había dicho ni hecho. Él, al que ella acusaba de no bajarse de la moto cuando no accedía a sus pretensiones, metió la primera y desapareció en busca de verdes praderas donde su enorme capacidad de ser amado pudiera encontrar acogida.
La princesa se decía: «¡Que tío más animal, no entiende nada, terminar una cosa tan bonita por pequeñeces...! Pronto se vio perturbada por inquietantes pensamientos: ¿Y ahora qué hago yo? ¡Todas mis damas están colocadas con sus príncipes, mi padre, muy delicado, mis hermanos y cuñadas incomprensiblemente distanciados de mí...! De repente, sonrió, su talento natural le indicaba de nuevo el rumbo adecuado: «Quita, quita, ¡aquí lo que hay que hacer es enamorarse!».


A los pocos días El principe se encontró con un amigo que, desconocedor de que aquel pastaba ya en praderas presuntamente más prometedoras, le preguntó si lo había arreglado con la princesa, a lo que respondió: «Según mi percepción de su personalidad, la princesa no tardará en arreglárselo, no me extrañaría nada que, a la vuelta de la esquina, se consiga otro príncipe al que querrá tanto o más a que a mí. Estará convencida de ello. Pero, en el supuesto muy improbable de que alguna noche, después de un día disfrutón, se diga “Sí, sí, todo muy bien, pero ¿qué hago yo en la misma cama con este tío al lado?”, su talento natural le indicará que... en todos los viajes organizados hay una visita a una catedral, forma parte del programa... pues... se va a la catedral y... ya está...  que no es para tanto».


Por esas misteriosas paradojas astrales, en el mismo momento en que tenía lugar esta conversación la princesa se encontraba sentada junto al príncipe (el siguiente al de esta historia) en una terraza elevada frente al mar dando cuenta de una fuente de cigalas.                                                              

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EPI-SO-DIOS CON DIOS. DIOS +/- DIOS=

 

PATADIÓS 


HOY PRESENTAMOS:


MOISÉS Y LA TÍA PROMETIDA 


© Dr. Bungalou Lumbago A’tresbandas. Doctor en Pataphysica. 8488 desde el reinado del Padre Ubu_2013vulg. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ágil, como una cervatilla, la tarde va acercándose más y más y más a la comarca, hasta llegar a las: ¡UBUENAS TARDES! Vemos a Dios sentado en la terraza de un bar, levemente repantigado, sorbiendo unos caracoles y apurando media jarra de vino; parece que está en los postres, pues en la mesa ya hay desparramados varios huesos de alce, media cabeza de cerdo cortada en vertical con 7 manzanas prodridras y prutrefractras alrededor, jóvenes, desnudas y cuyo corazón tiene esa dulzura y promesa inconfundible de lo que se sabe vegetal y, por lo tanto, muerto. 
Se le acerca Moisés, con barba de muchos siglos y vara de nogal que ayuda a su osamenta al caminar. 
Está un poco alterado... 
(Dios le ve, mucho antes que nosotros, incluso antes de que esto se escribiera, y se hace el sorprendido) 
Dios: ¡Joder! ¡Si es Moisés! ¡Cuánto tiempo! No nos veíamos desde el Antiguo Testamento por lo menos. ¿Cómo va todo? Anda, siéntate. 
Moisés (mirando a Dios con recelo y pensando para sí): «Ya estamos otra vez, ¿En qué quedamos? ¿Me siento o ando?»). Pues sí, Dios mío, mira, (rascándose la oreja), es que estaba buscándote... 
Dios: ¿A mí? (tragando un caracol). ¿Para qué? ¿Para qué? (Dios deja la casa vacía del caracol en el plato, delicadamente, junto a las demás casas, pero en un orden perfecto, formando divinas filas de cáscaras de caracol adosadas, conectadas de tal manera que dibujan en el cuenco una estrella de cinco puntas –con el vértice superior hacia abajo, como Dios manda–, mira a Moisés y eleva la ceja izquierda al tiempo que, por contra, su ojo derecho se achata hasta casi cerrarse; en ese instante, cae el crepúsculo sobre el cono sur de la tierra). ¡Pues ya me has encontrado! ¿No querés tomar nada? ¿Unos caracoles? Son sagrados, y la salsa de tomate que los cubre, hoy ha salido muy lograda, picante como las puntas de los nervios de mis pies. 
Moisés: Nooo, noo, no te molestaré mucho; ya veo que estás muy atareado. (Moisés, bajando la vista, empieza a hacer circulitos en la arena del bar con su vara, los cuales se van ensanchando sin cerrarse nunca: diríamos que es como una gran espiral, brutal, interminable). Escucha, Dios, es que me prometiste una cosa en el Génesis y ya estamos en el Deuteronomio y... nada de nada. 
Dios: ¿Yo, Dios? Dios no puede prometer hijo, solo cumplir, es como esa espiral en el suelo del bar. Debes de haberlo soñado Moisés, hablemos de otra cosa y no me des mas la vara. 
Moisés: ¡Sí, hombre! !Quiero decir... Dios, Dios! ¡Me prometiste una tía! Ahí... (señala una punta lejana con su vara)... en el Sin-ahí, arriba, en la cumbre de la montaña. Tu voz sonó potente y clara, arrolladora. A la fuerza tuvo que oírlo alguien más. 
Dios: ¡¿Una tía?! ¡Pero que tía ni que Schelliing y medio! (visible gesto de malestar divino: hunde una de las casas de caracol que coronan la estrella de cinco puños con su punta). 
Moisés: (sudando por la vara y levantando la voz): ¡Sííí, hombre! (se golpea con la vara en la cabeza, sin llegar a autolesionarse de gravedad, eleva los brazos al cielo y grita): ¡MecagoenDios, otra vez! ¡Lo he vuelto a decir! (ahora, Moisés, dirige su mirada más hacia Dios –que está enfrente suyo parpadeando a lo Buñuel con el tercer ojo– que hacia ningún otro sitio) ¡Cuánto lo siento! quería decir: ¡Sííí, Diooss! ¿No te acuerdas, señor mio? ¡Me prometiste una tía! ¡La Tía Prometida! 
Dios (abriendo un poco la boca para pensar hacia atrás): ah, ah, ¡aaaaaaaahhhhh! claro, claro. Bien, no se hable más. ¡Elige Moisés! (de los huesos de alce van surgiendo varias figuras femeninas, medio atléticas, medio trompas, y rápidamente se sitúan de pie, a ambos lados de la mesa). 
Moisés (jugando con su vara): uuhmmm, uuhmmmm, quiero la morena de los ojos rojos. 
Dios: ¡Buena elección! Se llama Lápida, es judía y un poco hebrea, de Bombón, una ciudad en la frontera de paja con Tiatnamen. Seguro que os lleváis bien. Hala, hala, hasta luego chicos (empujando con la mirada a Moisés y a Lápida), nos veremos en el libro de los techos; Ah, y... Moisés: ¡Hazlo y púdrete! (Moisés, que ya se iba, se detiene, se gira y da un respingo con los tobillos adivinando que el Altííísimo aún no ha terminado su frase) (Dios, continuando): Tú y tu descendencia, baja por las ramas del árbol geneailógico, y llega lo mas lejos que puedas, anda. (Moisés, esta vez sí, anda junto a Lápida de Bombón perdiéndose de vista definitivamente). 
-Dios (volviendo a lo suyo, llama al camarero): ¡Baphomet, la cuenta!
(se acerca el camarero, de espesa y parda barba cuasi tridimensional, deja la cuenta sobre la mesa, donde podemos leer: «3 Terremotos, 15 euros, un Tsunami, 25 euros, Epidemia de Tifus en Viena en 1873, 73 euros, Atracón en el Vietkong, 51 euros con 80 céntimos»). 
Dios: ¡Eh Baphomet! He pedido amor y no lo veo. 
Baphomet: Sí, sí, te lo he metido Dios, en el IVA. Pero Dios mío, aprovecho ahora para preguntarte... ¿De dónde coño procede el amor...? 
Dios: ¡Querrás decir de donde pollas! ¿No lo ves Baphomet? ¡Que no te engañen! ¡Está en el IVA! Por algo es un valor añadido en el mundo y nada mas que eso. Si lo sabré yo, que soy todo amor, yo mismo soy todo amor, YO...SOY... 
Baphomet: ¿Y paz y Armonía también? 
Dios (tocándose levemente la nariz –como el que pasa el plumero por un jarrón lleno de polvo blanco– en un rápido movimiento de izquierda a derecha): Bueno, bueno, pero solo un poquito...(Dios se queda un rato pensando, se rasca la barbilla con los meñiques y le dice a Baphomet): De todas maneras Baphomet, creo que a mí no puedes aplicarme el IVA del amor, pues no soy ni sujeto cognoscente ni objeto causal y, si me apuras mucho, ni siquiera un tipo casual. 
Baphomet (reflexionando sobre las palabras divinas con amargura): En efecto (pensando para sí: «¡Pues si a eeste, que es el Altísimo, y que emana luz y bondad allá por donde va no puedo aplicarle el 21 % del IVA del amor, no sé a quién se lo voy a aplicar!”) (echándose la servilleta al hombro con fastidio: «¡Así me va el negocio!»). Pero Dios mío, ¿Pueden los hombres y mujeres darse todo el amor que deseen entre ellos, incondicionalmente? 
Dios: No hay que pasarse. Lo que marque el IVA. Por cierto, Baphomet, ¿cómo va la Desextatización? ¿Ha habido muchos éxtasis esta semana? 
Baphomet: Tres o cuatro, aunque el más destacable sin duda fue el de un misionero de tortas de maíz que se quedó pegado a la silla unas 12 horas y perdió el vuelo. 
Dios (mueve la cabeza hipercúbicamente en señal de ligero contratiempo): Bien, bien, pásame el informe del inspector de Sanidad y Éxtasis Divinos (lee el papel)... en total, sumando lo de esta semana cerramos mes y hemos llegado a los 18 éxtasis, entonces tengo que darte...(haciendo el cálculo mentalmente)... si 1 éxtasis son 12 ratas...en total serían 258 ratas. ¡Joder! Este sábado sí que van a estar contentos los clientes; ya tienen compañía para ver el partido. ¿Hay liga de músculos, no? ¿Quién juega? 
Baphomet: Creo que el C.F. Bíceps se enfrenta en el partido de la pomada al Deportivo del Glúteo. 
Dios: ¡Uyyy que pronostico más fácil! Hasta yo acertaría, que últimamente la verdad no doy ni una, mira si no lo de Vietnam. En fin, en este partido los muchachos del C.F. Bíceps ganarán sin esforzarse mucho, los del Deportivo del Glúteo juegan como el culo. 
(Baphomet se retira dejando a Dios solo consigo mismo, lo que no es nada fácil, eeste mira alrededor como si buscara a alguien, para hacer más llevadera la espera, saca lo que parece ser un cómic; leemos en la portada: Patadiós, lo abre por la sección de plegarias a santos, santas y plantas): 
«Poner una vela a San Agustín da mucho gustirrinín San Ismael...me sorbe la hiel
San Ernesto...al cesto
San Geranio vende su cráneo 
Santa Elena se diluye en la arena San Pancracio ...batracio
San Juan... me excita Pan Homero...abusa del clero 
A Werner Hergoz... le asusta la eyaculación precoz Santa Inés... ¡Sujeta el arnés!
Santas Frituras... tus lecturas espantarán a los curas Santa Eulalia... placer y parafernalia 
Dios: (pasando página). ¡Este Patadiós es la hostia, la hconsagrada! Me gustaría encontrármelo algún día en persona, si es así... ¡Qué Ubú nos pille onanizados! 
(En ese instante vemos acercarse a dos pequeños mozalbetes, de nombres Arturo e Immanuel; llegan correteando y cargan dos volúmenes sujetos a sus espaldas: El mundo como voluntad y repenetración y Ética de la razón puta respectivamente; al llegar a la vara de Dios, saltan, confiados, acomodándose en sus rodillas. Dios los acoge, sonriéndoles, les estaba aguardando.)... (Dios, mostrándoles a Arturo e Immanuel una nueva historieta del tebeo): ... y aquí es cuando llega el autobús del Semen conducido por Patadiós, ¿Veis?, en los laterales y en la parte frontal del auto-ubús hay impresas en grandes letras: YO...NO...SOY. Lleva los tanques de semen vacíos porque hoy ha tenido que hacer la ruta del barrio tántrico, y en las casas de ese barrio las personas que viven en ellas se quedan el semen para sí mismas, lo guardan en los cajones de sus partes-escritorios, dentro de bolsitas impregnadas de azufre y mercurio, justo al lado de las traducciones híbridas y bisexuadas de Voltaire, a mí me llega muy poco semen, la verdad. Fijaos, Fijaos... Patadios en esta historieta está terriblemente decepcionado con su recogida de semen, pues Él funciona por objetivos –al igual kel Idealismo TrascendenTalyCual, que tantos disgustos me ha dado¬, esto es: a más líquido seminal, más jornal... 
(Arturo e Immanuel parece que se aburren endemoniadamente, Immanuel estornuda y se limpia los mocos con una hoja de parra cocida. Ambos empiezan a tirar de las barbas de Dios) 
Dios (les reprende con cariño, en una amable y correcta, aunque no menos exacta, mezcla de dulzura y melancolía): ¡Eh niños! Dejad de estirarme mis barbas que de ellas es el reino del estercolero. Venga, vamos a cantar esta canción que sale en el cómic, la de Los Borrachos de la Tele: «En el auto de papa», yo haré las veces del traqueteo del coche con los muslos. 
(a coro los tres): 
«En el coche del Mossad Nos iremos a pasear 
Vamos de paseo Pii, pii, pií 
En un coche hebreo Pii, pii, pií 
Pero no me importa Pii, pii, pií 
Porque llevo escolta Pii, pii, pií» 
Dios: ¡Muy bien, israelitas! Ahora vamos a pasar por un túnel minado... –Los 2 niños: ¡Bieeeeeen! 
Dios: así que...abrimos el mar muerto, quitamos las luces de imposición para estar a tono con el túnel, desembarcamos, metemos primera y ... allá vaaamooos... 
(vuelven a cantar las tres gargantas, profundamente) 
«En el coche del Mossad Nos iremos a pasear 
Vamos de paseo Pii, pii, pií, 
En un coche ateo Pii, pii, pií, 
Pero no me importa Pii, pií ... ¡Bouumm!» 
Dios (riendo con ganas): ¡Jua, jua, Juan!, ¡Mirad! Arturo, Immanuel, el dichoso cochecito ha saltado por los aires... y sus astillas han volado a la velocidad del pensamiento, llegando hasta el muro de las soluciones imaginarias, en el templo de Jeruentran. 
Arturo: ¡Menos mal que no había ninguna buena traducción de Voltaire dentro! 
Immanuel (observando sus manos con pavor): ¡Noo, nooo, nooooo! (A Immanuel un sudor frío le recorre la columna vertebral de arriba abajo, de abajo a arriba, de arriba abajo, de abajo a arriba, de arriba abajo, de abajo a arriba, de abajo a arriba, de arriba abajo, de arriba a abajo; el interior de la médula, sede del desorden y del tanto por ciento aritmético, se divide en diminutas bolitas de nácar esparcidas al azar en el líquido medular en una operación en la que cuenta menos lo que se tiene que lo que se sostiene). 
Dios: ¿Y si cantamos nosotros una canción? ¿Os sabéis la del tedio desgarrador? 
Arturo: Yo me sé una anécdota muy buena sobre el tedio... 
Dios (molesto): ¡Cuidado con lo que dices Arturo! El hastío es una de mis creaciones más inspiradas... (abstraído, empieza a entonar lo que parecen ser las primeras estrofas de una balada): 
«¡Vacío! 
¡Vacío! 
En mis oídos retumba 
Eterno, vulnerable 
Pues para ti no hay tumba...»  
Arturo e Immanuel (interrumpiéndole, chillando con los piececitos): ¡Diooosss, danos chocolatinas! 
Dios: Bueno, bueno, he traído unas nuevas, son de la marca «Voluntad ¡Detente! en mi mente». 
Los niños: Sííí, sííí, ¡queremos, queremos! 
Dios: ¿Voluntad pura o con leche? 
Arturo: Yo voluntad pura. 
Immanuel: A mí me la das con leche. 
Dios: ¿Es que no hay manera de que queráis los dos las mismas cosas? 
Arturo: Compartimos el pica-pica Torre de Babel, lo chupamos alternativamente. 
Dios: ¿Y con que la chupáis? 
Immanuel: Con el palo de la moral. 
Dios: ¡Uyyy, eso tiene mucho azúcar! Es perjudicial para vuestros dientes... 
Arturo: Y también para Occidente. 
(Dios se atusa la no-barba, pensativo; de repente, se escucha a lo lejos un gran jolgorio, un griterío de multitud enfervorizada) 
Dios: ¡¿Qué es todo ese Ubullicio?! 
Arturo: Es una manifestación legalizada, son los de «Mas huertos, menos muertos» un grupo ecologista-pacifista que... 
Dios: ... Ah sí, los conozco, pero yo voy con la otra sección, los de «Mas muertos, menos huertos». Tengo entendido que ellos sí que tienen un programa bien definido, que además cumplen a la perfección, a rajarabotabla; sus seguidores están plenamente satisfechos, duermen a pierna suelta todas las noches, atados por los rabos. 
Arturo: Si te fijas bien Dios mío, veras que hay un punto en el cual los dos programas coinciden. A más muertos, más materia orgánica para alimentar los huertos de los otros. 
Dios: Vaya Arthurito... ¡Muy bien! ¡Choca esos cinco! (le choca la mano) ¡Has elaborado una siéntese-Isis como la copa de un cínico! (mirando a Immanuel, que parece entretenido hurgándose los bolsillos): ¿Y tu que dices Immanuel? 
Immanuel (lamiendo una barrita de regaliz): ¡Pues que a mí me gusta mucho la regaliz Adam Smith! 
Arturo y Dios: Ja Ja Ja Ja. 
Se oye un trueno, dossiete. Un rayo cae cerca y enciende varias chimeneas de las casas dispersas por los alrededores. De una de ellas sale una mujer, blanca, espigada, manos griegas, llevando en la espalda un recipiente ovalado del que se derrama un líquido rojo y oro. De la siguiente sale otro, rubio, senos al viento, conforme camina la espalda se le va estirando hacia arriba, como si quisiera elevarse, pues su trasero –de un tamaño menor que el resto de su cuerpo– no hace bien el contrapeso. De una tercera chimenea sale una nueva persona, rostro volcánico y manos de avestruz, en su pecho se abre un espacio por el que se filtra una luz que lleva hacia los confines del horizonte, en cuyo oscuro lecho el norte copula con el sur, el oeste fornica con este, y una bandada de cuervos persas –seguidores de Montesquieu– surge de sus infinitas líneas, partiendo en vuelo meteórico y dispar, expandiéndose como balas de fusil hacia los diferentes puntos del cielo oceánico, desértico, aún no víctima de las perturbadoras estrellas. Aunque todos caminan en la misma dirección, no se encuentran nunca. Finalmente entran otra vez en sus casas, acostándose. Dios danza en sus sueños, sujeta el hálito vital de sus corazones con el ansia de sus labios, escudriñando dentro: «Lubricante Danzig: Ideal para separar con facilidad la Voluntad de la Representación. Cómprelo hoy y lubríquese mañana». 
Immanuel: Debemos irnos.

Arturo: Queremos irnos.
Dios: ¿Por qué? ¿Tan pronto? ¿No estáis a gusto en el regazo del Todo? 
Immanuel: Es que, el mundo es víctima de una necesidad natural... 
Arturo: ... largo tiempo intuida... 
Dios (brindando): ¡Y por siempre sea renovada! (esta divina sentencia provocó inmediatamente, en el mundo sensible, un repentino auge en la hasta ahora adormecida industria del papel higiénico. Genara Vulpius, empresaria de una de las manufactureras mas importantes y reputadas de dicha materia bruta fue una de las mas beneficiadas pues durante los días previos al asedio de las tropas napoleónicas al condado de Weimar, tanto ella como Goethe, como los –en su mayoría– demás ilustres nobles y petituburgueses conciudadanos de la pequeña villa cortesana paralela al Rhin, hicieron un uso desmedido de los rollos de papel higiénico cambiando sus costumbres habituales de dedicación a la prosa ligera, la poética trascendental y el verso metafísico por el contacto con esos redondeles de, al menos en los rollos que vendía la Vulpius, 74 gramos de celulosa por rollo, celulosa, eso sí, extreñida directamente de los excelentes bosques de pisos que rodean la culta y extremadamente coqueta ciudad de Weimar, tanto es así que hasta el mismísimo J. W. Goethe –muy especialmente, y sobre todo, en los aciagos acontecimientos de las refriegas en la ciudad por parte del contingente del ejercito francés– se vio obligado a intercambiar sus más elevados giros poéticos y brillantes metáforas por paquetes y paquetes de rollos de papel higiénico –hay que decir que la Vulpius los empaquetaba para sus amigos y parientes más íntimos no a la manera habitual, es decir, en círculos concéntricos, enrollando y enrollando hasta llegar al peso máximo permitido por las leyes, sino infoliados, casi flotando etéreos y permisivos–, pues ni siquiera su excelente sueldo de consejero ducal le bastaba para adquirir suficientes provisiones de rollos de papel higiénico si se presentaba el caso extremo, caso que, lamentablemente, era norma frecuente y cotidiana durante los días que duró la ocupación gala.
Teresa Fuga, contertulia que se dejaba ver por los ambientes cultos, acudía a diversas recepciones y tomas de te con pastas y lino abierto y compartía galletas de mantequilla y conversación supra con jóvenes talentosos y cumbres de mediana edad, hacia un uso muy particular del papel, pues, a la manera de un helecho joven, presentando sus hojas al dominio natural, ella conseguía que el papel higiénico ora no gruñera, ora no raspara: ¡Sometiera!, al igual que el excelente cantante de música ligera Napoleón Bonaparte pretendió hacer con los weimarianos. Posteriormente, la Fuga, compitió, con notable éxito, en las primeras Olimpiadas de Papel Higiénico de invierno que se celebraron ese año en Candinsky (Sierra Serrada) (Dios, volviendo del anterior paréntesis): En ese caso... (metiendo mano a un agujero en la nada y extrayendo de ella unos manuscritos) ... llevaos los Federalist Papers ...para limpiaros... 
(los niños saltan a tierra y salen corriendo, salpicándose de barro, perseguidos por la necesidad). 
Dios: (atento a su corazón, reloj de cuarzo dinamitando el centro mismo de su pecho) ¡Yo mío! ¡Si es tardísimo! Y he quedado ahora mismo con Juana de Narco. Me voy volando. (Se levanta y al salir deja un cheque sobre la mesa donde se lee: «Páguese al orador»). 
PATACODA 
Arturo e Immanuel, lejos ya de la divina presencia, se deslizan, indolentes, caminando por la hierba fresca, observando las nubes, alternando los pasitos cortos con las correrías propias del juego despreocupado; al fin se tumban a la sombra de un gran árbol que se la hace. 
Arturo: ¿Qué escondes ahí, Immanuel? 
Immanuel: Nada, es un tratado que estoy leyendo: 50 maneras de designar los senos sin marcharse, por el Dr. Bungalou Lumbago A'tresbandas, Sportman. 
Arturo: A ver, a ver... ¿Tiene ilustraciones? 
Immanuel: No, es puro texto. Agudiza el entendimiento, salpica las encías. 
Arturo: ¡Buah! (se lleva una ramita de anís a la boca y la mastica, indiferente) 
-Immanuel (recostándose cómodamente en el tronco del árbol, abre un paquete de rosquilletas de caballo y empieza a leer del librito en voz alta): 50 maneras de designar los senos sin cansarse, por el Dr. Bungalou Lumbago A'tresbandas, Sportman”: 
1. El látigo simpático 2. El monóculo del mastín 3. El alegre resorte 4. El melón humano 5. El vértice del silencio 6. El melón a mano 7. El festín accesorio 8. El tic-tac enojoso 9. El delicioso pastel 10. El Bombín en el tiesto 11. Las murallas cínicas. 12. El doble juego 13. El veneno amistoso 14. La oferta del reptil 15. Los mayordomos atragantados 16. El bizcocho gnóstico 17. El tierno escondite 18. La ética de la metralla 19. La hogaza paralela 20. La renta perpetua 21. La tómbola negra 22. El spleen flotante 23. La insípida vitamina 24. Las fresas rectas 25. Los fuelles cristalinos 26. La magia de etiqueta 27. Las caricias del periodismo 28. El prisma respetable 29. Las llaves de paso 30. La perversión de la gravedad 31. The milk is yet to come 32. Temor y tambor 33. La hélice, el somier 34. Las medallas impuestas 35. Pensamiento, obra y emisión 36. El heno elástico 37. Calambre en la mandiúbula 38. Al trote Goethe 39. Sé por el corsé 40. Del lecho al techo hay un gran pecho 41. La espuma de las tías 42. Cuarenta y tres, Licor 43. 44. La protuberancia de Francia 45. La tranca retráctil 46. Frotamiento, obra y comisión 47. Hetéreolíneas Aéreas «El Higo Jumbo» 48. La manguera, el surtidor 49. El método para acercarse a una hormiga a menos de 50 kilómetros o Descripción de Goethe a partir del intercambio de novelas eróticas con su sastre: El neokantiano Karl Ulrich Georg Conrad Ludwig Müller Gerstenbergk en su premiada obra Hostiga a la hormiga desarrolla una teoría cuyo vértice o punto inicial a partir del cual se desploma majestuosamente todo el edificio de su pensamiento podría resumirse en la máxima: Cogito Ergo Hormigum, que, a pesar de todo, significa: «Pienso luego hormiga». En algunos países, empero, se tradujo como: Si pienso soy una hormiga, sino no lo soy, y en otros como Ortiga y hormiga no hacen miga y, en otros muchos más países, como Primero le doy el pienso a las vacas y gallinas, luego ya me ocuparé de las hormigas. Mas prosaica y cercana, al lado de la gasolinera que une Illinois con el estado de Macbeth, al Sur de Carolina, se encuentra la tienda especializada en productos para hormigas, Cogito Ergo Hormigum, donde encontraremos un sinfín de utilidades y las últimas novedades para hormigas que aparezcan en el mercado arácnido. Destacaremos, de entre todos los demás, los siguientes productos: siodos humedecidos que actúan como drenaje para las patas, abrillantador de antenas, el práctico y confortable reposahormigas «hormigas para mi» y su completo y homófobo «hormigas para que, para que, que, que, que», lubricante de orégano para aplicar en la parte posterior del abdomen, escafandras para el sonambulismo, ensimismamiento de la guillotina para provocar estados alterados de inocencia en las hormigas, compartimento de acero radical para la merienda: «sublime serenidad», pantys reforzados de almizcle y, con mucho, el mas especial de todos: ¡¡¡Sulfato de Ideas Amonestativo!!!, este producto, «sulfato de ideas amonestativo», lo analizaremos inmediatamente después de que ustedes lean la palabra AHORA MISMO: buceando en la historia habría que convenir en que la relación del sulfato con las hormigas no ha sido siempre amistosa; 3 hechos la consuman: por una parte el apelotonamiento, aunque siempre ordenado, que se advierte en las hordas de hormigas provoca que cuando el sulfato desciende desde las alturas acierte siempre, por otra, nunca se ha producido la relación inversa, la que va de las hormigas al sulfato; es en este punto donde se advierte la eficacia del producto que estamos analizando, ya que el sulfato de ideas amonestativo incide directamente en aquello que resulta ser de lo mas preciado para nuestras amigas, las hormigas: su Clitoiris. Este órgano, extremadamente sensible y acuoso, de una humedad relativa inspeccionada todos los trimestres de cada mes por la sabia naturaleza, –aquella que hace saltar todas las alarmas de las cloacas cuando mezcla lluvia y sol en armónica proporción temporal, y surge, de ello, el resplandeciente y aburrido arcoíris– es, en las hormigas, de una importancia similar a lo que el hecho de haber escrito El Capital de Marx fue para los padres de Marx, el Marx que escribió una cosa que se conoció después como El Capital de Marx, estaba compuesto, en su Superestructura, Él, Marx, de: extorsión, nudo y sabotaje. Él extorsión se ocupa de cercar las partes blandas, Él nudo aprieta y Él sabotaje remata. 
¡Duerma con mosquitos!, Hormiga Transcendental: Las hormigas no se apelotonaron, ascendieron en bloque, –excepto algunas descarriadas, a las que consideraríamos hegelianas de izquierdas y otras, que, morro contra morro, procedían como Antístenes el Ópaco, singular filósofo presocrático que solía dejarse crecer la barba en días de abundante lluvia delante de una multitud de tinte estoico– cautamente, entrando dulces, como un pensamiento en un cerebro o un miembro penetrando, amable, en la horca. 
COROLARIO: De Camboya a Raimón, ¡Todo es un colchón! ¡Beba Cerveza Königsberg!: La cerveza que entra a priori, subiendo las empinadas cuestas del entendimiento y baja, a posteriori, refres-Kant-do el gaznate. Cerveza Königsberg: ¡Única en el mundo fenoménico! ¡No te representes el codo! ¡Empínalo! 50 Es-teta

-Arturo: ¿Y qué harás, Immanuel, cuando termines el álbum? 
Immanuel: Empezaré este: 50 Nuevas maneras de designar los senos sin mancharse, por el Dr. Bungalou Lumbago A'tresbandas, Sportman. 
Arthur: ¡Eso está muy bien! De esta manera nunca serás el mismo siempre; irás cambiando por dentro según la amplitud, profundidad y variedad de tus lecturas... (los ojos de ambos se encuentran) ... La cosa en sí no es así, Immanuel... 
FIN DEL PRIMER EPI-SODIO 

 

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Putos escritores

Rafa Camarasa

1. Sangre

Allí estaba. En el Hotel Wellington, recibiendo uno de los premios de poesía más importantes del país. En su discurso de aceptación, dedicó el galardón a su padre. El anciano, que aplaudía, lloraba y henchía su pecho orgulloso en primera fila, ya no se acordaba de aquel día en el que, cuando tenía diez años, el premiado le preguntó    en la playa si la orilla era el principio o el fin del mar; aquel día en que, muy abatido, pensó que de sus dos hijos ese era el tonto.

2. Tomates

Mi padre se pasaba las horas en su despacho tecleando la vieja Olivetti y, cuando salía, lo hacía con poemas y relatos, historias que nos leía y que a mi hermano y a mí nos embelesaban. Pasados los días, cuando mamá perdía la paciencia y le  gritaba, caía en la cuenta de que los versos no se comían, que el casero no aceptaba fábulas como pago y que sus historias no tenían el color del dinero. Entonces salía a buscar trabajo y, muchos días, al regresar a casa sin haber conseguido un empleo, nos ayudaba en la cocina. Una vez, mientras los dos troceábamos unos tomates para preparar  un guiso, me di cuenta de que, aunque su cuerpo estaba junto a mí y suya era la mano que movía el cuchillo sobre la bancada, se encontraba en el cuarto con su vieja máquina y, diría  más, en algún lugar que nosotros no conocíamos y al que viajaba cada vez que se encerraba allí. «Estoy donde no vivo y vivo donde no estoy», me dijo al sentirse descubierto. Yo solo tenía dieciséis años, apenas una mujercita, una edad suficiente, sin embargo, para comprender que sonreía como si llorara. Un día salió de casa temprano y no lo volvimos a ver. Mi hermano pequeño creyó que se lo había tragado el cuarto en el que escribía sus   historias. «Papá está ahora donde quiere vivir», le dije, intentando cerrar el círculo de un falso cuento mágico. Él asintió y movió su cabecita reconfortado por mis palabras. A sus siete años, no entendía la fortuna y la condena de aquel hombre. Estuviera donde estuviera, siempre viviría en otro lugar. Quizá en el mismo donde yo estoy escribiendo todo esto que aún no he escrito mientras, a este lado, corto tomates en la cocina.

3. Angustia

El escritor le confiesa que lleva meses sin poder escribir  una sola palabra. A Angus le sorprende que le cuente eso, aunque la verdad es que le sorprendería cualquier cosa que le dijera que no estuviera relacionada con las tareas domésticas que realiza. Es solo la  mujer de la limpieza y, en los tres años que lleva trabajando  para él, nunca han hablado de nada personal. Si sabe que tiene  su misma edad, cincuenta y tres, es porque lo leyó en la solapa de uno de sus libros. Al pobre se le ve en el rostro que está agobiado y que necesita contárselo a alguien, y justo ella está ahí, limpiando en su estudio. «Es la angustia de la página en blanco», le dice ahora desde el sillón de su escritorio, frase a la que sigue una retórica lastimera sobre los efectos devastadores de su crisis. Vuelta hacia él, junto a la librería a la que le estaba quitando el polvo, la mujer lo escucha pensativa con el plumero suspendido en el aire. 
   
Hace unos días, cuando a eso de las cuatro de la tarde se disponía a abrir la puerta de casa, escuchó que el teléfono sonaba dentro. Volvía de quitar la mierda de otros pisos como el del escritor, cansada y hasta el coño de recibir órdenes del tipo: «Angus, cariño, mira a ver si limpias mejor las repisas de las ventanas, que ayer no se quedaron bien». Apenas descolgó el auricular y pronunció el clásico «dígame», él comenzó a hablarle atropelladamente en voz baja. Decía que se encontraba en el trabajo y que no podía extenderse porque el jefe andaba cerca,  así que le rogaba que no lo interrumpiera. Sentía mucho lo ocurrido el día anterior. Estaba avergonzado de todas las barbaridades que escupió por su boca y suplicaba su perdón. Aún  no se explicaba el infantil ataque de celos que lo había llevado a comportarse así. En cuarenta minutos podría escaparse un rato de la oficina y le preguntaba si quería quedar para aclarar lo ocurrido. Era absurdo que rompieran por aquella tontería. «Bueno», contestó ella. «Sobre las cinco, en el parque que hay frente a mi trabajo. Te dejo, que se acerca el jefe. ¡Te quiero…!», dijo antes de cortar. Angus colgó el teléfono y observó que la mano le temblaba. Le habían emocionado aquellas palabras y, por el tono de su voz, parecía sincero. Así que corrió al dormitorio y comenzó a sacar vestidos del armario, que extendía sobre la cama sin decidirse a elegir uno. Ya compuesta, disimuló con maquillaje las arrugas que se roturaban en los ángulos de sus ojos y se pintó de rojo intenso los labios para que parecieran más grandes. Por suerte, el día anterior había ido a la peluquería y su cabello no necesitaba más que unos retoques. Supo que todo estaba en orden cuando la vecina que bajó con ella en el ascensor le dijo que estaba muy guapa. Se sentía exultante y su contoneo la delataba. Los escaparates de Colón centelleaban como si celebrasen la inminencia de aquella cita. Tenía ganas de abrazarlo, de besarlo, de apretujarlo contra su pecho. De decirle que estaba dispuesta a darle una oportunidad. Al llegar al paso de peatones, se detuvo y esperó a que el disco se pusiera en verde verde. Sin embargo, cuando cambió, se quedó allí parada. Nublada por un pensamiento, miró al otro lado y esquivó con los ojos un edificio. Luego, hasta donde le alcanzó la vista, se adentró en el bulevar: un camino que llevaba a más caminos. A nuevas encrucijadas de líneas. ¿A qué parque se referiría él? En la ciudad había muchos. Y aun sabiendo cuál era, ¿cómo reconocería a su amor? De repente se sintió indefensa, desposeída de su tesoro. El sol brillaba en los metales y lo hacía en un falso escenario. El semáforo cambió un par de veces, pero ella no avanzó ni un paso. Ya no cruzaría la calle y no iría a ningún sitio. Llevaba años sin marido ni novio; no había tenido siquiera un amante esporádico. Y era evidente que el hombre que telefoneó a casa se había equivocado de número. Miró manos crispadas y comprobó que le temblaba el pulso. «Tú no estás bien, nena –se dijo–, no estás nada bien».

Con el plumero aún suspendido en el aire, mira al escritor angustiado, que parece esperar consuelo empequeñecido tras su mesa. Angus, que esta mañana ha vuelto a tomarse los antidepresivos que le recetó el médico y que por decisión propia había dejado, sabe lo que le gustaría decirle sobre dónde meterse su mierda de angustia creativa, pero lo ve tan preocupado que prefiere no hacerlo. A cambio, le dice que, menos la muerte, todo en la vida tiene solución y que, si no existiera el invierno, después no habría primavera. Ha leído esta frase  en el sobrecito de azúcar que le han puesto hoy en el bar con  el cortado y debe de reconocer que le ha venido de perlas. Después se acerca al escritorio y le pregunta si quiere que se lo limpie. El escritor se levanta contrariado y sale de la habitación. Sobre la mesa, además de una pantalla de ordenador apagada y un teclado, hay una hoja en blanco con una estilográfica destapada encima. Cadenciosamente, casi sin tocarlos,   pasa el plumero y sonríe. Está pensando que si, como ese imbécil, tuviera el don para escribir historias, empezaría una y la titularía Angustia.

4. Las partículas elementales

No me mires así, te he sido sincero. No soy ese famoso novelista –¿Houe-lle-becq, dices que se llama?–, y sí, debo reconocerlo, lo correcto habría sido confesártelo antes, cuando me confundiste con él en el bar de copas, cuando nos enrollamos en los lavabos o cuando veníamos a tu casa magreándonos en el taxi. Desde luego, antes de que nos acostáramos. Pero te será fácil comprender que, con esta cara, las mujeres no me prestan demasiada atención, y que te vi tan entregada a ese  tipo y a su obra –y, en cierto modo, a mí– que me dejé llevar. Tranquilízate y deja de insultarme, que yo no te he faltado al  respeto, y admite que, al fin y al cabo, no lo hemos pasado tan mal. Así que no me apuntes con esa novela ni amenaces con tirármela, que cuando antes me la has dado para que te la dedique lo he hecho con mucho cariño. Para que la vendas por Internet y algún friki te pague una buena pasta. Si lo miras bien, párate a pensar quién sabe cómo firma el Houe-lle-becq  ese de los cojones.

5. Como dijo Giacometti

«Si en un incendio tuviera que escoger entre salvar a un gato o un Rembrandt, salvaría al gato, …y luego lo dejaría libre»
                           (Alberto Giacometti)

 

Patricia de la Nuez, «una de esas poetas que abren nuevas ventanas y dejan que la luz de la tradición poética se tamice en sus versos, dotados de una fuerza arrolladora que nunca nos deja indiferentes», según decía la crítica de su último libro en el suplemento literario del diario El País, soñó que la habitación ardía. El fuego voraz lo consumía todo y ella, de pie en el centro de la estancia, apenas tenía tiempo para huir. En un rincón estaba Coronel, su gato, que no sabía por dónde escapar. Justo enfrente, encima de la chimenea, había un bellísimo Rembrandt de valor incalculable que representaba a una niña. El incendio se propagaba con rapidez y, en su escapada, ella solo podía salvar a uno. Allí, cercada por el desastre, evocó el placer de contemplar el cuadro al final de cada jornada y de dejarse ir acariciando al animal en su regazo. No había día en que no descubriese en la pintura un nuevo trazo ni día que no tuviera con Coronel charlas más profundas que con muchas personas. El gato, erizado, con el cuerpo arqueado y de puntillas sobre sus patas traseras, lo miraba desde el rincón. Candorosa y esclarecida por el fuego, la niña del óleo parecía mirarla.


Cuando llegaron los bomberos, encontraron a Patricia delante de su casa, una vivienda unifamiliar de dos pisos en las afueras de la  ciudad cuya planta inferior estaba en llamas. Explicó que se había quedado dormida en un sillón frente la chimenea y que la suerte quiso que se despertara a tiempo. «Debió de ser una brasa –les dijo–, creo que empezó por las cortinas». A un lado,  sobre la acera, estaba lo que había salvado. Un ordenador portátil y una carpeta con un rótulo que decía: «Borrador nuevo poemario». Mirándolos, tomó conciencia de que, despierta, en un mundo real donde las cosas de verdad ardían,   ellos eran su Rembrandt. Y se dio miedo a sí misma. «Por favor, salven a mi gato», suplicó a los bomberos.

6. La televisión estaba encendida

Ha muerto un escritor al que le concedieron el Nobel. En la televisión. Mientras comemos, la televisión transmite imágenes del funeral. Mi madre, que va para ochenta y ocho, carga la cuchara y la mantiene en vilo. Casi entre dientes, pero procurando que se le oiga, dice que sí, que muchos libros buenos y mucha hostia, pero que míralo, como su marido: solito en el ataúd.

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Paleta de colores

Inés Matute

 

                                           «Las mujeres son del primer hombre que sabe soñarlas» 
                                                                                                                         (Charles Chincholle)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pincel es más fino de lo que había imaginado, sus cerdas más cortas. El artista maneja sus utensilios con destreza, la misma que muestra cuando muele granos de arroz y hojas de llantén. En ocasiones, Chen llama plantago al llantén, enuncia sus propiedades curativas –ulceraciones y picaduras, hidropesía y hemorroides– y habla y habla hasta que el sueño nos sorprende cruzados sobre el tatami, pálidos como la muerte.      

          

Creo necesario explicarlo: con la misma facilidad que las plantas se convierten en medicina, yo me convierto en Namiko gracias a sus pinceles. Siempre antes de una penitencia corporal, antes del intercambio carnal.

Mientras Chen me prepara y remata en el aire envenenado, cierro los ojos y comienzo a percibirlo como un revoloteo alrededor de mi cuerpo, un torbellino de seda que cruje y crepita perfumado del aroma de la aldea. Sudor, cáñamo húmedo y vapores de pucheros donde roncan las coles. Por ese revoloteo imperceptible, constante, dejo de ser tarea pendiente. Ya no soy espera dilatada, ni crisis de valores, ni asunto dramático por resolver. Ya no soy ciudadana de primera: no soy ser ni estar ni parecer.

Apretando aún más los párpados, imagino el trazo negro que remarcará la línea inferior de mis pestañas, pero nunca acierto en mi predicción. ¿Por qué motivo? Porque yo pienso al modo occidental. Lo que él está perfilando no es una línea, sino un punto negro. Por experiencias previas, sé que debo permanecer muy quieta, por eso reprimo la agitación de mi pecho y atenúo el ritmo de mi respiración. Con el cálido aliento del maestro sobre mi rostro –cebolla y aguardiente–, pienso en un geiser brotando imparable. Aguas minerales que manan del ombligo de la tierra cargadas de propiedades. Yo soy madera. Él es fuego. Es imperativo equilibrar las fuerzas de los elementos, tal y como se me explicó. Aunque es posible que el intelecto no juegue a mi favor…

En lo alto de la despensa guardamos dos botellas de sake Hakusan, con su lagarto, inmóvil y muy verde, en el centro. Lo ideal es tomarlo templado, en una vasija especial. Curiosamente, el arroz para el sake crece en un valle de Sacramento, California. Siempre he odiado los equívocos geográficos. Japón, China, Corea del Norte y del Sur. A la gente le da igual. A mí no. «¿Quién es ese hombre?». «¿De dónde viene el médico oriental?». «¿Qué hace aquí?». «¿Tiene los papeles en regla?». Chen es el hombre que se mueve sobre mi cuerpo, que me inyecta líquidos milagrosos y escarba en mis entrañas hasta el dolor. Excitada por momentos, intento verme como me ve él: un abecedario de potencias, un temblor por construir. Pero él, distinto e impredecible, observa las cosas a su manera, a través de un arrozal embotellado donde los lagartos bailan al sol.

Junto al campanario de una iglesia cercana, un reloj marca las seis. A las nueve me llevarán a la Casa de la Retama, me ofrecerán a los hombres arrodillada ante el cuarto jergón. Simón Leví será mi primera cita esta noche, el primero en disfrutar de mí. En el corazón de Chen, duro como una roca, los europeos somos un misterio que ha decidido no conocer. ¿Qué son los celos? El oriental no sabe lo que son los celos. Eso me duele. Me molesta que no me delimite como se cerca una propiedad. Una valla de espino o un muro electrificado, eso debería poner a mis pies. Cuando se lo dije, temblando como una hoja, solo me pidió que desempeñase un buen papel: cómo quedaría él ante el mundo si Namiko no nadase cual carpa en el estanque del amor. 

Por eso utilizó sus mejores pinceles, los colores más logrados. Curiosamente, rechazó los meteoros, esas bolitas de tonos pastel que solía guardar en una caja al fondo del tocador. Caja nacarada escondida entre los camisones, donde las cosas caras y hermosas nunca más verán la luz del sol. Cuando las cerdas del pincel se deslizan sobre esas esferas –amarillas, verdes, azulinas– arrastran parte del pigmento. La suma de colores en proporciones impensables es el color de la carne humana. Reflejos de madreperla, grasa, chicha y bofetada de Chen.

¡Ay!, atino a chillar con una voz en la que no me reconozco.

Artista a la ofensiva. Me arde la mejilla caliente de sangre. Mejor no hablar y permanecer muy quieta, mejor dejarse hacer. 

La cocina huele a ámbar y a eucalipto. Los vahos del bosque nos permiten respirar en la forzada proximidad. Mientras trabaja mis hombros, Chen me habla del torii japonés. Para los ascetas budistas, los bosques de coníferas son dulces, pues en ellos no ha penetrado todavía el mundo, allí el santo encuentra su reposo y las vírgenes su razón de ser. Ensimismada en un mar de dulzura, temo moverme y hacerle perder la concentración, tal es mi respeto por él. En este momento me ronda una pregunta estúpida, una pregunta sin respuesta, repetida como la tos: ¿quién es el dueño de quién? ¿De quién es la pasión? Arriesgándome al castigo, pienso en Simón Leví, en todo el asco de lo que habrá de suceder.  

Mi maestro me pide que suba a la mesa. Boca abajo con la grupa alzada, esa es su petición. Mientras me desprendo de las telas, él saca sus pinzas, se ajusta las gafas sobre el caballete de la nariz y me mira con ojos de insecto. 

Trepo a la mesa derramando parte del agua jabonosa; sin querer, he salpicado su precioso hanbok. Aparentemente, él no siente la humedad. Desde esta perspectiva, humillada por la postura, diríase que no soy yo quien maneja la situación. Dominación. Efecto dominó. Y, sin embargo, he estado así mil veces. Cuando el amor. 

Chen trabaja hasta el último pelillo. Con una aguja muy larga extrae un pelo que se enconó. Me duelen las rodillas. Siento temblores en los muslos. A veces, un pellizco que hace brotar la sangre. Diez minutos más tarde, el aire penetra en mi interior para salir inmediatamente contra mi voluntad. No huele mal. Es solo aire, no es gas. Esto no humilla a Chen, que sigue trabajando con la nariz pegada a mis nalgas, con tesón. 

«Yo no creo en la fidelidad física. No la comprendo. No me interesa la vida de tu jardín, me interesa cada latido de tu corazón».

Ahora lo comprendo: su amor es una digestión en paz. 

Cuello y escote muy blancos, nacarados. Los pezones rosados, como puntas de ciclamen. Ha fijado la pintura con clara de huevo batida, un raro barniz. Impacientándome, siento una ligera comezón y la creciente tentación de abrir los ojos, de descubrir sus trucos de artista, de aprender. Luego me perfuma en lugares estratégicos, es esencia de bergamota. Tras el perfume, el retoque, es momento de uniformar la pintura en los repliegues de la piel. Apenas me atrevo a parpadear. Aisladamente, ciertos gestos me excitan, el olor de los botecillos de los que extrae sus ungüentos, el entrechocar del cristal contra el cristal. Quién diría que los dedos que depilan mis axilas son los mismos que me separaron del mundo y me llevaron a él…

Finalmente, se me somete a la mirada del aguardiente, que es verde y letal. Chen censura, aprueba, rehace mi peinado con una paciencia infinita. Seis kilos de seda caen sobre mi cuerpo, ya sublimado, mientras el reloj marca las ocho y me habla de una memoria que olvida sus minutos. 

Llueve al otro lado de los cristales con acuática musicalidad: los restos del día devuelven a la luz sus alfileres. 

«¿Sabes? La vida tiene silencios que no son de nadie, silencios que son sueños rotos». 

El otoño de mi alma se desprende, de golpe, de todas sus hojas.

Chen me besa en la frente, me estigmatiza con su bendición. En su mapa daño y dolor son lo mismo y mortifican por igual. Las ruinas de un edificio carcomido por el tiempo, ceniza, hoja podrida de llantén. 

Un minuto de dolor, uno de placer, uno de arrepentimiento. Amarrados todos a mi cintura.

Capitulaciones:

Sé que mi cliente jamás nos comprendería, pues nada responde a la rara lógica del oriental. Tampoco yo. Ni siquiera me he mirado en el espejo. Me basta con saber que soy su perfección, el absoluto femenino de un hombre llamado Chen. 

Cuando la puerta se cierra a mis espaldas, muere la geisha, que orina y escupe sobre su kimono. Frente al carruaje que no ha de llevarme a parte alguna, comprendo, regalo de la revelación final, que todo el placer de esta traición me lo ha robado él.

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Método

Pablo Miravet Bergón


No dormirás. Te levantarás a las cinco y media con el estómago vacío porque una hora antes habrás vomitado la cena de ayer. Te sentarás frente a la pantalla del ordenador con el firme propósito de aprovechar las horas lúcidas, el tramo sobrio del día. Escribirás y, como siempre, el resultado te hará sentir incontento, como diría Rosset. Aproximadamente a las nueve de la mañana estarás agotado y, aunque te habrás tomado cinco cafés, ya no podrás continuar. Comparecerá inevitablemente el horror vacui: tendrás todo un día por delante que será penoso llenar. Leerás a tu poeta favorito y releerás lo que has escrito otros días. A pesar de que experimentarás esa bien conocida sensación de euforia efímera asociada a la falta de sueño, oficiarás de inquisidor de ti mismo y todo lo tuyo te parecerá perfectible o defectuoso. Cuando esa sensación llegue a ser insoportable, te levantarás de la mesa y te arreglarás para salir. Irás a la farmacia. Irás a hacer una pequeña compra. En la puerta del supermercado le comprarás una bolsa de ajos a una pobre mujer y le regalarás tu mejor sonrisa. Tirarás los ajos a una papelera. Te sentarás en una terraza para retrasar el regreso a casa, te beberás una cerveza y tu cerebro rezumará todo lo que habrás sido incapaz de escribir por la mañana. Te sentirás levemente triste y te llamará la atención una mujer que llevará el cráneo rasurado y toda la superficie de su cabeza tatuada con dibujos extraños. Ya en casa, un amigo te llamará para ir a comer, pero, sintiéndolo mucho –y será verdad que lo sentirás mucho–, le hablarás de tu agotamiento y le dirás que tal vez será mejor ir otro día. No comerás. Te acostarás con temor, y ese temor estará justificado porque sabrás que el despertar de la siesta será, como siempre, espantoso y funesto. Y lo será. A las cinco de la tarde hará un calor paralizante, pero conseguirás que tu cuerpo y tus legañas salgan de la cama. Te arrastrarás hasta la cocina para hacer café, leerás una vez más ese relato que venerarás toda tu vida, pasearás descalzo por la casa, te ducharás, te sentarás en un taburete que habrá en el pequeño balcón y estarás un buen rato contemplando los árboles del parque. Fumarás dos cigarrillos, regarás las plantas y un cretino que pasará por la calle protestará. Serás bien consciente de que todas esas actividades inútiles no tendrán otra finalidad que demorar el momento de sentarte de nuevo frente a la pantalla, cosa que finalmente harás. En el preciso momento en que estarás puliendo un endecasílabo que contendrá la palabra «ocaso», te llamará una amiga que, meses atrás, habrá sido tu novia. Hablaréis un rato. Te propondrá un paseo y te dará vergüenza decirle que durante las tres o cuatro horas siguientes deberás estar muy concentrado en la escritura de un poema titulado «Método», de modo que, de nuevo, alegarás agotamiento, le darás las gracias y quedaréis para el día siguiente. A esas alturas de la tarde, el silencio monacal de la casa ya habrá sido roto por el proverbial chasquido que habrán provocado las anillas  no desprendibles de varias latas de cerveza. Te beberás una más y sabrás que ya no será posible seguir escribiendo, cobrarás conciencia de que, como mucho, podrás dar vueltas por las habitaciones de tu cabeza en busca de la palabra justa, asumirás que solo serás capaz de corregir detalles, sumando, para decirlo todo, nuevos descontentos a tu descontento metafísico. Aun conspirarás contra tu propio texto. El tiempo se volverá elástico y en un segundo serán las diez. Tus vagos pensamientos sobre la elasticidad del tiempo serán interrumpidos por una llamada de tu hijo. En la conversación te hablará de su desánimo, motivado, dirá, por el menosprecio del que habrá sido objeto, por una humillación gratuita que habrá sufrido solo porque habrá emitido una opinión ante unas personas que, como tantas otras, habrán expresado su sensibilidad recurriendo a la histeria. Sentirás una punzada de dolor, pues sabrás –y siempre lo sabrás– que semejantes episodios le harán sufrir mucho más que a cualquier otra persona debido a su diferencia, y pensarás, como muchas veces habrás pensado, que esa diferencia nunca será glamurosa y vendible como otras, que de ella no podrá hacer portación pública y que jamás podrá enarbolarla con orgullo porque esa diferencia solo generará estigma social, aflicción y desesperanza. Disimularás la pesadumbre que te causará su relato de los hechos y echarás mano de una argumentación cáustica para tranquilizarle. Hablarás mucho, tal vez demasiado, y, a pesar de las numerosas oraciones adversativas que él opondrá a tu discurso, conseguirás calmarle y hacerle reír. Nunca habrá, concluirás, un antídoto eficaz contra la vileza y la imbecilidad, pero siempre será posible, añadirás, inventar un método para ladearlas. Incidentalmente, le contarás que durante todo el día habrás estado escribiendo un poema titulado, precisamente, «Método», y se lo contarás porque habrás tenido la tentación de decirle, a manera de corolario, que el error será, siempre, existir, consideración –te dirás pensando que sus requerimientos serán, también, tus preguntas– que un padre nunca habrá de verter en una conversación con su hijo, hijo al que, por el contrario, deberá inculcar desde su más tierna infancia virtudes tales como el esfuerzo, la disciplina, el valor, el sacrificio, el arrojo y el coraje frente a la adversidad. Naturalmente, no le hablarás de estos rasgos caracteriales, cuya exaltación siempre te habrá parecido sospechosa, pero tampoco le dirás que el error será, siempre, existir. Te despedirás cariñosamente de él y repararás en que habrás estado hablando por teléfono durante una hora. Te beberás una cerveza más, te ducharás porque, aun por la noche, el calor de agosto seguirá siendo insufrible, pasearás descalzo por la casa, leerás un párrafo de ese relato que siempre te parecerá perfecto, te sentarás en un taburete que habrá en el pequeño balcón y estarás un buen rato contemplando los árboles del parque, fumarás dos cigarrillos y estarás a punto de regar otra vez las plantas. Serás bien consciente de que todas esas actividades inútiles no tendrán otra finalidad que olvidar que en todo el día apenas habrás escrito el primer verso de tu poema, «Método», concretamente un endecasílabo. Aunque estarás extenuado, evitarás irte a la cama porque sospecharás que, una vez acostado, te sentirás tan abatido como ese memorable personaje literario inventado por Augusto Monterroso que cada noche se sienta en una butaca situada entre el tocadiscos y una mesita sobre la que coloca una botella y un vaso, toma su ejemplar de Los hermanos Karamazov (editorial Nueva España: México, 1944), pone en el aparato una grabación de la tercera sinfonía de Brahms y abre el libro por el capítulo III del Epílogo para leer los pasajes infinitamente tristes en los que aparecen Ilucha muerto en el féretro azul, Kolia proclamando que Mytia es inocente y declarando su voluntad de morir por toda la humanidad y, en fin, Aliocha Karamazov pronunciando el discurso que culmina con el grito enardecido de los niños –¡viva Karamazov!–, explosión de entusiasmo que el muy bien calculado ritmo de lectura del protagonista del relato hace coincidir con los últimos acordes de la sinfonía, operación que repite cuantas veces lo permita el alcohol ingerido para, finalmente, irse a la cama y hundir la cabeza en la almohada y llorar por Ilucha, por Mytia, por Kolya, por Aliocha, llorar… por sí mismo. Finalmente, te irás a la cama y el agotamiento no te dejará llorar. Dormirás. 
 
     

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Defensa

Fernando Costa

Valencia, años ochenta.
En una calle paralela a la Avenida Cataluña había una fiesta.
A los diecisiete años yo medía metro ochenta y estaba fuerte: siempre fui muy deportista. Salí a tomar el aire y, de pronto, vi a un pobre chico –que, calculé, tendría la misma edad que yo– cercado entre dos coches.
Los fascistas de entonces no iban con la cabeza rapada, no. Iban con ropa de marca y fijador en el pelo.
Varios de ellos –afortunadamente, no eran los más peligrosos, sino chavales a quienes los que eran  verdaderamente inquietantes utilizaban como recaderos y pelotas– tenían al muchacho acorralado. 
Actué por instinto, me abrí paso entre los matones y lo agarré de la camisa para sacarlo de allí.
El pobre sangraba profusamente por la boca.
Le acompañé a Blasco Ibáñez y le pregunté si llevaba dinero para un taxi. Rebuscó en sus bolsillos y sacó doscientas o trescientas pesetas; no se explicaba por qué le habían dado esa paliza. ¡Qué le iba a decir yo! Tampoco lo entendía.
Volví a la fiesta con mis amigos y la noche transcurrió sin más incidentes.
A los tres días estaba sentado en un rincón del patio de mi colegio –situado, por cierto, muy cerca del lugar en el que había tenido lugar la agresión–. Un tipo que iba a mi clase se acercó y se sentó a mi lado. Casualmente, era hijo de un colega de mi padre.
–Tío, ¿qué has hecho? 
–¿Yo? Nada.
–Se han enterado de que salvaste a ese chaval y ahora estás «fichado».
–¿Por quién?
–Por el Comando Zamarro.
Yo sabía de quiénes me hablaba. Era un grupo formado por algunos de los peores elementos imaginables,  gente que añoraba los tiempos de Franco y que negaba la existencia del Holocausto.
Usaban puños americanos, navajas, porras extensibles e incluso pistolas. 
–¿Y eso por qué? –pregunté.
–Dicen que no quieren héroes ni samaritanos, y además... –miró demoradamente la efigie del Che Guevara estampada en mi camiseta roja.
–¿Ah, sí? Diles a los cobardes de tus amiguitos que, si me cogen, lleguen hasta el final. Por su propio bien.
Mi compañero se levantó y dio unos pasos, pero hice un ademán para que se acercara. Se aproximó con gesto timorato y, cuando estuvo a mi altura, recibió el impacto de mi puño en el mentón.
–Y esto se lo das como anticipo.


*

Dos años antes. La luna llena alumbraba el puente del Real. 
–¿De verdad tienes que irte ya, Celia?
–Sí, cariño.
Al escuchar esa última palabra, sentí que todo el vello de mi cuerpo se erizaba.

–Vale, te llamo mañana.
Ya iba a marcharme, pero ella me retuvo con la mirada; sus ojos oscuros centelleaban bajo un cielo ametrallado por las estrellas. 
Mi primer beso. Volví al local donde estaban mis amigos sin sentir el asfalto bajo mis pies.


*


Dos años después.
Veinte horas en mi habitación. Observé mi puño derecho y pensé: «¿El mierdecilla ese me ha hecho un rasguño?».
Abrí un cajón de mi escritorio para sacar unas llaves. Escudriñé el contenido del segundo cajón, reflexioné y, pasados unos minutos, marqué un número en el dial del teléfono.
–¿Diga?
–Ye, Mono. Soy yo.
–¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Y tu hermano? ¿Bien?
–Todo bien, pero necesito hablar contigo.
–Algo me dice que no es cosa que pueda arreglarse por teléfono. ¿Tienes coche?
–Claro. 
–Pásate por Blasco Ibáñez.
Tres horas más tarde me abrió la puerta de su casa.
–Pasa, pasa. ¿Qué quieres tomar?
–Cerveza.
–Siéntate y me cuentas.
–Quieren mi piel.
–Dime sus nombres y déjamelos a mí.
–¿Pero qué dices, tío? Si tienes un bebé.
–¿Y qué?
–Dame una buena pipa y déjate de rollos.
–Vale, Pedrín. Espera un momento.
Volvió con una bolsa de lona, de la que sacó dos pistolas.
–Toma, esta ya está cargada; si no, no sirve para nada.
Sopesé la treinta y ocho en mi mano y comprobé el seguro. Acto seguido, abrí el tambor y lo cerré.
–Veo que no has olvidado lo que te enseñé.
–Es fácil,
–No para todos. ¿Ves el número de serie?
–No.
–Ni lo verás. Pásale un trapito después de utilizarlo. Tengo una nueve milímetros aquí, pero ¿para qué te vas a complicar con los casquillos?
–Pérdida de tiempo.
–Y el tiempo es oro.
–A partir de ahora, no sabes quién soy.
–Por supuesto, Mono, pero dame munición.
Volvió a los tres minutos con dos cajas.
–Haz las cosas bien, Pedrito.
–Tenlo por seguro.
–Eso sí, si te ves en apuros…
–Te llamo.
–Y entonces aparecerá Armando con toda la artillería.
–Ok.
De vuelta al coche, tras observar los alrededores atentamente, guardé la bolsa debajo del asiento, arranqué y conduje tranquilamente en dirección a El Saler.
En el radiocasete sonaban The Godfathers.
Cuando acabó la autovía, bordeé la rotonda y crucé el puente desde el que se divisa la Albufera. Atravesé dos o tres poblaciones y giré para tomar un camino sin asfaltar. La noche cerrada y la luna en cuarto menguante creaban un ambiente fantasmagórico.
La estrecha senda me llevó hasta la orilla del lago. Detuve el coche, paré el motor, saqué el revólver de la bolsa y salí. Dejé las luces encendidas.
Apenas se oían algunos chasquidos de las cañas, suavemente mecidas por una brisa que no llegaba a ser viento; aun así, dejé que pasara un rato y anduve en círculos mientras elegía un blanco idóneo.
El agua estaba a mis espaldas y las luces cortas del coche iluminaban los árboles.
Después de disparar un par de veces, saqué la navaja para extraer las balas del árbol en el que habían quedado incrustadas.
«Bueno, pensé, espero que no tenga que utilizarlo, pero si lo necesito, está claro que funciona».
Tras sacar del tambor los dos casquillos, me aseguré de que no había ningún ruido sospechoso y los lancé al agua. 
De regreso a Valencia, paré en un bar de carretera y cené tranquilamente. 
Era medianoche cuando aparqué en mi barrio. Ya en casa, guardé el arma bajo llave, me puse el pijama y me acosté.
Al día siguiente, sábado, me desperté a las nueve. Una hora después, cuando estaba almorzando, sonó el teléfono.
–¿Diga? 
–Soy Rubén. Floren y yo hemos quedado a las ocho con el resto de la peña. ¿Te apuntas?
–Sabes que sí. ¿Dónde quedamos?
–En mi casa. 
–Vale, allí estaré.
Después de ducharme y afeitarme, bajé a la calle y tomé un café en el bar de la esquina.
Me disponía a marcharme cuando reparé en un tipo que me miraba de soslayo. Era evidente que me estaba espiando: no apartaba sus ojos de mí.
Volví a casa, abrí el mueble donde estaban el arma y la navaja automática que un par de día antes tuve la precaución de afilar en un establecimiento cercano.
Dejé pasar un buen rato; escruté los alrededores desde distintas ventanas. Cobré conciencia de que estaba sitiado, sometido a una minuciosa vigilancia.
Me cambié de ropa, cogí las llaves de la casa de mis padres, que estaban de viaje, y las de un coche distinto al que utilizaba normalmente. 
Salí por la otra vivienda, tomé la dirección inversa a la habitual y cuando abrí la puerta del garaje me agaché para camuflarme aguzando todos mis sentidos.
Por fin salí del garaje; enfilé la carretera de Barcelona y, después de hacer varios cambios de sentido y otras maniobras de despiste, constaté que me estaban siguiendo. En efecto, ya en la autovía, cuando había dejado atrás el último pueblo de la provincia de Valencia, pude ver con nitidez el coche que me acechaba. 
Eran tres hijos de puta de los peores…
«El mundo será mejor sin vosotros», pensé.
Pero ya estaba en una carretera de doble carril, y sabía que ese tramo era una larga recta en la que había muchas salidas, angostos caminos rurales que iban a parar al mar. Giré a la derecha en uno de ellos y paré el coche. Esperé hasta que estuve seguro de que habían pasado de largo.       
Por el momento, los había despistado, así que conduje suavemente hasta llegar al lugar que me pareció ideal para tenderles la emboscada.
Dejé el coche a unos cuarenta metros del talud tras el que me escondí. No quedaba otra sino esperar. Estaba seguro de que me buscarían obstinadamente.
No puedo precisar cuánto tiempo pasó hasta que escuché el sonido de un motor, pero se me antojó eterno. Deduje que habían estado explorado el resto de los posibles escondites y que finalmente habían acabado metiéndose de bruces en mi trampa.
Me levanté y disparé al capó del coche con el fin de destrozar el motor y neutralizar su posible huida. Entre gritos de pánico, abandonaron el coche y huyeron despavoridos en distintas direcciones. 
Esperé un rato y, una vez estuve seguro de que estaban lejos y de que iban a tardar en volver, rajé tres ruedas de su coche, me acomodé tranquilamente en mi vehículo y me marché para mi casa.
Nunca más tuve que preocuparme de los fascistas. Supongo que se corrió la voz de que era mucho mejor no buscarme las cosquillas.

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Seis cuentos

Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

RITO EN LAS ISLAS CÉLEBES

En 1803, el capitán Seymour Sprouting relató un curioso rito que observó entre los nativos de las Islas Célebes. Los hombres se introducían un ushti, o palo ceremonial de unos 30 cm. de largo y 1 cm. y medio de diámetro en el ano, dejando unos 12 o 15 cm. fuera. Las mujeres se introducían ese resto del ushti en su propio ano y así las parejas quedaban unidas espalda contra espalda un rato durante el que giraban sobre sí mismos y cantaban. Finalmente, otras mujeres se acercaban a los hombres y se metían sus penes en las vaginas, mientras que otros hombres se aproximaban a las primeras mujeres y las penetraban. Tras un rato de balanceos rituales, los grupos de cuatro se separaban. 
El capitán Sprouting pensó que esta ceremonia no estaba relacionada con la fertilidad ni tenía ningún carácter sagrado.

 

 

 


LA VERSIÓN MÁS PLAUSIBLE
El 9 de septiembre de 1967, a las ocho de la mañana, Mr. Nehemiah Eustache Grant salió de su casa del South Bronx como todos los días. Fue en autobús hasta el metro y allí desapareció para siempre. 
Primero se ocupó del asunto la policía; después, se organizaron patrullas de vecinos del barrio. Durante 15 días, todos lo buscaron sin ningún resultado. La policía, al mando del comisario O’Leary, que era amigo del desaparecido, envió avisos a todas las ciudades del Estado sin ningún resultado. Finalmente, después de una investigación que fue calificada de «exhaustiva» por la prensa de la época, las autoridades consideraron que la versión más plausible era que un ángel con cuatro alas azules que tenían los bordes violeta se lo había llevado por los aires dejando un rastro de sangre. Explicaron que, según un testigo, el ángel, que tenía cara de lobo, le había arrancado una pierna de un mordisco antes de levantar el vuelo.


EL FUEGO HELADO
El 22 de junio 1879, el capitán Jeremy H. Wilson navegaba a bordo de la goleta Hermione a 230 millas al NE de las Islas Fidji cuando el piloto le informó de que, a media milla a estribor, había un resplandor muy intenso sobre el mar y algo tembloroso, como un espejo que reflejara el brillo del sol.
El capitán ordenó arriar un bote. Él, dos marineros y el contramaestre se acercaron y se pusieron al pairo. Se trataba de una llama brillantísima que flotaba sobre las olas. El capitán acerco lentamente la mano derecha y sintió que era un fuego helado. Primero  pasó varias veces la mano sobre las llamas con precaución y no solo no se quemó, sino que obtuvo un gran placer. «Fue como el éxtasis del amor», escribió en el cuaderno de bitácora esa noche.
La Hermione continuó su viaje sin novedades.
Un año después, estando el capitán de permiso en Bristol, notó por la noche un intenso escozor en la mano derecha. A la mañana siguiente, descubrió que en la punta del dedo índice le había crecido un ojo a través del que también podía ver. El capitán tardó unas horas en relacionar ambos episodios, aunque hasta el fin de sus días le acompañó la incertidumbre y la extraña sensación de poseer un secreto a la vez intimo, útil y misterioso que cubría o no con un guante según requiriese la ocasión.

 

 

 


MEMORIAS DE UN PARANOICO IMPERTURBABLE

Tal como esperaba, el primer aviso –dos timbres en el teléfono– sonó a las 17:23, hora Zulú. Esperé la confirmación –10 minutos– para seguir el protocolo, pero esta no llegó. A las 00:30 me acosté y un rato después me dormí. Al día siguiente, antes de salir, escuché un rato por si había algún sonido sospechoso. Abrí la puerta con precaución, pero todo estaba tranquilo.


DECOUD
Como ya he dicho, la familia de mi madre  era originaria de Bretaña, Francia, y llegó al Paraguay en el siglo XVIII. Antes, no sé, pero en el Paraguay era una familia un poco amoral y sus miembros se comportaban como si se sintieran los dueños del país.              
Abundaban los hijos naturales, los próceres, los delincuentes, los mártires, los héroes  y los traidores.  En ese país eran tan conocidos y poderosos que Joseph Conrad puso su apellido –nada común– a uno de los  protagonistas de Nostromo, novela que transcurre en Sudamérica y que encontró en un libro de historia que consultó para documentarse sobre la región.
Después, todo –el poder, las riquezas, el  corrupto resplandor  de la gloria, la violencia¬– se  fue extinguiendo lentamente, como una gran hoguera rodeada de invitados al llegar la madrugada.


LOS CUSTODIOS
 
En los últimos años de su vida, y antes de regresar a Mendoza –su provincia natal– para morir, mi bisabuelo vivió en San Fernando, una localidad cercana a Buenos Aires.
Fue militar, pintor, dramaturgo, dibujante, ensayista, político, novelista,  homicida, explorador, periodista  y topógrafo.
Excesivamente honrado –para desgracia de sus descendientes–, tenía un carácter aventurero,  original y creativo. Era ingenioso. Le gustaba la música. En el prólogo de una de sus obras  históricas escribió: «Lo triste era dejarse vencer por el pueblo».
Aterrorizó a sus conciudadanos cuando controló con extrema violencia –latigazos y fusilamientos sin juicio previo– a los saqueadores que los habían aterrorizado previamente, después del terremoto de 1861 que destruyó la ciudad de Mendoza.
Fue responsable de la muerte de centenares de personas y tuvo una particular sensibilidad social. Fundó una ciudad y fue gobernador de una provincia.
En San Fernando vivía en  una casa gris, baja y amplia rodeada de  árboles y jardines con flores exangües, donde dormía la siesta custodiado por un jaguar y un mono.

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El camino de las piedras escritas (parte IV)
por Julio Soler


                                                                                                                    «The sound of the drum is calling
                                                                                                    Sound of the drum has called
                                                                                                    Flash of youth, shoot out of darkness»
                                                                                                   («All We Ever Wanted Is Everything»,  Bauhaus) 
.
                                                                                                                  

La vida es fácil si uno sabe olvidarla para poder repetirla. Olvidar deliberadamente  las soluciones de los acertijos sin sangre cuajada, de los sortilegios mal pronunciados y, sobre todo, de las contraseñas deseadas para deleitarse en adivinarlas de nuevo. Buenos días, mañana de hoy, me levanto temprano porque yo sí quiero recordar las buenas noches de ayer para volver a volver a olvidarlas. Despunta el día. Eclipse total de Luna. ¿O es parcial? Allá voy otra vez al camino, ¿otra vez? Cojo el cesto de recolectar  piedras, ¿piedras?, mis partituras musicales en blanco perla amarfilado de la Sinfonía del Nuevo Mundo y Sarabande junto con el ejemplar de El corazón de las tinieblas, el de tapas duras, el de las grandes ocasiones, aquel en el que el final es el principio, como todo buen viaje iniciático.  


Hay cielo arriba. Y tierra abajo. Aire invisible y denso en medio, a modo de relleno de sándwich doble de nada. Llego al camino. A su principio. Llego al principio del Camino de las piedras escritas. Como siempre o como nunca, la entrada flanqueada por un número impar incierto de bolardos de alabastro y ónice tallados alternativamente en forma de signos de interrogación y  de admiración. Se abre la puerta de una garita, no de alabastro ni ónice, claro, sino de adobe del bueno, de ese adobe del que estás seguro no puede existir el mal. El guardián:


–¡Hola!


–¡Hola qué!


–¿Cómo que hola qué? La contraseña para que los bolardos se abatan y pueda usted adentrarse en el camino.
 

–«Los siluros son una especie invasora».


–Esa no es.


–«Los siluros son una especie invasora de toda la vida».


Se desploman los bolardos en forma de admiración. Los de interrogación siguen hieráticos y sólidos.


–Bueno, y ahora remate con la contraseña para satisfacer a los bolardos con forma de interrogación.


–«Los siluros son una especie invasora, pero a los mejillones tigre no hay que perderlos  de vista».


–Le falta algo.


-«Los siluros son una especie invasora, pero a los mejillones tigre no hay que perderlos de vista, que luego pasa lo que pasa».


Todos los bolardos abatidos, desplomados, rendidos, casi humillados. La vía estaba abierta. 


–Estos bolardos son muy celosos. Ha tenido usted suerte, como hoy empieza la estación de lluvias semitorrenciales, no hay camino asfaltado. Hoy toca riachuelo navegable. Por lo tanto, coja la canoa que es de poco calado, hoy. Las piedras esperan flotando, hoy. Hoy, hoy, hoy. Ayer fue otra cosa.


–¿Ayer?


–Perdón, pero yo sé lo que me digo. Deje el coche aquí. Hala, navegue, navegue. Reme.


Por suerte, el riachuelo está salpicado de caprichosos meandros por lo que la travesía me resultará más vistosa, peligrosa y, por lo tanto, menos aburrida. En la ribera nacen, crecen, se reproducen y mueren especies lógicamente de ribera. En el curso del agua, bancos de truchas, alguna nutria, confetis de alguna fiesta recién celebrada y cantos rodados, a partir de ahora los llamaré piedras para sintetizar y no generar confusión, flotan sobre el agua vidriosa y en definitiva, cristalina. Sujeto de manera contundente y sin maltratos innecesarios mi cesto de esparto procedente de las sierras ralas y me dispongo a la ardua y minuciosa misión de recolectar piedras al azar. Por supuesto, tengo que acabar de colmar el cesto con esas piedras (más tarde se reproducirán por esporas) y llegar antes de la noche para empezarla. ¿Adónde? Pues aquí. Ya he arribado.


Ante mí un embarcadero. Bello, erguido, elegante y funcional. Atraco. Apostaría todo lo que no tengo a que lo que veo es una mansión inmensa de tres alturas, con un garaje de uralita color musgo adosado a ella, a ras de suelo. Efectivamente la descripción es correcta. ¿Vuelan las aves migratorias? Sí. Pues entonces confirmo, ya he llegado, arribado y atracado.


–Hola Tiresias IV, ¿qué tal? ¿Has traído las piedras?


–Sí, están aquí, en el cesto. ¿Sabes mi nombre?


–Claro que sí. Encantada de conocerte por cuarta vez. Pase, pasa a mi guarida. A mi garaje. Estaba precisamente engrasando con tocino ibérico las costuras de un balón de reglamento del mundial de Brasil 70 que mis padres nos regalaron a mí y a mi hermano antes de que tuvieran el accidente. Me gusta tenerlo todo en orden. Para que todo fluya. Bueno, pues sin más dilación, venga, a adivinar las consonantes de mi nombre. Las vocales ya son cosa mía. Empieza a extraer piedras que están escritas, que estoy impaciente por ver cómo me llamo hoy.


Aboco el cesto de piedras sobre el pavimento. Ella, sí, guapísima. Yo, boquiabierto pero no del todo. 


–Vamos, no te quedes boquiabierto del todo. Extrae y selecciona solo las escritas.


–Mira, una «T».


–¿Es mayúscula?

 

–Lo es.


–Entonces es mi letra inicial del nombre, T. Consonante oclusiva sorda. Sigue.


–Observa , una «r».


–Consonante vibrante donde las haya. Sigue.


–Una «n».


–Bastante camaléonica dependiendo si va delante o detrás. En todo caso, ha de ser alveolar nasal.


–Una «g».


–Constatado, es una «g», fricativa velar sorda. Sigue.


–Una «l». Las demás piedras no están escritas.


–«l», absolutamente lateral. A ver, a ver. Pongo una «a», luego una «i» y ¿por qué no acabar con otra «a» para perpetuar mi género? Mi nombre es TRANGLIA, pues, Tiresias IV. Bueno, bueno, ahora que definitivamente estamos enamorados y que después destrozaremos las cuatro patas de la cama adoselada cuando nos quitemos la piel de manera desosegada y eficiente y que rasgaremos las sábanas de raso, satén y tul calado, todo, de forma brutalmente desprendida, irresponsable, decente pero delicada no exenta de cierto racionalismo cartesiano (René Descartes, 1596-1650) sin desmerecer el empirismo de la experiencia de Hume (David Hume, 1711-1776), ¿podríamos anticipar el tratarnos de usted? Por favor, éntrame hasta el fondo. Te voy a contar historias.


–Ya estoy dentro.


–¡Dios Todopoderoso, Omnipotente y Salvador!


–¿Tiene usted fe?


–Sí, ahora mismo sí, perdone, es mi manera de recordar e inspirarme. Mire, y ahora insistiré en que me formule una buena pregunta porque una buena pregunta no tiene respuesta fiable, excepto si usted me pregunta qué hago yo aquí. 


–¿Qué hace usted aquí?


–Eso es. Grandísima cuestión. Enorme, constataría yo. Muy bien. Usted siga, siga, siga.


–Usted también, por favor, faltaría más. Deseoso también de oírla.


–Vivo con mi hermano, omitiré el nombre si no, él bajará a comprobar qué pasa  y como pasar, algo está pasando aquí entre usted y yo. Y también como pasar, él se pasa el día visionando Siete novias para siete hermanos, La pasión de Juana de Arco y El hombre tranquilo. Siempre por el mismo orden. A mi hermano le duelen los cielos rojos por eso instaló aquí un techo de uralita que no deja de ser fibra de amianto. Se fue de mercenario a la guerra de los Balcanes en Dubronik, la ciudad amurallada. Se enamoró. Durante el asedio, ese mundo en llamas, devastado, parecido al que hay ahora, quiso que a su amada le ardiera el cabello provocado por un ataque de morteros mortíferos, por eso me suplicó que me convirtiera en pelirroja y que esperara a que alguien me descubriera las consonantes a mi vocales elegidas, en este caso «a», «i» y «a»…de Tranglia. ¡Oh, my God, oh my Lord, for heaven’s sake!!! Así, así, así…


–¿Perdone, qué ocurre?


–Eres también lenguaraz, lo cual es decir o mucho decir, haz lo que quieras con la lengua.


–¿Ya me tutea?


–En ocasiones lamentablemente excepcionales, titubeo…, no, tutubeo. En fin, no quiero distraerte más. Sigue, sigue. Tengo más historias que contarte. Vuelve a entrar. Acomódate. 


–Vale. Ya estoy acomodado.


–Muy amable de su parte, vuelvo a tener fe y de las profundas.


Transcurren  horas de reloj de carillón, minutos de reloj de cuco y segundos de reloj de arena. En definitiva, desfila el tiempo. Los días, años y décadas no se cuentan. Se tachan.


–…


–Así, así, me encantan los puntos suspensivos. Sigo. Mire, para que sepa algo más de aquí, susurran y confiesan libremente los parroquianos del contorno, verbigracia: un ermitaño, un templador de gaitas, dos toneleros, un artesano de sillas de enea y junco, una echadora de cartas y cuatro herreros de espadas para duelos homologados, todos y cada uno con sus respectivas parejas menos el ermitaño, solo con sus vicios, en fin, todos susurran y confiesan libremente que durante tormentas sin rayos ni relámpagos ni lluvia ni viento puede distinguirse el aullido lastimero del espectro del perro de los Baskerville, intentando salir a flote de su ciénaga eterna. Parece ser que se instaló aquí confortablemente en un nido de aves zancudas donde poder afinar sus inacabables lamentos.


–¡¡¡Oh, oh, oh, lamentos, lamentos, lamentos, Tranglia!!!


–¡¡¡ Ah, ah, ah, los míos, los míos, los míos también, Tiresias IV!!!


–Ya estoy fuera. Fumaremos. Oye, una curiosidad, ¿cómo se llama el pájaro ese de allí con la jaula abierta?.


–Primero decirte, un auténtico placer haberte hablado de usted. Sí, ha sido un placer, pero un placer supremo, excelso, inolvidable, sublime, capital, al borde del misticismo levitatorio … ¡Qué puntos suspensivos!


–Entonces, ¿cómo se llama el pájaro?


–Sí, perdona. Es un guacamayo de Brasil.


–¿También te lo trajeron tus padres de Brasil 70?


–Sí, antes  del accidente. Lo llamamos Memoria. Lo repite todo porque nunca le falta el alpiste, así que no le merece la pena esforzarse por escapar.


–Apunta el día y hay eclipse parcial de Sol.


–¿Quieres volver a irte, verdad? ¿Volverás a repetir? Podríamos tocar el órgano Hammond que reposa gentilmente en el claustro a la intemperie de mi clausura y hacerlo a cuatro manos, la canción de Timmy Thomas «Why Can’t We Live Together»? Tú te encargarías de las teclas negras y yo de las blancas.


Embarcadero. La canoa varada. La estación seca irrumpe de golpe. No agua, no truchas, no nutrias, sí confetis de fiesta recién celebrada y sí cantos rodados, piedras pero ya prensadas, ya no escritas. Nada está escrito, como dijo Lawrence en el desierto. Estoy delante del camino de vuelta. Un camino de vuelta empedrado. Todavía quedan en los márgenes restos de aguas pantanosas de la última estación húmeda. Se atisban metálicos  alaridos afilados de espadas de duelos homologados.  Empiezo andar el regreso, casi pasear porque me reconozco al silbar la canción de Bauhaus «All We Ever Wanted Is Everything».  Alguien me hace coros. Me quita el protagonismo.  Son aullidos. Es el perro de los Baskerville apurando su ciénaga. No conozco el argot de los perros pero sí intuyo las letras cantadas con sentida oscuridad. Este es su estribillo coral : «Turbia se tambalea la noche, temerosa de su tormentosa tiniebla de tumulto. Soy un puto monstruo. Solo quería acariciar los postreros nenúfares de las tierras pantanosas. Auuuuuuh».


Se me arquean los ojos para después abrirse y cerrarse convulsivamente, gimoteo, lagrimeo, sollozo, ardo en llanto. Quisiera decirle: Perro de los Baskerville, hiciste bien tu trabajo. Descansa. Vaga en paz, perro bueno.


Siguen atisbándose metálicos alaridos de espadas de duelos homologados. Gente incorregible.  


Ya veo la garita del guardia del camino. Ha aprovechado el tiempo. La ha encalado de azul azafata, ha puesto una antena parabólica y ha instalado un camping gas.


–Bueno, ¿qué? Le ha contado lo del accidente de sus padres.


–No.


–Es verdad, perdón, eso es la parte VII, tendrá entonces que llamarse Tiresias VII. El coche está lavado y las llaves puestas.


–No arranca.


–La próxima parte haga la marcha atrás para que el mundo vuelva a moverse. Le encantará cuando ella le cuente porqué realmente engrasa con tocino ibérico las costuras del balón de reglamento del Mundial Brasil 70. ¿Por qué va a repetir, verdad? Ya, sabe la vida es fácil….lo dijo usted al principio.


–Vamos a ver, el Mundial 70 de Méjico. Eso sí, ganó el Brasil de Pelé.  


–Entonces, ¿qué, repite?


–Claro.


–Contraseña.
 

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El preludio de Las sílfides
por Ana Añón

 

 

«El miedo mueve. El miedo hace crear porque tú quieres inventarte un mundo donde tus ideas y tus sueños funcionen»

(Pina Bausch, 1940-2009)

 

 

La clase de mademoiselle Rose Marie empezaba a las seis de la tarde. Adèle ya estaba allí cuando yo llegaba, haciendo sus estiramientos en el suelo.

–Apresúrate,  Thérèse –me  susurraba–,  ya van por el port de bras.

Adèle era la mejor alumna de todas, se tomaba la danza muy en serio. Yo, sin embargo, nunca conseguía llegar puntual por culpa de mamá. Ella no entendía lo importante que era la clase para mí, y siempre llegaba tarde a la salida del colegio. A menudo, mientras subíamos por la escalera, escuchábamos el piano de la anciana madre de mademoiselle interpretando el Valse de l’adieu de Chopin, que suponía el final de la clase para las alumnas del nivel inferior. Después mamá me despedía en el rellano con un beso.

La casa de mademoiselle Rose Marie era antigua, de techos altos y muy amplia. Todas las estancias eran diminutas, salvo el aula de danza que ocupaba casi todo el espacio. Una de las habitaciones era la del señor Carrasco, un conocido abogado de la ciudad venido a menos. La tenía alquilada con la condición de no llegar hasta las siete y media, para no coincidir con las alumnas. Aunque pocas veces respetaba el acuerdo.

A lo largo del pasillo se podían ver decenas de fotografías de bailarines famosos dedicadas a Rose Marie Flouret. Allí estaban, entre otras, las de Alicia Alonso, Mijail Baryshnikov y Rudolf Nureyev. En una vitrina se exhibían, además, unas zapatillas de punta desgastadas junto a una coronita de plumas de Odette, la princesa cisne. Al parecer, mademoiselle había interpretado este papel en varias ocasiones como solista del ballet de la Ópera de París.

No me gustaba nada llegar tan apurada. Adèle me soltaba una reprimenda por no hacer mis ejercicios de calen- tamiento y, además, en el cambio de clase el vestuario resultaba un auténtico caos. Hacía un calor sofocante y, entre codazos, trataba de ponerme el maillot azul y las zapatillas de barra. A duras penas lograba hacerme un hueco frente al espejo para peinarme y recoger el cabello en un moño.

Cada día, una de nosotras estaba de guardia y le correspondía entrar la primera en el aula para colocarse junto al piano. Allí se encontraba ya madame Flouret preparando sus partituras. Entonces, el alboroto del vestuario cesaba poco a poco y las alumnas nos dirigíamos en fila hacia la clase. Mademoiselle Rose Marie nos esperaba al fondo del aula. Llevaba un turbante turquesa y vestía una falda de gasa negra. Todavía conservaba una esbelta figura. Al llegar frente a ella, hacíamos una reverencia. Mademoiselle pronunciaba nuestros nombres en francés a la vez que respondía a nuestro saludo inclinando la cabeza. En casa de mademoiselle Rose Marie yo era Thérèse, y mis compañeras Adèle, Anne-Marie, Béatrice… Aquello nos hacía sentir especiales.

La alumna de guardia no participaba en la clase; sus principales funciones consistían en abrir la puerta a las alumnas que se retrasaban y atender a madame Flouret. Esto implicaba pasar la clase rellenando su copa de brandy o despertándola cuando daba cabezaditas –cosa que sucedía a menudo.

Otra de las tareas de la alumna de guardia era avisar a mademoiselle Rose Marie si el viejo señor Carrasco llegaba a casa antes de su hora. Quien se situaba junto al piano gozaba de una posición estratégica, desde donde se divisaba la puerta de la entrada y podía hacerle una señal a mademoiselle sin ser vista. Si ocurría, nosotras se lo ocultábamos a nuestros padres para evitarle problemas.

La alumna de guardia tenía otra responsabilidad adicional: la gata negra, Giselle. Mademoiselle Rose Marie la había rescatado después de haber sufrido un atropello en la calle y, aunque le dijeron que era mejor sacrificarla, ella se empeñó en quedársela.

Estaba allí, sobre el piano, ocupando la zona opuesta a la copa de brandy de madame Flouret. Llevaba un collarín blanco de gomaespuma alrededor del cuello y estaba sujeta a un pequeño atril con unas correas. Parecía una tortura pero era la única forma de que se mantuviera en equilibrio.

Llegada la hora, la alumna de guardia se ocupaba también de administrarle a la gata sus calmantes con una jeringa.

El resto de las alumnas nos colocábamos en la barra, de perfil al espejo que ocupaba toda la pared y en las posiciones que mademoiselle nos asignaba. Adèle siempre era la primera de la fila. Mademoiselle, con un elegante gesto de su mano dirigido hacia el piano, hacía que la clase comenzara.

Acto seguido, se paseaba por toda la sala con una vara en la mano que le servía para marcar los tiempos del ejercicio: un, deux, trois, quatre… En ocasiones golpeaba con ella suavemente nuestros glúteos y vientres si sobresalían, e incluso los empeines si consideraba que no estaban bastante arqueados.

Cuando terminábamos los ejercicios de barra, pasábamos al centro y allí mademoiselle nos dejaba improvisar los movimientos. Entonces nos dejábamos llevar por música, extendiendo nuestros brazos y piernas hasta sentir que se volvían infinitos. Llenábamos todo el espacio del aula con carreras, saltos y giros. El mundo desaparecía por unos minutos para convertirnos en cisnes, sílfides o hadas… Madame Flouret parecía rejuvenecer diez años y aceleraba el ritmo del piano. Y la gata Giselle, solo por unos instantes, movía su cabecita todo lo que podía para acompañarnos. Nos gustaba pensar que era magia, una magia que solo sucedía en casa de mademoiselle.

Si alguna vez llegaba el señor Carrasco antes de su hora, las cosas cambiaban. Giselle maullaba sin parar, y mademoiselle dejaba la clase a cargo de Adèle y desaparecía por un rato. No me gustaba aquel hombre. Era rudo, descuidado, y nada tenía que ver con el ambiente de la escuela. Además, siempre andaba pidiéndonos dinero. Sin embargo, nos sorprendió mostrando su cara más amable cuando comenzamos a preparar el festival de Navidad. En aquella ocasión, quiso colaborar en la construcción de la escenografía.

Comenzamos los ensayos de Las Chopinianas dos meses antes. La modista nos hizo las pruebas de los tutús blancos y la hermana de Anne-Marie se ofreció para ser la alumna de guardia durante los ensayos, de modo  que todas pudiésemos participar.

Mademoiselle Rose Marie había preparado todo con gran entusiasmo. Tenía listos los programas de la actuación con nuestros nombres y el repertorio. El señor Carrasco llevaba buen ritmo con los árboles del bosque. Mademoiselle había pedido unas sillas prestadas a los vecinos para que hiciesen las veces de patio de butacas y había confecciona- do también un telón. El aula parecía un auténtico teatro.

Aquel día llegamos vestidas, peinadas y maquilladas para evitar el lío del vestuario. Por una vez mamá fue puntual. Los tutús llevaban cosidas unas alitas y lucíamos también unas coronas de flores. En pocos minutos todo estuvo preparado para comenzar con el preludio de Las sílfides. Las luces estaban apagadas y las alumnas de las dos clases formábamos dos filas. Con todo aquel montaje no fue difícil que nos sintiéramos auténticos espíritus del bosque.

La hermana de Anne-Marie ocupaba su puesto de guardia junto al piano y la anciana madame Flouret había ocultado la copa de brandy tras las partituras. Giselle, la gata negra, lucía también sus alitas sujetas al collarín.

Adèle era la solista, estaba preciosa. Mademoiselle permaneció junto a nosotras, detrás de la cortina, dando las últimas instrucciones. Los padres ocupaban sus asientos. Entonces una luz tenue nos alumbró a la vez que se hizo un breve silencio antes de escucharse los primeros acordes del piano. Deshicimos las filas muy despacio, caminando de puntillas y formando tres corros. Adèle surgió desde atrás elevando sus bonitos brazos con delicadeza y caminando hacia el centro del escenario. Estaba tan metida en su papel, que en sus equilibrios sobre las puntas parecía flotar.

A punto de terminar el solo de Adèle, Giselle empezó a maullar nerviosa. Acababa de llegar el señor Carrasco. La hermana de Anne-Marie había estado haciendo gestos a mademoiselle,  pero  ella  estaba  tan  absorta  en  la  escena mirando a Adèle que no la vio. El señor Carrasco estaba borracho y se balanceaba de lado a lado. Mademoiselle se dio cuenta entonces de lo que sucedía.

–¿Cuál es mi butaca, Rose Marie? –preguntó vociferando a la vez que se acercaba a ella.

–Vete, por favor, ahora no –le suplicó mademoiselle.

La actuación de Adèle continuó, pero las demás alumnas mirábamos con pavor lo que estaba sucediendo detrás de la cortina. Él continuó:

–¿Acaso no estoy invitado a esta parodia?

Entonces la agarró por el brazo y la sacó al escenario.

–Distinguido público –exclamó–, esta mujer a la que confían sus hijas es una farsante.

Ella trataba de hacerle callar.

–Su nacionalidad francesa –continuó– es tan falsa como su título de danza y como las ridículas fotos del pasillo.

La anciana madame Flouret parecía no enterarse porque seguía tocando el piano como si nada. Los padres no salían de su asombro. Algunos se levantaron de sus asientos pero antes de que pudieran intervenir, el señor Carrasco arrojó a mademoiselle al suelo con brusquedad para tomar a Adèle de la cintura y bailar con ella. El señor Carrasco levantaba las piernas y movía los brazos con sarcasmo. Un hombre que estaba sentado en la primera fila subió al escenario y consiguió apartar a Adèle de sus brazos. Por primera vez en mi vida sentí lástima de ella, tuvo que resultarle muy humillante. Cuando el señor Carrasco se giró hacia nosotras, todas gritamos y corrimos hacia nuestros padres.

Mademoiselle Rose Marie se abalanzó sobre él y comenzó a golpearle en el pecho con los puños.

–¡Maldito seas!

Varios padres acudieron a separarles pero Carrasco aún se volvió hacia ella para dirigirle las más horribles palabras.

–¿Has olvidado lo que eras y quién te trajo aquí?

Después se dirigió a madame Flouret para gritarle que era una alcohólica y que había criado a su hija en un cabaret. En ese momento, madame Flouret dejó de tocar. Dio un fuerte golpe con los puños sobre el piano y la pobre Giselle cayó al suelo. Fue rescatada de inmediato por la hermana de Anne-Marie, que seguía en su puesto de guardia.

Nuestros padres nos sacaron de allí tan rápido como pudieron para evitarnos el mal trago y al señor Carrasco lo llevaron entre unos cuantos a la comisaría.

Después de Navidad, mademoiselle tuvo que cerrar la escuela por falta de alumnas. Por lo visto Carrasco no mentía sobre su pasado. Adèle ingresó en el conservatorio y a las demás nos matricularon en otra escuela cercana al barrio. Allí había un gran vestuario con duchas, un aula que era tres veces mayor que la de mademoiselle Rose Marie y un equipo de música muy sofisticado. A pesar de todo, no volvimos a sentir la magia, ni conseguimos que la nueva profesora pronunciara nuestros nombres en francés. Le pareció ridículo.

 

Onetti en la Costa Azul

por Pablo Silva Olazábal

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Estábamos sentados en una terraza en la Costa Azul, en una noche de verano. Era un restaurante de lujo y había mucha gente: todos bebíamos felices al aire libre. Debajo de la terraza se desplegaban enormes jardines: la brisa nocturna traía el aroma de los arboles y la vegetación. Éramos muchos, tantos que habíamos juntado varias mesas redondas, pegadas unas a otras como un collar mal hilvanado. En el centro estaban Onetti y Julianne Moore; ella, brillante con su cara limpia y su aire de inocencia —que no descartaba una adultez asumida y plena—, el literalmente subyugado por aquella presencia femenina que le dibujaba una sonrisa permanente en el rostro. No hablaba, porque no lo necesitaba: se limitaba a contemplarla y a festejar cada una de sus ocurrencias. Todos estábamos felices. Incluso Dolly, sentada un poco más lejos, tanto que levantó un vaso y pidió́ brindar porque «estamos todos juntos». 


Un integrante de otra mesa se aproximó y con cierta timidez pidió́ un autógrafo. Lo miramos en silencio. «¿A quién?», dijo alguien, «hay tantas personalidades...». Todos reímos por la boutade, que en realidad no era tal: solo Moore y Onetti eran famosos. 


Un señor que estaba a mi lado, un francés de bigotito, tocó mi antebrazo y me susurró: «Vas a ver cómo Juan firma con la cara». No lo entendí́ muy bien pero no me importó porque estaba concentrado en ver qué hacía Julianne. Con infinita gracia y sin dejar de sonreír la vi tomar varios papeles y firmarlos rápidamente. Luego los repartió́ entre los fans que, como un cardumen, se amontonaban alrededor de ella. Mientras tanto, Onetti, con los brazos cruzados, dialogaba distraído con algunos de ellos. Comprendí́ que no les firmaba nada porque no tenia dónde hacerlo; rápidamente le alcancé una libretita que llevaba en mi saco. Él la tomó al vuelo y sin dejar de hablar ni de mirar a aquella gente que lo escuchaba hipnotizada, extrajo de su bolsillo un pequeño lápiz rojo y se lo apoyó en el rostro. Lentamente, sin dejar de hilvanar ironías de doble y triple sentido que concitaban la admiración de todos, empezó́ a marcarse las comisuras de los labios con una línea finísima. Luego siguió́ con el contorno inferior de la cara: la nariz, la barbilla y la mandíbula, todo sin dejar de hablar un instante. 


Alguien que estaba más atrás dijo: «Mucha simpatía, pero en el fondo Onetti es un amargado». Nadie lo rebatió́ y eso me llamó la atención, porque el comentario había sido muy agresivo, pero la sensación de bienestar era tan intensa que nadie quiso arruinarla refutando a un pesado. 


Cuando Onetti terminó de delinearse la mitad inferior de la cara, acercó el papel al rostro y lo apoyó ante la mirada atenta de todos. Cuando lo sacó había una caricatura de trazos simples y certeros: era su cara sonriente. La mostró a todo el mundo como si fuera un mago y luego, en el aire y sin apoyo alguno, escribió́ una dedicatoria. Debajo, con el pulso tembloroso de los borrachos, agregó: Juan Carlos Onetti

Nota actual: curioso sueño del que tampoco conservo la fecha. Es muy simbólico porque reúne en una sola escena el anhelo secreto de todo escritor: estar rodeado de amigos junto a una mujer exquisita y culta, en un clima agradable, de buen gusto, disfrutando de la fama, el dinero y los buenos tragos luego –y esto es lo más importante– de haber creado alta literatura. El sueño realiza incluso una última fantasía: sobre el papel –sobre la página– queda estampada su cara de mejor felicidad. 


Y todo transcurre en un entorno de humor, sin tomar-se en serio a sí mismo. Casi nada. 


Nota bis: una poeta lacaniana de cuyo nombre no quiero acordarme señaló́ con singular perspicacia que el apellido Moore suena igual a Muhr, apellido de soltera de Dolly, lo que la transfigura en la bella y talentosa actriz. Así́, aparece dos veces: brindando alegría y tolerancia, y también aportando belleza, dos vectores que configuran la mujer ideal, la musa y la compañera a la vez. 

* El run-run de las cosas, Montevideo: Estuario Editora, 2020. Reproducido con permiso del autor.

Diez cuentos

por Oscar Peyrou


MIS PRIMERAS AVENTURAS


Desde que nací y hasta que tenía once años íbamos a veranear a la playa. Salíamos muy temprano, de noche, cuando aún no había amanecido. El coche de mi padre era un descapotable inglés marca Flying Standard. Era de color negro y la capota casi blanca y sobre el motor tenía una insignia triangular de esmalte con la bandera británica. La playa estaba a unos 450 kilómetros de Buenos Aires y la ruta entonces era relativamente estrecha, de solo dos carriles. Adentro del coche se hablaba poco. En esa ruta había muchos accidentes y yo conocía a una familia completa, con dos niñas muy bonitas, que había muerto en un paso a nivel atropellada por un tren.
Cuando ya era de día, miraba por la ventanilla. No se veía nada: una interminable sucesión de colores verdes, amarillentos y marrones y algunas casas. Si abría la ventanilla entraba un olor maravilloso. Mi padre conducía  despacio y cuando yo me despertaba del todo ya tenia ganas de dormir, un poco hipnotizado por el zumbido del motor, la monotonía del paisaje y el aburrimiento. Nunca sabíamos a qué hora íbamos a llegar. O se estropeaba el motor o se pinchaba una rueda. Siempre pasaba algo. Esas fueron mis primeras aventuras.


EL ASUNTO DE PILSEN

En 1929, Mike Goldstein, de la mafia de Miami, fue llamado a Chicago por Guido Cicerone para aclarar un asunto que había ocurrido en Pilsen. Se reunieron en el restaurante del Hotel Michigan, donde vivía Al Capone.
A los postres, como la conversación era cada vez más tensa, Goldstein, para cambiar de tema, preguntó a Cicerone levantando un tenedor:
–¿Estos cubiertos son de plata?
–No –respondió Cicerone–. De acero inolvidable.
Sacó su Smith & Wesson 32 y le metió una bala en el ojo izquierdo.

 

SAUNA
 
Muchas veces pensé que iba a morir. Una de las más graciosas fue cuando me invitaron a una cena con una previa sesión de sauna tradicional en Tampere, Finlandia.
Misteriosamente, dada la idiosincrasia moral del país, nos dividieron a hombres y mujeres. En la sauna hacía el calor previsible, pero un ruso borracho con un slip rojo empezó a tirar agua y la temperatura subía y subía. Cuando ya al respirar sentí que el aire me quemaba las fosas nasales, salí corriendo por un estrecho espigón que entraba en un lago helado. En la punta habían hecho un agujero en el hielo. Tenía el cuerpo ardiendo, así que me metí en el agua hasta el cuello. Sentí que si no moría iba a salir muy poderoso. Observé una contracción general y muy intensa. Si hubiera tenido hemorroides, se me habrían curado instantáneamente. Aguanté unos diez o quince  segundos. Al salir sentí calor, aunque harían unos 20 grados bajo cero.
Antes de la cena sirvieron un cóctel. El ruso no se había vestido y seguía solo con el slip rojo. Cuando lo vi, estaba conversando muy serio, con una copa de champagne en la mano, con una mujer rubia.

CORDES-SUR-CIEL

El pozo de más de cien metros de profundidad donde los cátaros arrojaron a  principios del siglo XIII a los tres inquisidores responsables de las matanzas. Las cuatro murallas que protegían el pueblo que estaba arriba del monte y que no sirvieron para nada. 
Los efímeros turistas miran las casas medievales y sacan fotos. Ahora los niños giran alrededor de la iglesia de Sant Miquel sin gritar demasiado mientras una suave brisa mueve las hojas de los árboles en la Plaza del Mercado. Un susurro contenido que ya nunca  más se convertirá en convulsos alaridos de dolor, en la carne desgarrada  y en los ruidos nítidos o sordos de los huesos al romperse. Pequeños ríos de sangre que corrieron entre las piedras de la calle. 
Cuando me voy yendo, encuentro una tienda que vende acuarelas, pinceles y óleos. Lo más llamativo es una larga hilera de pinturas al pastel, típicas de la región. Grupos de variaciones de mayor a menor intensidad de un color: azules, violetas, amarillos, verdes, rojos. Todos tonos suaves, inocentes, delicados, falsos como un arco iris desvaído por el sol, la lluvia, la costumbre.


EN UNA TERRAZA AL SOL

Hoy me senté en una terraza al sol. Pedí un café. Corría una ligera brisa. Estaba tan cómodo que creí que flotaba sobre la silla. Cerré los ojos para imaginar cómo sería la vida si finalmente terminaba por quedarme ciego. Tal vez –pensé– no sería tan aburrida.


A DOS METROS DE LA SUPERFICIE

Cuando era chico me refugiaba bajo el mar. Me quedaba cada vez algo más de un minuto, pero me parecían horas. Me zambullía y permanecía  de espaldas cerca de la arena del fondo mirando las olas que pasaban arriba, las burbujas de plata y el espejo que se forma en el límite entre el agua y el aire. Me quedaba en el fondo, a unos dos metros de la superficie. Sentía la presión en los oídos y en los ojos. Me movía lo suficiente para no subir y era maravilloso el silencio, la soledad, la certeza de que allí estaba a salvo, de que allí no podía pasarme nada.


VERANEO INTERIOR

Continúo mi veraneo interior. Desde mis ventanas se adivina la hoguera exterior. Distintos tonos de la herrumbre. Cuando no estoy sobre la cama, camino alrededor de ella. Mi única compañía, un ventilador Rowenta poderoso, silencioso y frágil. El máximo sonido que produce es de 40 dB. Un ligero murmullo entre la angustia y la penumbra.

 

NI UN GRANO DE ALPISTE

Hoy soñé que era un pájaro. Estaba en el nido, después daba unas vueltas por el cielo volando. Cuando me desperté, a mi alrededor no había ni un grano de alpiste ni una brizna de hierba ni una pluma. Debo de ser un pájaro muy ordenado.

 

 


UN MUNDO LIMITADO

¿Por qué cuando yo era chico el mundo era tan limitado? En el mundo solo existía mi familia. Cuando fui al colegio por primera vez, todos mis compañeros me parecían extraños, extranjeros. Un poco hostiles. Solo estaba cómodo en la penumbra y en el silencio. No me importaba que no hubiera nadie más que yo.


SAPORE DI SALE

 

Yo, a los 17 años, bailando una canción italiana con un fantasma olvidado de piel tostada y pelo rubio. Apoyada la mano en la base de su espalda, sobre un fino vestido tibio de seda fucsia.

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Realidades y ficciones
por 
Susana Gisbert Grifo

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–¿Usted le dijo que no quería? ¿Lo dejó claro desde el primer momento?


–¿Cómo se atreve a dudar de eso? Me violó. Me violaba cada noche. Venía a mi cama cuando todo el mundo dormía y me decía que, si se lo contaba a alguien, mataría a mi madre.


–Entonces no le dijo que no quería ¿no? Lo que hizo fue acceder a sus deseos por miedo a que cumpliera sus amenazas.


La mujer miró fijamente a la cámara y dejó que las lágrimas corriesen por su cara como si aquello no fuera con ella. Los millones de espectadores que veían el programa lloraban con ella, aunque fuera dos meses después de que ella vertiera todas aquellas lágrimas en un estudio con la sola presencia del equipo de grabación y, por supuesto, de la maquilladora, atenta a que pudieran fluir y ser creíbles sin dejar un rastro negro a su paso que estropearía el plano. 

 

Tras este momento de emoción, paró la emisión de la entrevista y devolvieron la conexión al estudio, donde un grupo de tertulianos del más diverso pelaje comentaban la jugada como si se tratara del último gol de Messi. Y, como no podía faltar la dosis de publicidad, el presentador anunciaba el sorteo de un viaje de Nueva York para quien acertara la pregunta que, a través de los rótulos que corrían por debajo de las imágenes, aparecería a lo largo del programa. Mientras lo decía, el rostro de la famosa bañado en lágrimas se quedaba congelado presidiendo el plató como fondo de pantalla.

 

En una sala anexa, las encargadas de analizar la audiencia se llevaban las manos a la cabeza.

 

Habían previsto que aquello sería un tanto importante para la cadena, pero los resultados superaban con mucho sus previsiones. La audiencia se había disparado y las interacciones en redes sociales se habían multiplicado exponencialmente. Sonrieron y chocaron las palmas de sus manos, ajenas al rostro congelado de la famosa anegada en lágrimas que las miraba, sin verlas, desde el otro lado del estudio.

 

El tiempo de tertulia acabó y retomaron la retransmisión de la entrevista. La imagen de la famosa se descongeló y siguió hablando y llorando, llorando y hablando, sin que en ningún momento hubiera surcos negros de máscara de pestañas que afearan la imagen. La verdad es que se plantearon dejarlos, pero tras un sesudo estudio sobre el efecto que ello produciría en el público, se decidió que luciera su cara limpia. Los surcos desviarían la atención de las lágrimas y restarían emoción al momento. Ajena a todo ello, la famosa seguía vertiendo su dolor en diferido ante las cámaras.


–Cuando mi padre empezó a visitarme por las noches, yo tenía catorce años. Lo recuerdo bien porque aquella misma tarde habíamos celebrado mi cumpleaños. Siguió haciéndolo hasta que cumplí los dieciocho y pude irme de casa.


–Pero usted era una niña prodigio. Ya era famosa a esa edad y ganaba dinero. Podría haber pedido ayuda, haberlo contado a alguien…


–¿Lo dice en serio? Mi padre era mi tutor legal, se quedaba todo el dinero que yo cobraba y lo administraba ¿Qué podía hacer una niña?


Ya no parecía triste, sino enfadada. Enfadada con el entrevistador, con su padre y con el mundo. Su rostro se crispó en una expresión extraña antes de que la pantalla volviera a congelarlo para dar paso a la tertulia. Varias periodistas, una psicóloga y una abogada analizaban cada una de sus palabras mientras en la sala anexa las encargadas de analizar la audiencia se frotaban las manos.


Aquello marchaba viento en popa.


Esta vez la tertulia duró menos tiempo porque había que dejar tiempo para la tanda de anuncios, casi diez minutos de publicidad de pizzas congeladas, pomada para las hemorroides, una aplicación de compra y venta de ropa usada, comida dietética y un par de detergentes que competían por lavar más blanco que ningún otro. A la vuelta, la cara de la famosa volvió a descongelarse, pero no abandonó su gesto crispado. Había que reconocer que impresionaba. Impresionaba mucho.


Ante la pantalla, la famosa desgranaba todas las amenazas, todas las advertencias y todas las cosas que su padre le decía para convencerla de que accediera en silencio a sus perversiones. Le dijo que mataría a su madre y, cuando esto ya no funcionaba, le advirtió que le haría lo mismo que a ella a su hermana pequeña si se negaba. Lo de su madre dejó de asustarle desde el momento en que, tras tratar de contarle el infierno para el que estaba pasando, le dijo una frase que le heló el alma

 

–Hija mía, hay cosas que hay que aguantar por el bien de la familia.

A partir de entonces, el padre hubo de cambiar el objeto de sus amenazas para asustarla. Y no tardó nada en pulsar la tecla adecuada. Fue decirle que su negativa convertiría a su hermanita en su sustituta en sus juegos de cama y lograr que nada cambiara. Hasta aquel día.


Estaba a punto de cumplir los dieciocho, y tenía previsto marcharse de casa en el mismo momento en que su mayoría de edad fuera efectiva. Le denunciaría por lo que le había hecho, para vengarse y para que se hiciera justicia, pero, sobre todo, para conseguir que le alejaran de su hermanita y que esta no tuviera que padecer el mismo suplicio que ella.


–Fui una ingenua creyendo que él no se imaginaría algo así. Ahora sé que lo tenía todo estudiado para que mi mayoría de edad no acabara con la gallina de los huevos de oro, pero entonces eran tantas mis ganas de marcharme que no veía más allá de esa puerta de casa que deseaba atravesar a cualquier precio.


–Pero él era quien administraba sus bienes ¿verdad?


–Claro que lo era. Él fue quien me apuntó a la agencia de modelos infantiles, quien gestionó a partir de ahí mi carrera artística, quien contactó con productores y directores de cine. Me lo recordaba constantemente, Como si fuera su labor y no mi talento lo que me había hecho ganar dinero a espuertas. Un dinero del que no había visto ni un céntimo, por cierto.


–Pero no le faltaba de nada…


–Claro que no. Ni a mí ni a nadie en mi casa. Yo era la única que aportaba dinero a la economía doméstica, pero mi padre me hacía creer que quien trabajaba era él y que lo mío era poco menos que una diversión.


–¿Y no se divertía rodando películas o dando conciertos?


–Al principio, sí. Pero cuando se convirtió en una obligación, cuando ya no podía ir al colegio ni jugar con niñas de mi edad ni hacer nada de lo que se supone que hacen las niñas, empezó a fastidiarme.


–¿Hasta qué punto le fastidiaba?


–Acabé odiándolo. 

De nuevo se congeló la imagen. Consiguieron dejarla con una cara de cansancio infinito, como si el peso del mundo entero descansara sobre sus espaldas.


En la sala anexa empezaron a alarmarse. Desde que la famosa había dejado de hablar de abusos sexuales para aludir a abusos personales y profesionales, la audiencia había descendido a la carrera. Había que hacer algo. Le comunicaron la mala nueva al presentador a través del pinganillo para que cambiara las tornas de la tertulia. Por fortuna, se trataba de un profesional todoterreno, capaz de llevar las cosas adonde quería sin que los demás se apercibieran. Fue un acierto contar con él, a pesar de su caché estratosférico.


Desde producción, tomaron una decisión inesperada. Se saltaron las partes de la entrevista en que seguía hablando de los despilfarros del padre de la famosa con el dinero que la niña ganaba. No se dejaba ni uno de los tópicos: coches de lujo, prostíbulos, juego, fiestas millonarias. Todo ello sufragado por una joven estrella que solo deseaba dejar de serlo.  Pero nada de ello salió por televisión. La audiencia mandaba y la audiencia pedía sexo, Y eso era lo que iba a tener.


–Cuando mi padre descubrió la maleta y las cosas que tenía preparadas, montó en cólera.


–¿Le pegó?


–Ojalá hubiese sido eso. Consiguió que mi madre y mi hermana se fueran de allí, y me arrojó en la cama con toda la fuerza de sus 110 kilos, Me penetró por delante y por detrás, no una sino varias veces. Sangré, pero confieso que no sentía dolor físico. Lo único que me dolía era el alma.


–¿Por eso intentó suicidarse?


–Bueno… Eso solo fue la gota que colmó el vaso.


El programa de aquel día terminó con esa frase. Mientras, en su sofá, la famosa observaba la pantalla con el corazón encogido, sin querer atender la multitud de mensajes de colapsaban su teléfono móvil.


La llamada la sacó de su ensimismamiento. Sonó el teléfono fijo, aquel artefacto que estaba mudo salvo para alguna fastidiosa publicidad de ofertas de telefonía, seguros o cualquier otra cosa. Pero algo la impulsó a descolgar. De inmediato, se arrepintió de haberlo hecho, pero ya era tarde. La voz de él llenaba la estancia y rompía el ensalmo.

–Supongo que, después de todo lo que has dicho de mí, habrás previsto cómo darme mi parte del pastel…


–¿Tu parte? Olvídame.


–¿Cómo voy a olvidarte, si eres mi amada hija? Procura que me llegue, o serás tú quien no se olvidará de mí. Ya me conoces.


Colgó. No quiso escuchar más. Cruzó los dedos con la esperanza de que se tratara de sus bravatas de siempre. Pero el miedo la inundó de nuevo.


Pasaron dos semanas y no volvió a saber de él. Los datos de audiencia del programa eran extraordinarios, pero la persecución a la que le sometieron los medios de comunicación también fue extraordinaria. No era la primera vez, pero nunca se acostumbraba a ello. No obstante, sabía que el temporal pasaría, como siempre. Tenía que pasar.


Aquella noche, la famosa se sirvió una copa de vino blanco antes de sentarse en el sofá, Se disponía a paladearlo cuando el rostro que más odiaba en el mundo apareció en la pantalla de su televisión. Solo con verlo, tuvo arcadas y le costó mucho evitar el vómito.


Al día siguiente, el cuerpo de la famosa reposaba en una sala de autopsias donde dos forenses concluyeron que había muerto por sobredosis de barbitúricos.


Las portadas de los diarios se repartieron el espacio entre la noticia de su fallecimiento y el bombazo del programa del día anterior, donde su padre había afirmado que todo lo que contó era un montaje preparado por ambos.
Ni siquiera dedicó una mínima parte de la suculenta cifra obtenida a comprar una corona de flores para ella.

 

Tribu de incendiadas pupilas

 

por José Vidal Valicourt

 

 

 

 

 

 

 

Como niños que silban en la oscuridad y no se atreven a poner al miedo nombre alguno. Porque el miedo, a veces, carece de nombre. La soledad será su hogar, el alcohol que los anima y sostiene. Proyectados hacia un norte de metales, los hombres prolongan en silencio su infancia. Quemados por la lucidez, son los primeros testigos del arrasamiento. Algunos rezan o musitan maldiciones. Otros, clavan sus ojos en las piedras. Les queda el temblor de los labios, el tartamudeo de la razón, la elaboración de una teoría que se verá refutada por la áspera realidad. Les queda eso que llaman mundo interior, ese paisaje secreto que a menudo colisiona con el mundo circundante. Son conscientes de su exilio. Hoy, toda arquitectura les resulta hostil. Todo lo que adquiera la forma de ciudad supone una amenaza potencial. Como si ya estuvieran anticipando su próxima expulsión. Si en un principio la incertidumbre les causaba ansiedad, ahora han pactado con lo precario y se limitan a sobrevivir. Y esa supervivencia tiene mucho que ver con el caminar, con esa obstinación sorda en seguir caminando. Cada paso significa ganar una porción de terreno, y así como un lento y tenaz alejamiento del lugar de origen. Lugar que ahora les quema las entrañas. Entre esta comunidad itinerante existe algún miembro que solo interpreta esta nueva forma de vida en clave de poema o narración épica. Algunos hablan del dolor del mar, de la importancia del amor, pero también de su inutilidad en estos casos. Algunos se atienen a la ira, y a un odio que los mantiene alerta. Otros invocan la oscuridad del océano. Otros dicen sentir la arena en el interior de los huesos. Los menos se refieren a una escritura que se desliza hacia la nada. Hablan los muertos, y sus palabras son estremecedoramente cristalinas. Una dicción que impone silencio y obliga a la escucha. La música lucha por hacerse un hueco. Son palabras cortantes, discursos que comienzan con voluntad de duración, pero que acaban diluyéndose. Continúa el éxodo. Un éxodo de silencio. El caminar los está liberando. Quedan lejos los recintos y los nichos, allí donde las cabras tallaban su tristeza y los difuntos exhibían un pie o un brazo putrefactos. La soledad del hombre sobre la piedra, verticalidad enloquecida de antiguos silencios o de aullidos en bucle. Carne que va oscureciéndose bajo la afilada amenaza de una intempestiva arquitectura o una orden en un idioma extraño. Es este caminar sosiego, pues queda lejos la ansiedad de los inicios. Cada paso es un paso ganado al miedo. Cruje el territorio bajo las suelas devastadas de los caminantes.

Habla Kafka: «Me aislaré de todos hasta la inconsciencia. Me enemistaré con todos, no hablaré con nadie».

Se alimentan de las herencias, de los textos de sus ancestros, palabras que sobre la marcha van memorizando o modificando. Comen en silencio bajo las ruinas de casas racionalistas. El funcionalismo devorado por el tiempo. Caminan sobre lo que antes fue mar y ahora es tierra cuarteada. No hablan porque han conocido a fondo la infamia. Si pronunciaran alguna palabra, la armonía saltaría por los aires. Comen bajo el mineral mordido. La antigüedad de sus rostros impone un silencio también antiguo, anterior a cualquier tipo de lenguaje. Uno de ellos te lo dijo: «No pienso con el cerebro, sino con los pulmones». Pensar es respirar. Saben que cualquier palabra sería un error o una catástrofe. Sin embargo, alguien tiene que dar cuenta de su existencia. Alguien que, como un alumno aplicado, vaya tomando notas. A falta de nadie más, ese eres tú. No en vano, formas parte de esta tribu en movimiento, de esa banda de forajidos que se negaron a ser esclavos por más tiempo y echaron a andar, a hacer camino donde no lo hubo nunca. Imposible el descanso, recalar en algún lugar. Como a los gitanos de Baudelaire, a ellos también les arden las pupilas. Hay un incendio en cada ojo, un fuego intransferible, una ciudad recién demolida que durante unas horas los acoge. La inmutabilidad de la violencia tallada en las mandíbulas. Empezaron arrastrando una culpa. Ahora lastran una ira contenida que pronto será palabra o explosión. Luego, calma, acuerdo silencioso. Continuidad de un territorio que agoniza, abocado a una esterilidad definitiva. Aunque, a veces, brota el verdor, el agua, la sombra, un atisbo de ternura. Aquí es inútil el lamento. Su determinación consiste en no levantar la mirada del suelo. Como si estuvieran buscando mesetas de aplomo, cementerios para dar sepultura a sus cuerpos malditos e impuros. Cuerpos ajenos al ritual que, no obstante, solicitan una escenografía, una zona de luz amable. La purga del desierto. Son conscientes de que han sido expulsados de la tribu, condenados a la intemperie permanente, a caminar sin ruta preestablecida bajo el esplendor geométrico que conforman los astros. Ellos se saben elegidos por la lepra y el tifus, la sífilis y la tuberculosis. También, por la locura. Algunos canturrean, otros sonríen para sus adentros como si estuvieran contándose una historia de humor. Un chiste judío mordaz y autocrítico. Otros, meditan desnudos sobre el polvo. Se quedan quietos en posiciones inverosímiles. Se limitan a respirar hondo. A expulsar todo el aire viciado, enfermo de esclavitud. Algunos emiten sonidos que parecen letanías. Otros, permanecen largo rato tendidos sobre el pedregal, como faquires. Buscan la inmutabilidad. La ausencia de pasiones humanas. La superación del sufrimiento, que no del dolor. Como si anhelasen solamente la pasión de esta luz absoluta, fundirse con el mediodía en un silencio comunitario y sin futuro. Las noches suponen un alivio metafísico, el necesario recordatorio de la minucia humana. No existe la paz en el mediodía, sino descarga violenta de la luz que ellos tratan de suprimir o, por lo menos, apaciguar. Inmersos en sus propios pasos, saben que la luz tarde o temprano será letanía. Luz que acompaña. Luz cómplice. Luz aliada. Han perdido la ciudad. Van adelgazándose en esta travesía sin sombra. Han perdido las calles, las plazas, los cafés, las bibliotecas, las conversaciones para lanzarse al camino. Camino que no es tal, sino pura extensión sin límites. Tierra atroz que se abre ante sus ojos cada vez más achicados. Escribes por y para ellos. No saben que perteneces a su estirpe. No leerán lo escrito porque no tienen tiempo que perder en lecturas estériles. Ellos son la propia escritura que avanza sobre esta tierra sin contemplaciones. Esta tierra es el lienzo, la página, la pantalla en la que se inscriben sus pasos. Escritura que es arañazo en la piedra y rápida borradura. A veces, caen en la indolencia o en la resignación. Pero no hay nada que temer, es su modo de regularse. Caminan a conciencia, con todos los sentidos alerta. Esta concentración los salva del desplome. En ellos crece un fanatismo que les conviene. Una locura frontal que no admite vuelta atrás. Los has visto pasar como una procesión de penitentes. Y has visto una luz rara en sus ojos. Como si, en efecto, se merecieran ese castigo, esa expulsión, ese rechazo. No en vano, ellos han experimentado la denegación, la dureza impenetrable de las gentes. Ellos conocen más que nadie la opacidad de las puertas, la sordera interior, la imposibilidad de entenderse. El lenguaje como aliado, como instrumento necesario que reabre las heridas. A su paso dejan huellas arrastradas y un olor a cabra. Y tras ellos, tan solo queda polvo en suspensión y, de nuevo, el silencio. El gran e interminable lamento de la piedra. Como niños que se dirigen al cuarto oscuro. Como condenados a muerte que avanzan con serena decisión hacia el precipicio o el paredón. No en vano, han interiorizado su condición de seres expulsados y, por tanto, culpables. Han tomado conciencia de su delito. Solo se sienten libres en camino. Confían en la resistencia de sus corazones y en la fortaleza de sus piernas. Cada uno de ellos atesora un libro que está escribiéndose en su cabeza. Son hijos de la palabra. Son manuscritos itinerantes. Bibliotecas humanas que van perdiendo documentos por el camino. Porque es oscura la poesía de los locos. Oscura como el sol en su cénit. Ellos lo saben. Lo saben, pero lo callan. Es bueno el silencio. Bueno como una purga, como la succión lenta de la sangre. Uno se queda vacío, extrañamente poderoso. Indestructible. Se trata de no confesar la verdad, de hacerse fuerte en el mutismo. Son impenetrables como los niños que han sido injustamente castigados, como esas mujeres que han apostado fuerte por sus hombres. No hablan porque habitan en el corazón del niño. Los niños se ponen muy serios cuando juegan. Tan solo pueden callar o gritar. Los niños, como ellos, están obligados a crear sus propias reglas de juego. Algunos se desmayan, y los desmayados son recogidos con premura por sus compañeros de viaje. Los obligan a mantenerse en pie, a dar un paso tras otro. En fin, a caminar, que de eso se trata. Algunos fueron flâneurs en un París literaturizado. Otros, practicaron la deriva urbana. Todos ellos muy leídos, muy eruditos. Deambulaban por la ciudad, realizaban actuaciones que irritaban o llamaban la atención de los paseantes y desconcertaban a los niños. Marcaron hitos. Eran estetas. Ahora, sin embargo, se están preguntando para sus adentros el porqué de su desgracia. Tal vez en un momento dado se dieron cuenta de que sus paseos estéticos y políticos les eran del todo insuficientes, una actividad de burgueses un tanto descreídos. No saben en qué momento sucedió el giro. Su caminar lúdico y placentero se tornó éxodo, maldición itinerante. Y tú te preguntas si, en verdad, ese giro fue voluntario, inconsciente, o bien fue provocado por agentes externos y, sin duda, hostiles. Quizá se expulsaran a sí mismos en un acto de penitencia u orgullo colectivos. Quién sabe. Su pulsión nómada acabó por disolver los límites que les imponía la ciudad. Superaron descampados, ciénagas, alambradas, vías férreas, polígonos industriales hasta que se hallaron más allá de las afueras, en campo abierto. El desierto no tardaría en llegar. El desierto o, mejor dicho, un sucedáneo del mismo, muy parecido a un planeta exento de vida. Hasta el viento soplaba desde un ángulo desconocido y con una debilidad nunca antes experimentada. Como si se tratase de un viento inverso, una respiración casi detenida, el penúltimo aliento de un animal moribundo. Los ves circular por tu escritura. Son personajes que en su día brillaron en los teatros. Seres eminentemente urbanos que ahora tienen que lidiar con los elementos naturales. Con lo crudo. Ahí van, cargados con sus lecturas, con sus interpretaciones, con sus datos y sus debates internos. Toda esa hermenéutica fatigada. Buscan acallar todas esas voces pronunciadas desde el desprecio. Ahí van, dispuestos a afrontar sin excusas ni eufemismos su propia desnudez, su recién estrenada condición de parias. Desarmados, sus ojos quieren huir de la aprensión para hacerse al fin directos y valientes, acaso despiadados. Cualquiera diría que son hombres destruidos, pero en ellos late un fondo salvaje que los mantiene en pie y dispuestos a morir sin emitir queja alguna. Como si ya se supiesen muertos. Su fortaleza radica, precisamente, en este detalle: en saberse ya muertos, fuera del mundo y, a la vez, insertados en el movimiento inicial de la historia, en ese andar, en ese desplazamiento que es ya una crítica de lo establecido. No buscan ninguna respuesta que los tranquilice o los fije en un lugar. Su casa es el viento y el libro de arena que ellos, sin pretenderlo, están escribiendo sobre la marcha. 

 

Son ellas, las mujeres, las que demuestran más entereza. Ellas, las mujeres, nunca miran al suelo, sino a un horizonte que es pura incertidumbre. Son ellas, las mujeres, quienes sujetan a sus hombres cuando estos a punto están de claudicar. Se enfadan, gritan, lloran hacia dentro guardándose las lágrimas para el final. La tensión de las mujeres es fundamental. Una tensión que soporta y tira del carro, una tensión que aplaza el desmayo y la derrota. Mujeres de mandíbulas apretadas que detectan y sancionan cualquier síntoma de apatía o resignación. Mujeres que reparan averías y curan heridas, olvidándose a menudo de sí mismas. Mujeres extremadamente delgadas, puro nervio, casi locas de fe y determinación. Súbitamente enfermeras. Los niños las miran con fascinación. Madres calladas que atesoran toda la historia de las mujeres y que, algún día, cuando dispongan de tiempo y humor, acabarán por sacarlo todo a la luz, en una efusión de palabras y argumentos incontestables. Entonces, habrá que bajar la mirada y escuchar la historia de sus silencios y renuncias. Ellas hablarán de hombres atormentados, dubitativos, extraviados por la metafísica. De hombres cuyos pies nunca han pisado el suelo. Ellas hablarán de hombres paralizados o que solo actúan movidos por causas imperiosas, cuando no les queda más remedio que mover pieza. Ellas, que vienen de las ciudades viejas, de los callejones húmedos de los guetos, de los secretos de las persianas urgentemente bajadas, ahora promueven una fe que brota de lo más hondo de sus vientres.

 

Habla Kafka: «Este impulso tenía algo del que caracteriza al judío eterno, empujado sin sentido, vagando sin sentido por un mundo absurdo y sucio».

 

Y al fondo, más allá del esplendor del océano, el cristal, cemento y acero de Nueva York, la orina potente y larga contra los muros apabullados por el grafiti, la ceniza flotante, el humo que expulsa la carne laboral, deteriorada y erotizada por la espera de un mesías que tarda en llegar, hambrienta de habitaciones propias, la nieve sucia, el azote helado de la luz en los rostros mal afeitados. Y, cruzando el puente de Brooklyn, la zona sur de Williamsburg, el barrio judío, la ortodoxia jasídica, la fijación de los códigos, la asfixia de sus leyes. Aquí se detiene la aventura, se paraliza el mundo. Las mujeres trabajan y los hombres leen, estudian, repiten, herederos de una ancestral letanía, las enseñanzas de la Torá. Hombres que sacuden sus cabezas, mientras recitan una larga y monótona melopea. Sin embargo, el objetivo de esta comunidad itinerante no es el de radicarse, establecerse en lugar alguno. Su domicilio es la paradoja, la tensión permanente entre el alivio de hallar un lugar y la ansiedad que causa este éxodo que se prevé interminable.  

 

Y aún más al fondo, más allá de la ciudad, la ternura siniestramente apacible de los prados y las fosas comunes, los hornos industriales, las cámaras de desinfección, las saunas del horror. El gas que todo lo iguala.

 

Habla Kafka: «No es un miedo ante el viaje. Peor: es un miedo general».

 

Porque son ellas, las mujeres, las que afrontan la luz más ácida con una impavidez de esfinge que impresiona a sus compañeros de viaje. Ellos hablan de Kafka, de un posible viaje a Palestina. Ellos, que comenzaron como héroes de la diáspora, son los primeros en rememorar y anhelar una tierra ancestral, un kibutz de amor y trabajo, una biblioteca que los apacigüe, un huerto, un solar urbanizable, un territorio hermético en el que sentirse a salvo. Porque son ellas, las mujeres, las que tiran de sus hombres hacia un destino tal vez catastrófico. Desmelenadas y a ratos rugientes, espumosas de celo y fe, de ojos quemantes, absolutamente deseables en su súbita fealdad. Una fealdad repentina que se torna belleza agresiva. A lo lejos, en efecto, se adivina entre brumas Nueva York, ciudad recién vapuleada. Sin embargo, la ciudad pertenece todavía al reino de lo onírico. Es evidente que los campesinos de Treblinka, que cultivaban la tierra con los ojos fijados en los surcos, oían los aullidos de la tribu. La seriedad, o aparente indiferencia de sus rostros, no lograba amortiguar el espanto.

 

Habla uno de esos campesinos: «Al principio, ciertamente, era insoportable. Después, se acostumbra uno…».

Kafka, como no podía ser de otra manera, guarda silencio.            

 

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Relámpago 

por Jose Saz 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es pronto y ya se ha hecho tarde. Como cada mañana, Matías se toma su café y revisa las noticias de la prensa en el ordenador. Obviamente, todas hablan de lo mismo. En la habitación de al lado, su mujer teletrabaja. Hace tiempo que el sonido del monótono goteo de llamadas ha dejado de molestarle. Una noticia reclama su atención. La protagoniza un directivo de la OMS, Michael J. Ryan, individuo que asegura que no basta con el confinamiento y que «hay que hacer más».


¿Hay que hacer más? Pensativo, Matías observa con atención la cara sonrosada y rolliza del directivo en la fotografía que ilustra la información, y se pregunta de dónde será, dónde coño habrá estudiado, cuánto tiempo habrá ejercido de médico, en qué momento cambio el rumbo de su vida para ser directivo de una organización mundial, aunque piensa, sobre todo, en esa frase… «hay que hacer más».


La realidad está en el presente –se dice– y, para no alterarse, decide buscar un resto de marihuana en el cajón de las contingencias. Son ya muchos días de encierro y, de algún modo, siente que las paredes y el techo van ganando terreno. Eso le calmará; no suele fumar a estas horas, pero hoy la mañana llega torcida y de un modo u otro habrá que enderezarla. 


Decidido, sale al balcón para saborear su cigarro y ver de lejos la libertad. Ni un alma por la calle. Apenas transcurrido un cuarto de hora, una idea peregrina le atraviesa el cerebro como un relámpago.


Voy a salir a dar un paseo y ni Dios me lo va a impedir, y además voy a hacerlo ahora mismo, se dice.


Apura la calada de su cigarro y lo deja a mitad sobre el cenicero. Abre la puerta de la habitación en la que trabaja su mujer y le da un beso.


–Voy a salir a comprar tabaco –le dice.


–Vale, no tardes –contesta su mujer sin dejar de mirar la pantalla del ordenador.


–No, no, tranquila.


–Y no hagas estupideces, por favor…


–Tranquila, tranquila.


Cierra cuidadosamente la puerta del cuarto y se dirige al dormitorio. Del altillo del armario baja un maletín cerrado con llave, lo deposita encima de la cama y lo abre con delicadeza.


Aquí está, se dice a sí mismo: Benelli, dos cañones y cuatro cartuchos; suficiente. Introduce dos cartuchos en la recámara y deja la escopeta abierta sobre la cama.


Rescata un viejo poncho mexicano confinado en el fondo del armario y se lo pone con una liturgia no habitual en él.


Para ocultar su rostro, escoge ese pasamontañas azul de invierno que nunca ha usado y desecha la estúpida mascarilla que no sirve para nada. Esconde el arma bajo el poncho y se dispone a salir. Un «ahora vengo» es suficiente para despedirse de su mujer antes de cerrar la puerta.


Durante diez minutos camina sin rumbo por las calles, deambula por zonas ahora vedadas porque en ellas no hay comercios, disfruta de los rayos del sol, de la eclosión de la primavera, y se siente aliviado, seguro de sí mismo, lejos de amenazas, de miedos, de listos que todo lo saben y no entienden nada. Así, evadido y feliz, prosigue en su deriva.
Al llegar al parque, repara en un coche de policía que se detiene en la intersección que hay un poco más arriba y siente la amenaza en el cruce de miradas. Como si no tuviera nada mejor que hacer, el coche patrulla cambia su rumbo y se dirige hacia él. Sin dejar de mirarlo, Matías permanece inmóvil, esperando con tensa calma que llegue el coche y se detenga. Descienden un hombre y una mujer uniformados con hambre de documentos. Sin mediar palabra, Matías echa el poncho hacia atrás y en un rápido ademán acerroja el arma apuntando a los policías. El sonido, seco como un martillo fúnebre, deja en el aire un eco que congela el ambiente.


–Ahora mismo vais a subir al coche y os vais a largar echando hostias –dice fríamente. 


Uno de los agentes da un paso al frente dirigiéndose a Matías:


–Señor, cálmese, por favor... 


El estruendo atronador del disparo rompe el silencio y calla al policía, y la sirena del coche patrulla vuela por los aires inundando el asfalto de diminutos fragmentos de metacrilato azul. 


–He dicho ahora –reitera amenazante sin dejar de apuntarles.


Atónitos, los agentes suben al coche y se dan a la fuga en busca de refuerzos.


–Hay que hacer más, hay que hacer más –les grita mientras los ve alejarse en el vehículo.


 Matías descerroja su arma y vuelve a esconderla bajo el poncho. Al amparo de la sensación de familiaridad que da el olor a pólvora en Valencia y sin importarle las escasas miradas ajenas, regresa tranquilamente a su casa. 


–Y así es –se dice a sí mismo, satisfecho con ese alivio que se siente al blasfemar de vez en cuando. 


Al llegar a su portal, se escuchan sirenas por los alrededores. Sube las escaleras quitándose el pasamontañas. Abre la puerta y al cerrar anuncia su llegada con un lacónico «ya estoy aquí». Se dirige al dormitorio y guarda meticulosamente la escopeta en el maletín. Devuelve el poncho al olvido del armario y sale al balcón en busca de lo que queda de su cigarro. 


Su mujer sale a fumar en un descanso, harta de tanta llamada. Al verlo sentado en el balcón con la colilla en la mano le recrimina lo poco que colabora en las tareas de la casa y lo irresponsable que es por salir a la calle en los momentos más inoportunos, «especialmente hoy –insiste–; ¿acaso no te has dado cuenta de que no dejan de sonar sirenas por todos lados?».  


–¿Sabes qué te digo? Un día de estos te van a llevar preso.


Matías apura su cigarro evocando momentos felices y, mirándola con tristeza en los ojos, contesta:


–Lo sé, hay que hacer más.

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El artista de la valla

 

por Lucía Pons Verduch

Los primeros rayos de sol se filtran entre las nubes, acarician los tejados y tiñen de tonalidades rojizas las fachadas de las casas de Kyjov. La luz se cuela por los resquicios de los ventanales deteriorados del viejo taller y repta por muros desconchados, lienzos de otra época apilados en las paredes, muebles que acumulan el polvo de medio siglo y un suelo cubierto por fotografías y cartones arrojados hace años. La claridad atraviesa las fisuras de las puertas e ilumina su rostro cuarteado, su barba, sus canas enmarañadas, su piel ennegrecida y sus ropas remendadas. La luz avanza a través de los huecos y se detiene en el cuarto oscuro. 


Un octogenario Miroslav desentumece los músculos agarrotados por el frío, la humedad de la noche y la artrosis. Le duele la cabeza y el estómago. Le cuesta enfocar. Las encías le arden. Logra ponerse de pie, pero algo le hace perder el equilibrio y cae de bruces. Se levanta apoyándose sobre el esqueleto de una silla. Intenta sortear una montaña de libros de filosofía, pero los roza con el brazo y se desploman. No se detiene, pasa por encima de ellos. El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer y varios libros de Platón pasan a ocupar otro lugar en el universo de Miroslav. A continuación, pisotea una sartén, un colador, revistas de otro tiempo, un rayador, botes de cola, cristales, el palo de una escoba, una lata de tomate vacía, cuerdas, papel fotográfico, unos alicates, pinceles con las cerdas acartonadas… 


Pasa junto a un mueble desvencijado y acaricia con la mano una caja de madera envejecida de la que asoman tubos de pintura retorcidos y oxidados. Alarga un brazo y se aferra a un cuadro. Percibe un vago olor a trementina y óleo. Se mueve con torpeza por su mugriento salón sujetando un lienzo cuya imagen se oculta bajo capas y capas de polvo. Coge una esponja ennegrecida. La humedece bajo el grifo. A continuación, limpia con ella la superficie del cuadro. Empiezan a emerger colores luminosos y formas de otra época. Sonríe. Acaricia con sus dedos esa imagen que le traslada al aula de dibujo de la facultad de Bellas Artes de Praga. Tiene 20 años. Una modelo desnuda posa para los estudiantes. La luz entra por los ventanales de la clase y acaricia esa silueta en reposo. Toma un pincel y traza en el aire una línea imaginaria que recorre ese desnudo imperfecto. Empieza por un tobillo. Asciende con delicadeza por su pierna ligeramente flexionada. Llega hasta el muslo. Su trazo es tembloroso. Se recrea en la cadera y en la espalda. Abre la caja de madera recién barnizada y selecciona los tubos de pintura de colores intensos. Empieza a mezclar los tonos escogidos en su paleta. Está abstraído. No oye el crujido de la puerta de madera que se abre. Ni las pisadas de unas botas. Ni los murmullos. No ve cómo una sábana blanca sepulta el cuerpo semidesnudo de la modelo ni cómo una legión de hombres del régimen escolta a la joven hasta la salida. Él sigue con sus mezclas. A continuación, retuerce con cuidado la punta del pincel para afinarlo. Sonríe imaginando su obra. Carga la pintura. Cuando posa de nuevo la mirada en la modelo, la imagen se ha desvanecido. En su lugar se erige un joven musculoso, de rudas facciones y vestido con mono de proletario. Un joven Miroslav se levanta ofuscado. Tropieza con el caballete. La paleta cae al suelo. Sale de su clase de dibujo. No volverá a pisar la universidad. Le falta el aire. Avanza por el pasillo a trompicones. Llega a la escalera. Se da cuenta de que aún sostiene en la mano un pincel embadurnado de pintura. Con la otra mano retuerce sus cerdas unos segundos y luego lo lanza tan lejos como puede. El pincel rueda por los peldaños de la facultad.

 

Miroslav baja los escalones de dos en dos, deslizando su mano teñida por la barandilla y dejando un rastro de pintura rojizo que va perdiendo intensidad a medida que desciende. Esto no puede estar pasando, piensa. Pero lo cierto es que en 1948 el régimen comunista acaba de llegar al poder y extiende sus tentáculos hasta la clase de dibujo de la facultad de Bellas Artes. Años más tarde, esos mismos tentáculos alcanzarán los rincones de su estudio y arrojarán sus lienzos repletos de mujeres desnudas al medio de la calle. «En ese momento, las calles se convirtieron en mi estudio y las mujeres en mis modelos. Sustituí los pinceles por la luz. Un nuevo mundo se abría ante mí», dice.  


Su mirada arrugada se detiene en una jaula hecha con dos cestas de rejilla de supermercado atadas con un alambre. Pasa con delicadeza sus dedos desfallecidos sobre el frío metal. En su interior: un plátano, una manzana, dos patatas y medio kilo de harina. «Las ratas se comen toda mi comida. Solo me dejan los desechos». Coge un vaso con el cristal ennegrecido por la mugre. «Es solo polvo», dice. Lo enjuaga bajo un grifo que escupe un débil hilo de agua. Frota con ímpetu, pero el agua simplemente se desliza por la superficie opaca del cristal. Lo llena de cerveza Klassik, la más barata del mercado, y bebe para acallar su estómago.


Aparta de un manotazo un cable eléctrico que cuelga del techo. Se coloca frente a la mesa de la cocina. Sobre la mesa: ceniza, lentes, objetivos, un colador, recipientes con productos químicos, cinta adhesiva… Coge un cuadernillo sobre las leyes de la óptica y lo arroja al suelo tras un breve vistazo. Toma un montón de fotografías, les quita el polvo golpeándolas contra la mesa, las mira y luego las lanza a otro rincón del océano Miroslav. Unas figuras femeninas caminando, reclinadas, de frente, de espaldas, vestidas, desnudas quedan esparcidas por el suelo. Y allí quedan sumergidas durante años hasta que las mareas del azar las devuelven de nuevo a la superficie, pero de otro tiempo. Coge un alambre con el que remienda los agujeros de su raído suéter. Alcanza un cuchillo y corta una lente de plexiglás que alisa con papel de lija. Cuando se puede ver a través de la lente, la pule con una mezcla hecha de pasta de dientes y ceniza de cigarrillo. Y con eso va a fotografiar. Y va a funcionar. De forma imprecisa, pero funcionará. Sonríe. 


Entonces un harapiento Miroslav sale a la calle a las seis de la mañana en busca de inspiración. Fotografía con un artilugio fabricado con desechos como tubos de cartón, latas de conserva, paquetes de tabaco, cuerdas, elásticos de sus calzoncillos, lentes de gafas viejas, trozos de plexiglás pulidos, chapas de los botellines de cerveza… Todo sellado con brea para evitar entradas de luz.  


Vaga por la plaza principal, por el mercado, por el parque frente a la escuela de secundaria, por la estación de autobuses… Unos escenarios de los que era apartado en vísperas de las fiestas comunistas porque su aspecto afeaba la imagen de la ciudad. «Durante las celebraciones, los uniformados me llevaban a la institución mental de Kromz para normalizarme. Un día se olvidaron de recogerme. Yo tenía mi pequeña maleta preparada y esperaba que me llevaran al manicomio. Esperé y esperé, pero no aparecieron. Entonces me cansé de esperar, salí de casa y me paseé por la plaza. Había hileras de banderas rojas por todas partes; la multitud abarrotaba las calles; las mujeres, ataviadas con el vestido tradicional; la música sonaba… El desfile había empezado. En el Ayuntamiento habían levantado una tribuna y alguien pronunciaba un discurso. Fui a la iglesia, subí las escalinatas y me senté en el escalón superior. Desde allí podía observarlo todo. Y todo el mundo me vio. En menos de tres minutos dos policías estaban junto a mí. Luego: el manicomio». 


De repente, la ve. Una joven sube con paso ligero la escalinata que lleva a la iglesia. Cada vez que sus tacones conquistan un peldaño, su vestido camisero se abre, dejando al descubierto parte de sus piernas. Al alcanzar la cima se sienta en un escalón y se quita sus zapatos. Retira de la cara unos cabellos desprendidos. Pasa el pelo por detrás de su oreja. Su mano roza el cuello. Y de pronto la imagen se ralentiza hasta que finalmente se detiene en ese instante en el que el destello de un sol agazapado se cuela entre las nubes. Un haz de luz ilumina la mano próxima a su cuello, sus piernas descubiertas y esos pies desnudos que reposan sobre sus sandalias. Miroslav presiona el disparador espontáneamente, ni siquiera mira el visor. Lo hace de forma rápida y fluida. Así hasta cien veces al día. Captura mujeres en el mercado, sentadas en un banco, en la parada del autobús, montando en bici, tomando el sol… «Cuando hago fotos no pienso en nada. No planifico nada. No me tomo nada en serio. Todo es un juego. El tiempo que paso en mi caminata determina lo que voy a fotografiar. Todo está determinado por el mundo dando vueltas. Todo depende del azar. Nunca he hecho otra cosa que dejar pasar el tiempo», dice.


Miroslav deambula por su ciudad imaginaria repleta de mujeres. Atrapa una cadera que se contonea, un rostro insondable, unos pechos incipientes, una espalda sugerente, un cuello altivo, unos tobillos turbadores, una postura regia… «Soy un observador. No solo de las mujeres sino de seres humanos. ¡De todo! Me interesa todo, incluso las entrañas, cada átomo. Tengo que explorar cada átomo porque soy un atomista», dice riendo. «Veo formas y las convierto en matemáticas. El mundo entero está formado por números». Miroslav resta importancia al erotismo de sus imágenes y prefiere centrarse en lo que considera el fundamento del arte: «¿Qué es arte? El arte es solo una idea», dice citando a Schopenhauer. 


Otra joven de sonrisa traviesa posa relajada para él, para ese viejo de mirada ida y sonrisa mellada. Para ella, Miroslav es un vagabundo demente e inofensivo que se pasea con una cámara de juguete. Es un viejo conocido en Kyjov. Le inspira ternura. Cuando lo ve, le vienen a la memoria las palabras que su madre le decía de niña: «¡Lávate las manos o te convertirás en Miroslav Tichý!». Ella no es consciente de que esa cámara que la enfoca es real. No sospecha que ese artilugio hecho con despojos mal ensamblados es capaz de hacer fotografías. Pero lo cierto es que esa mirada sensual de la joven que traspasa la cámara quedará inmortalizada y viajará en el tiempo. «A veces veo a una mujer que me gusta, pero en lugar de ponerme en contacto con ella, la fotografío. Porque en el fondo sé que no estoy realmente interesado en ella. Su figura y su movimiento es lo único que me cautiva», dice.


Cuando llega a la piscina, mantiene las distancias: hace tiempo que le prohibieron deambular por esta zona. Para él, el cuerpo de la mujer es sinónimo de policía, prisión y hospitales psiquiátricos. «Toda mi vida, bajo los comunistas. Me vigilaban, me seguían de cerca, me detenían, me encarcelaban, me ingresaban en manicomios […]». Los informes psiquiátricos de las clínicas donde estuvo ingresado registran los tratamientos aplicados: electrochoque; radiación; aislamiento; trabajos forzados; uso de drogas psicotrópicas como narcóticos o insulina; palizas;  punciones lumbares… «La vida en prisión era dura. Pasaba hambre. Un trozo de pan era el paraíso. En el psiquiátrico te daban una chuleta y te sacaban de excursión una vez por semana. Lo malo es que estaba rodeado de dementes», dice entre risas. Durante años, el régimen no le quitó ojo por su aspecto descuidado, por disidente, por demente, por depravado, por no encarnar al hombre comunista ideal, por estar siempre observando a las mujeres… La policía checa nunca encontró evidencias de conductas reprochables u ofensivas hacia las mujeres. Pero le imputaron otros cargos. Un informe de 60 páginas sobre higiene presentado en un juicio aportaba pruebas concluyentes: en la ropa de Miroslav se localizaron dos piojos y una cucaracha. Cuando el juez preguntó al acusado si tenía algo que alegar; él respondió entre risas: «¡Cítenlos como testigos!».


Ahora apresa a las mujeres en biquini a través de la valla de alambre que rodea la piscina y que tan a menudo aparece en sus fotografías. Captura su elegancia, su melancolía, su paz, su desasosiego, su soledad, su alegría, sus gestos serenos, su sensualidad… Atrapa esos instantes fugaces en los que la alegría aparece o desaparece sin avisar. Apresa a esa mujer que se aleja, a esos cuerpos inaccesibles, fantasmagóricos, desconocidos, perdidos en otro mundo… pero siempre desde el otro lado de la valla de la piscina, desde los márgenes de la realidad. Y desde ese otro lado mira, vive, intuye, sueña, resiste, respira y crea. 


Miroslav continúa con su paseo. Vaga con paso renqueante, mirada perdida y sonrisa intacta. Llega al mercado. Allí captura a parejas que se besan, bicis aparcadas, niñas jugando, una risa… «Soy un mero instrumento, un instrumento de conocimiento, de percepción o de algo», explica. Según Miroslav, «[…] la fotografía es algo concreto, una percepción, lo que ves con tus ojos. ¡Y sucede tan rápido que no puedes ver nada en absoluto!».


Al caer la tarde se dirige con todas sus capturas al cuarto oscuro instalado en el patio trasero de su casa. Ahí revela todo lo que pueda ser identificado. «Yo no selecciono. Cuando veo algo reconocible, algo que se parece al mundo, lo revelo», dice entre risas. «Reconocemos solo lo que podemos y queremos reconocer. Los seres que percibimos no son más que fantasmagóricas recreaciones de nuestra mente. Todo lo que vemos es producto de nuestra imaginación. Lo que vemos es una  ilusión, nuestra ilusión». 
Sumerge las fotografías en un barreño donde se humedecen y oxidan; luego las pone a secar en la cuerda donde tiende la ropa. Las siluetas femeninas van surgiendo. Una joven tumbada en el césped. Otra mete con delicadeza su pie en el agua de la piscina. Otra con los brazos elevados se recoge el pelo en un moño. La brisa mece sus melenas. El sol acaricia sus pieles. 


Las fotografías de Miroslav acumulan un montón de defectos cuando salen del cuarto oscuro. Están borrosas, desenfocadas, están hechas con negativos rayados, y acumulan manchas de bromuro y huellas dactilares. Luego serán arrojadas al suelo u olvidadas en cualquier rincón de su casa. Tichý las pisoteará, dormirá y comerá sobre ellas o serán roídas por las ratas. También las pintarrajeará, les pondrá marcos de cartón, las recortará, las plegará, hará anotaciones en la parte de atrás… En definitiva, las hará suyas. Finalmente, acumularán el polvo de los próximos años. Y en ese proceso casero de posproducción se produce el milagro. De ese caos surge la poesía. Los arañazos se convierten en texturas; las manchas, en huellas del paso del tiempo; y la imperfección, en arte… «Soy un profeta de la decadencia y un pionero del caos, porque solo del caos puede surgir algo nuevo», sentencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Las luces se encienden. Varias salas blancas e impolutas acogen la obra fotográfica de Miroslav en el International Center of Photography de Nueva York. De la fachada del edificio cuelga un cartel que anuncia una muestra retrospectiva del artista. En el interior, los técnicos examinan y limpian las creaciones con guantes blancos. La reseña de The New York Times hace referencia a unas fotografías inquietantes, perturbadoras, conmovedoras, oníricas, delicadas, intemporales, con vocación pictórica, que reflejan su mundo interior, sus emociones, la distancia entre él y su entorno. El comisario de la exposición, Harald Sweemann, visiona las obras y afirma que «[…] la intensidad siempre encuentra su medio». Desde Kyjov, Miroslav explica la receta de su éxito: «Para ser famoso debes tener una cámara mala y luego tienes que hacer algo y hacerlo peor que cualquier persona del mundo, porque a nadie le interesa lo bello y perfecto». Y luego esa risa desdentada. 


En Kyjov ya ha anochecido. Miroslav se deja caer sobre su destripado sofá y enciende una lámpara con la tulipa agujereada. Un haz de luz enfoca un rincón de su hogar que él encuadra con sus dedos como si fuera la primera vez que lo ve. Vislumbra una belleza oculta bajo capas de polvo y telarañas. Aprecia expresión en lo inanimado, una paleta en tonos ocres y tierras, un ángulo perfecto, contraste, armonía, composición, poesía… 


Ahora alarga el brazo y coge el lienzo que ha humedecido esta mañana con una esponja ennegrecida. Lo vuelve a dejar en su sitio con delicadeza. Cuando el cuadro se seque, recuperará su invisibilidad otra vez.

          

 

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Diez cuentos 

por Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EINSTEIN, UNA ETIMOLOGIA Y LA GESTAPO

 

Esta mañana desayuné con el rumano Stefan en la cafetería del Hotel Moskva de Belgrado. Me dijo que, personalmente, prefiere la Sig Sauer de la etapa suiza de la marca. Añadió que en algunas ocasiones usa la PL-15K de Kalashnikov. Le conté que en el hotel se había alojado Einstein y que durante la II Guerra Mundial  fue el cuartel general de la Gestapo en la región. El me comunicó el origen etimológico persa de la palabra «paraíso». Después hablamos de otras cosas.

 

 

DIGNIDAD

 

Una vez que pasó todo, le devolví su último regalo. El hecho de que este no me gustara,  favoreció mi dignidad.

 

 

BELGRANO 2323

 

Los padres de mi madre tenían un gran chalet en el centro de Mar del Plata y cerca de la playa, donde pasábamos las vacaciones todos los miembros de esa parte de la familia. Era tan grande que tenía una torre con mirador y un ascensor. Una verja de madera la separaba de la calle y había que subir una escalinata de granito gris para llegar al porche, donde por la tarde se sentaban los mayores a conversar. La escalera de roble que conducía a las habitaciones del primer piso describía lo que suele llamarse «una graciosa curva» y era una de las mas hermosas que recuerdo haber visto. La única vez en mi vida que salí a la calle con mi abuela fue cuando estaba en esa casa porque me invitó a acompañarla a comprar algo. Con mi abuelo también salí solo una vez, pero fue en Buenos Aires y fuimos a un banco a hacer un trámite.

Ya no queda nada de todo eso. Cuando mis abuelos murieron, se vendió y destruyó el chalet para construir un edificio de departamentos. Solo queda su recuerdo en mí y en menos de cinco personas. Una frágil y fragmentaria lámina de humo. Las otras casas de ni infancia todavía están allí, aunque amuebladas de otra forma o quizás reformadas y habitadas por otra gente. Pero la de Mar del Plata desapareció entre previsibles nubes de polvo como si nunca hubiese existido.

 

 

CHAGALL EN PRAGA

 

Una de las varias veces que estuve en Praga fui a una galería de arte o a un museo, no recuerdo. Me incliné sobre un cuadro de Chagall e, inadvertidamente, el abrigo que tenía en el brazo rozó la superficie de la pintura. Inmediatamente, vino un guardia y me amonestó agriamente en checo por mi descuido.

Sin perder la calma, le dije a modo de disculpa:

–Krasnopolski.

Suelo emplear esta palabra cuando me hablan en un idioma que no comprendo.

El guardia sonrió ampliamente y exclamó:

–¡Polski!

Y me estrechó efusivamente la mano.

 

 

SOMBRAS EN CENTOVALLI

 

Anoche fuimos a cenar a Centovalli, a unos kilómetros de Locarno, al Grotto America. En Centovalli hay muchos restaurantes ubicados en las grutas de la montaña. Uno se sienta en las mesas de afuera, a veces cubiertas por vides u otras plantas trepadoras, y oye el rumor del arroyo que pasa al lado y escucha el canto de los grillos y huele el perfume de las flores de montaña y recuerda (aunque no quiera, aunque haga esfuerzos desesperados para no recordar), recuerda otras noches en esos mismos valles, hace tantos años, con otras personas.

 

 

ÍNTIMO, ÚTIL Y MISTERIOSO

 

El 22 de junio 1879, el capitán Jeremy H. Wilson, a bordo de la goleta Hermione, navegaba a 230 millas al NNE de las Islas Fidji cuando el piloto le informó de que a media milla a estribor, sobre el mar, había un resplandor muy intenso y algo tembloroso, como un espejo que reflejara el brillo del sol.
El capitán ordenó arriar un bote. Él, dos marineros y el contramaestre se acercaron y se pusieron al pairo. Se trataba de una llama brillantísima que flotaba sobre las olas. El capitán acerco lentamente la mano derecha y sintió que era un fuego helado. Primero  pasó varias veces la mano sobre las llamas con precaución y no solo no se quemó, sino que obtuvo un gran placer. «Fue como el éxtasis del amor», escribió en el libro de bitácora esa noche.
La Hermione continuó su viaje sin novedades.
Un año después, estando el capitán de permiso en Bristol, notó por la noche un intenso escozor en la mano derecha. A la mañana siguiente, descubrió que en la punta del dedo índice le había crecido un ojo a través del que también podía ver. El capitán tardó unas horas en relacionar ambos episodios, aunque hasta el fin de sus días le acompañó la incertidumbre y la extraña sensación de poseer un secreto a la vez intimo, útil y misterioso que cubría o no con un guante según requiriese la ocasión.

 

PATRIA

 

Yo nací a menos de 100 metros del Jardín Botánico de Buenos Aires. Para mí, todo lo que no esté en sus inmediaciones es el extranjero. Por ejemplo, alguien que haya nacido en otro barrio para mí es como si fuera de Nepal. Lo respeto, pero es de Nepal. No hablemos, pues, de los que son nativos en las lejanas provincias del país. Por razones familiares, solo considero próximos a mendocinos y correntinos. Y a los paraguayos, claro.

 

 

POESÍA

 

Lo que más recuerdo de mi época de militancia un poco salvaje contra la dictadura militar argentina son los instantes en que la poesía se infiltraba en la violencia. 
Una tarde, unas 100 personas divididas en 20 grupos depositamos a la misma hora en 20 lugares céntricos de la ciudad 20 cajas que supuestamente contenían explosivos. Qué emocionante tanta gente haciendo lo mismo en diferentes sitios y exactamente a la misma hora.

 

 

ST-WANDRILLE, UN MUSEO Y UN BOSQUE

 

Hace años fui a Caudebec-en-Caux. Cerca, la Abadía de St-Wandrille estaba en manos de sacerdotes integristas. Había programada una ceremonia y una misa y fui a ver cómo era el rito medieval.

Al principio me llamó la atención que algo tan retrógrado y oscurantista fuese tan hermoso y colorido. Todavía recuerdo que, de pronto, comenzaron a salir sacerdotes con sotanas de colores brillantes: primero, unos de azul claro; luego, otros de amarillo; a continuación, una fila de verde y otra de rojo. Evolucionaban lentamente dentro de la iglesia.

En el pueblo, que estaba al lado del rio, había un pequeño museo sobre el Sena. Me pareció conmovedor que se registrasen todas sus circunstancias minuciosamente, desde las máximas crecidas hasta su  ancho y altura normales en distintos tramos.

Cerca de allí estaba el bosque de la Brotonne, que se conservaba igual que hace centenares de años.

 

LARGO ATARDECER EN SODANKYLÄ

 

En Sodankylä, 1200 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, la noche, en verano, es un largo atardecer. El cielo y los árboles y los juncos de la orilla del lago eran de colores pálidos, como desteñidos. Abundaban los mosquitos. Recuerdo que me dieron una barra de repelente de insectos del ejercito de EE. UU. Era muy efectiva, como tuve ocasión de comprobar tiempo después. Corría una ligera brisa tibia y amenazadora: parecía estar fuera de lugar. Mientras estaba allí, comiendo salmón a la parrilla, no sospechaba que tantos años después recordaría esta escena que no tiene mayor importancia.

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Los dedos de la pianista

 

por Wenceslao Ventura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al pintor Julio Bosque, in memoriam

 

Al volver, pues le pedí volver, vimos algunos dedos que nacían de la pared situada al lado derecho de la sala. El ojo, en un primer instante, se anegó en el muro blanco. Escuchamos entonces como otras veces el rumor de una muchedumbre inexistente.

 

La resaca lenta del tiempo nos atrapó juntos en ese instante único, pues nuestra amistad duraba desde hacía bastante más de treinta años, desde aquel primer texto que sorprendió al pintor por su tejido.

 

Dedos estrechos y largos que en su piel traían textos como meteoros caídos del cielo, no podían venir de otra parte sino del universo. Textos como andrajos del destino en el palio de la luz; de una luz en un momento concreto.

 

Extravío: iba buscando un sentido a los dedos de la pianista y ese sentido sería su sentido, no había más.

 

Los dedos aguileños de la pianista me acariciaban la coronilla: lentos, yo estaba lento, dormido en un meandro del camino de mis pensamientos y ellos vinieron a despertarme y recordé unos versos del Cántico espiritual, que conocía de memoria: «Nunca te quieras satisfacer en lo que entendieres [...], sino en lo que no entendieres».

 

Frases que penden de esos dedos ahorcados cuando con gran pena pensamos que la existencia gira, que la historia y, por ende, la humanidad giran sobre un eje cruel que desdibuja en nosotros el mundo real, tangible, externo y nos lleva como única salida, si es que hay salida, a buscar refugio en nuestras heridas, en nuestra singularidad trabajada desde la soledad, desde nuestro silencio.

 

Lento, decía, iba absorbiendo el texto que resplandecía en la pieza iluminada. Frases que son hilos, que son cables de alta tensión, que son cuerdas para ahorcarse. Frases en las que parece abolida la primera persona del singular y una sed grande se apoderaba de mis labios y la humanidad era un pim pam pum en sórdido ajedrez. Otro día había escrito, era un día que había llovido barro en la ciudad de verano africano, escribí, dije, que la página en blanco se había oscurecido por aquellas manchas de color marrón y sentí cierta repugnancia por esta existencia, sin inocencia ni dádiva, de cielos mercuriales en la arena nocturna de un anfiteatro donde sonaba el hosco desagüe de las despedidas.

 

Por un azar ahora también querido –sonrío cuando estoy escribiendo esta frase, que será pegada a uno de los dedos–, el texto me lleva a la alegría de compartir el espacio con otros amigos poetas. Autores de textos para pintores; yo trato de continuar lo que escribí en Zapping Textos. Somos un solo autor que escribe en la madrugada, en el parpadeo de la madrugada. Escribí una vez: algodón birmano: hierro contra hierro: viento que atraviesa la almena para dar oxigeno a las branquias de la vida. No, no hay noticia alguna en los dedos de la pianista.

 

Julio me esperaba en el portal. Subimos las escaleras. Vi otra vez, pues así se lo había pedido por teléfono, los dedos de la pianista. Se tocaban entre ellos como si tocaran el cauce de una corriente, incomunicados del mundo, zarpas que arañaban el vacío.

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Fotografía de Wences Ventura © Jesús García Cívico

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Aproximaciones al mundo de Genji

 

por Rodolfo Rabanal



 

 

 

 

 

El encanto de Oriente. Una mediación cultural, literaria, un contacto impalpable; lecturas ocasionales, imágenes reiteradas de máscaras blancas como harina. Incomprensión, curiosidad, atracción y distancia. Inflexiones guturales del idioma, el estereotipo de un gong, pequeñas pisadas en el talco. Y esa abundancia -o esa insistencia- de pétalos cuidadosamente sueltos, de la mención del rocío vinculada a esos pétalos.

La palabra Japón, su concluyente importancia fonética. Datos de un puzzle, no mucho más. Pero he ahí a las cortesanas del siglo X en los palacios de Heian Kyo. Y más tarde, las ilustraciones eróticas de Utamaro Utagawa, fusión insolente de refinados detalles y grotescos alardes.

Una bella mujer de piel blanca -amarilla, pero extraordinariamente blanca-, y el hermoso cabello azabache como fuerte contraste sobre la espalda desnuda. Su carnalidad emite un fulgor perlado, casi opaco. Ella se impone como una sugestión entre las líneas de La historia de Genji, la novela escrita por la dama Murasaki Shikibu, cortesana y mujer de letras.

 

Hace mil años, en Kioto, la dama Murasaki escribe: «Anoche, si bien en la penumbra creciente del ocaso, vi la flor amada. Pero hoy, una odiosa bruma la ocultó totalmente de mi vista». Se refiere al súbito flechazo que produce en el corazón del príncipe Genji una hermosa criatura apenas entrevista, y a la que, sin embargo, le es negado acceder.

 

Kioto se llamaba entonces Heian Kyo, o sea Ciudad de la Paz y la Tranquilidad, capital de un imperio severo, regulado bajo los designios espirituales del budismo zen. Eran los tiempos de la dinastía Heian, edad de ilimitada paz e infisurable poderío, y esa dinastía duró trescientos ochenta años, casi cuatro siglos de selectivo bienestar, refinamiento y cultura, Casi cuatro siglos sin invasiones ni guerras notables, dedicados exclusivamente al arte, a la religión meditada, a la política y a los sentidos. No se sabe de una «decadencia» más prolongada y armoniosa. Luego, con la fuerza sorprendente de una tormenta inesperada, se precipitó el horror y sólo hubo guerras y tormentos durante siglos. El chiaroscuro malva del placer fue desplazado por el chiaroscuro negro de la crueldad. Y desde luego, aquella literatura cayó en el olvido.

 

Pero La historia de Genji, en la versión inglesa de Arthur Waley, con sus mil ciento treinta páginas de líneas apretadas y letra chica es un tesoro que atraviesa las edades. Murasaky, de cuya vida sabemos muy poco, es como Proust. Y hasta es posible que más satisfactoria en un grado de libertad y delicadeza que desconocen el pathos moderno de la neurosis, tan decisiva en Proust y por momentos exasperante. En Murasaki no hay melindres ni ocultamientos clínicos. La complejidad espiritual de los caracteres en la corte de Kioto, la discreción cultural, el delicado equilibrio basado en la cortesía extrema, no eluden la licencia amorosa, y la «lubricidad» bajo el imperio de esos esmerados controles casi no admite ese nombre.

Se dice que es esta la primera gran novela del mundo. Ni los chinos habían logrado algo semejante. Y China es -o fue- el ideal de Japón. China, como Grecia para Roma, es el principio, la primera letra. Su idioma es venerado, su caligrafía cuidadosamente aprendida, imitada y vedada a las mujeres. En consecuencia, las mujeres se ven reducidas a escribir en japonés, y ese confinamiento las vuelve escritoras y poetas talentosas. Murasaki es una de ellas; Sei-Shonagon, otra. Ambas dominan las artes combinadas del amor y la escritura. Una escritura -es preciso insistir- que se traza con pinceles embebidos en tinta china y se colorea al agua. Claude Roy, hablando de la escritura china y por extensión de la japonesa, recuerda que un ideograma es una metáfora plástica que proclama o murmura su origen, o palabras que al decir lo que dicen imaginan al mismo tiempo su etimología. En fin, arte doble pero de significación única y sentido múltiple.

 

Curiosas mujeres -es una pena que la fotografía tardara tanto en inventarse-, ambas cultivaron la susurrante estrategia de la intriga y disfrutaron seguramente de sus resultados; las dos veneraban al Emperador y a la Emperatríz y las dos quizás compartieron amantes nocturnos a quienes ni siquiera sabrían reconocer  a la luz del día. Pero mientras que Murasaki es discreta, velada,Sei-Shonagon prefiere exhibirse como una diva. Murasaki, no cabe duda, es una artista más completa. Su novela, apoyada en un equilibrio narrativo que sólo corresponde a la alta madurez del oficio, destaca -.sobre todo- por la consistencia de un estilo horneado en el firme ejercicio poético. Por contraste, su Historia de Genji reduce a intentos precarios todo lo que en materia literaria estaba haciendo Europa en la misma época. Faltaban todavía tres siglos plara que Dante escribiera la Comedia.

Por su lado, Sei-Shonagon llevaba un diario de gossips y relatos circunstanciales, una especie de crónica cortesana destinada, en principio, a un registro privado. Su talento se manifiesta en la observación penetrante, en el infalible conocimiento de las conveniencias y tratamientos sociales. Su estilo exhibe un modelo prosódico seco y altamente categórico. Se explaya en la enumeración de vicios y virtudes, enumera montañas, lagos, sentimientos, gestos, actitudes. Señala con extrema pericia e inequívoco gusto la eficacia de un color sobre otro en la circunstancia debida, o detalla el encanto   nocturno de un rostro que no tolera fácilmente la claridad del día.

 

A Sei-Shonagon la describen hermosa y elegante hasta los cuarenta años, edad un tanto avanzada para una mujer de entonces. Un disfavor real, quizá el producto de una intriga que alguien disfrutó en su contra, la alejó un día de la corte y ya nadie supo nada más de ella. Se desvaneció para dejar su obra, ese único libro de notas personales, diario de cabecera (o de almohada, su pillow book), y el libro llegó hasta nosotros como el hálito de su propio perfume.

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Sus fracasos... (Cierta-ficción por entregas)

 

por Miguel Blasco Marqués


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay hechos conocidos que se conocen.
  Hay hechos desconocidos que se conocen.
Hay hechos desconocidos que se desconocen.
Pero también hay hechos conocidos que se desconocen.
Es decir, cosas que creemos conocer,
  pero que acabamos por descubrir que desconocemos.

 

The Unkown Known, Donald Rumsfeld
 

 

Pésimo prefacio 


Si tuviera que vivir de su escritura, pasaría mucha hambre. Puede que le falte voluntad y que le sobre vicio. La libertad y la disponibilidad, por suerte, las tiene; en contraste, necesitaría un orden más férreo. ¡Circunloquios! Peor: puras pajitas mentales para omitir cierta verdad incómoda: es un can can, un vagazo redomado, Gándul, rey de Oblovomorf. 


Nota de color sobre el personaje


El otro día una amiga suya lo definió así: vistes siempre como si acabaras de salir de un after hour y no te ríes, cacareas. Podrías ser todo pero te gustan demasiado Robert Walser y Leopoldo. 


Vivir su vida

 

Acaba de llamar a esa amiga y no puede venir a verle. Le ha mandado sendos mensajitos a  L. y a E. y han pasado de él. Entonces, sin chicas, no le queda otra, escribe. ¿Es su escritura heteropatriarcal? A él le gustaría vivir en un matriarcado perpetuo, vivir mamando generosos senos y no en un sentido poético o figurado. Desea que las mujeres se empoderen todavía mucho más y ser su discreto servidor cuando no directamente un sumiso. Reivindica la figura del eunuco frente a la del torero, prefiere al príncipe Myhskin que a cualquier emprendedor tardo o neoliberal. Le fascina y le perturba a partes iguales esa carita de yonquis saciados que se les queda a los bebés después de pegarse un pico de leche materna. Ah, ¡qué vida!, todo el día enchufados a una jugosa mamella. ¿Todo lo que hacemos en la etapa adulta es una prolongación o un producto de lo que fuimos cuando niños? En ese sentido, tal vez su decisión de volverse escritor (y más que decisión se trata de un capricho, escribe solamente cuando le falta compañía femenina) atienda a un deseo infantil de protección y aislamiento, necesidades vitales resueltas, tal vez la Literatura sea para él ese gran seno al que amorrarse. Con embargo, las tetas le parecen el más prodigioso apéndice libertino del cuerpo humano y ya sean tetitas o tetazas, firmes o fofas, con forma de berenjena o de queso suizo, pezones acusadores o taponcitos para escanciar sidra, le fascinan, le interrogan. 


Los Ángeles, San Gerardo


Le gusta decir que vive en Hollywood. La ocurrencia, en realidad, la soltó una gringuita con un ligero aire a Britney Spears que estuvo hospedada en su casa vía Couchsourfing una semana (y él, para ligar, prefiere el Couchsourfing; el Tinder tiene ya demasiado de Mercadona donde se exhibe género humano directamente de escaparate del barrio rojo de Ámsterdam) y nada más entrar a la urbanización en la que reside por carambolas de una herencia familiar, Ellen, que así se llama la americana del Norte, le espetó: «Esto es Hollywood». Y él: «Venga ya». Y ella: «Yeah man, absolutely f*** similar! I travelled to Los Angeles and there are a residencial area, Sacramento Hills, very similar than this, the same mediterranean style, white houses, gardens inside, ¿de tejita baja?, ¿cómo se diche?...». 


Él no la cree, pero al llegar a casa se meten en Google Maps con el muñequito por las calles de esa urbanización de las colinas próximas a la cuna del séptimo arte y resulta que sí, es un calco literal del lugar en el que ahora se encuentra, las casitas blancas, pocos coches aparcados en la calle, ningún niño y ningún migrante jugando por las aceras, todos los chalet-tenientes parapetados tras sus muros y su línea de cipreses, faltan seguratas con pistola apostados a la entrada y cierto toque de glamour; lo cierto es que el algoritmo de la jornada comienza a derivar hacia ciertos terrenos cachondos, bromea con Ellen diciendo que su vecino siempre le había parecido Al Pacino, ríen, se beben dos botellas de sidra natural El Embajador Oaxaquense y cuando la tarde declina Ellen le deja que le mame sus tetas, y él las chupa y las acaricia cual si fuera el director de una gran superproducción clásica, un director que maneja grandes presupuestos, esmerado en conseguir un Óscar, el aplauso del gran público y la crítica. Ellen, de Indianápolis, quien, escasos instantes antes de convertirse en la madonna in the meadow de Raffael, le estaba contando que allá en su estado, en el corazón del corazón del país, se pueden encontrar unos cartelones gigantescos en las carreteras comarcales que aseguran que «Jesus is real» y «The hell is real», mas obviando toda educación puritana, salpica el encuentro con expresiones sacadas de otro tipo de cine: oh yeah, God, yeah, horny, come on, come on… y ciertamente le recuerda a Britney Spears en su versión más cabaretera, rolliza, bailarina de table dance, amablemente entregadísima a que alguien se refocile en sus turgencias. 

Observen como la calentura derrota al pensamiento


No era de esto, ni mucho menos, de lo que él pretendía hablar. 

Suceden cosas inquietantes 


A principios de otoño, una revista malagueña le encargó un artículo sobre la película El resplandor de Stanley Kubrick y desde entonces ha caído sobre él una especie de maleficio. Quiso darle otra vuelta de tuerca al film de terror, ofrecer su visión personal sabiendo de antemano que no hay otro cineasta en la historia cuyas películas se hayan prestado más a toda clase de interpretaciones, relecturas, teorías a posteriori más o menos acertadas, estudios cabalísticos, numerológicos y hasta horoscopales. Kubrick es único en este sentido y lo es, precisamente, porque trufó sus largometrajes de símbolos, claves, indicios, subterfugios formales… que muy posiblemente sean nomás que bromas para troncharse a gusto en la eternidad de todos aquellos que se las tomen muy a pecho. Pues bien, tituló el texto, cual agorera premonición, «La muerte de la Literatura en la era de las redes sociales» y puestos a soltar pendejadas –sobre dicho filme se pueden encontrar en la red dislates soberbios como que es una alegoría del Holocausto y, si uno superpone el mapa del campo de concentración de Auschwitz sobre el mapa del laberinto ajardinado, coinciden; que es un trasunto del alcoholismo de Stephen King y de la pésima relación que mantuvo con Kubrick durante el rodaje; que si uno suma por separado los números de la habitación 237 más el número de secuencias en los que aparece esa cifra le sale la fecha de los atentados de las Torres Gemelas, etc., etc.–; quiso subirse al carro también, aunque es cierto que su teoría primero la pensó y luego acudió a la película para constatar, un tanto acongojado, que se cumplía punto por punto. Y es que en la película vemos, por una parte, a un escritor novel al que se le concreta la fantasía de todo escritor novel: seis meses cuidando un hotel alejado del mundanal ruido junto a su familia a gastos pagados y a despensa llena en medio de una naturaleza imponente. ¿Y qué sucede cuando a uno le regalan ese caramelito, cuando por fin se cumplen las condiciones objetivas –tranquilidad, desahogo económico, espacio inspirador– para escribir? Pues que no se escribe nada. Imposible no establecer un eco con su propia biografía: si de normal esa urbanización en la que vive, San Gerardo Hills, es tranquila, en los meses de invierno se vacía de toda presencia humana, igual que el hotel al que acuden Jack Torrance y su familia. Las coincidencias no hacen más que cernirse kubricknianamente sobre él: en una alacena situada en la parte inferior del chalet descubre que los antiguos moradores –su familia; no hay terror más duro– han ido acumulando durante años latas y latas de conserva suficientes para sobrevivir a dos catástrofes nucleares. 


Avanzando en la película, un poco más adelante, aparece el vástago de Jack –Danny–, un niño que ha desarrollado una extraña forma de comunicación medio telepática (el resplandor) y es capaz de comunicarse a miles de kilómetros de distancia con otras personas que también gocen de dicha cualidad y, al mismo tiempo, tiene vía directa con un amigo imaginario –un tal Tony–, quien, como una especie de big data omnisciente, le advierte de los peligros y de los acontecimientos que le van a suceder. 


No excluye de esta teoría a la parte femenina, fundamental: la bellísima Shelley Duvall –Wendy, madre de Danny, pareja de Jack Torrance– cumple el papel de las antiguas bacantes griegas: en su fuero interno comprende que la situación no va a desembocar en otra cosa que en tragedia. 


Tendríamos, pues, a un hombre que trata de escribir, a una mujer nerviosita y a un niñito que lo sabe todo. ¿Cómo se representan esos advenimientos, esas prefiguraciones de Danny, su particular «resplandor»? La primera vez aparece en un plano dorsal hablando con su amigo Tony frente a un espejo (metáfora del Facebook/Instagram: mi imagen proyectada se relaciona con los otros) y más adelante moviendo esquizofrénicamente el dedito (se diría que mensajeándose por WhatsApp). Danny, y queda más claro en secuencias posteriores, está directamente en contacto con la Chingada, ese maremágnum de información que sobrevuela nuestras cabezas hoy en día, nos interrelaciona y nos adocena y que Kubrick, tremendo visionario, predijo ya en 1980. 


Tiene miedo porque lo que se deduce del film es que «el resplandor» no afecta negativamente a quienes viven bajo su influjo –a estos los vuelve autistas pero felices–, sino a los que no lo sufren, a estos les genera únicamente malos viajes, introspección, torredemarfilismo, arduos bloqueos creativos, incapacidad de interacción. Él no tiene ni Facebook, ni WhatsApp ni Instagram y si  bien todavía no la ha emprendido con nadie a los puros hachazos en la cabeza —al igual que Jack— se ha pasado el invierno sin que le salga una sola línea decente. 
 

 

Intermezzo (llega un mensajito de L.)


Los microrrelatistas la tienen corta. La prosa y la imaginación :) Q fas el diumenge?????

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La maldición de Ubangi vs. los antropólogos felices 

Prueba de que se halla bajo una especie de influjo perverso –en ese malditismo quisiera caer él, lo cierto, repetimos, es que es un vago y un tarambana– es la novela en la que ha estado trabajando durante todo el invierno y cuya extensión en un archivo de Word no pasa de las diez páginas. Aquí el fracaso es otro: trabaja sobre materiales reales –tiene cientos de carpetas con apuntes, fotos, datos y biografías– acerca de dos historias que se desarrollan en el continente africano a tiempo parejo, dos historias que le subyugan, pero en las que no sabe establecer bien la frontera que delimita dónde debería terminar lo real y dónde comenzar la ficción. Muy resumidas: 


A finales de los años 40, Dwain Espir, posiblemente un director no tocado por la varita de la elegancia y el buen hacer cinematográfico, aunque tenaz, no cabe duda, tiene en su haber películas como Maníacos Sexuales (1934), Marihuana: la hierba del Demonio (1936) y Cómo desnudarte frente a tu esposo (1937), se casa con Hildagarde Espir (de soltera Hildagarde Stadie y, antes de americanizar nombre y apellido, Maria Magdalena Strasser; sí, una mujer con un pasado no muy claro en la Alemania de Hitler, cuando no directamente una nazi redomada, amiga de Leni Riefenstahl y, al igual que ella, gran apasionada del continente africano), para más señas poseedora de una fortuna nada desdeñable, de turbio origen, excéntrica, espiritista de cafetín y parece que sumamente fácil de convencer para enrolarla en los proyectos más inútiles si estos poseían cierto morbo exótico y en los que colaboraba activamente en calidad de mecenas. Escribió muchos de los guiones de las películas que firmaba luego su marido, nada nuevo bajo el sol. No sabemos de quién pudo ser la idea, idea que fue su ruina, la ruina como el comienzo de la disolución, mas parece que cansados de rodar películas de bajo presupuesto que incluían escenas de desnudez y violencia para sacarles algún rédito, auténticos abuelos del género explotation, un buen día decidieron cruzar el charco e internarse en el África profunda para rodar The course of the Ubangi (1949), traducción española: La maldición de Ubangi. Todo coincide y ahora verán por qué. 


La película es un verdadero espanto, un cagalló de séquia infumable: ni en cuanto a forma (planos mal iluminados, cortes de montaje salchicheros, sonido mal grabado que se suple con trozos de una voz en off soporífera, música extradiegética torturante) ni en cuanto a contenido tiene nada rescatable, es abominable la manera en la que se retrata al pueblo africano, poco más que de freaks de barracón de feria ¡aun en su hábitat!, se ridiculizan sus ritos y tradiciones, hay una apestosa superioridad moral (seguramente la ascendente aria de Hildegarde) que desde las primeras secuencias se posiciona en el burdo discurso de que el hombre blanco es la civilización y ellos los salvajes. El film cuenta con una parte «documental» –reportajística más bien, estilo Norteamericanos por el mundo, premonitoria de lo que en los setenta serían títulos como Holocausto caníbal, etc.– que filmaron realmente en escenarios naturales y con una parte de «ficción» y esa es ya un despropósito, algo sonrojante, lo pueden ver, no es coña, Dwain y Hildegard trataron de ambientar interiores de África en el garaje de su casa o en el de casa de unos amigos o vaya uno a saber dónde, todo tiene un aire de cantina mexicana, de casal fallero con falla infantil de séptima categoría de fondo, de pasaje del terror chabacano con toques de vegetación artificial.  

 

Lo realmente inquietante viene después. A él le gustaría contar que todo el equipo técnico muere. Todos. Justicia poética por haber filmado semejante ñordo. Que el director de fotografía, Swen Alledan, al darse plena cuenta de aquello en lo que ha participado, se entrega a la heroína y una sobredosis lo ilumina mezzo forte en un callejón de Orlando. Que la directora de arte, Petra Dawnson, se cae por el hueco de la escalera nada más regresar a Los Ángeles, atropezzada; que el montador, Charles E. Campbell, se pega un tiro al terminar el montaje por no oír los tam-tam de la maldición nunca orquestada; que Excelsior Pictures, la productora seudofascista de Dwain y Hildegard, su local más bien, sito en la calle Augusta esquina Rodeo Drive, donde se guardan todas las latas de celuloide, se incendia misteriosamente y eclosiona. Los actores y las actrices, todos esos bastardos que interpretan los papeles de exploradores y exploradoras, acaban en un hotel de Las Vegas jugando al palanquín pekinés. Y pierden. Pero ustedes saben que no es así. San Google nos cuenta que no es así, piensa él, pienso yo, todas y todos vivieron hasta los ochenta o noventa años, jubilados en Florida, disfrutando del sol y de los burritos, yazca sobre sus tumbas y caiga sobre sus herederos la auténtica mambafolla africana. 

Shapes and colours

Bien. Todo esto lo quiere mezclar, en una especie de montaje paralelo, con otra historia, los diarios del antropólogo holandés Egbert de Vries y su pareja el doctor Johannes van der Roe quienes se hallaban muy cerca del lugar del rodaje (estudiaron hábitos de diversas comunidades entre Botswana y su vecina Zimbabue, aldeas y pequeños núcleos seminómadas próximos a la desembocadura del rio Okobongo) exactamente en la misma época y en los cuales, entre otras cosas, se explica cómo la introducción de las cerillas en esas tribus alteró sus hábitos sexuales. Los miembros de esas comunidades creían que era necesario encender un nuevo fuego en la chimenea tras cada relación sexual. Esta costumbre significaba que cada acto tenía algo de acontecimiento público, ya que, una vez consumado, alguien tenía que ir a una cabaña vecina a buscar un madero ardiendo con el que encender una nueva hoguera. En tales condiciones, el adulterio resultaba muy difícil de ocultar, lo que probablemente fuera la razón que originó la costumbre en un principio. La introducción de las cerillas lo cambió todo. Ahora bien, el material verdaderamente incandescente (esta primera anécdota, en el fondo, no habla más que de la influencia que una nueva tecnología, aun primaria, puede tener sobre las rutinas colectivas, las cerillas no dejan de ser el Tinder de esas tribus) fue el revelador estudio que hicieron sobre la etnia  de los mawharis, en concreto de los varones mawharis, dotados con vergas de entre 28 a 32 centímetros, capaces de auto penetrarse analmente, de darse por el culo a sí mismos, vaya, lo que curiosamente provocaba que siempre estuvieran mucho más alegres que los hombres de comunidades aledañas, se comportaran mucho mejor con sus mujeres, no hubiera tanto maltrato ni dominación porque eran auto-lúbricos, sin influencias externas, ya fueran estas religiosas o pornográficas. La guinda del pastel es que los mawharis eran abiertamente bisexuales y muy promiscuos, por lo que el amigo Egbert y su pareja Johannes puede que fueran, por unos días, los europeos más felices de toda África, pero si nos atenemos al sabio refranero popular dicen que la avaricia rompe el saco; en su caso, la lujuria sin control en las medidas te puede dejar el ano como un bebedero de patos, sin entrar en más desgarres, y eso fue lo que aconteció. 

 

 

Los Vagabundos


Otro de sus fracasos orbita –también– en torno a Hollywood antes de que pudiera llamarse como tal. Deseaba escribir un cuento acerca de tres personajes celebérrimos a inicios del siglo XX que se paseaban por el californiano valle antes de que un grupo de productores judíos se hiciera con el control de la ciudad. El problema es que no se le ocurren los diálogos, cuando los tres protagonistas están juntos no los oye, no le dicen nada. Comentó dicha cuestión a un escritor y este le dio un consejo práctico: «Hazles decir puras gilipolleces. ¿No te das cuenta? La gente se pasa la mayor parte del tiempo diciendo gilipolleces, los debates elevados, de altura intelectual, son pocos, impostados, y necesitan una preparación previa, un guión… aparte de que quien se la pasa hablando todo el rato con esos vuelos acaba solo o directamente loco». 


Pero nada. Ni siquiera así. No los oye. O no los quiere escuchar. Lo que, a lo sumo, ha pergeñado es una historieta para presentarles: 


En 1912, en el año cumbre de sus respectivas ascensiones ¬–merece la pena más llamarlo así que «carreras»–, Thomas Alba Edison y Henry Ford se juntan para organizar una serie de excursiones «hacia fuera» de los grandes núcleos de población y se autodenominan así mismos Los Vagabundos: les acompaña el antropólogo Robert J. Goldwin, padre del utopismo sedentario y prehipster. Se trata más bien de una serie de almuerzos o merendolas o brunchs excéntricos en donde los tres personajes celebérrimos –por distintas cuestiones eran ultrarreconocidos en todas partes– optan por retirarse durante unas horas, unos días, del mundanal ruido, esperemos que con esa sana intención de «alejarse del mundo para conocerlo un poco mejor». 
 
Hay una famosa anécdota que no valdría la pena ni relatar aquí dado que tiene todos los visos de leyenda urbana o de chiste popular: en un momento dado de su peregrinaje, se les estropea el coche y recalan en una gasolinera intercomarcal, un punto perdido en la amplia vastedad norteamericana; a retrancas consiguen acercar el primitivo vehículo a la posta gasolinera más cercana y les atiende un muchachín de esos que debemos visionar con peto vaquero sin mangas, rubio o pelirrojo y con algo de acné. El típico oil boy de las películas –aparentemente una de esas personas ajenas al mundo, piadosas, ingenuas– observa el motor y les lanza a los tres «vagabundos» al azar: 


–Debe de ser la bujía. 


En eso que uno de ellos, el primero en importancia tal vez, una importancia mainstream por haber sido el patentador en USA del popular cinematógrafo amén de otros inventos eléctricos, creador del primer lobby, auténtico gánster con traje de seda y modales de charol, se apresura a decir: 
–Yo soy Thomas Alba Edison y no es una fallo de la bujía. 


El muchacho, contrariado, mete el cuerpo debajo del parachoques para tratar de resolver el problema de sus tres extemporáneos clientes. Al rato, dice: 


–Creo que es el motor. 


A lo que el segundo en discordia –que no merece presentación: hasta hoy en Almussafes peligra una fábrica de su vasto emporio– sentencia: 


–Yo soy Henry Ford y te puedo asegurar que no es el motor. 


Ese zagalillo, que todos deberíamos asociar ya a las típicas películas mudas de los años veinte, un ser verdaderamente admirable en su bondad, alejado de todo, en las auténticas afueras, vuelve a ojear el coche y, pensando que le va a caer otra, dice: 


–Sí, claro, ¿y a usted qué le parece, Santa Claus? 


Conclusión y coda (el narrador se quita la máscara)


(Se escuchan abucheos y aplausos). Gracias, muchas gracias, que Dios les bendiga, son ustedes un público genial. Lógicamente habrán detectado que «él» soy «yo». Soy yo, en parte. Al menos la escritura me ha revelado el mayor de mis fracasos: antes, cuando era un hippie alpujarreño, ligaba mucho más, era apache, era exótico, y allá en las montañas de Sierra Nevada, al no tener mis necesidades vitales tan resueltas, escribía; ahora soy un burgués, más aún, soy el vecino de Al Pacino y vivo en Hollywood, en San Gerardo Hills, la mejor manera de terminar este cuento sería con la ley de Herodes: si no te gustó, te jodes; en el sentido de que me lo pasé tan tremendamente bien escribiéndolo que me vale vergas, mas, ¡atención!, iba a decir que eso no es justificación literaria de ninguna clase (o sí) pero adiós, adiós, que Dios les bendiga de veras porque me acaba de llegar un mensajito vía Couchsourfing de S., una bilbaína majísima, llega esta tarde, con muchas ganas de conocerme, 25 años, o sea que hasta aquí he dado de mí. 

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OCHO CUENTOS

Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA FIESTA EN TEHERÁN

Hace años, en una fiesta celebrada en la terraza de una casa en Teherán, conocí a Kiarostami. Estábamos los dos solos, separados del resto, escuchando el rumor que llegaba de atrás –conversaciones,  música,  risas, cristales y platos– y mirando la ciudad que estaba debajo. 


Desde la terraza se veían  manchas oscuras e hileras de luces. Estábamos mirándola y hablamos unos 10 minutos no recuerdo de qué. Después nos quedamos en silencio una media hora, cada uno con sus pensamientos. Podría haberle preguntado algo. Pero entonces no me pareció mal compartir cómodamente el silencio con una persona casi famosa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, o como si no sintiéramos ninguna curiosidad ni nos interesara nada la vida del otro, mientras mirábamos la ciudad a nuestros pies, que desde ahí arriba era una confusión, un lento desorden apagado y sin límites, sombrío, luminoso e incomprensible.

 

EL EMBAJADOR, LA ANCIANA DESNUDA Y UNA ESPINA EN LA GARGANTA

En la década de 1930, un tío de mi padre fue nombrado embajador de Argentina en Suecia. Yo no lo conocí, pero en mi casa estaba considerado una especie de imbécil muy guapo, pomposo, conservador y lleno de prejuicios. Y algo vulgar, debido –como suele decirse– a la monotonía de sus éxitos. 


El primer ministro sueco lo invitó a su casa de campo a pasar un fin de semana. El tío de mi padre encontró a la madre del primer ministro tomando el sol totalmente desnuda sobre el césped, lo que ya en esa época debía de ser una costumbre aceptada en ese país. Imagino su cara al ver a la anciana. 


En otra ocasión, el rey de Suecia invito al cuerpo diplomático a una cena de gala. El tío de mi padre se tragó una gruesa espina de pescado que se le clavó en la garganta. En lugar de ponerse de pie y buscar ayuda, el pobre hombre permaneció inmóvil, muy erguido y digno en su silla, tratando de no llamar la atención, hasta que se desmayó de dolor o por la perdida de sangre o por la impresión.

 

LA PATADA DEL PROFETA

Estaba en San Juan de Acre, el antiguo puerto donde llegaban los cruzados para conquistar lo que llamaban Tierra Santa. Ahora, que está en manos de los israelíes, solo se llama Akko.


Hacía poco que había terminado una guerra en la frontera del Líbano y la ciudad estaba bajo toque de queda. Faltaban unas dos horas para que se iniciara y mi mujer y yo estábamos en el Museo de los Templarios. El ambiente era muy tenso entre la población local y los ocupantes israelíes. En el museo había muy poca gente.


Yo contemplaba una lanza o una armadura cuando noté que me tocaban el culo con cierta lentitud. Tras la sorpresa, me revolví con la velocidad de una mamba negra mientras rugía como un león herido. Sentí el eco viril de mis insultos que rebotaban en las viejas y gruesas paredes.


El autor de  la profanación era un chico alto y  muy flaco, de unos 15 años, vestido con una chilaba verde y amarilla a rayas, que huyó riendo  con un amigo.


Terminamos de ver la exposición y salimos. Ya faltaba poco para que se iniciara el toque de queda. La calle estaba desierta y silenciosa. 


Al girar por la primera esquina en dirección al hotel, veo a unos 20 metros la chilaba verde y amarilla que camina en la misma dirección que yo. Sin pensarlo, corro y le pego una patada con todas mis fuerzas. El de la chilaba, debido a la fuerza del impacto y a su escaso peso, se eleva unos centímetros  del suelo al tiempo que gira la cabeza. Es un hombre muy anciano que viste igual que el chico. Al comprobar mi error y temiendo la lapidación de los vecinos, echo a correr en dirección contraria, mientras mi inocente víctima huye despavorido hacia adelante.


Toda la escena transcurre en silencio ante mi mujer, que se queda quieta y sola en medio de la calle. 


El anciano no dijo ni una palabra, ni siquiera emitió un ligero gruñido al sentir el golpe, como si el castigo fuera justo y merecido por algún pecado que hubiese cometido en el pasado, o quisiera cometer en el futuro.

 

UN HILO, UNA AGUJA Y UN BOTÓN

Tengo que coser el botón en la manga de una chaqueta. Intento enhebrar la aguja. Después de unos diez minutos infructuosos pienso que el hilo es más grueso que el ojo de la aguja. Después, comprendo que la aguja o el hilo  juegan conmigo. A veces, el hilo está por entrar y se dobla. A veces, entra unos milímetros pero un movimiento, por pequeño que sea, lo hace salir. Al fin, después de unos veinticinco minutos, logro enhebrar la aguja. A una distancia respetable hago un nudo y corto el hilo. En vez de hacer un nudo sencillo hago, con las consiguientes demoras y fracasos, un nudo complicado que aprendí cuando era chico y asistí a un curso de navegación a vela. Pongo el botón en posición y desde abajo atravieso la tela y uno de los cuatro agujeros. Una duda. ¿Lo coso en un orden, digamos, circular o en cruz? En cruz es mas bonito y da más sensación de firmeza. Doy unas diez puntadas y noto que en la última he cometido un error. Meto la aguja por debajo del botón y descubro que, inexplicablemente, el hilo está por fuera desde el movimiento anterior. Así que ahora tengo un hilo al lado del botón y otro saliendo por un agujero. Trato de volver atrás pero lo único que logro es que se enrede. Doy varias vueltas con el hilo en la base del botón y lo corto. Separo las dos puntas con cierta dificultad porque no me puedo humedecer los dedos debido a que tengo la aguja entre los labios. Hago cuatro nudos consecutivos, esta vez sencillos. Espero que el botón no se caiga y que  no  me trague la aguja.

 

 

SOLO EN LOCARNO

Voy a desayunar. Estoy solo en Locarno. Los otros se han ido por ahí. Me siento debajo de un toldo amarillo que han puesto en el jardín del hotel porque acaba de empezar a llover de nuevo. Los fantasmas están alrededor de mí y reclaman mi atención. Quiero que se vayan, pero son pacientes y, cuando uno cree que se han ido, vuelven. Oigo las gotas de lluvia sobre el toldo amarillo. Dentro de un rato, en una comida, conoceré a otra gente. Aquí, bajo el toldo amarillo, no tengo ninguna curiosidad, ningún interés, ninguna esperanza. Estoy cómodo mirando las plantas verdes. Me podría quedar así toda la vida.

 

VIAJE EN GLOBO

Como Gambetta, yo también viajé en globo. Fue en Ginebra. El aparato se elevó lentamente con un ligero balanceo. Al principio, me llamó la atención que en el cielo no sintiera ni la más leve brisa. Luego, comprendí la causa. 


De pronto, el viento nos llevaba hacia el aeropuerto, lo que causó cierta inquietud en el piloto. Cuando estaba por llamar a la torre de control para avisar de nuestra situación, la trayectoria cambió. Tal vez porque no nos conocíamos, no hablamos mucho durante el vuelo. Yo escuchaba el silbido un poco ronco e intermitente de la llama de gas que producía aire caliente. Miraba el cielo, el borde de las nubes, los Alpes y la tierra marrón y los árboles. Recuerdo que no pensaba en nada y que en ningún momento vi el lago.


Un tiempo después, aterrizamos con suavidad en un prado verde. El piloto sacó con estudiada teatralidad una botella de champagne para celebrar nuestro primer viaje en globo. Brindamos con una excitación ficticia y una alegría un poco forzada en unos lúgubres vasos de plástico.

 

ARROZ TRES DELICIAS

Al mediodía voy a un restaurante chino con una amiga. Se acerca una camarera. Le digo: 


 –Alós tles delisias. 


La mujer pregunta sorprendida: 


–¿Qué? 


Yo repito, ligeramente avergonzado: 


–Arroz tres delicias. 


Y ella dice en voz baja mientras apunta: 


–Alós tles delisias.

 

EL ANILLO DE LOS TERREMOTOS

Hace años, cuando estaba de viaje, entraron a robar en mi casa. Se llevaron varios objetos, pero para mi, el más valioso fue un anillo de oro con un rubí de mi tatarabuelo. Relativamente grueso, como suelen ser  los de hombre,  tenía labradas unas flores y hojas y el oro era un poco más oscuro que el habitual, como si se lo mirara con los ojos entrecerrados.  El rubí era redondo, como una lenteja no del todo opaca y estaba engarzado en una especie de corona. El rubí parecía que flotaba. Lo que ignoro es si el anillo fue originariamente de mi tatarabuelo  o si perteneció a su padre o al padre de su padre.


En  1861 se produjo  en la ciudad de Mendoza, donde vivía esa parte de mi familia,  el terremoto más devastador de su historia. Mi bisabuelo era  un joven militar y ante el hecho de que sus superiores hubieran muerto o huido ante el caos, se hizo cargo de la defensa de la ciudad para controlar los saqueos que comenzaron casi inmediatamente. Cuando llegó a su casa para comprobar el estado de sus familiares, descubrió que todos estaban muertos y que un asaltante estaba cortándole el dedo a su padre para robarle el anillo. Mi bisabuelo lo mató al instante allí mismo.


Muchos años después, mi padre,  acompañado por mi madre con quien  se acababa de casar, se trasladó a la provincia de San Juan, limítrofe con la de Mendoza, para ocupar un cargo en la administración pública de la capital. Entre las alhajas que llevaban estaba el anillo. 


Poco tiempo después de su llegada, en enero de 1944, otro terremoto destruyó el ochenta por ciento de la ciudad. Mis padres se salvaron porque esa noche de verano habían ido a la finca de unos amigos en las afueras  y estaban cenando al aire libre. Cuando varios días después pudieron ir al centro, descubrieron que su casa estaba totalmente destruída. Recogieron sus pertenencias y poco después se trasladaron a Buenos Aires. 


A pesar de este comienzo violento y aventurero, sus existencias fueron relativamente placenteras, sin grandes sobresaltos, con la excepción tal vez  de las fiestas a las que iban y a los viajes que hicieron.


De su estancia en San Juan, mi padre me contó solo tres anécdotas: la del terremoto, el hecho de que el clima era tan seco que casi no tenia que secarse después de salir de la ducha y las visitas que hacía con mi madre a la casa de campo de una amiga que tenía tantos empleados que al no recordar sus nombres los llamaba exclamando «alguno».


Lo que nunca llegué a saber es si mi bisabuelo tuvo que terminar de cortarle el dedo a su padre para apropiarse del anillo.

 

 

REDOBLE

Javier R. Swift

A Andrea Balzola
txalapartari

 

 

 

 

 

Para mí fue como entrar en un sueño aquel redoble de tambor, aquella mazmorra que se adhería a la claridad del tragaluz cuando el centinela dio siete vueltas a la llave. Recuerdo que fueron siete, y no seis u ocho, porque en cada vuelta destejí cada uno de los días que pasé allí. En la primera vuelta, mi corazón golpeó el pecho con fuerza. Ya es hora, me dije, y andaba equivocado. En la segunda vuelta, acicalé mi pelo con la saliva que escupí en mis manos. La tercera mejoró mi ánimo y disposición. La cuarta, retocada y con dificultad, agujereó cualquier énfasis premeditado. En la quinta regalé mis pertenencias a las cucarachas. La sexta, llave o vuelta o hierro doblado, pertrechó mi ánimo con redoblado esfuerzo y la séptima ya abrió la puerta que me devolvió a la luz. No importaba más que la luz en aquella mazmorra despechada aun a sabiendas de que me devolvía a mis últimas horas entre los vivos. 


Siete días pasé en aquella mazmorra angosta, lejos de mi tierra. Los calamares se adherían a mis harapos cuando subía la marea, yo me subía al catre y la almohada se reblandecía húmeda. Ahora entendía la ironía del calabozo y su oscura marmita de pescado repleta de cefalópodos y ostras. Última voluntad: el tragaluz. Y tuvieron la delicadeza de traerme una botella de vino que escancié en la soledad gutural de mi caverna, al abrigo de miradas indiscretas.


En las desprevenidas horas previas, mientras el redoble se hace presente en la luz del patio, hago fe de vida y me pregunto qué hubiera sido de mí si la vida hubiera trazado una línea recta desde mi nacimiento a mi muerte: el esclavo Toussaint, cochero de una plantación moriría de viejo en el galpón mirando la única tierra que ha conocido, la única luz que ha visto. En cambio, Haití, la perla negra, liberada de manos de los franceses. La esclavitud abolida. «Ningún hombre, nacido rojo, negro o blanco, puede ser propiedad de su prójimo» (Toussaint Louverture, revolucionario).  

Allí. Por allí sopla. Y los marineros acumularon su orgullo en las manos. Desollaron su piel al ritmo de la caza que iniciaba el redoble. Era un negro inmenso el que en cubierta, blan blan / blan blan, percutía en los demás. Atentos al contracanto de las sirenas, perdieron de vista su estela los ojeadores y la mujer sollozó en su camarote deseando el cuerno del narvaal y su potencia extática. La mar se calmó y siguió un rumor de oleaje en las entrañas, un ritmo distinto y frenético, y era Ahab, quien con su pata de palo llamaba a las Erinias, danzas de la noche negra. Partenón, su perro fiel, afiló las fauces con una maroma desgastada, y Ulises, a quien los dioses concedieron toda suerte de dones tanto en la batalla como en el amor, rememoró su infancia desde la cazoleta del vigia. Su vista, aguda y de perfil, sabía de pliegues y mareos. Cuando ya la luna acariciaba poniente y su ánimo se tambaleaba, Ulises gritó en lengua antigua y extraña: «Tierra a la vista». Su grito palideció la brisa mañanera y los remeros soltaron sus colofones: habladurías, chismes de marineros corrieron como reguero de pólvora. Y es que allí, donde todos clavaban su mirada, una columna negra de veinte mil hombres avanzaba hacia ellos sobre las aguas. Se invocaron santos en lenguas autóctonas. Se rezaron versos prohibidos. Ulises deseó ser el capitán de aquella bella formación negra que venía hacia ellos en algarabía de voces, que avanzaba como una sola presencia, y él, tan caro, no pudo obtener la dádiva de los dioses. Dioses extraños, de agua y miel. Toussaint Louverture, el esclavo, arremetió como un solo hombre contra siglos de grilletes, de candados y de afilados arpones. Solo yo, el hijo de Agar, la esclava, el huérfano Ismael, logré escapar de aquel triste destino navegando en un ataúd a la deriva.

 

AMISTAD SIN PALABRAS
Michel Marx

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando era niño, desde mi nacimiento hasta mis trece años, todos los años fui a pasar las vacaciones de verano con mis padres y mis dos hermanos a Cadaqués, cerca de Porlligat, el pueblo de Salvador Dalí. Lo recuerdo perfectamente, llegando todos los días en una limusina conducida por un chófer, con su ropa de terciopelo, y regalando postales autografiadas a los niños que jugaban en la plaza principal, de las que no me queda ninguna –niños protegidos por sus padres, quienes tomaban copas al sol en la terraza del Hostal, famoso bar de Cadaqués, con una actitud entre burguesa y hippie, típica de los años sesenta y del lugar, o de lo que me queda de la sensación del lugar, de la Movida vista por un francés. Para sentirme apegado a aquellos momentos, cuatro décadas después, pasado un año desde mi divorcio, decidí ir a Cadaqués en verano con mi hija de nueve años y mi hijo de seis. Cada calle, cada piedra, cada sensación eran familiares. A mis hijos les encantó el pueblo, su mar, sus tiendas, su configuración, quizás mi emoción. Mientras caminaba detrás de ellos, que corrían como tantos años atrás lo hice yo en este lugar que no había cambiado, se me aparecieron, como un texto en una pantalla mágica, los nombres de Rosendo e Isabel Fruns Tobar. Sorprendido, pero consciente de que era una llamada a través del tiempo, recordé que esta pareja  era muy cercana a mis padres y que, durante el año en París,  entre estas vacaciones regulares catalanas, hablaban sobre sus grandes amigos Rosendo y Isabel Fruns Tobar. Así que me dirigí a una oficina de correos para leer el directorio y, por suerte, encontré el nombre con su dirección y número de teléfono. En lugar de llamar, decisión que habría considerado brutal, le pregunté al empleado cómo llegar hasta allí. Cinco minutos más tarde, después de subir por uno de los callejones, descubrí el número de su casa pintado en un azulejo inclinado.


No había nadie, y una vieja vecina, que nos miraba atentamente, como si buscara algo, me informó de que el señor Rosendo se había ido a su casa en Barcelona y que regresaría al día siguiente, alrededor de las 6 p.m., horario del autobús diario.

 

Mientras la vecina hablaba para averiguar por qué habíamos ido allí sin preguntarlo explícitamente, recordé que en realidad eran de Barcelona y que, como nosotros, que vinimos de París, pasaban cada verano en Cadaqués. ¿Ya tenían esta casa en propiedad? ¿La alquilaban? ¿Era otra? No lo sabía, en la oscuridad del pasado estos detalles no ocupaban espacio. Cuando regresamos, un día después, fiel a la imagen que tenía de él –con el Tiempo, las miradas permanecen–, Rosendo estaba esperando congelado frente a su puerta. Inmediatamente, sin darme tiempo para hablar, me llamó René, el nombre  de mi hermano mayor. O los años lo hicieron confundir nuestros andares, o mi cara había cambiado tanto como él pensó que el tiempo iba a dibujar la de mi hermano, o simplemente nos parecíamos. Le dije que era Michel. Se disculpó. Ahora yo tenía la edad de mi padre en el momento de su legendaria amistad. Mis hijos se rieron,  aunque les inquietaba un poco la apariencia anticuada de Rosendo que a mí no me asustaba porque hay en ella algo familiar. Ya había intuido que Isabel había muerto  porque la vecina no la había mencionado. Triste, Rosendo me lo confirmó. Me dijo que, acostumbrado a venir, había continuado viniendo sin ella porque no veía otro lugar para pasar el verano; era un hombre solitario. Le conté lo de mi padre. El lo sabía. ¿Cómo lo supo él? No lo sabía, pero él lo sabía. Lentamente, sirvió refrescos, contó algunos recuerdos y, de repente, rememoró cómo se conocieron. Rosendo ahora estaba seguro de que yo había sido el agente de ese encuentro (¿pero todavía estaba equivocado?).
 

Cuando era muy joven, me caí frente a su casa, que ya era esa, confirmó, y, al ver la sangre que salía de mi rodilla, mis padres entraron en pánico. Rosendo había indicado el hospital e Isabel se ofreció a quedarse con mis hermanos mientras se atendía mi lesión. Mis padres no los conocían, pero por un inexplicable sentimiento de confianza dejaron a mis dos hermanos con ellos y nos fuimos. Me suturaron la herida y, cuando volvimos, mis padres y los Tobar Fruns se habían convertido  en los mejores amigos del mundo. Nada quedó de este evento. Sin esa visita, nunca habría sabido cómo se forjó una amistad que duró toda la vida, hasta la muerte de mi padre, lo que aprendieron, una prueba de que el hilo nunca se había cortado cuando el hilo que seguramente me habían cosido en la rodilla en este hospital extranjero no me había dejado rastro, ni siquiera un recuerdo.
 

Después de un momento, debido a que mis hijos no entendían el español, sugerí que Rosendo continuara en francés para que pudieran beneficiarse de esta encantadora conversación. Le expliqué que aprendí español y que luego lo practiqué  en mi trabajo, pero que, por supuesto, los niños aún no lo hablaban, aunque seguramente lo aprenderían más adelante con mi ayuda. Rosendo, presumiblemente perdido en mis explicaciones, respondió que no hablaba francés.
 

Le pregunté si, en ese caso, era Isabel la que lo hablaba. Él respondió que ella tampoco lo había hablado nunca.


«¡Pero mis padres no sabían más de tres palabras en español!», exclamé.
 

Se hizo un silencio en el que me pregunté cómo era posible que existiera una relación sin diálogo, por lo que, naturalmente, le pregunté a Rosendo en qué idioma se comunicaban. Rosendo respondió que no hablaban. Tal vez había gestos, miradas, y así se entendían, y eso fue suficiente para construir una amistad profunda y para siempre. Después de enterarme de esto, mi confusión fue tan grande, la melancolía de Rosendo, sin Isabel, tan obvia –incluso si la ocultaba–, y el aburrimiento de los niños tan intenso que decidimos irnos. Entonces él me preguntó si había vivido mal el cambio de mi madre, el hecho de que en algún momento de su vida había decidido dejar a mi padre por una mujer. Como no sabía si era un asunto que le había contado mi padre en el momento de su crisis de pareja o si la realidad era que, siendo joven, no había tomado conciencia de la situación  y creí la versión de mi madre, según la cual su relación con esa mujer era para ambas  una simple amistad de esposas decepcionadas, no supe qué decir y me escudé  en una mirada que daba a entender que mis hijos eran pequeños y que era mejor no discutir este tema delante de ellos, incluso si no entendían el español. Cuando me levanté, comencé a murmurar una frase que decía que no sabía si tendríamos tiempo de volver... Cuando cruzamos la puerta, él se despidió, por supuesto en español: «¡Ah! las palabras son muy torpes... », una forma de excusar gentilmente esta regla de silencio que, a mi manera, y tal vez en cierto modo clandestina, por una razón comparable a lo que uno podría llamar la negación, estaba perpetuando.
 

Una relación no requiere diálogos, todo es interior, y si el sentimiento está allí, lo cubre todo: las imágenes, el paisaje, las fronteras, los personajes, el pasado, el presente y el futuro. Y la pantalla sigue siendo blanca y los altavoces permanecen  en silencio, como en un cine abandonado. Esperan, como marionetas, la evocación de recuerdos que hicieron la historia, pero que solo cobran vida cuando alguien tira del hilo casi invisible pero nunca perdido por completo mientras la vida esté allí... merodea en los callejones, dueña de la infinita extrañeza de los elementos que, más allá del peso de las palabras, o en su frontera tenue, recuerda sustancialmente los lazos como los vio nacer, como la piel de un niño cosida, una herida borrada en la rodilla.

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