© Carlos Maiques 

Relatos

Registros núm. 2

«Tribu de incendiadas pupilas»: José Vidal Valicourt

«Relámpago»: Jose Saz 
«El artista de la valla»: Lucía Pons Verduch

«Diez cuentos»: Oscar Peyrou

«Los dedos de la pianista»: Wenceslao Ventura 

 

Tribu de incendiadas pupilas

 

por José Vidal Valicourt

Como niños que silban en la oscuridad y no se atreven a poner al miedo nombre alguno. Porque el miedo, a veces, carece de nombre. La soledad será su hogar, el alcohol que los anima y sostiene. Proyectados hacia un norte de metales, los hombres prolongan en silencio su infancia. Quemados por la lucidez, son los primeros testigos del arrasamiento. Algunos rezan o musitan maldiciones. Otros, clavan sus ojos en las piedras. Les queda el temblor de los labios, el tartamudeo de la razón, la elaboración de una teoría que se verá refutada por la áspera realidad. Les queda eso que llaman mundo interior, ese paisaje secreto que a menudo colisiona con el mundo circundante. Son conscientes de su exilio. Hoy, toda arquitectura les resulta hostil. Todo lo que adquiera la forma de ciudad supone una amenaza potencial. Como si ya estuvieran anticipando su próxima expulsión. Si en un principio la incertidumbre les causaba ansiedad, ahora han pactado con lo precario y se limitan a sobrevivir. Y esa supervivencia tiene mucho que ver con el caminar, con esa obstinación sorda en seguir caminando. Cada paso significa ganar una porción de terreno, y así como un lento y tenaz alejamiento del lugar de origen. Lugar que ahora les quema las entrañas. Entre esta comunidad itinerante existe algún miembro que solo interpreta esta nueva forma de vida en clave de poema o narración épica. Algunos hablan del dolor del mar, de la importancia del amor, pero también de su inutilidad en estos casos. Algunos se atienen a la ira, y a un odio que los mantiene alerta. Otros invocan la oscuridad del océano. Otros dicen sentir la arena en el interior de los huesos. Los menos se refieren a una escritura que se desliza hacia la nada. Hablan los muertos, y sus palabras son estremecedoramente cristalinas. Una dicción que impone silencio y obliga a la escucha. La música lucha por hacerse un hueco. Son palabras cortantes, discursos que comienzan con voluntad de duración, pero que acaban diluyéndose. Continúa el éxodo. Un éxodo de silencio. El caminar los está liberando. Quedan lejos los recintos y los nichos, allí donde las cabras tallaban su tristeza y los difuntos exhibían un pie o un brazo putrefactos. La soledad del hombre sobre la piedra, verticalidad enloquecida de antiguos silencios o de aullidos en bucle. Carne que va oscureciéndose bajo la afilada amenaza de una intempestiva arquitectura o una orden en un idioma extraño. Es este caminar sosiego, pues queda lejos la ansiedad de los inicios. Cada paso es un paso ganado al miedo. Cruje el territorio bajo las suelas devastadas de los caminantes.

Habla Kafka: «Me aislaré de todos hasta la inconsciencia. Me enemistaré con todos, no hablaré con nadie».

Se alimentan de las herencias, de los textos de sus ancestros, palabras que sobre la marcha van memorizando o modificando. Comen en silencio bajo las ruinas de casas racionalistas. El funcionalismo devorado por el tiempo. Caminan sobre lo que antes fue mar y ahora es tierra cuarteada. No hablan porque han conocido a fondo la infamia. Si pronunciaran alguna palabra, la armonía saltaría por los aires. Comen bajo el mineral mordido. La antigüedad de sus rostros impone un silencio también antiguo, anterior a cualquier tipo de lenguaje. Uno de ellos te lo dijo: «No pienso con el cerebro, sino con los pulmones». Pensar es respirar. Saben que cualquier palabra sería un error o una catástrofe. Sin embargo, alguien tiene que dar cuenta de su existencia. Alguien que, como un alumno aplicado, vaya tomando notas. A falta de nadie más, ese eres tú. No en vano, formas parte de esta tribu en movimiento, de esa banda de forajidos que se negaron a ser esclavos por más tiempo y echaron a andar, a hacer camino donde no lo hubo nunca. Imposible el descanso, recalar en algún lugar. Como a los gitanos de Baudelaire, a ellos también les arden las pupilas. Hay un incendio en cada ojo, un fuego intransferible, una ciudad recién demolida que durante unas horas los acoge. La inmutabilidad de la violencia tallada en las mandíbulas. Empezaron arrastrando una culpa. Ahora lastran una ira contenida que pronto será palabra o explosión. Luego, calma, acuerdo silencioso. Continuidad de un territorio que agoniza, abocado a una esterilidad definitiva. Aunque, a veces, brota el verdor, el agua, la sombra, un atisbo de ternura. Aquí es inútil el lamento. Su determinación consiste en no levantar la mirada del suelo. Como si estuvieran buscando mesetas de aplomo, cementerios para dar sepultura a sus cuerpos malditos e impuros. Cuerpos ajenos al ritual que, no obstante, solicitan una escenografía, una zona de luz amable. La purga del desierto. Son conscientes de que han sido expulsados de la tribu, condenados a la intemperie permanente, a caminar sin ruta preestablecida bajo el esplendor geométrico que conforman los astros. Ellos se saben elegidos por la lepra y el tifus, la sífilis y la tuberculosis. También, por la locura. Algunos canturrean, otros sonríen para sus adentros como si estuvieran contándose una historia de humor. Un chiste judío mordaz y autocrítico. Otros, meditan desnudos sobre el polvo. Se quedan quietos en posiciones inverosímiles. Se limitan a respirar hondo. A expulsar todo el aire viciado, enfermo de esclavitud. Algunos emiten sonidos que parecen letanías. Otros, permanecen largo rato tendidos sobre el pedregal, como faquires. Buscan la inmutabilidad. La ausencia de pasiones humanas. La superación del sufrimiento, que no del dolor. Como si anhelasen solamente la pasión de esta luz absoluta, fundirse con el mediodía en un silencio comunitario y sin futuro. Las noches suponen un alivio metafísico, el necesario recordatorio de la minucia humana. No existe la paz en el mediodía, sino descarga violenta de la luz que ellos tratan de suprimir o, por lo menos, apaciguar. Inmersos en sus propios pasos, saben que la luz tarde o temprano será letanía. Luz que acompaña. Luz cómplice. Luz aliada. Han perdido la ciudad. Van adelgazándose en esta travesía sin sombra. Han perdido las calles, las plazas, los cafés, las bibliotecas, las conversaciones para lanzarse al camino. Camino que no es tal, sino pura extensión sin límites. Tierra atroz que se abre ante sus ojos cada vez más achicados. Escribes por y para ellos. No saben que perteneces a su estirpe. No leerán lo escrito porque no tienen tiempo que perder en lecturas estériles. Ellos son la propia escritura que avanza sobre esta tierra sin contemplaciones. Esta tierra es el lienzo, la página, la pantalla en la que se inscriben sus pasos. Escritura que es arañazo en la piedra y rápida borradura. A veces, caen en la indolencia o en la resignación. Pero no hay nada que temer, es su modo de regularse. Caminan a conciencia, con todos los sentidos alerta. Esta concentración los salva del desplome. En ellos crece un fanatismo que les conviene. Una locura frontal que no admite vuelta atrás. Los has visto pasar como una procesión de penitentes. Y has visto una luz rara en sus ojos. Como si, en efecto, se merecieran ese castigo, esa expulsión, ese rechazo. No en vano, ellos han experimentado la denegación, la dureza impenetrable de las gentes. Ellos conocen más que nadie la opacidad de las puertas, la sordera interior, la imposibilidad de entenderse. El lenguaje como aliado, como instrumento necesario que reabre las heridas. A su paso dejan huellas arrastradas y un olor a cabra. Y tras ellos, tan solo queda polvo en suspensión y, de nuevo, el silencio. El gran e interminable lamento de la piedra. Como niños que se dirigen al cuarto oscuro. Como condenados a muerte que avanzan con serena decisión hacia el precipicio o el paredón. No en vano, han interiorizado su condición de seres expulsados y, por tanto, culpables. Han tomado conciencia de su delito. Solo se sienten libres en camino. Confían en la resistencia de sus corazones y en la fortaleza de sus piernas. Cada uno de ellos atesora un libro que está escribiéndose en su cabeza. Son hijos de la palabra. Son manuscritos itinerantes. Bibliotecas humanas que van perdiendo documentos por el camino. Porque es oscura la poesía de los locos. Oscura como el sol en su cénit. Ellos lo saben. Lo saben, pero lo callan. Es bueno el silencio. Bueno como una purga, como la succión lenta de la sangre. Uno se queda vacío, extrañamente poderoso. Indestructible. Se trata de no confesar la verdad, de hacerse fuerte en el mutismo. Son impenetrables como los niños que han sido injustamente castigados, como esas mujeres que han apostado fuerte por sus hombres. No hablan porque habitan en el corazón del niño. Los niños se ponen muy serios cuando juegan. Tan solo pueden callar o gritar. Los niños, como ellos, están obligados a crear sus propias reglas de juego. Algunos se desmayan, y los desmayados son recogidos con premura por sus compañeros de viaje. Los obligan a mantenerse en pie, a dar un paso tras otro. En fin, a caminar, que de eso se trata. Algunos fueron flâneurs en un París literaturizado. Otros, practicaron la deriva urbana. Todos ellos muy leídos, muy eruditos. Deambulaban por la ciudad, realizaban actuaciones que irritaban o llamaban la atención de los paseantes y desconcertaban a los niños. Marcaron hitos. Eran estetas. Ahora, sin embargo, se están preguntando para sus adentros el porqué de su desgracia. Tal vez en un momento dado se dieron cuenta de que sus paseos estéticos y políticos les eran del todo insuficientes, una actividad de burgueses un tanto descreídos. No saben en qué momento sucedió el giro. Su caminar lúdico y placentero se tornó éxodo, maldición itinerante. Y tú te preguntas si, en verdad, ese giro fue voluntario, inconsciente, o bien fue provocado por agentes externos y, sin duda, hostiles. Quizá se expulsaran a sí mismos en un acto de penitencia u orgullo colectivos. Quién sabe. Su pulsión nómada acabó por disolver los límites que les imponía la ciudad. Superaron descampados, ciénagas, alambradas, vías férreas, polígonos industriales hasta que se hallaron más allá de las afueras, en campo abierto. El desierto no tardaría en llegar. El desierto o, mejor dicho, un sucedáneo del mismo, muy parecido a un planeta exento de vida. Hasta el viento soplaba desde un ángulo desconocido y con una debilidad nunca antes experimentada. Como si se tratase de un viento inverso, una respiración casi detenida, el penúltimo aliento de un animal moribundo. Los ves circular por tu escritura. Son personajes que en su día brillaron en los teatros. Seres eminentemente urbanos que ahora tienen que lidiar con los elementos naturales. Con lo crudo. Ahí van, cargados con sus lecturas, con sus interpretaciones, con sus datos y sus debates internos. Toda esa hermenéutica fatigada. Buscan acallar todas esas voces pronunciadas desde el desprecio. Ahí van, dispuestos a afrontar sin excusas ni eufemismos su propia desnudez, su recién estrenada condición de parias. Desarmados, sus ojos quieren huir de la aprensión para hacerse al fin directos y valientes, acaso despiadados. Cualquiera diría que son hombres destruidos, pero en ellos late un fondo salvaje que los mantiene en pie y dispuestos a morir sin emitir queja alguna. Como si ya se supiesen muertos. Su fortaleza radica, precisamente, en este detalle: en saberse ya muertos, fuera del mundo y, a la vez, insertados en el movimiento inicial de la historia, en ese andar, en ese desplazamiento que es ya una crítica de lo establecido. No buscan ninguna respuesta que los tranquilice o los fije en un lugar. Su casa es el viento y el libro de arena que ellos, sin pretenderlo, están escribiendo sobre la marcha. 

 

Son ellas, las mujeres, las que demuestran más entereza. Ellas, las mujeres, nunca miran al suelo, sino a un horizonte que es pura incertidumbre. Son ellas, las mujeres, quienes sujetan a sus hombres cuando estos a punto están de claudicar. Se enfadan, gritan, lloran hacia dentro guardándose las lágrimas para el final. La tensión de las mujeres es fundamental. Una tensión que soporta y tira del carro, una tensión que aplaza el desmayo y la derrota. Mujeres de mandíbulas apretadas que detectan y sancionan cualquier síntoma de apatía o resignación. Mujeres que reparan averías y curan heridas, olvidándose a menudo de sí mismas. Mujeres extremadamente delgadas, puro nervio, casi locas de fe y determinación. Súbitamente enfermeras. Los niños las miran con fascinación. Madres calladas que atesoran toda la historia de las mujeres y que, algún día, cuando dispongan de tiempo y humor, acabarán por sacarlo todo a la luz, en una efusión de palabras y argumentos incontestables. Entonces, habrá que bajar la mirada y escuchar la historia de sus silencios y renuncias. Ellas hablarán de hombres atormentados, dubitativos, extraviados por la metafísica. De hombres cuyos pies nunca han pisado el suelo. Ellas hablarán de hombres paralizados o que solo actúan movidos por causas imperiosas, cuando no les queda más remedio que mover pieza. Ellas, que vienen de las ciudades viejas, de los callejones húmedos de los guetos, de los secretos de las persianas urgentemente bajadas, ahora promueven una fe que brota de lo más hondo de sus vientres.

 

Habla Kafka: «Este impulso tenía algo del que caracteriza al judío eterno, empujado sin sentido, vagando sin sentido por un mundo absurdo y sucio».

 

Y al fondo, más allá del esplendor del océano, el cristal, cemento y acero de Nueva York, la orina potente y larga contra los muros apabullados por el grafiti, la ceniza flotante, el humo que expulsa la carne laboral, deteriorada y erotizada por la espera de un mesías que tarda en llegar, hambrienta de habitaciones propias, la nieve sucia, el azote helado de la luz en los rostros mal afeitados. Y, cruzando el puente de Brooklyn, la zona sur de Williamsburg, el barrio judío, la ortodoxia jasídica, la fijación de los códigos, la asfixia de sus leyes. Aquí se detiene la aventura, se paraliza el mundo. Las mujeres trabajan y los hombres leen, estudian, repiten, herederos de una ancestral letanía, las enseñanzas de la Torá. Hombres que sacuden sus cabezas, mientras recitan una larga y monótona melopea. Sin embargo, el objetivo de esta comunidad itinerante no es el de radicarse, establecerse en lugar alguno. Su domicilio es la paradoja, la tensión permanente entre el alivio de hallar un lugar y la ansiedad que causa este éxodo que se prevé interminable.  

 

Y aún más al fondo, más allá de la ciudad, la ternura siniestramente apacible de los prados y las fosas comunes, los hornos industriales, las cámaras de desinfección, las saunas del horror. El gas que todo lo iguala.

 

Habla Kafka: «No es un miedo ante el viaje. Peor: es un miedo general».

 

Porque son ellas, las mujeres, las que afrontan la luz más ácida con una impavidez de esfinge que impresiona a sus compañeros de viaje. Ellos hablan de Kafka, de un posible viaje a Palestina. Ellos, que comenzaron como héroes de la diáspora, son los primeros en rememorar y anhelar una tierra ancestral, un kibutz de amor y trabajo, una biblioteca que los apacigüe, un huerto, un solar urbanizable, un territorio hermético en el que sentirse a salvo. Porque son ellas, las mujeres, las que tiran de sus hombres hacia un destino tal vez catastrófico. Desmelenadas y a ratos rugientes, espumosas de celo y fe, de ojos quemantes, absolutamente deseables en su súbita fealdad. Una fealdad repentina que se torna belleza agresiva. A lo lejos, en efecto, se adivina entre brumas Nueva York, ciudad recién vapuleada. Sin embargo, la ciudad pertenece todavía al reino de lo onírico. Es evidente que los campesinos de Treblinka, que cultivaban la tierra con los ojos fijados en los surcos, oían los aullidos de la tribu. La seriedad, o aparente indiferencia de sus rostros, no lograba amortiguar el espanto.

 

Habla uno de esos campesinos: «Al principio, ciertamente, era insoportable. Después, se acostumbra uno…».

Kafka, como no podía ser de otra manera, guarda silencio.            

 

Relámpago 

por Jose Saz 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es pronto y ya se ha hecho tarde. Como cada mañana, Matías se toma su café y revisa las noticias de la prensa en el ordenador. Obviamente, todas hablan de lo mismo. En la habitación de al lado, su mujer teletrabaja. Hace tiempo que el sonido del monótono goteo de llamadas ha dejado de molestarle. Una noticia reclama su atención. La protagoniza un directivo de la OMS, Michael J. Ryan, individuo que asegura que no basta con el confinamiento y que «hay que hacer más».


¿Hay que hacer más? Pensativo, Matías observa con atención la cara sonrosada y rolliza del directivo en la fotografía que ilustra la información, y se pregunta de dónde será, dónde coño habrá estudiado, cuánto tiempo habrá ejercido de médico, en qué momento cambio el rumbo de su vida para ser directivo de una organización mundial, aunque piensa, sobre todo, en esa frase… «hay que hacer más».


La realidad está en el presente –se dice– y, para no alterarse, decide buscar un resto de marihuana en el cajón de las contingencias. Son ya muchos días de encierro y, de algún modo, siente que las paredes y el techo van ganando terreno. Eso le calmará; no suele fumar a estas horas, pero hoy la mañana llega torcida y de un modo u otro habrá que enderezarla. 


Decidido, sale al balcón para saborear su cigarro y ver de lejos la libertad. Ni un alma por la calle. Apenas transcurrido un cuarto de hora, una idea peregrina le atraviesa el cerebro como un relámpago.


Voy a salir a dar un paseo y ni Dios me lo va a impedir, y además voy a hacerlo ahora mismo, se dice.


Apura la calada de su cigarro y lo deja a mitad sobre el cenicero. Abre la puerta de la habitación en la que trabaja su mujer y le da un beso.


–Voy a salir a comprar tabaco –le dice.


–Vale, no tardes –contesta su mujer sin dejar de mirar la pantalla del ordenador.


–No, no, tranquila.


–Y no hagas estupideces, por favor…


–Tranquila, tranquila.


Cierra cuidadosamente la puerta del cuarto y se dirige al dormitorio. Del altillo del armario baja un maletín cerrado con llave, lo deposita encima de la cama y lo abre con delicadeza.


Aquí está, se dice a sí mismo: Benelli, dos cañones y cuatro cartuchos; suficiente. Introduce dos cartuchos en la recámara y deja la escopeta abierta sobre la cama.


Rescata un viejo poncho mexicano confinado en el fondo del armario y se lo pone con una liturgia no habitual en él.


Para ocultar su rostro, escoge ese pasamontañas azul de invierno que nunca ha usado y desecha la estúpida mascarilla que no sirve para nada. Esconde el arma bajo el poncho y se dispone a salir. Un «ahora vengo» es suficiente para despedirse de su mujer antes de cerrar la puerta.


Durante diez minutos camina sin rumbo por las calles, deambula por zonas ahora vedadas porque en ellas no hay comercios, disfruta de los rayos del sol, de la eclosión de la primavera, y se siente aliviado, seguro de sí mismo, lejos de amenazas, de miedos, de listos que todo lo saben y no entienden nada. Así, evadido y feliz, prosigue en su deriva.
Al llegar al parque, repara en un coche de policía que se detiene en la intersección que hay un poco más arriba y siente la amenaza en el cruce de miradas. Como si no tuviera nada mejor que hacer, el coche patrulla cambia su rumbo y se dirige hacia él. Sin dejar de mirarlo, Matías permanece inmóvil, esperando con tensa calma que llegue el coche y se detenga. Descienden un hombre y una mujer uniformados con hambre de documentos. Sin mediar palabra, Matías echa el poncho hacia atrás y en un rápido ademán acerroja el arma apuntando a los policías. El sonido, seco como un martillo fúnebre, deja en el aire un eco que congela el ambiente.


–Ahora mismo vais a subir al coche y os vais a largar echando hostias –dice fríamente. 


Uno de los agentes da un paso al frente dirigiéndose a Matías:


–Señor, cálmese, por favor... 


El estruendo atronador del disparo rompe el silencio y calla al policía, y la sirena del coche patrulla vuela por los aires inundando el asfalto de diminutos fragmentos de metacrilato azul. 


–He dicho ahora –reitera amenazante sin dejar de apuntarles.


Atónitos, los agentes suben al coche y se dan a la fuga en busca de refuerzos.


–Hay que hacer más, hay que hacer más –les grita mientras los ve alejarse en el vehículo.


 Matías descerroja su arma y vuelve a esconderla bajo el poncho. Al amparo de la sensación de familiaridad que da el olor a pólvora en Valencia y sin importarle las escasas miradas ajenas, regresa tranquilamente a su casa. 


–Y así es –se dice a sí mismo, satisfecho con ese alivio que se siente al blasfemar de vez en cuando. 


Al llegar a su portal, se escuchan sirenas por los alrededores. Sube las escaleras quitándose el pasamontañas. Abre la puerta y al cerrar anuncia su llegada con un lacónico «ya estoy aquí». Se dirige al dormitorio y guarda meticulosamente la escopeta en el maletín. Devuelve el poncho al olvido del armario y sale al balcón en busca de lo que queda de su cigarro. 


Su mujer sale a fumar en un descanso, harta de tanta llamada. Al verlo sentado en el balcón con la colilla en la mano le recrimina lo poco que colabora en las tareas de la casa y lo irresponsable que es por salir a la calle en los momentos más inoportunos, «especialmente hoy –insiste–; ¿acaso no te has dado cuenta de que no dejan de sonar sirenas por todos lados?».  


–¿Sabes qué te digo? Un día de estos te van a llevar preso.


Matías apura su cigarro evocando momentos felices y, mirándola con tristeza en los ojos, contesta:


–Lo sé, hay que hacer más.

 

 

El artista de la valla

 

por Lucía Pons Verduch

Los primeros rayos de sol se filtran entre las nubes, acarician los tejados y tiñen de tonalidades rojizas las fachadas de las casas de Kyjov. La luz se cuela por los resquicios de los ventanales deteriorados del viejo taller y repta por muros desconchados, lienzos de otra época apilados en las paredes, muebles que acumulan el polvo de medio siglo y un suelo cubierto por fotografías y cartones arrojados hace años. La claridad atraviesa las fisuras de las puertas e ilumina su rostro cuarteado, su barba, sus canas enmarañadas, su piel ennegrecida y sus ropas remendadas. La luz avanza a través de los huecos y se detiene en el cuarto oscuro. 


Un octogenario Miroslav desentumece los músculos agarrotados por el frío, la humedad de la noche y la artrosis. Le duele la cabeza y el estómago. Le cuesta enfocar. Las encías le arden. Logra ponerse de pie, pero algo le hace perder el equilibrio y cae de bruces. Se levanta apoyándose sobre el esqueleto de una silla. Intenta sortear una montaña de libros de filosofía, pero los roza con el brazo y se desploman. No se detiene, pasa por encima de ellos. El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer y varios libros de Platón pasan a ocupar otro lugar en el universo de Miroslav. A continuación, pisotea una sartén, un colador, revistas de otro tiempo, un rayador, botes de cola, cristales, el palo de una escoba, una lata de tomate vacía, cuerdas, papel fotográfico, unos alicates, pinceles con las cerdas acartonadas… 


Pasa junto a un mueble desvencijado y acaricia con la mano una caja de madera envejecida de la que asoman tubos de pintura retorcidos y oxidados. Alarga un brazo y se aferra a un cuadro. Percibe un vago olor a trementina y óleo. Se mueve con torpeza por su mugriento salón sujetando un lienzo cuya imagen se oculta bajo capas y capas de polvo. Coge una esponja ennegrecida. La humedece bajo el grifo. A continuación, limpia con ella la superficie del cuadro. Empiezan a emerger colores luminosos y formas de otra época. Sonríe. Acaricia con sus dedos esa imagen que le traslada al aula de dibujo de la facultad de Bellas Artes de Praga. Tiene 20 años. Una modelo desnuda posa para los estudiantes. La luz entra por los ventanales de la clase y acaricia esa silueta en reposo. Toma un pincel y traza en el aire una línea imaginaria que recorre ese desnudo imperfecto. Empieza por un tobillo. Asciende con delicadeza por su pierna ligeramente flexionada. Llega hasta el muslo. Su trazo es tembloroso. Se recrea en la cadera y en la espalda. Abre la caja de madera recién barnizada y selecciona los tubos de pintura de colores intensos. Empieza a mezclar los tonos escogidos en su paleta. Está abstraído. No oye el crujido de la puerta de madera que se abre. Ni las pisadas de unas botas. Ni los murmullos. No ve cómo una sábana blanca sepulta el cuerpo semidesnudo de la modelo ni cómo una legión de hombres del régimen escolta a la joven hasta la salida. Él sigue con sus mezclas. A continuación, retuerce con cuidado la punta del pincel para afinarlo. Sonríe imaginando su obra. Carga la pintura. Cuando posa de nuevo la mirada en la modelo, la imagen se ha desvanecido. En su lugar se erige un joven musculoso, de rudas facciones y vestido con mono de proletario. Un joven Miroslav se levanta ofuscado. Tropieza con el caballete. La paleta cae al suelo. Sale de su clase de dibujo. No volverá a pisar la universidad. Le falta el aire. Avanza por el pasillo a trompicones. Llega a la escalera. Se da cuenta de que aún sostiene en la mano un pincel embadurnado de pintura. Con la otra mano retuerce sus cerdas unos segundos y luego lo lanza tan lejos como puede. El pincel rueda por los peldaños de la facultad.

 

Miroslav baja los escalones de dos en dos, deslizando su mano teñida por la barandilla y dejando un rastro de pintura rojizo que va perdiendo intensidad a medida que desciende. Esto no puede estar pasando, piensa. Pero lo cierto es que en 1948 el régimen comunista acaba de llegar al poder y extiende sus tentáculos hasta la clase de dibujo de la facultad de Bellas Artes. Años más tarde, esos mismos tentáculos alcanzarán los rincones de su estudio y arrojarán sus lienzos repletos de mujeres desnudas al medio de la calle. «En ese momento, las calles se convirtieron en mi estudio y las mujeres en mis modelos. Sustituí los pinceles por la luz. Un nuevo mundo se abría ante mí», dice.  


Su mirada arrugada se detiene en una jaula hecha con dos cestas de rejilla de supermercado atadas con un alambre. Pasa con delicadeza sus dedos desfallecidos sobre el frío metal. En su interior: un plátano, una manzana, dos patatas y medio kilo de harina. «Las ratas se comen toda mi comida. Solo me dejan los desechos». Coge un vaso con el cristal ennegrecido por la mugre. «Es solo polvo», dice. Lo enjuaga bajo un grifo que escupe un débil hilo de agua. Frota con ímpetu, pero el agua simplemente se desliza por la superficie opaca del cristal. Lo llena de cerveza Klassik, la más barata del mercado, y bebe para acallar su estómago.


Aparta de un manotazo un cable eléctrico que cuelga del techo. Se coloca frente a la mesa de la cocina. Sobre la mesa: ceniza, lentes, objetivos, un colador, recipientes con productos químicos, cinta adhesiva… Coge un cuadernillo sobre las leyes de la óptica y lo arroja al suelo tras un breve vistazo. Toma un montón de fotografías, les quita el polvo golpeándolas contra la mesa, las mira y luego las lanza a otro rincón del océano Miroslav. Unas figuras femeninas caminando, reclinadas, de frente, de espaldas, vestidas, desnudas quedan esparcidas por el suelo. Y allí quedan sumergidas durante años hasta que las mareas del azar las devuelven de nuevo a la superficie, pero de otro tiempo. Coge un alambre con el que remienda los agujeros de su raído suéter. Alcanza un cuchillo y corta una lente de plexiglás que alisa con papel de lija. Cuando se puede ver a través de la lente, la pule con una mezcla hecha de pasta de dientes y ceniza de cigarrillo. Y con eso va a fotografiar. Y va a funcionar. De forma imprecisa, pero funcionará. Sonríe. 


Entonces un harapiento Miroslav sale a la calle a las seis de la mañana en busca de inspiración. Fotografía con un artilugio fabricado con desechos como tubos de cartón, latas de conserva, paquetes de tabaco, cuerdas, elásticos de sus calzoncillos, lentes de gafas viejas, trozos de plexiglás pulidos, chapas de los botellines de cerveza… Todo sellado con brea para evitar entradas de luz.  


Vaga por la plaza principal, por el mercado, por el parque frente a la escuela de secundaria, por la estación de autobuses… Unos escenarios de los que era apartado en vísperas de las fiestas comunistas porque su aspecto afeaba la imagen de la ciudad. «Durante las celebraciones, los uniformados me llevaban a la institución mental de Kromz para normalizarme. Un día se olvidaron de recogerme. Yo tenía mi pequeña maleta preparada y esperaba que me llevaran al manicomio. Esperé y esperé, pero no aparecieron. Entonces me cansé de esperar, salí de casa y me paseé por la plaza. Había hileras de banderas rojas por todas partes; la multitud abarrotaba las calles; las mujeres, ataviadas con el vestido tradicional; la música sonaba… El desfile había empezado. En el Ayuntamiento habían levantado una tribuna y alguien pronunciaba un discurso. Fui a la iglesia, subí las escalinatas y me senté en el escalón superior. Desde allí podía observarlo todo. Y todo el mundo me vio. En menos de tres minutos dos policías estaban junto a mí. Luego: el manicomio». 


De repente, la ve. Una joven sube con paso ligero la escalinata que lleva a la iglesia. Cada vez que sus tacones conquistan un peldaño, su vestido camisero se abre, dejando al descubierto parte de sus piernas. Al alcanzar la cima se sienta en un escalón y se quita sus zapatos. Retira de la cara unos cabellos desprendidos. Pasa el pelo por detrás de su oreja. Su mano roza el cuello. Y de pronto la imagen se ralentiza hasta que finalmente se detiene en ese instante en el que el destello de un sol agazapado se cuela entre las nubes. Un haz de luz ilumina la mano próxima a su cuello, sus piernas descubiertas y esos pies desnudos que reposan sobre sus sandalias. Miroslav presiona el disparador espontáneamente, ni siquiera mira el visor. Lo hace de forma rápida y fluida. Así hasta cien veces al día. Captura mujeres en el mercado, sentadas en un banco, en la parada del autobús, montando en bici, tomando el sol… «Cuando hago fotos no pienso en nada. No planifico nada. No me tomo nada en serio. Todo es un juego. El tiempo que paso en mi caminata determina lo que voy a fotografiar. Todo está determinado por el mundo dando vueltas. Todo depende del azar. Nunca he hecho otra cosa que dejar pasar el tiempo», dice.


Miroslav deambula por su ciudad imaginaria repleta de mujeres. Atrapa una cadera que se contonea, un rostro insondable, unos pechos incipientes, una espalda sugerente, un cuello altivo, unos tobillos turbadores, una postura regia… «Soy un observador. No solo de las mujeres sino de seres humanos. ¡De todo! Me interesa todo, incluso las entrañas, cada átomo. Tengo que explorar cada átomo porque soy un atomista», dice riendo. «Veo formas y las convierto en matemáticas. El mundo entero está formado por números». Miroslav resta importancia al erotismo de sus imágenes y prefiere centrarse en lo que considera el fundamento del arte: «¿Qué es arte? El arte es solo una idea», dice citando a Schopenhauer. 


Otra joven de sonrisa traviesa posa relajada para él, para ese viejo de mirada ida y sonrisa mellada. Para ella, Miroslav es un vagabundo demente e inofensivo que se pasea con una cámara de juguete. Es un viejo conocido en Kyjov. Le inspira ternura. Cuando lo ve, le vienen a la memoria las palabras que su madre le decía de niña: «¡Lávate las manos o te convertirás en Miroslav Tichý!». Ella no es consciente de que esa cámara que la enfoca es real. No sospecha que ese artilugio hecho con despojos mal ensamblados es capaz de hacer fotografías. Pero lo cierto es que esa mirada sensual de la joven que traspasa la cámara quedará inmortalizada y viajará en el tiempo. «A veces veo a una mujer que me gusta, pero en lugar de ponerme en contacto con ella, la fotografío. Porque en el fondo sé que no estoy realmente interesado en ella. Su figura y su movimiento es lo único que me cautiva», dice.


Cuando llega a la piscina, mantiene las distancias: hace tiempo que le prohibieron deambular por esta zona. Para él, el cuerpo de la mujer es sinónimo de policía, prisión y hospitales psiquiátricos. «Toda mi vida, bajo los comunistas. Me vigilaban, me seguían de cerca, me detenían, me encarcelaban, me ingresaban en manicomios […]». Los informes psiquiátricos de las clínicas donde estuvo ingresado registran los tratamientos aplicados: electrochoque; radiación; aislamiento; trabajos forzados; uso de drogas psicotrópicas como narcóticos o insulina; palizas;  punciones lumbares… «La vida en prisión era dura. Pasaba hambre. Un trozo de pan era el paraíso. En el psiquiátrico te daban una chuleta y te sacaban de excursión una vez por semana. Lo malo es que estaba rodeado de dementes», dice entre risas. Durante años, el régimen no le quitó ojo por su aspecto descuidado, por disidente, por demente, por depravado, por no encarnar al hombre comunista ideal, por estar siempre observando a las mujeres… La policía checa nunca encontró evidencias de conductas reprochables u ofensivas hacia las mujeres. Pero le imputaron otros cargos. Un informe de 60 páginas sobre higiene presentado en un juicio aportaba pruebas concluyentes: en la ropa de Miroslav se localizaron dos piojos y una cucaracha. Cuando el juez preguntó al acusado si tenía algo que alegar; él respondió entre risas: «¡Cítenlos como testigos!».


Ahora apresa a las mujeres en biquini a través de la valla de alambre que rodea la piscina y que tan a menudo aparece en sus fotografías. Captura su elegancia, su melancolía, su paz, su desasosiego, su soledad, su alegría, sus gestos serenos, su sensualidad… Atrapa esos instantes fugaces en los que la alegría aparece o desaparece sin avisar. Apresa a esa mujer que se aleja, a esos cuerpos inaccesibles, fantasmagóricos, desconocidos, perdidos en otro mundo… pero siempre desde el otro lado de la valla de la piscina, desde los márgenes de la realidad. Y desde ese otro lado mira, vive, intuye, sueña, resiste, respira y crea. 


Miroslav continúa con su paseo. Vaga con paso renqueante, mirada perdida y sonrisa intacta. Llega al mercado. Allí captura a parejas que se besan, bicis aparcadas, niñas jugando, una risa… «Soy un mero instrumento, un instrumento de conocimiento, de percepción o de algo», explica. Según Miroslav, «[…] la fotografía es algo concreto, una percepción, lo que ves con tus ojos. ¡Y sucede tan rápido que no puedes ver nada en absoluto!».


Al caer la tarde se dirige con todas sus capturas al cuarto oscuro instalado en el patio trasero de su casa. Ahí revela todo lo que pueda ser identificado. «Yo no selecciono. Cuando veo algo reconocible, algo que se parece al mundo, lo revelo», dice entre risas. «Reconocemos solo lo que podemos y queremos reconocer. Los seres que percibimos no son más que fantasmagóricas recreaciones de nuestra mente. Todo lo que vemos es producto de nuestra imaginación. Lo que vemos es una  ilusión, nuestra ilusión». 
Sumerge las fotografías en un barreño donde se humedecen y oxidan; luego las pone a secar en la cuerda donde tiende la ropa. Las siluetas femeninas van surgiendo. Una joven tumbada en el césped. Otra mete con delicadeza su pie en el agua de la piscina. Otra con los brazos elevados se recoge el pelo en un moño. La brisa mece sus melenas. El sol acaricia sus pieles. 


Las fotografías de Miroslav acumulan un montón de defectos cuando salen del cuarto oscuro. Están borrosas, desenfocadas, están hechas con negativos rayados, y acumulan manchas de bromuro y huellas dactilares. Luego serán arrojadas al suelo u olvidadas en cualquier rincón de su casa. Tichý las pisoteará, dormirá y comerá sobre ellas o serán roídas por las ratas. También las pintarrajeará, les pondrá marcos de cartón, las recortará, las plegará, hará anotaciones en la parte de atrás… En definitiva, las hará suyas. Finalmente, acumularán el polvo de los próximos años. Y en ese proceso casero de posproducción se produce el milagro. De ese caos surge la poesía. Los arañazos se convierten en texturas; las manchas, en huellas del paso del tiempo; y la imperfección, en arte… «Soy un profeta de la decadencia y un pionero del caos, porque solo del caos puede surgir algo nuevo», sentencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Las luces se encienden. Varias salas blancas e impolutas acogen la obra fotográfica de Miroslav en el International Center of Photography de Nueva York. De la fachada del edificio cuelga un cartel que anuncia una muestra retrospectiva del artista. En el interior, los técnicos examinan y limpian las creaciones con guantes blancos. La reseña de The New York Times hace referencia a unas fotografías inquietantes, perturbadoras, conmovedoras, oníricas, delicadas, intemporales, con vocación pictórica, que reflejan su mundo interior, sus emociones, la distancia entre él y su entorno. El comisario de la exposición, Harald Sweemann, visiona las obras y afirma que «[…] la intensidad siempre encuentra su medio». Desde Kyjov, Miroslav explica la receta de su éxito: «Para ser famoso debes tener una cámara mala y luego tienes que hacer algo y hacerlo peor que cualquier persona del mundo, porque a nadie le interesa lo bello y perfecto». Y luego esa risa desdentada. 


En Kyjov ya ha anochecido. Miroslav se deja caer sobre su destripado sofá y enciende una lámpara con la tulipa agujereada. Un haz de luz enfoca un rincón de su hogar que él encuadra con sus dedos como si fuera la primera vez que lo ve. Vislumbra una belleza oculta bajo capas de polvo y telarañas. Aprecia expresión en lo inanimado, una paleta en tonos ocres y tierras, un ángulo perfecto, contraste, armonía, composición, poesía… 


Ahora alarga el brazo y coge el lienzo que ha humedecido esta mañana con una esponja ennegrecida. Lo vuelve a dejar en su sitio con delicadeza. Cuando el cuadro se seque, recuperará su invisibilidad otra vez.

          

 

 
 

Diez cuentos 

por Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EINSTEIN, UNA ETIMOLOGIA Y LA GESTAPO

 

Esta mañana desayuné con el rumano Stefan en la cafetería del Hotel Moskva de Belgrado. Me dijo que, personalmente, prefiere la Sig Sauer de la etapa suiza de la marca. Añadió que en algunas ocasiones usa la PL-15K de Kalashnikov. Le conté que en el hotel se había alojado Einstein y que durante la II Guerra Mundial  fue el cuartel general de la Gestapo en la región. El me comunicó el origen etimológico persa de la palabra «paraíso». Después hablamos de otras cosas.

 

 

DIGNIDAD

 

Una vez que pasó todo, le devolví su último regalo. El hecho de que este no me gustara,  favoreció mi dignidad.

 

 

BELGRANO 2323

 

Los padres de mi madre tenían un gran chalet en el centro de Mar del Plata y cerca de la playa, donde pasábamos las vacaciones todos los miembros de esa parte de la familia. Era tan grande que tenía una torre con mirador y un ascensor. Una verja de madera la separaba de la calle y había que subir una escalinata de granito gris para llegar al porche, donde por la tarde se sentaban los mayores a conversar. La escalera de roble que conducía a las habitaciones del primer piso describía lo que suele llamarse «una graciosa curva» y era una de las mas hermosas que recuerdo haber visto. La única vez en mi vida que salí a la calle con mi abuela fue cuando estaba en esa casa porque me invitó a acompañarla a comprar algo. Con mi abuelo también salí solo una vez, pero fue en Buenos Aires y fuimos a un banco a hacer un trámite.

Ya no queda nada de todo eso. Cuando mis abuelos murieron, se vendió y destruyó el chalet para construir un edificio de departamentos. Solo queda su recuerdo en mí y en menos de cinco personas. Una frágil y fragmentaria lámina de humo. Las otras casas de ni infancia todavía están allí, aunque amuebladas de otra forma o quizás reformadas y habitadas por otra gente. Pero la de Mar del Plata desapareció entre previsibles nubes de polvo como si nunca hubiese existido.

 

 

CHAGALL EN PRAGA

 

Una de las varias veces que estuve en Praga fui a una galería de arte o a un museo, no recuerdo. Me incliné sobre un cuadro de Chagall e, inadvertidamente, el abrigo que tenía en el brazo rozó la superficie de la pintura. Inmediatamente, vino un guardia y me amonestó agriamente en checo por mi descuido.

Sin perder la calma, le dije a modo de disculpa:

–Krasnopolski.

Suelo emplear esta palabra cuando me hablan en un idioma que no comprendo.

El guardia sonrió ampliamente y exclamó:

–¡Polski!

Y me estrechó efusivamente la mano.

 

 

SOMBRAS EN CENTOVALLI

 

Anoche fuimos a cenar a Centovalli, a unos kilómetros de Locarno, al Grotto America. En Centovalli hay muchos restaurantes ubicados en las grutas de la montaña. Uno se sienta en las mesas de afuera, a veces cubiertas por vides u otras plantas trepadoras, y oye el rumor del arroyo que pasa al lado y escucha el canto de los grillos y huele el perfume de las flores de montaña y recuerda (aunque no quiera, aunque haga esfuerzos desesperados para no recordar), recuerda otras noches en esos mismos valles, hace tantos años, con otras personas.

 

 

ÍNTIMO, ÚTIL Y MISTERIOSO

 

El 22 de junio 1879, el capitán Jeremy H. Wilson, a bordo de la goleta Hermione, navegaba a 230 millas al NNE de las Islas Fidji cuando el piloto le informó de que a media milla a estribor, sobre el mar, había un resplandor muy intenso y algo tembloroso, como un espejo que reflejara el brillo del sol.
El capitán ordenó arriar un bote. Él, dos marineros y el contramaestre se acercaron y se pusieron al pairo. Se trataba de una llama brillantísima que flotaba sobre las olas. El capitán acerco lentamente la mano derecha y sintió que era un fuego helado. Primero  pasó varias veces la mano sobre las llamas con precaución y no solo no se quemó, sino que obtuvo un gran placer. «Fue como el éxtasis del amor», escribió en el libro de bitácora esa noche.
La Hermione continuó su viaje sin novedades.
Un año después, estando el capitán de permiso en Bristol, notó por la noche un intenso escozor en la mano derecha. A la mañana siguiente, descubrió que en la punta del dedo índice le había crecido un ojo a través del que también podía ver. El capitán tardó unas horas en relacionar ambos episodios, aunque hasta el fin de sus días le acompañó la incertidumbre y la extraña sensación de poseer un secreto a la vez intimo, útil y misterioso que cubría o no con un guante según requiriese la ocasión.

 

PATRIA

 

Yo nací a menos de 100 metros del Jardín Botánico de Buenos Aires. Para mí, todo lo que no esté en sus inmediaciones es el extranjero. Por ejemplo, alguien que haya nacido en otro barrio para mí es como si fuera de Nepal. Lo respeto, pero es de Nepal. No hablemos, pues, de los que son nativos en las lejanas provincias del país. Por razones familiares, solo considero próximos a mendocinos y correntinos. Y a los paraguayos, claro.

 

 

POESÍA

 

Lo que más recuerdo de mi época de militancia un poco salvaje contra la dictadura militar argentina son los instantes en que la poesía se infiltraba en la violencia. 
Una tarde, unas 100 personas divididas en 20 grupos depositamos a la misma hora en 20 lugares céntricos de la ciudad 20 cajas que supuestamente contenían explosivos. Qué emocionante tanta gente haciendo lo mismo en diferentes sitios y exactamente a la misma hora.

 

 

ST-WANDRILLE, UN MUSEO Y UN BOSQUE

 

Hace años fui a Caudebec-en-Caux. Cerca, la Abadía de St-Wandrille estaba en manos de sacerdotes integristas. Había programada una ceremonia y una misa y fui a ver cómo era el rito medieval.

Al principio me llamó la atención que algo tan retrógrado y oscurantista fuese tan hermoso y colorido. Todavía recuerdo que, de pronto, comenzaron a salir sacerdotes con sotanas de colores brillantes: primero, unos de azul claro; luego, otros de amarillo; a continuación, una fila de verde y otra de rojo. Evolucionaban lentamente dentro de la iglesia.

En el pueblo, que estaba al lado del rio, había un pequeño museo sobre el Sena. Me pareció conmovedor que se registrasen todas sus circunstancias minuciosamente, desde las máximas crecidas hasta su  ancho y altura normales en distintos tramos.

Cerca de allí estaba el bosque de la Brotonne, que se conservaba igual que hace centenares de años.

 

LARGO ATARDECER EN SODANKYLÄ

 

En Sodankylä, 1200 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, la noche, en verano, es un largo atardecer. El cielo y los árboles y los juncos de la orilla del lago eran de colores pálidos, como desteñidos. Abundaban los mosquitos. Recuerdo que me dieron una barra de repelente de insectos del ejercito de EE. UU. Era muy efectiva, como tuve ocasión de comprobar tiempo después. Corría una ligera brisa tibia y amenazadora: parecía estar fuera de lugar. Mientras estaba allí, comiendo salmón a la parrilla, no sospechaba que tantos años después recordaría esta escena que no tiene mayor importancia.

 

Los dedos de la pianista

 

por Wenceslao Ventura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al pintor Julio Bosque, in memoriam

 

Al volver, pues le pedí volver, vimos algunos dedos que nacían de la pared situada al lado derecho de la sala. El ojo, en un primer instante, se anegó en el muro blanco. Escuchamos entonces como otras veces el rumor de una muchedumbre inexistente.

 

La resaca lenta del tiempo nos atrapó juntos en ese instante único, pues nuestra amistad duraba desde hacía bastante más de treinta años, desde aquel primer texto que sorprendió al pintor por su tejido.

 

Dedos estrechos y largos que en su piel traían textos como meteoros caídos del cielo, no podían venir de otra parte sino del universo. Textos como andrajos del destino en el palio de la luz; de una luz en un momento concreto.

 

Extravío: iba buscando un sentido a los dedos de la pianista y ese sentido sería su sentido, no había más.

 

Los dedos aguileños de la pianista me acariciaban la coronilla: lentos, yo estaba lento, dormido en un meandro del camino de mis pensamientos y ellos vinieron a despertarme y recordé unos versos del Cántico espiritual, que conocía de memoria: «Nunca te quieras satisfacer en lo que entendieres [...], sino en lo que no entendieres».

 

Frases que penden de esos dedos ahorcados cuando con gran pena pensamos que la existencia gira, que la historia y, por ende, la humanidad giran sobre un eje cruel que desdibuja en nosotros el mundo real, tangible, externo y nos lleva como única salida, si es que hay salida, a buscar refugio en nuestras heridas, en nuestra singularidad trabajada desde la soledad, desde nuestro silencio.

 

Lento, decía, iba absorbiendo el texto que resplandecía en la pieza iluminada. Frases que son hilos, que son cables de alta tensión, que son cuerdas para ahorcarse. Frases en las que parece abolida la primera persona del singular y una sed grande se apoderaba de mis labios y la humanidad era un pim pam pum en sórdido ajedrez. Otro día había escrito, era un día que había llovido barro en la ciudad de verano africano, escribí, dije, que la página en blanco se había oscurecido por aquellas manchas de color marrón y sentí cierta repugnancia por esta existencia, sin inocencia ni dádiva, de cielos mercuriales en la arena nocturna de un anfiteatro donde sonaba el hosco desagüe de las despedidas.

 

Por un azar ahora también querido –sonrío cuando estoy escribiendo esta frase, que será pegada a uno de los dedos–, el texto me lleva a la alegría de compartir el espacio con otros amigos poetas. Autores de textos para pintores; yo trato de continuar lo que escribí en Zapping Textos. Somos un solo autor que escribe en la madrugada, en el parpadeo de la madrugada. Escribí una vez: algodón birmano: hierro contra hierro: viento que atraviesa la almena para dar oxigeno a las branquias de la vida. No, no hay noticia alguna en los dedos de la pianista.

 

Julio me esperaba en el portal. Subimos las escaleras. Vi otra vez, pues así se lo había pedido por teléfono, los dedos de la pianista. Se tocaban entre ellos como si tocaran el cauce de una corriente, incomunicados del mundo, zarpas que arañaban el vacío.

Fotografía de Wences Ventura © Jesús García Cívico

 

Aproximaciones al mundo de Genji

 

por Rodolfo Rabanal



 

 

 

 

 

El encanto de Oriente. Una mediación cultural, literaria, un contacto impalpable; lecturas ocasionales, imágenes reiteradas de máscaras blancas como harina. Incomprensión, curiosidad, atracción y distancia. Inflexiones guturales del idioma, el estereotipo de un gong, pequeñas pisadas en el talco. Y esa abundancia -o esa insistencia- de pétalos cuidadosamente sueltos, de la mención del rocío vinculada a esos pétalos.

La palabra Japón, su concluyente importancia fonética. Datos de un puzzle, no mucho más. Pero he ahí a las cortesanas del siglo X en los palacios de Heian Kyo. Y más tarde, las ilustraciones eróticas de Utamaro Utagawa, fusión insolente de refinados detalles y grotescos alardes.

Una bella mujer de piel blanca -amarilla, pero extraordinariamente blanca-, y el hermoso cabello azabache como fuerte contraste sobre la espalda desnuda. Su carnalidad emite un fulgor perlado, casi opaco. Ella se impone como una sugestión entre las líneas de La historia de Genji, la novela escrita por la dama Murasaki Shikibu, cortesana y mujer de letras.

 

Hace mil años, en Kioto, la dama Murasaki escribe: «Anoche, si bien en la penumbra creciente del ocaso, vi la flor amada. Pero hoy, una odiosa bruma la ocultó totalmente de mi vista». Se refiere al súbito flechazo que produce en el corazón del príncipe Genji una hermosa criatura apenas entrevista, y a la que, sin embargo, le es negado acceder.

 

Kioto se llamaba entonces Heian Kyo, o sea Ciudad de la Paz y la Tranquilidad, capital de un imperio severo, regulado bajo los designios espirituales del budismo zen. Eran los tiempos de la dinastía Heian, edad de ilimitada paz e infisurable poderío, y esa dinastía duró trescientos ochenta años, casi cuatro siglos de selectivo bienestar, refinamiento y cultura, Casi cuatro siglos sin invasiones ni guerras notables, dedicados exclusivamente al arte, a la religión meditada, a la política y a los sentidos. No se sabe de una «decadencia» más prolongada y armoniosa. Luego, con la fuerza sorprendente de una tormenta inesperada, se precipitó el horror y sólo hubo guerras y tormentos durante siglos. El chiaroscuro malva del placer fue desplazado por el chiaroscuro negro de la crueldad. Y desde luego, aquella literatura cayó en el olvido.

 

Pero La historia de Genji, en la versión inglesa de Arthur Waley, con sus mil ciento treinta páginas de líneas apretadas y letra chica es un tesoro que atraviesa las edades. Murasaky, de cuya vida sabemos muy poco, es como Proust. Y hasta es posible que más satisfactoria en un grado de libertad y delicadeza que desconocen el pathos moderno de la neurosis, tan decisiva en Proust y por momentos exasperante. En Murasaki no hay melindres ni ocultamientos clínicos. La complejidad espiritual de los caracteres en la corte de Kioto, la discreción cultural, el delicado equilibrio basado en la cortesía extrema, no eluden la licencia amorosa, y la «lubricidad» bajo el imperio de esos esmerados controles casi no admite ese nombre.

Se dice que es esta la primera gran novela del mundo. Ni los chinos habían logrado algo semejante. Y China es -o fue- el ideal de Japón. China, como Grecia para Roma, es el principio, la primera letra. Su idioma es venerado, su caligrafía cuidadosamente aprendida, imitada y vedada a las mujeres. En consecuencia, las mujeres se ven reducidas a escribir en japonés, y ese confinamiento las vuelve escritoras y poetas talentosas. Murasaki es una de ellas; Sei-Shonagon, otra. Ambas dominan las artes combinadas del amor y la escritura. Una escritura -es preciso insistir- que se traza con pinceles embebidos en tinta china y se colorea al agua. Claude Roy, hablando de la escritura china y por extensión de la japonesa, recuerda que un ideograma es una metáfora plástica que proclama o murmura su origen, o palabras que al decir lo que dicen imaginan al mismo tiempo su etimología. En fin, arte doble pero de significación única y sentido múltiple.

 

Curiosas mujeres -es una pena que la fotografía tardara tanto en inventarse-, ambas cultivaron la susurrante estrategia de la intriga y disfrutaron seguramente de sus resultados; las dos veneraban al Emperador y a la Emperatríz y las dos quizás compartieron amantes nocturnos a quienes ni siquiera sabrían reconocer  a la luz del día. Pero mientras que Murasaki es discreta, velada,Sei-Shonagon prefiere exhibirse como una diva. Murasaki, no cabe duda, es una artista más completa. Su novela, apoyada en un equilibrio narrativo que sólo corresponde a la alta madurez del oficio, destaca -.sobre todo- por la consistencia de un estilo horneado en el firme ejercicio poético. Por contraste, su Historia de Genji reduce a intentos precarios todo lo que en materia literaria estaba haciendo Europa en la misma época. Faltaban todavía tres siglos plara que Dante escribiera la Comedia.

Por su lado, Sei-Shonagon llevaba un diario de gossips y relatos circunstanciales, una especie de crónica cortesana destinada, en principio, a un registro privado. Su talento se manifiesta en la observación penetrante, en el infalible conocimiento de las conveniencias y tratamientos sociales. Su estilo exhibe un modelo prosódico seco y altamente categórico. Se explaya en la enumeración de vicios y virtudes, enumera montañas, lagos, sentimientos, gestos, actitudes. Señala con extrema pericia e inequívoco gusto la eficacia de un color sobre otro en la circunstancia debida, o detalla el encanto   nocturno de un rostro que no tolera fácilmente la claridad del día.

 

A Sei-Shonagon la describen hermosa y elegante hasta los cuarenta años, edad un tanto avanzada para una mujer de entonces. Un disfavor real, quizá el producto de una intriga que alguien disfrutó en su contra, la alejó un día de la corte y ya nadie supo nada más de ella. Se desvaneció para dejar su obra, ese único libro de notas personales, diario de cabecera (o de almohada, su pillow book), y el libro llegó hasta nosotros como el hálito de su propio perfume.

Sus fracasos... (Cierta-ficción por entregas)

 

por Miguel Blasco Marqués


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay hechos conocidos que se conocen.
  Hay hechos desconocidos que se conocen.
Hay hechos desconocidos que se desconocen.
Pero también hay hechos conocidos que se desconocen.
Es decir, cosas que creemos conocer,
  pero que acabamos por descubrir que desconocemos.

 

The Unkown Known, Donald Rumsfeld
 

 

Pésimo prefacio 


Si tuviera que vivir de su escritura, pasaría mucha hambre. Puede que le falte voluntad y que le sobre vicio. La libertad y la disponibilidad, por suerte, las tiene; en contraste, necesitaría un orden más férreo. ¡Circunloquios! Peor: puras pajitas mentales para omitir cierta verdad incómoda: es un can can, un vagazo redomado, Gándul, rey de Oblovomorf. 


Nota de color sobre el personaje


El otro día una amiga suya lo definió así: vistes siempre como si acabaras de salir de un after hour y no te ríes, cacareas. Podrías ser todo pero te gustan demasiado Robert Walser y Leopoldo. 


Vivir su vida

 

Acaba de llamar a esa amiga y no puede venir a verle. Le ha mandado sendos mensajitos a  L. y a E. y han pasado de él. Entonces, sin chicas, no le queda otra, escribe. ¿Es su escritura heteropatriarcal? A él le gustaría vivir en un matriarcado perpetuo, vivir mamando generosos senos y no en un sentido poético o figurado. Desea que las mujeres se empoderen todavía mucho más y ser su discreto servidor cuando no directamente un sumiso. Reivindica la figura del eunuco frente a la del torero, prefiere al príncipe Myhskin que a cualquier emprendedor tardo o neoliberal. Le fascina y le perturba a partes iguales esa carita de yonquis saciados que se les queda a los bebés después de pegarse un pico de leche materna. Ah, ¡qué vida!, todo el día enchufados a una jugosa mamella. ¿Todo lo que hacemos en la etapa adulta es una prolongación o un producto de lo que fuimos cuando niños? En ese sentido, tal vez su decisión de volverse escritor (y más que decisión se trata de un capricho, escribe solamente cuando le falta compañía femenina) atienda a un deseo infantil de protección y aislamiento, necesidades vitales resueltas, tal vez la Literatura sea para él ese gran seno al que amorrarse. Con embargo, las tetas le parecen el más prodigioso apéndice libertino del cuerpo humano y ya sean tetitas o tetazas, firmes o fofas, con forma de berenjena o de queso suizo, pezones acusadores o taponcitos para escanciar sidra, le fascinan, le interrogan. 


Los Ángeles, San Gerardo


Le gusta decir que vive en Hollywood. La ocurrencia, en realidad, la soltó una gringuita con un ligero aire a Britney Spears que estuvo hospedada en su casa vía Couchsourfing una semana (y él, para ligar, prefiere el Couchsourfing; el Tinder tiene ya demasiado de Mercadona donde se exhibe género humano directamente de escaparate del barrio rojo de Ámsterdam) y nada más entrar a la urbanización en la que reside por carambolas de una herencia familiar, Ellen, que así se llama la americana del Norte, le espetó: «Esto es Hollywood». Y él: «Venga ya». Y ella: «Yeah man, absolutely f*** similar! I travelled to Los Angeles and there are a residencial area, Sacramento Hills, very similar than this, the same mediterranean style, white houses, gardens inside, ¿de tejita baja?, ¿cómo se diche?...». 


Él no la cree, pero al llegar a casa se meten en Google Maps con el muñequito por las calles de esa urbanización de las colinas próximas a la cuna del séptimo arte y resulta que sí, es un calco literal del lugar en el que ahora se encuentra, las casitas blancas, pocos coches aparcados en la calle, ningún niño y ningún migrante jugando por las aceras, todos los chalet-tenientes parapetados tras sus muros y su línea de cipreses, faltan seguratas con pistola apostados a la entrada y cierto toque de glamour; lo cierto es que el algoritmo de la jornada comienza a derivar hacia ciertos terrenos cachondos, bromea con Ellen diciendo que su vecino siempre le había parecido Al Pacino, ríen, se beben dos botellas de sidra natural El Embajador Oaxaquense y cuando la tarde declina Ellen le deja que le mame sus tetas, y él las chupa y las acaricia cual si fuera el director de una gran superproducción clásica, un director que maneja grandes presupuestos, esmerado en conseguir un Óscar, el aplauso del gran público y la crítica. Ellen, de Indianápolis, quien, escasos instantes antes de convertirse en la madonna in the meadow de Raffael, le estaba contando que allá en su estado, en el corazón del corazón del país, se pueden encontrar unos cartelones gigantescos en las carreteras comarcales que aseguran que «Jesus is real» y «The hell is real», mas obviando toda educación puritana, salpica el encuentro con expresiones sacadas de otro tipo de cine: oh yeah, God, yeah, horny, come on, come on… y ciertamente le recuerda a Britney Spears en su versión más cabaretera, rolliza, bailarina de table dance, amablemente entregadísima a que alguien se refocile en sus turgencias. 

Observen como la calentura derrota al pensamiento


No era de esto, ni mucho menos, de lo que él pretendía hablar. 

Suceden cosas inquietantes 


A principios de otoño, una revista malagueña le encargó un artículo sobre la película El resplandor de Stanley Kubrick y desde entonces ha caído sobre él una especie de maleficio. Quiso darle otra vuelta de tuerca al film de terror, ofrecer su visión personal sabiendo de antemano que no hay otro cineasta en la historia cuyas películas se hayan prestado más a toda clase de interpretaciones, relecturas, teorías a posteriori más o menos acertadas, estudios cabalísticos, numerológicos y hasta horoscopales. Kubrick es único en este sentido y lo es, precisamente, porque trufó sus largometrajes de símbolos, claves, indicios, subterfugios formales… que muy posiblemente sean nomás que bromas para troncharse a gusto en la eternidad de todos aquellos que se las tomen muy a pecho. Pues bien, tituló el texto, cual agorera premonición, «La muerte de la Literatura en la era de las redes sociales» y puestos a soltar pendejadas –sobre dicho filme se pueden encontrar en la red dislates soberbios como que es una alegoría del Holocausto y, si uno superpone el mapa del campo de concentración de Auschwitz sobre el mapa del laberinto ajardinado, coinciden; que es un trasunto del alcoholismo de Stephen King y de la pésima relación que mantuvo con Kubrick durante el rodaje; que si uno suma por separado los números de la habitación 237 más el número de secuencias en los que aparece esa cifra le sale la fecha de los atentados de las Torres Gemelas, etc., etc.–; quiso subirse al carro también, aunque es cierto que su teoría primero la pensó y luego acudió a la película para constatar, un tanto acongojado, que se cumplía punto por punto. Y es que en la película vemos, por una parte, a un escritor novel al que se le concreta la fantasía de todo escritor novel: seis meses cuidando un hotel alejado del mundanal ruido junto a su familia a gastos pagados y a despensa llena en medio de una naturaleza imponente. ¿Y qué sucede cuando a uno le regalan ese caramelito, cuando por fin se cumplen las condiciones objetivas –tranquilidad, desahogo económico, espacio inspirador– para escribir? Pues que no se escribe nada. Imposible no establecer un eco con su propia biografía: si de normal esa urbanización en la que vive, San Gerardo Hills, es tranquila, en los meses de invierno se vacía de toda presencia humana, igual que el hotel al que acuden Jack Torrance y su familia. Las coincidencias no hacen más que cernirse kubricknianamente sobre él: en una alacena situada en la parte inferior del chalet descubre que los antiguos moradores –su familia; no hay terror más duro– han ido acumulando durante años latas y latas de conserva suficientes para sobrevivir a dos catástrofes nucleares. 


Avanzando en la película, un poco más adelante, aparece el vástago de Jack –Danny–, un niño que ha desarrollado una extraña forma de comunicación medio telepática (el resplandor) y es capaz de comunicarse a miles de kilómetros de distancia con otras personas que también gocen de dicha cualidad y, al mismo tiempo, tiene vía directa con un amigo imaginario –un tal Tony–, quien, como una especie de big data omnisciente, le advierte de los peligros y de los acontecimientos que le van a suceder. 


No excluye de esta teoría a la parte femenina, fundamental: la bellísima Shelley Duvall –Wendy, madre de Danny, pareja de Jack Torrance– cumple el papel de las antiguas bacantes griegas: en su fuero interno comprende que la situación no va a desembocar en otra cosa que en tragedia. 


Tendríamos, pues, a un hombre que trata de escribir, a una mujer nerviosita y a un niñito que lo sabe todo. ¿Cómo se representan esos advenimientos, esas prefiguraciones de Danny, su particular «resplandor»? La primera vez aparece en un plano dorsal hablando con su amigo Tony frente a un espejo (metáfora del Facebook/Instagram: mi imagen proyectada se relaciona con los otros) y más adelante moviendo esquizofrénicamente el dedito (se diría que mensajeándose por WhatsApp). Danny, y queda más claro en secuencias posteriores, está directamente en contacto con la Chingada, ese maremágnum de información que sobrevuela nuestras cabezas hoy en día, nos interrelaciona y nos adocena y que Kubrick, tremendo visionario, predijo ya en 1980. 


Tiene miedo porque lo que se deduce del film es que «el resplandor» no afecta negativamente a quienes viven bajo su influjo –a estos los vuelve autistas pero felices–, sino a los que no lo sufren, a estos les genera únicamente malos viajes, introspección, torredemarfilismo, arduos bloqueos creativos, incapacidad de interacción. Él no tiene ni Facebook, ni WhatsApp ni Instagram y si  bien todavía no la ha emprendido con nadie a los puros hachazos en la cabeza —al igual que Jack— se ha pasado el invierno sin que le salga una sola línea decente. 
 

 

Intermezzo (llega un mensajito de L.)


Los microrrelatistas la tienen corta. La prosa y la imaginación :) Q fas el diumenge?????

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La maldición de Ubangi vs. los antropólogos felices 

Prueba de que se halla bajo una especie de influjo perverso –en ese malditismo quisiera caer él, lo cierto, repetimos, es que es un vago y un tarambana– es la novela en la que ha estado trabajando durante todo el invierno y cuya extensión en un archivo de Word no pasa de las diez páginas. Aquí el fracaso es otro: trabaja sobre materiales reales –tiene cientos de carpetas con apuntes, fotos, datos y biografías– acerca de dos historias que se desarrollan en el continente africano a tiempo parejo, dos historias que le subyugan, pero en las que no sabe establecer bien la frontera que delimita dónde debería terminar lo real y dónde comenzar la ficción. Muy resumidas: 


A finales de los años 40, Dwain Espir, posiblemente un director no tocado por la varita de la elegancia y el buen hacer cinematográfico, aunque tenaz, no cabe duda, tiene en su haber películas como Maníacos Sexuales (1934), Marihuana: la hierba del Demonio (1936) y Cómo desnudarte frente a tu esposo (1937), se casa con Hildagarde Espir (de soltera Hildagarde Stadie y, antes de americanizar nombre y apellido, Maria Magdalena Strasser; sí, una mujer con un pasado no muy claro en la Alemania de Hitler, cuando no directamente una nazi redomada, amiga de Leni Riefenstahl y, al igual que ella, gran apasionada del continente africano), para más señas poseedora de una fortuna nada desdeñable, de turbio origen, excéntrica, espiritista de cafetín y parece que sumamente fácil de convencer para enrolarla en los proyectos más inútiles si estos poseían cierto morbo exótico y en los que colaboraba activamente en calidad de mecenas. Escribió muchos de los guiones de las películas que firmaba luego su marido, nada nuevo bajo el sol. No sabemos de quién pudo ser la idea, idea que fue su ruina, la ruina como el comienzo de la disolución, mas parece que cansados de rodar películas de bajo presupuesto que incluían escenas de desnudez y violencia para sacarles algún rédito, auténticos abuelos del género explotation, un buen día decidieron cruzar el charco e internarse en el África profunda para rodar The course of the Ubangi (1949), traducción española: La maldición de Ubangi. Todo coincide y ahora verán por qué. 


La película es un verdadero espanto, un cagalló de séquia infumable: ni en cuanto a forma (planos mal iluminados, cortes de montaje salchicheros, sonido mal grabado que se suple con trozos de una voz en off soporífera, música extradiegética torturante) ni en cuanto a contenido tiene nada rescatable, es abominable la manera en la que se retrata al pueblo africano, poco más que de freaks de barracón de feria ¡aun en su hábitat!, se ridiculizan sus ritos y tradiciones, hay una apestosa superioridad moral (seguramente la ascendente aria de Hildegarde) que desde las primeras secuencias se posiciona en el burdo discurso de que el hombre blanco es la civilización y ellos los salvajes. El film cuenta con una parte «documental» –reportajística más bien, estilo Norteamericanos por el mundo, premonitoria de lo que en los setenta serían títulos como Holocausto caníbal, etc.– que filmaron realmente en escenarios naturales y con una parte de «ficción» y esa es ya un despropósito, algo sonrojante, lo pueden ver, no es coña, Dwain y Hildegard trataron de ambientar interiores de África en el garaje de su casa o en el de casa de unos amigos o vaya uno a saber dónde, todo tiene un aire de cantina mexicana, de casal fallero con falla infantil de séptima categoría de fondo, de pasaje del terror chabacano con toques de vegetación artificial.  

 

Lo realmente inquietante viene después. A él le gustaría contar que todo el equipo técnico muere. Todos. Justicia poética por haber filmado semejante ñordo. Que el director de fotografía, Swen Alledan, al darse plena cuenta de aquello en lo que ha participado, se entrega a la heroína y una sobredosis lo ilumina mezzo forte en un callejón de Orlando. Que la directora de arte, Petra Dawnson, se cae por el hueco de la escalera nada más regresar a Los Ángeles, atropezzada; que el montador, Charles E. Campbell, se pega un tiro al terminar el montaje por no oír los tam-tam de la maldición nunca orquestada; que Excelsior Pictures, la productora seudofascista de Dwain y Hildegard, su local más bien, sito en la calle Augusta esquina Rodeo Drive, donde se guardan todas las latas de celuloide, se incendia misteriosamente y eclosiona. Los actores y las actrices, todos esos bastardos que interpretan los papeles de exploradores y exploradoras, acaban en un hotel de Las Vegas jugando al palanquín pekinés. Y pierden. Pero ustedes saben que no es así. San Google nos cuenta que no es así, piensa él, pienso yo, todas y todos vivieron hasta los ochenta o noventa años, jubilados en Florida, disfrutando del sol y de los burritos, yazca sobre sus tumbas y caiga sobre sus herederos la auténtica mambafolla africana. 

Shapes and colours

Bien. Todo esto lo quiere mezclar, en una especie de montaje paralelo, con otra historia, los diarios del antropólogo holandés Egbert de Vries y su pareja el doctor Johannes van der Roe quienes se hallaban muy cerca del lugar del rodaje (estudiaron hábitos de diversas comunidades entre Botswana y su vecina Zimbabue, aldeas y pequeños núcleos seminómadas próximos a la desembocadura del rio Okobongo) exactamente en la misma época y en los cuales, entre otras cosas, se explica cómo la introducción de las cerillas en esas tribus alteró sus hábitos sexuales. Los miembros de esas comunidades creían que era necesario encender un nuevo fuego en la chimenea tras cada relación sexual. Esta costumbre significaba que cada acto tenía algo de acontecimiento público, ya que, una vez consumado, alguien tenía que ir a una cabaña vecina a buscar un madero ardiendo con el que encender una nueva hoguera. En tales condiciones, el adulterio resultaba muy difícil de ocultar, lo que probablemente fuera la razón que originó la costumbre en un principio. La introducción de las cerillas lo cambió todo. Ahora bien, el material verdaderamente incandescente (esta primera anécdota, en el fondo, no habla más que de la influencia que una nueva tecnología, aun primaria, puede tener sobre las rutinas colectivas, las cerillas no dejan de ser el Tinder de esas tribus) fue el revelador estudio que hicieron sobre la etnia  de los mawharis, en concreto de los varones mawharis, dotados con vergas de entre 28 a 32 centímetros, capaces de auto penetrarse analmente, de darse por el culo a sí mismos, vaya, lo que curiosamente provocaba que siempre estuvieran mucho más alegres que los hombres de comunidades aledañas, se comportaran mucho mejor con sus mujeres, no hubiera tanto maltrato ni dominación porque eran auto-lúbricos, sin influencias externas, ya fueran estas religiosas o pornográficas. La guinda del pastel es que los mawharis eran abiertamente bisexuales y muy promiscuos, por lo que el amigo Egbert y su pareja Johannes puede que fueran, por unos días, los europeos más felices de toda África, pero si nos atenemos al sabio refranero popular dicen que la avaricia rompe el saco; en su caso, la lujuria sin control en las medidas te puede dejar el ano como un bebedero de patos, sin entrar en más desgarres, y eso fue lo que aconteció. 

 

 

Los Vagabundos


Otro de sus fracasos orbita –también– en torno a Hollywood antes de que pudiera llamarse como tal. Deseaba escribir un cuento acerca de tres personajes celebérrimos a inicios del siglo XX que se paseaban por el californiano valle antes de que un grupo de productores judíos se hiciera con el control de la ciudad. El problema es que no se le ocurren los diálogos, cuando los tres protagonistas están juntos no los oye, no le dicen nada. Comentó dicha cuestión a un escritor y este le dio un consejo práctico: «Hazles decir puras gilipolleces. ¿No te das cuenta? La gente se pasa la mayor parte del tiempo diciendo gilipolleces, los debates elevados, de altura intelectual, son pocos, impostados, y necesitan una preparación previa, un guión… aparte de que quien se la pasa hablando todo el rato con esos vuelos acaba solo o directamente loco». 


Pero nada. Ni siquiera así. No los oye. O no los quiere escuchar. Lo que, a lo sumo, ha pergeñado es una historieta para presentarles: 


En 1912, en el año cumbre de sus respectivas ascensiones ¬–merece la pena más llamarlo así que «carreras»–, Thomas Alba Edison y Henry Ford se juntan para organizar una serie de excursiones «hacia fuera» de los grandes núcleos de población y se autodenominan así mismos Los Vagabundos: les acompaña el antropólogo Robert J. Goldwin, padre del utopismo sedentario y prehipster. Se trata más bien de una serie de almuerzos o merendolas o brunchs excéntricos en donde los tres personajes celebérrimos –por distintas cuestiones eran ultrarreconocidos en todas partes– optan por retirarse durante unas horas, unos días, del mundanal ruido, esperemos que con esa sana intención de «alejarse del mundo para conocerlo un poco mejor». 
 
Hay una famosa anécdota que no valdría la pena ni relatar aquí dado que tiene todos los visos de leyenda urbana o de chiste popular: en un momento dado de su peregrinaje, se les estropea el coche y recalan en una gasolinera intercomarcal, un punto perdido en la amplia vastedad norteamericana; a retrancas consiguen acercar el primitivo vehículo a la posta gasolinera más cercana y les atiende un muchachín de esos que debemos visionar con peto vaquero sin mangas, rubio o pelirrojo y con algo de acné. El típico oil boy de las películas –aparentemente una de esas personas ajenas al mundo, piadosas, ingenuas– observa el motor y les lanza a los tres «vagabundos» al azar: 


–Debe de ser la bujía. 


En eso que uno de ellos, el primero en importancia tal vez, una importancia mainstream por haber sido el patentador en USA del popular cinematógrafo amén de otros inventos eléctricos, creador del primer lobby, auténtico gánster con traje de seda y modales de charol, se apresura a decir: 
–Yo soy Thomas Alba Edison y no es una fallo de la bujía. 


El muchacho, contrariado, mete el cuerpo debajo del parachoques para tratar de resolver el problema de sus tres extemporáneos clientes. Al rato, dice: 


–Creo que es el motor. 


A lo que el segundo en discordia –que no merece presentación: hasta hoy en Almussafes peligra una fábrica de su vasto emporio– sentencia: 


–Yo soy Henry Ford y te puedo asegurar que no es el motor. 


Ese zagalillo, que todos deberíamos asociar ya a las típicas películas mudas de los años veinte, un ser verdaderamente admirable en su bondad, alejado de todo, en las auténticas afueras, vuelve a ojear el coche y, pensando que le va a caer otra, dice: 


–Sí, claro, ¿y a usted qué le parece, Santa Claus? 


Conclusión y coda (el narrador se quita la máscara)


(Se escuchan abucheos y aplausos). Gracias, muchas gracias, que Dios les bendiga, son ustedes un público genial. Lógicamente habrán detectado que «él» soy «yo». Soy yo, en parte. Al menos la escritura me ha revelado el mayor de mis fracasos: antes, cuando era un hippie alpujarreño, ligaba mucho más, era apache, era exótico, y allá en las montañas de Sierra Nevada, al no tener mis necesidades vitales tan resueltas, escribía; ahora soy un burgués, más aún, soy el vecino de Al Pacino y vivo en Hollywood, en San Gerardo Hills, la mejor manera de terminar este cuento sería con la ley de Herodes: si no te gustó, te jodes; en el sentido de que me lo pasé tan tremendamente bien escribiéndolo que me vale vergas, mas, ¡atención!, iba a decir que eso no es justificación literaria de ninguna clase (o sí) pero adiós, adiós, que Dios les bendiga de veras porque me acaba de llegar un mensajito vía Couchsourfing de S., una bilbaína majísima, llega esta tarde, con muchas ganas de conocerme, 25 años, o sea que hasta aquí he dado de mí. 

 
 

OCHO CUENTOS

Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA FIESTA EN TEHERÁN

Hace años, en una fiesta celebrada en la terraza de una casa en Teherán, conocí a Kiarostami. Estábamos los dos solos, separados del resto, escuchando el rumor que llegaba de atrás –conversaciones,  música,  risas, cristales y platos– y mirando la ciudad que estaba debajo. 


Desde la terraza se veían  manchas oscuras e hileras de luces. Estábamos mirándola y hablamos unos 10 minutos no recuerdo de qué. Después nos quedamos en silencio una media hora, cada uno con sus pensamientos. Podría haberle preguntado algo. Pero entonces no me pareció mal compartir cómodamente el silencio con una persona casi famosa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, o como si no sintiéramos ninguna curiosidad ni nos interesara nada la vida del otro, mientras mirábamos la ciudad a nuestros pies, que desde ahí arriba era una confusión, un lento desorden apagado y sin límites, sombrío, luminoso e incomprensible.

 

EL EMBAJADOR, LA ANCIANA DESNUDA Y UNA ESPINA EN LA GARGANTA

En la década de 1930, un tío de mi padre fue nombrado embajador de Argentina en Suecia. Yo no lo conocí, pero en mi casa estaba considerado una especie de imbécil muy guapo, pomposo, conservador y lleno de prejuicios. Y algo vulgar, debido –como suele decirse– a la monotonía de sus éxitos. 


El primer ministro sueco lo invitó a su casa de campo a pasar un fin de semana. El tío de mi padre encontró a la madre del primer ministro tomando el sol totalmente desnuda sobre el césped, lo que ya en esa época debía de ser una costumbre aceptada en ese país. Imagino su cara al ver a la anciana. 


En otra ocasión, el rey de Suecia invito al cuerpo diplomático a una cena de gala. El tío de mi padre se tragó una gruesa espina de pescado que se le clavó en la garganta. En lugar de ponerse de pie y buscar ayuda, el pobre hombre permaneció inmóvil, muy erguido y digno en su silla, tratando de no llamar la atención, hasta que se desmayó de dolor o por la perdida de sangre o por la impresión.

 

LA PATADA DEL PROFETA

Estaba en San Juan de Acre, el antiguo puerto donde llegaban los cruzados para conquistar lo que llamaban Tierra Santa. Ahora, que está en manos de los israelíes, solo se llama Akko.


Hacía poco que había terminado una guerra en la frontera del Líbano y la ciudad estaba bajo toque de queda. Faltaban unas dos horas para que se iniciara y mi mujer y yo estábamos en el Museo de los Templarios. El ambiente era muy tenso entre la población local y los ocupantes israelíes. En el museo había muy poca gente.


Yo contemplaba una lanza o una armadura cuando noté que me tocaban el culo con cierta lentitud. Tras la sorpresa, me revolví con la velocidad de una mamba negra mientras rugía como un león herido. Sentí el eco viril de mis insultos que rebotaban en las viejas y gruesas paredes.


El autor de  la profanación era un chico alto y  muy flaco, de unos 15 años, vestido con una chilaba verde y amarilla a rayas, que huyó riendo  con un amigo.


Terminamos de ver la exposición y salimos. Ya faltaba poco para que se iniciara el toque de queda. La calle estaba desierta y silenciosa. 


Al girar por la primera esquina en dirección al hotel, veo a unos 20 metros la chilaba verde y amarilla que camina en la misma dirección que yo. Sin pensarlo, corro y le pego una patada con todas mis fuerzas. El de la chilaba, debido a la fuerza del impacto y a su escaso peso, se eleva unos centímetros  del suelo al tiempo que gira la cabeza. Es un hombre muy anciano que viste igual que el chico. Al comprobar mi error y temiendo la lapidación de los vecinos, echo a correr en dirección contraria, mientras mi inocente víctima huye despavorido hacia adelante.


Toda la escena transcurre en silencio ante mi mujer, que se queda quieta y sola en medio de la calle. 


El anciano no dijo ni una palabra, ni siquiera emitió un ligero gruñido al sentir el golpe, como si el castigo fuera justo y merecido por algún pecado que hubiese cometido en el pasado, o quisiera cometer en el futuro.

 

UN HILO, UNA AGUJA Y UN BOTÓN

Tengo que coser el botón en la manga de una chaqueta. Intento enhebrar la aguja. Después de unos diez minutos infructuosos pienso que el hilo es más grueso que el ojo de la aguja. Después, comprendo que la aguja o el hilo  juegan conmigo. A veces, el hilo está por entrar y se dobla. A veces, entra unos milímetros pero un movimiento, por pequeño que sea, lo hace salir. Al fin, después de unos veinticinco minutos, logro enhebrar la aguja. A una distancia respetable hago un nudo y corto el hilo. En vez de hacer un nudo sencillo hago, con las consiguientes demoras y fracasos, un nudo complicado que aprendí cuando era chico y asistí a un curso de navegación a vela. Pongo el botón en posición y desde abajo atravieso la tela y uno de los cuatro agujeros. Una duda. ¿Lo coso en un orden, digamos, circular o en cruz? En cruz es mas bonito y da más sensación de firmeza. Doy unas diez puntadas y noto que en la última he cometido un error. Meto la aguja por debajo del botón y descubro que, inexplicablemente, el hilo está por fuera desde el movimiento anterior. Así que ahora tengo un hilo al lado del botón y otro saliendo por un agujero. Trato de volver atrás pero lo único que logro es que se enrede. Doy varias vueltas con el hilo en la base del botón y lo corto. Separo las dos puntas con cierta dificultad porque no me puedo humedecer los dedos debido a que tengo la aguja entre los labios. Hago cuatro nudos consecutivos, esta vez sencillos. Espero que el botón no se caiga y que  no  me trague la aguja.

 

 

SOLO EN LOCARNO

Voy a desayunar. Estoy solo en Locarno. Los otros se han ido por ahí. Me siento debajo de un toldo amarillo que han puesto en el jardín del hotel porque acaba de empezar a llover de nuevo. Los fantasmas están alrededor de mí y reclaman mi atención. Quiero que se vayan, pero son pacientes y, cuando uno cree que se han ido, vuelven. Oigo las gotas de lluvia sobre el toldo amarillo. Dentro de un rato, en una comida, conoceré a otra gente. Aquí, bajo el toldo amarillo, no tengo ninguna curiosidad, ningún interés, ninguna esperanza. Estoy cómodo mirando las plantas verdes. Me podría quedar así toda la vida.

 

VIAJE EN GLOBO

Como Gambetta, yo también viajé en globo. Fue en Ginebra. El aparato se elevó lentamente con un ligero balanceo. Al principio, me llamó la atención que en el cielo no sintiera ni la más leve brisa. Luego, comprendí la causa. 


De pronto, el viento nos llevaba hacia el aeropuerto, lo que causó cierta inquietud en el piloto. Cuando estaba por llamar a la torre de control para avisar de nuestra situación, la trayectoria cambió. Tal vez porque no nos conocíamos, no hablamos mucho durante el vuelo. Yo escuchaba el silbido un poco ronco e intermitente de la llama de gas que producía aire caliente. Miraba el cielo, el borde de las nubes, los Alpes y la tierra marrón y los árboles. Recuerdo que no pensaba en nada y que en ningún momento vi el lago.


Un tiempo después, aterrizamos con suavidad en un prado verde. El piloto sacó con estudiada teatralidad una botella de champagne para celebrar nuestro primer viaje en globo. Brindamos con una excitación ficticia y una alegría un poco forzada en unos lúgubres vasos de plástico.

 

ARROZ TRES DELICIAS

Al mediodía voy a un restaurante chino con una amiga. Se acerca una camarera. Le digo: 


 –Alós tles delisias. 


La mujer pregunta sorprendida: 


–¿Qué? 


Yo repito, ligeramente avergonzado: 


–Arroz tres delicias. 


Y ella dice en voz baja mientras apunta: 


–Alós tles delisias.

 

EL ANILLO DE LOS TERREMOTOS

Hace años, cuando estaba de viaje, entraron a robar en mi casa. Se llevaron varios objetos, pero para mi, el más valioso fue un anillo de oro con un rubí de mi tatarabuelo. Relativamente grueso, como suelen ser  los de hombre,  tenía labradas unas flores y hojas y el oro era un poco más oscuro que el habitual, como si se lo mirara con los ojos entrecerrados.  El rubí era redondo, como una lenteja no del todo opaca y estaba engarzado en una especie de corona. El rubí parecía que flotaba. Lo que ignoro es si el anillo fue originariamente de mi tatarabuelo  o si perteneció a su padre o al padre de su padre.


En  1861 se produjo  en la ciudad de Mendoza, donde vivía esa parte de mi familia,  el terremoto más devastador de su historia. Mi bisabuelo era  un joven militar y ante el hecho de que sus superiores hubieran muerto o huido ante el caos, se hizo cargo de la defensa de la ciudad para controlar los saqueos que comenzaron casi inmediatamente. Cuando llegó a su casa para comprobar el estado de sus familiares, descubrió que todos estaban muertos y que un asaltante estaba cortándole el dedo a su padre para robarle el anillo. Mi bisabuelo lo mató al instante allí mismo.


Muchos años después, mi padre,  acompañado por mi madre con quien  se acababa de casar, se trasladó a la provincia de San Juan, limítrofe con la de Mendoza, para ocupar un cargo en la administración pública de la capital. Entre las alhajas que llevaban estaba el anillo. 


Poco tiempo después de su llegada, en enero de 1944, otro terremoto destruyó el ochenta por ciento de la ciudad. Mis padres se salvaron porque esa noche de verano habían ido a la finca de unos amigos en las afueras  y estaban cenando al aire libre. Cuando varios días después pudieron ir al centro, descubrieron que su casa estaba totalmente destruída. Recogieron sus pertenencias y poco después se trasladaron a Buenos Aires. 


A pesar de este comienzo violento y aventurero, sus existencias fueron relativamente placenteras, sin grandes sobresaltos, con la excepción tal vez  de las fiestas a las que iban y a los viajes que hicieron.


De su estancia en San Juan, mi padre me contó solo tres anécdotas: la del terremoto, el hecho de que el clima era tan seco que casi no tenia que secarse después de salir de la ducha y las visitas que hacía con mi madre a la casa de campo de una amiga que tenía tantos empleados que al no recordar sus nombres los llamaba exclamando «alguno».


Lo que nunca llegué a saber es si mi bisabuelo tuvo que terminar de cortarle el dedo a su padre para apropiarse del anillo.

 

 

REDOBLE

Javier R. Swift

A Andrea Balzola
txalapartari

 

 

 

 

 

Para mí fue como entrar en un sueño aquel redoble de tambor, aquella mazmorra que se adhería a la claridad del tragaluz cuando el centinela dio siete vueltas a la llave. Recuerdo que fueron siete, y no seis u ocho, porque en cada vuelta destejí cada uno de los días que pasé allí. En la primera vuelta, mi corazón golpeó el pecho con fuerza. Ya es hora, me dije, y andaba equivocado. En la segunda vuelta, acicalé mi pelo con la saliva que escupí en mis manos. La tercera mejoró mi ánimo y disposición. La cuarta, retocada y con dificultad, agujereó cualquier énfasis premeditado. En la quinta regalé mis pertenencias a las cucarachas. La sexta, llave o vuelta o hierro doblado, pertrechó mi ánimo con redoblado esfuerzo y la séptima ya abrió la puerta que me devolvió a la luz. No importaba más que la luz en aquella mazmorra despechada aun a sabiendas de que me devolvía a mis últimas horas entre los vivos. 


Siete días pasé en aquella mazmorra angosta, lejos de mi tierra. Los calamares se adherían a mis harapos cuando subía la marea, yo me subía al catre y la almohada se reblandecía húmeda. Ahora entendía la ironía del calabozo y su oscura marmita de pescado repleta de cefalópodos y ostras. Última voluntad: el tragaluz. Y tuvieron la delicadeza de traerme una botella de vino que escancié en la soledad gutural de mi caverna, al abrigo de miradas indiscretas.


En las desprevenidas horas previas, mientras el redoble se hace presente en la luz del patio, hago fe de vida y me pregunto qué hubiera sido de mí si la vida hubiera trazado una línea recta desde mi nacimiento a mi muerte: el esclavo Toussaint, cochero de una plantación moriría de viejo en el galpón mirando la única tierra que ha conocido, la única luz que ha visto. En cambio, Haití, la perla negra, liberada de manos de los franceses. La esclavitud abolida. «Ningún hombre, nacido rojo, negro o blanco, puede ser propiedad de su prójimo» (Toussaint Louverture, revolucionario).  

Allí. Por allí sopla. Y los marineros acumularon su orgullo en las manos. Desollaron su piel al ritmo de la caza que iniciaba el redoble. Era un negro inmenso el que en cubierta, blan blan / blan blan, percutía en los demás. Atentos al contracanto de las sirenas, perdieron de vista su estela los ojeadores y la mujer sollozó en su camarote deseando el cuerno del narvaal y su potencia extática. La mar se calmó y siguió un rumor de oleaje en las entrañas, un ritmo distinto y frenético, y era Ahab, quien con su pata de palo llamaba a las Erinias, danzas de la noche negra. Partenón, su perro fiel, afiló las fauces con una maroma desgastada, y Ulises, a quien los dioses concedieron toda suerte de dones tanto en la batalla como en el amor, rememoró su infancia desde la cazoleta del vigia. Su vista, aguda y de perfil, sabía de pliegues y mareos. Cuando ya la luna acariciaba poniente y su ánimo se tambaleaba, Ulises gritó en lengua antigua y extraña: «Tierra a la vista». Su grito palideció la brisa mañanera y los remeros soltaron sus colofones: habladurías, chismes de marineros corrieron como reguero de pólvora. Y es que allí, donde todos clavaban su mirada, una columna negra de veinte mil hombres avanzaba hacia ellos sobre las aguas. Se invocaron santos en lenguas autóctonas. Se rezaron versos prohibidos. Ulises deseó ser el capitán de aquella bella formación negra que venía hacia ellos en algarabía de voces, que avanzaba como una sola presencia, y él, tan caro, no pudo obtener la dádiva de los dioses. Dioses extraños, de agua y miel. Toussaint Louverture, el esclavo, arremetió como un solo hombre contra siglos de grilletes, de candados y de afilados arpones. Solo yo, el hijo de Agar, la esclava, el huérfano Ismael, logré escapar de aquel triste destino navegando en un ataúd a la deriva.

 

AMISTAD SIN PALABRAS
Michel Marx

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando era niño, desde mi nacimiento hasta mis trece años, todos los años fui a pasar las vacaciones de verano con mis padres y mis dos hermanos a Cadaqués, cerca de Porlligat, el pueblo de Salvador Dalí. Lo recuerdo perfectamente, llegando todos los días en una limusina conducida por un chófer, con su ropa de terciopelo, y regalando postales autografiadas a los niños que jugaban en la plaza principal, de las que no me queda ninguna –niños protegidos por sus padres, quienes tomaban copas al sol en la terraza del Hostal, famoso bar de Cadaqués, con una actitud entre burguesa y hippie, típica de los años sesenta y del lugar, o de lo que me queda de la sensación del lugar, de la Movida vista por un francés. Para sentirme apegado a aquellos momentos, cuatro décadas después, pasado un año desde mi divorcio, decidí ir a Cadaqués en verano con mi hija de nueve años y mi hijo de seis. Cada calle, cada piedra, cada sensación eran familiares. A mis hijos les encantó el pueblo, su mar, sus tiendas, su configuración, quizás mi emoción. Mientras caminaba detrás de ellos, que corrían como tantos años atrás lo hice yo en este lugar que no había cambiado, se me aparecieron, como un texto en una pantalla mágica, los nombres de Rosendo e Isabel Fruns Tobar. Sorprendido, pero consciente de que era una llamada a través del tiempo, recordé que esta pareja  era muy cercana a mis padres y que, durante el año en París,  entre estas vacaciones regulares catalanas, hablaban sobre sus grandes amigos Rosendo y Isabel Fruns Tobar. Así que me dirigí a una oficina de correos para leer el directorio y, por suerte, encontré el nombre con su dirección y número de teléfono. En lugar de llamar, decisión que habría considerado brutal, le pregunté al empleado cómo llegar hasta allí. Cinco minutos más tarde, después de subir por uno de los callejones, descubrí el número de su casa pintado en un azulejo inclinado.


No había nadie, y una vieja vecina, que nos miraba atentamente, como si buscara algo, me informó de que el señor Rosendo se había ido a su casa en Barcelona y que regresaría al día siguiente, alrededor de las 6 p.m., horario del autobús diario.

 

Mientras la vecina hablaba para averiguar por qué habíamos ido allí sin preguntarlo explícitamente, recordé que en realidad eran de Barcelona y que, como nosotros, que vinimos de París, pasaban cada verano en Cadaqués. ¿Ya tenían esta casa en propiedad? ¿La alquilaban? ¿Era otra? No lo sabía, en la oscuridad del pasado estos detalles no ocupaban espacio. Cuando regresamos, un día después, fiel a la imagen que tenía de él –con el Tiempo, las miradas permanecen–, Rosendo estaba esperando congelado frente a su puerta. Inmediatamente, sin darme tiempo para hablar, me llamó René, el nombre  de mi hermano mayor. O los años lo hicieron confundir nuestros andares, o mi cara había cambiado tanto como él pensó que el tiempo iba a dibujar la de mi hermano, o simplemente nos parecíamos. Le dije que era Michel. Se disculpó. Ahora yo tenía la edad de mi padre en el momento de su legendaria amistad. Mis hijos se rieron,  aunque les inquietaba un poco la apariencia anticuada de Rosendo que a mí no me asustaba porque hay en ella algo familiar. Ya había intuido que Isabel había muerto  porque la vecina no la había mencionado. Triste, Rosendo me lo confirmó. Me dijo que, acostumbrado a venir, había continuado viniendo sin ella porque no veía otro lugar para pasar el verano; era un hombre solitario. Le conté lo de mi padre. El lo sabía. ¿Cómo lo supo él? No lo sabía, pero él lo sabía. Lentamente, sirvió refrescos, contó algunos recuerdos y, de repente, rememoró cómo se conocieron. Rosendo ahora estaba seguro de que yo había sido el agente de ese encuentro (¿pero todavía estaba equivocado?).
 

Cuando era muy joven, me caí frente a su casa, que ya era esa, confirmó, y, al ver la sangre que salía de mi rodilla, mis padres entraron en pánico. Rosendo había indicado el hospital e Isabel se ofreció a quedarse con mis hermanos mientras se atendía mi lesión. Mis padres no los conocían, pero por un inexplicable sentimiento de confianza dejaron a mis dos hermanos con ellos y nos fuimos. Me suturaron la herida y, cuando volvimos, mis padres y los Tobar Fruns se habían convertido  en los mejores amigos del mundo. Nada quedó de este evento. Sin esa visita, nunca habría sabido cómo se forjó una amistad que duró toda la vida, hasta la muerte de mi padre, lo que aprendieron, una prueba de que el hilo nunca se había cortado cuando el hilo que seguramente me habían cosido en la rodilla en este hospital extranjero no me había dejado rastro, ni siquiera un recuerdo.
 

Después de un momento, debido a que mis hijos no entendían el español, sugerí que Rosendo continuara en francés para que pudieran beneficiarse de esta encantadora conversación. Le expliqué que aprendí español y que luego lo practiqué  en mi trabajo, pero que, por supuesto, los niños aún no lo hablaban, aunque seguramente lo aprenderían más adelante con mi ayuda. Rosendo, presumiblemente perdido en mis explicaciones, respondió que no hablaba francés.
 

Le pregunté si, en ese caso, era Isabel la que lo hablaba. Él respondió que ella tampoco lo había hablado nunca.


«¡Pero mis padres no sabían más de tres palabras en español!», exclamé.
 

Se hizo un silencio en el que me pregunté cómo era posible que existiera una relación sin diálogo, por lo que, naturalmente, le pregunté a Rosendo en qué idioma se comunicaban. Rosendo respondió que no hablaban. Tal vez había gestos, miradas, y así se entendían, y eso fue suficiente para construir una amistad profunda y para siempre. Después de enterarme de esto, mi confusión fue tan grande, la melancolía de Rosendo, sin Isabel, tan obvia –incluso si la ocultaba–, y el aburrimiento de los niños tan intenso que decidimos irnos. Entonces él me preguntó si había vivido mal el cambio de mi madre, el hecho de que en algún momento de su vida había decidido dejar a mi padre por una mujer. Como no sabía si era un asunto que le había contado mi padre en el momento de su crisis de pareja o si la realidad era que, siendo joven, no había tomado conciencia de la situación  y creí la versión de mi madre, según la cual su relación con esa mujer era para ambas  una simple amistad de esposas decepcionadas, no supe qué decir y me escudé  en una mirada que daba a entender que mis hijos eran pequeños y que era mejor no discutir este tema delante de ellos, incluso si no entendían el español. Cuando me levanté, comencé a murmurar una frase que decía que no sabía si tendríamos tiempo de volver... Cuando cruzamos la puerta, él se despidió, por supuesto en español: «¡Ah! las palabras son muy torpes... », una forma de excusar gentilmente esta regla de silencio que, a mi manera, y tal vez en cierto modo clandestina, por una razón comparable a lo que uno podría llamar la negación, estaba perpetuando.
 

Una relación no requiere diálogos, todo es interior, y si el sentimiento está allí, lo cubre todo: las imágenes, el paisaje, las fronteras, los personajes, el pasado, el presente y el futuro. Y la pantalla sigue siendo blanca y los altavoces permanecen  en silencio, como en un cine abandonado. Esperan, como marionetas, la evocación de recuerdos que hicieron la historia, pero que solo cobran vida cuando alguien tira del hilo casi invisible pero nunca perdido por completo mientras la vida esté allí... merodea en los callejones, dueña de la infinita extrañeza de los elementos que, más allá del peso de las palabras, o en su frontera tenue, recuerda sustancialmente los lazos como los vio nacer, como la piel de un niño cosida, una herida borrada en la rodilla.

 
 
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