Poesía

 

«Registro»

 

Francisco FERRER LERÍN

 

El color del verderol o verderón canadiense: azul-rojo

el color del fringilo de la isla de Timor: azul-verde

el color del cielo sin nubes

quinto del espectro solar

y que subido torna turquí

y aclarado celeste

y gríseo cárdeno eléctrico

y obscurecido suavemente mar o marino

el color principiante de mínimas frases de cosas útiles o inútiles

sajonia cobalto montaña ultramar o ultramarino o ultramaro

ciba champanagra alizarina berlín parís hamburgo

erlanger metileno lyón prusia toluidina

soluble (derivado del lyón)

y tripano y turnbull (parecido al prusia).

(1961)

 

 

La hora oval (1971)

Publicado en Registros el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, 2019

 

                «Una hoja sin árbol»   

Paul Celan                         
                       

para Bertold Brecht:

 

¿Qué tiempo es este
en el que una conversación
es casi un crimen
porque incluye
tantas cosas explícitas?

 

 

 

De Parte de nieve (1971)
Versión de José Ángel Valente

 

«Corona»
Paul Celan

En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
regresa el tiempo a la nuez.

En el espejo es domingo,
en el sueño se duerme,
la boca dice la verdad.

Mi ojo asciende al sexo de la amada:
nos miramos,
nos decimos palabras oscuras,
nos amamos como se aman amapola y memoria,
nos dormimos como el vino en los cuencos,
como el mar en el rayo sangriento de la luna.

Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
tiempo es de que se sepa,
tiempo es de que la piedra pueda florecer,
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo.

Es tiempo.

De La arena de las urnas (1948). Versión de José Ángel Valente

 

La gallina Ignacia y la Victoria de Samotracia

por Dr. Estulticia Plymouth Alfalfa

del Otro Ilustre Colegio Oficial de Pataphysica (OICOP)

 

En una oficina de empleo, una gallina espera su turno para acercarse al mostrador y ser atendida por un funcionario.

Funcionario: Buenas tardes. Nombre y apellidos, por favor.

Gallina: Soy la gallina Ignacia de Gallignácea.

Funcionario: Bien, señora gallina… ¿Qué desea usted?

Gallina: No, no, señora Ignacia de Gallignácea, por favor.

Funcionario: Bien, señora Ignacia.

Gallina: No, Ignacia de Galligggnácea (remarcando la g).

Funcionario: ¡Basta ya, señora Gallina SuperIgnacia! Tiene usted un nombre muy complicado para ser una simple gallina. ¿Qué desea?

Gallina: Verá, hace un año que ustedes no me llaman y he recibido una carta diciendo que tienen un trabajo para una servidora.

Funcionario: ¿¿Un año entero sin llamarle?? Déjeme ver su expediente. A ver… ¡Claro, mujer!, es que usted en sus preferencias marcó los puestos más demandados: animadora de supermercado de medusas en Ceuta y domadora de coliflores y endivias sin salsa roquefort. ¡Claro, señorita, solicita usted empleos por los que hay tortas! Bueno, déjeme comprobar, aquí está el empleo que se le ha notificado: Rejoneadora de corridas de caimanes para toros en territorio nacional, oferta de: TOCAOSA, Toros y Caimanes ácratas y ociosos S.A.

Gallina: Pero oiga, ¿son peligrosos?

Funcionario: ¡Qué va!... Los toros son todos portugueses y se sientan todos así muy juntitos, un público muy dócil y formal, muy entregado, créame. Fíjese, hasta el rejoneador más torpe siempre se lleva mínimo 2 pezuñas de caimán y da la vuelta al ruedo.

Gallina: ¡No, me refiero a los caimanes! 

Funcionario: ¡Ah, qué cosas tiene usted! ¿No ve que yo no nací en el río Orinoco ni en Segorbe, señora SuperIgnacia? ¿No ve que soy de Manchuria y que en Manchuria no hay corridas de caimanes para toros?

Gallina: No, mire, el caimán es un animal muy anguloso, así como con muchos recovecos, no leen nunca a Pérez-Reverte ni saben hacer arroz al horno los domingos. ¿No tiene algo así más de calle… estatua del museo del Louvre o locutor de canódromo?

Funcionario: ¡Es usted una gallina de lo más puntillosa, eh! Déjeme ver, ¡ah, sí, está usted de suerte! Aquí tenemos un puesto que igual le encaja, cocinera en un asador de pollos para pollos regentado por pollos.

Gallina: ¡Bueno, eso ya es avena de otra índole! ¿Y podré comerme a mis congéneres?

Funcionario: ¡Mujer, pues claro! ¿No ve que no hay leyes ni constitución ni estatuto de autonomía para pollos ni gallinas? ¡Cómase a sus congéneres tranquilamente señora! No se coarte, el canibalismo es muy socorrido y muy benigno, sobre todo tratándose de una misma familia de pollos y gallinas. Lo recomiendan hasta los homeópatas y los homeomuslos, ¡no le digo más!

Gallina: ¡Pues muy agradecida como gallina y, sobre todo, como futura caníbal!

Funcionario: Ah, de nada, de nada. Pase al siguiente mostrador para firmar la oferta de empleo.

 

SÍLITHUS (un fragmento)*

Enrique Falcón

 

 

En sucesivas oleadas de tabaco

                            aquella mujer

[ XVII / N ]         aquella mujer pronunciaba

                            las palabras solamente inflamables

tras los accidentes de tráfico y los desastres aéreos.

Desde los andamios semintoxicados en los pináculos de las

            iglesias, –ella clamaba

Desde las menos atestadas correas de alimentación, –ella clamaba

Desde las plazas radiadas y sus torres albinas

Desde los lavabos de la muchedumbre, repleta de deudas

Clamaba

Desde las cabeceras de los comedores clandestinos

Desde las inmediaciones de los muros de contención (donde se

           arremolinan los curiosos y los hijos errantes)

Clamaba

Desde las contiendas de los analistas de datos

Desde las lenguas extranjeras con que aún se hablan los lobos

Ella clamaba

Desde los des filaderos que cruzan las ciudades semihundidas

Desde cada pieza de arte finalmente parasitaria

Desde la estribación del portento que aparecía en el cielo

Por cada hombre baldío

Por cada mujer baldía, –ella clamaba

Clamaba

Desde las estaciones de tránsito que ocultan los helechos

Desde la media distancia que nutre toda mano en las tramas del

            amor

Desde la vibración de los pájaros tras su cuerpo rechazado

Clamaba

Desde los matrimonios entre libros y ruecas

Desde las vigiladas frecuencias múltiples de la Radio Aliche

Desde los osarios esculpidos por las Guerras Térmicas

Ella clamaba

Desde las piras de grafeno en la Espera del Ajuar

Desde las noches arrítmicas concertadas con lúa

Clamaba

Desde las pirámides eléctricas de Talía Silenciosa

Desde las tres lenguas de la serpiente que bosteza en Nejustán

Por cada hombre baldío

Por cada mujer baldía, –ella clamaba

Clamaba

Desde las raíces menstruales, bajo los árboles-de-doce-frutos

Desde las gargantas de los asesinados por las Policías Radiales

Ella clamaba

Desde el mismo ritual supersticioso, el culto a la frigidez y al

            desgaste vacío

Desde los sepelios de los abatidos por misiles de crucero

Clamaba

Desde el alma de las ciudades, listas para la desolación y los

            Termocamu flajes

Desde los pulsadores de las autopistas antiguas y sus apoteosis de

            plástico, –ella clamaba

clamaba su ahoou desgastado

clamaba

por los hombres que acechan y tosen,

para todos los que escucharon y sintieron su frío

su ahoou comestible

para cualquier pobre insolente,

para quienes aún se adentran en ciudades tranquilas

y jamás las atraviesan a salvo.

 

Tiempo de cólera y tiempo de misericordia

 

 

 

* Nota de la redacción: estos versos forman parte del último libro de Enrique Falcón, Sílithus, obra editada por el sello La Oveja Roja cuya presentación en formato papel se vio truncada por la declaración del estado de alarma y el confinamiento de la población. El autor tomó la decisión de «liberar» la maqueta hecha por él mismo y regalar a la gente una parte sustancial del poemario, que hizo público en versión electrónica. Quisiéramos agradecer a Falcón su amable respuesta a nuestra petición de reproducir en Registros un fragmento de este libro hondo e interpelante.     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

Ruth Miguel Franco

«Somme, 1916»

La materia tiene cuatro estados,
dos batallas.

La primera
batalla es la de fuera.
Allí los hombres mueren.
Y el primer estado de las cosas es el barro. 
Es muy grande. Cavan 
los hombres,
mastican,
tiritan, se arrepienten, son vencidos
por el barro
porque el barro es el primer estado de las cosas.

La materia tiene cuatro estados.
El segundo es la distancia.
No es lo mismo que el espacio:
en la zanja nadie puede abrir los brazos
y poniendo en fila las trincheras
se daría media vuelta al mundo.
El tercer estado es el que tiene
la carne justo antes de la herida.
Es como esperar, pero sin antes.

El cuarto
estado de las cosas
es un pájaro.

La materia tiene cuatro estados
(tres y medio si el pájaro está herido)
dos batallas.
En la batalla de dentro
alguien recoge colillas
pisoteadas
y las mira a contraluz.
Por encima de los campos de amapolas
un árbol también manco
también fuma.


«oración 2»

se desperezan
toman formas de cosas más bajas
sus límites se expanden hacia dentro
viven de sí. Son diminutos
se ríen, el espacio disponible
la tela horizontal y tristísima que envuelve
nuestras vidas
nace en su boca
son animal
son el animal y el agua que lo ahoga

 

nacida de mujer
vuelve con ellos

 

 


«las guerras subterráneas»

He venido a las guerras subterráneas.
Lo que hay dentro es pequeño, es redondo, tiene una querencia lenta, lenta y babosa hacia

la luz. Se gira. Lo que hay dentro se gira.
Es en todos igual. Yo me los cruzo. Cuando salgo de las casas, a veces cuando entro.

Somos transportados, nos movemos a la vez. Miramos fuera. Las ventanas del tren están

sucias, casi blancas, como leche congelada. Nos agitan.
Vemos casas, otras casas.
Lo que hay dentro es igual. Todas las bolas.
He venido a las guerras subterráneas. No sé qué defender.
Aprenderé de los bichos ciegos, los que se acurrucan. Los hay de todas clases. En la guerra

a veces ganan.
No siempre el animal, el poderoso. Sus patas son columnas. Los justos se refugian en su

vientre, no lo espanta el tambor, no teme el hierro.
Los justos luchan siempre más arriba. Yo no los veo. Yo conozco la luz, oh luz, oh también

superficie, pero no supe elegir.
Lo que amas mucho es mal campo de batalla.

* Estos poemas pertenecen al libro Guerra, que aparecerá próximamente en la colección Rayo Azul Poesía de Huerga y Fierro editores.

.

 

Eva Vivancos


Hoy he comido con un dragón  

Me ha caído un rayo de sol en la ensalada  

Y a la camarera

Se le ha olvidado traerme la cuchara  

Luego, me he ido a casa  

Y hemos jugado a los dinosaurios  

Mientras yo te hablaba de las nubes  

Y tú intentabas borrarme un lunar de la nariz  

Así fue como empezó una guerra de cosquillas  

Que ganaron los gemidos y, por tanto, nadie perdió  

Ha sido un día precioso  

Aunque tú no estabas 

 

 

Sharon Olds

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«The Unborn»

Sometimes I can almost see, around our heads,
Like gnats around a streetlight in summer,
The children we could have,
The glimmer of them.

Sometimes I feel them waiting, dozing
In some antechamber - servants, half-
Listening for the bell.

Sometimes I see them lying like love letters
In the Dead Letter Office.

And sometimes, like tonight, by some black
Second sight I can feel just one of them
Standing on the edge of a cliff by the sea
In the dark, stretching its arms out
Desperately to me

 


 

«El no nacido»

 

 

A veces casi puedo ver, alrededor de nuestras cabezas,

Como mosquitos alrededor de una farola en verano,

Los hijos que podríamos tener,

Su resplandor.

 

A veces los siento esperando, dormitando

En alguna antecámara, sirvientes, a punto

De atender la campana.

A veces los veo tendidos como cartas de amor

Devueltas en la oficina de correos.

 

Y a veces, como esta noche, por algún negro

Presagio, puedo sentir solo a uno de ellos

En el borde de un acantilado junto al mar

En la oscuridad, estirando sus brazos

Desesperadamente hacia mí.

 

 

Traducción de Jesús García Cívico

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