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© Carlos Maiques 

Poesía

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Regina Salcedo

 

 


«Diálogo conmigo misma»

1.
A día de hoy –me dices–
la poesía inútil, el cucharón sin fondo
por donde escapa el caldo,
es la única y verda-
dura-mente subversiva.


El borboteo del agua 
distorsiona tus últimas palabras
y sonrío por dentro 
mientras echo la acelga 
a lo que hierve.
 

2.
Me preguntas si me he preguntado alguna vez
dónde yace el origen de mi hambre,
sin eufemismos ni excusas.


Medito unos segundos antes de contestar
por mera cortesía. Sé muy bien de mi ruido,
ruido conejo blanco –un brillo de mi sombra–
que persigo y cuestiono para no estar parada
y a solas junto a mí.

3.
Las musas, según tú, ya no susurran: «crea»,
sino: «produce, suma».  
Somos ganado manso
que abona con sus heces los sembrados del amo.


Te observo entre la envidia y la sorpresa
pues jamás he sentido otro siseo 
que el de mi propia baba o mi intestino suelto.


4.
Quien no hace, no existe –te lamentas–. Se convierte en fantasma, en un residuo de esos que nadie sabe bien dónde arrojar. Pasto para el olvido y las gaviotas. En un mundo perverso donde olvido y gaviota equivalen a Ø.

Entonces me pregunto qué soy yo,
que no muestro lo hecho, que lo aprieto en mi puño 
como el pendiente viudo que uno encuentra
en el fondo irreal de una piscina.  
¿Soy un espectro doble,
doblemente inmigrante, incomprensible, hueco?

¿Qué significa el símbolo:
un conjunto vacío o solamente un cero?
 

5.
Llegados a este punto, debería callar,
me dices con voz firme y mirada perdida.

Yo, si no te molesta,
opto por el piar de los gorriones…

6.
…que esperan cada día 
que salga a la ventana. 
Cuando les lanzo el pan,
se produce una lluvia 
bulliciosa, caótica,
de alas y de migas.

7.
Tampoco a ti voy a contarte
que ese momento del día
es el más luminoso,
el más saciante. 

8.
La alegría es entonces pura luz. 
Un rectángulo abierto al resorte del vuelo.
Un desvanecimiento. El mío. Soy tan solo unas manos
que no me pertenecen.
Piel que recibe sol.
Ni siquiera tu voz.

9.
Poros reciben sol. No empeñarse
en mantener en pie ni un pensamiento. Ni si quiera
en otorgarles nombres, verbos o
conectores. Languidecen
como flanes de arena que alcanza el lametón 
del sucesivo mar.

10.
Regresas y preguntas
si podría pensar que me he elevado.
Albergo esa impresión un pestañeo
—por acumulación de sol
e ideas desmigadas—. 

Los gritos del vecino, 
un absurdo energúmeno en su jardín de plástico,
me arrancan la diadema, los guantes de satén
que llegan hasta el codo,
que cubren mi hipotálamo lagarto.

Deseo que se muera intensamente.

Ese dardo con plomo envenenado
es lo que, de verdad, me arrastra por el suelo, 
me pega junto a chicles, salivazos,
cagadas. 
Es lo que me devuelve.
Lo que soy.

11.
Trataré de explicártelo:
ocurren desincronizaciones luminosas.
Me asomo a la ventana 
al tiempo que un gorrión vuela hacia ella.
Interrumpe su marcha, gira acróbata
a un palmo de mi boca,
y se posa en la esfera
de una larga farola.
Nos miramos.
Nos pedimos perdón por la torpeza.
Le echo unas cuantas migas a la acera
que apenas tocan suelo.

12.
La mujer que soy yo se ha detenido en medio del pasillo
frente al hombre que es él o el que eres tú.
Hemos alzado el brazo igual que en un espejo
para rozarnos el pecho con un dedo,
como quien toca un timbre
al regresar a casa.
Nunca habíamos hecho un acto semejante.
Tan raro y sin embargo 
tan armónico.
Los dos hemos sentido, simultáneos,
sin declinar ni un verbo,
que no volverá a darse,
que es bueno que así sea.

 

 

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Enrique Banchs

(Buenos Aires, 1888-1968)

«El tigre»

Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo...
El reposo en la selva silenciosa.

La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.
Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho...así es mi odio.


«El espejo»


Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.
Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.
Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma.
Y acaso espera que algún día habite
en la ilusión de su azulada calma
el Huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas.

 

 
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Clemente de Pablos Miguel


De Las Cartas a Lesbia (Valladolid: Editorial Azul, 2009)
 

 

Panero vivía en un manicomio
y soñaba con Catulo como yo.
Lesbia me susurró: «Tú también 
deberías vivir en un lugar así».
Miré a mi alrededor y comprendí
que eso ya estaba sucediendo.
Callé lo que sabía y dije:
«¡Mis tratamientos me los doy yo solo, so puta!»

*

Solo la vi una vez, en una fiesta punk.
Sus ojos brillaban más allá del artificial
intercambio de cuerpos y sustancias.
Nadie me cree, 
pero su cabeza rapada era bella y armoniosa.
Allí clavó su amiga afiladas uñas,
ella disfrutaba y se relamía,
y yo me quedé a mirar.
Mientras la música me devoraba
y me arrastraba al no hay futuro 
del fin del milenio.

*

Cráneos humanos revestidos de yeso y conchas, 
Muddy Waters canta Hoochie Coochie Man
y tú te masturbas viendo La ley de la calle.
Los mitos del amor y de la muerte siguen entre nosotros.
Por el momento, seguimos siendo humanos.

*

Mi boca masca ansiedad, luego ira, también odio.
Ganas de gritar.
Tus pezones metidos en mi boca
y solo siento ganas de morder
hasta saborear tu sangre.
¿Qué coño quieres?
¿Qué es eso de que cambie?

*

El hombre levantaba la cabeza de vez en cuando
y preguntaba qué había de comida,
ella arrastraba las zapatillas para decirle que lentejas y pollo
por tercera vez. Él la miró y se preguntó
dónde estaba la mujer a la que quiso, con la que soñó,
a la que hizo el amor.
Ahora vivía con una vieja, y también con un horrible viejo,
lo había visto en el espejo alguna mañana.
Afortunadamente una mujer, todas las mujeres;
Lesbia, la amante, la puta, seguían en su cabeza
igual que entonces.

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Anay Sala

 

 

 

«Naufragios»

                                                            De profundis

 

Que salves la madera

del desastre.

 

Que sigas dando amor

como juraste.

 

Que seas tan feliz como soñaste.

 

A pesar de todo.

A pesar de mí.

 

                                                   (De Servidumbres de paso)

 

 

 

«Viñeta»

 

Tú llegas a tu hora,

compuesto,

con lo puesto,

puntual en el andén,

y ves que el mundo

parte.

 

                                                 (De Servidumbres de paso)

 

 

«Escamas»

 

Dejo atrás

mi obsesión por el detalle,

esa forma kafkiana de protesta.

 

(Habida cuenta

de que tendré que huir,

haré bien en librarme de un mal poso)

 

                                                  (De Servidumbres de paso)

 

 

 

«Exabrupto»

 

Odiosa – ¡Oh, Diosa! – Osadía

 

                                                   (De Servidumbres de paso)

 

 

 

«Entre nosotros»

 

El huésped me pregunta

–sin recato–

por el sentido exacto

de mis versos.

A quién y para quién,

le lanzo un beso,

por triste y descarado,

coloquial.

 

                                          (De Servidumbres de paso)

 

 

 

«Genes»                                         

                                                           «Anger is better»

                                                                     (Toni Morrison)

 

Y declamas,

como un megalosauro,

toda esa crueldad

que me negué a heredar.

 

(Me levanto,

invita la ciudad)

 

Ya no puedes herirme.

Viejo.

 

                                                   (Inédito)

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Rodrigo García Marina

 

 

 

 

 

Deberían sostenerlo todo

y sin embargo

 

los padres

los dioses

la bóveda celeste

las columnas

los acantilados

los brazos

 

                   caen

inconscientes de su peso.

 

 

 

            *

 

 

Yo ya he sido hogar

 

hoy rebalsa el té

bulle el agua a más de cien grados

la furia mana como una arteria herida

 

y la tierra gira

la tierra gira ciento siete kilómetros hora

pero nosotros seguimos en esta casa

 

con la mano alzada

el grito en el cielo

los pies sobre un montón de papeles

 

condenados

 

por no haber hablado a tiempo

por no abanderar el brazo a torcer

movido ningún mueble

                                       ningún dedo.

 

 

                *

 

Este viaje inquieta

porque no se adelanta a nadie

porque no se realiza con los pies

porque desde el principio no se quiere

llegar adonde se llega

 

porque cuando la velocidad aminora

más rápido se avanza

 

porque cuanto más escasea el cuerpo de sí

más consciente se es

 

la casa envejecida

 

nómadas en el sentirse

la plata a cuestas.

 

 

*Tres poemas inéditos del poemario Desear la casa, que será publicado este año en Editorial Cántico

 

Héctor Ibáñez

 

 

 

 

«¿Aceptas la apuesta?»

Los atascos son hoy quizás mas intensos
que cualquiera de otros días de invierno y tormenta,
y por alguna extraña razón tú ya lo sabes,
la contaminación sabe mas dulce y sana,
sabe a aromas de ternura aún siendo mas violenta.
Me marcho de vuelta a las noches felices,
al nudo de piernas y brazos y nido de lazos
deseando envolver paquetes llenos de besos,
y de miradas y caricias en cajitas para regalo.
Estoy ansioso por sentirme solo y cabizbajo,
por gritar fuerte «idos todos al carajo»
y estrellarme en picado contra tu ventana.
No te preocupes si no te encuentro a solas,
no haré ruido, no despertaré a las alfombras,
no dejaré que tus párpados se rompan,
esperaré con precipitada calma en la butaca
a que los rayos del sol te despierten,
prepararé el desayuno, 
pondré rosas frescas en el fondo del placar,
bajaré a comprar el periódico y el pan,
pensaré que receta te gustará para cenar…
En fin, todo aquello que inventé 
cuando estabas perdida en el norte,
cuando las llamadas eran muy pocas,
y mis maneras poco sociables
te desesperaban y te hacían sufrir.
Para eso estoy aquí,
para intentar enmendar errores
y hacer que los temores dejen de existir,
y así evitar escribir canciones 
que antes que canción fueron noches sin dormir,
gritos de rabia, dolor, desesperación, números en rojo,
alcohol denegado en mil bares,
teléfonos rotos contra la pared, 
espejos blancos hundidos en el armario,
hoteles transitorios, excesos de café 
y libros de autoayuda que nunca pienso leer.
Así que será mejor que me quieras
porque no te pienso dejar de querer
ya sabes a lo que te arriesgas,
yo ya he apostado, 
aquí están mis cartas sobre tu mesa,
¿aceptas la apuesta? 
Pues empecemos a correr.


«Balada para dos bailarines de tango»

Las cuerdas afinadas dulcemente,
el bandoneón prendido a fuego lento,
la corbata anudada con firmeza,
el brillo en los zapatos advierten su presencia.
Ojos enfilados el uno contra el otro
anuncian la ansiada y linda batalla.
Ella como arma usa el rojo de sus labios
humedecidos con saliva para cegarlo,
y como táctica, un secreto bien guardado
tras el vestido que todos ansiamos.
Él como estrategia, no pide más nada,
solo sonríe con un leve brillo en la mirada
y su misterioso ademán la deja intrigada.
¡Silencio!, todos los presentes callan,
sinuosamente sus pupilas se dilatan,
los músicos comienzan la sonata,
comienzan la lucha, comienzan la danza.
Comparten el aliento del uno al otro,
del otro al uno se abrasan el alma,
se atacan con caricias en la espalda,
se desean con susurros a la cara,
vaivenes de locura, cinturas que pierden la calma...
...el último acorde, como un beso robado acaba,
ella eleva su rodilla, los dos se funden y abrazan,
chocan sus miradas, los corazones estallan,
ninguno pierde, la guerra está ganada...

 

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«Mi hija se viste y sale»

 

Joaquín O. GIANNUZZI

 

 

 

El perfume nocturno instala su cuerpo
en una segunda perfección de lo natural.
Por la gracia de su vida
la noche comienza y el cuarto iluminado
es una palpitación de joven felino.
Ahora se pone el vestido
con una fe que no puedo imaginar
y un susurro de seda la recorre hasta los pies.
Entonces gira
sobre el eje del espejo, sometida
a la contemplación de un presente absoluto. 
Un dulce desorden se inmoviliza en torno
hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse
anuncia que todas mis opciones están resueltas. 
Ella sale del cuarto, ingresa
a una víspera de música incesante
y todo lo que yo no soy la acompaña.  

 

* Publicado en Principios de incertidumbre (1980). La transcripción de este texto quiere ser un homenaje a la obra de Joaquín O. Giannuzzi (1924-2002), gran poeta y autor de culto que se definió a sí mismo como «poeta menor de todas las antologías, incluso la mía».   

 

 
 
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Luci Romero

«¿Quién recogerá todo lo que una mujer escribe?»

María Sánchez

 

 

Limpiar la tierra antes de su cultivo,

         lo tuve que aprender

que vendrían tiempos de tormenta

que no podríamos cantar en la calle. 

Con la textura de miedo antiguo

se lamentan aquellos que llegaron tarde a sus quehaceres

          que viven de síntomas heredados,

 

pero nosotras, mujeres cóncavas y exactas

encintas de música constante, venimos

a reclamar nuestro lenguaje, donde el lugar de la herida

          ahora los pájaros dibujan todas esas cosas:

marcan el camino de la siembra, no morada humana.

 

                                                                   (de El tiempo de la quema)

 

estaba el porvenir,

aquello

que quisieron vendernos a ciegas como una falda de tela raída,

mordida, en sus bordes, por las manos                    que aguardan

con tan poca fortuna rascando hilos que sobran.

 

escarba, no lo dudes, bajo la falda, tras el sudor que empapa la blusa

 

allí donde el pueblo deja de observarte, donde                 el verde es fuga

huele a intención precisa, a perfil gastado que entristece el paisaje.

no queda retina en blanco que mitigue la melancolía de la búsqueda.

 

de este lado, el camino es el mismo y la falda sigue siendo vieja,

y tú estás hambrienta

y limpias el espacio donde llorar a los muertos, donde las manos sudan.

escarba con los ojos mientras la mano ya no aprieta la falda,

 

deja caer las hojas de laurel. 

 

                                                                    (inédito)

Juan Planas Bennásar

 

 

 

 

 

 

 

«Génesis»

Están las amapolas hambrientas y el erióforo 
florece en la ciénaga de Lomtjen 
(según Hans Børli, en un poema de una antología nórdica).

La plenitud solo dura un instante, pero un instante en el paraíso
basta para arruinar una vida entera. Lo primero es vaciarse 
del todo, aunque no sea fácil dejar fluir la mente
sin acudir a las palabras ni a las imágenes,
sin recibir el aire fresco de las voces y los ecos,
sin el recurso de volver al principio y reconcentrarse:
la paradoja de pensar sin pensar 
en los pétalos blancos y azules del pensamiento. 

Están las amapolas rojas de sangre y el erióforo
habita en la memoria que guardo de la belleza.

Tengo palabras para casi todas las cosas. ¿Cuáles,
como clarines lujuriosos, me servirían contra el cielo
si fuera un ángel mutilado, si mi fe se viera traicionada,
si perdiera las fuerzas donde más las necesito:
en el interior húmedo de tu abrazo? Oigo el rumor
de quien anda descalzo con nosotros, el chillido 
de quien tropieza, el áureo sollozo, 
como de polen huérfano, del que se sabe abandonado.

No hay nadie ahí afuera, porque todo está dentro 
y no hay nada más insoportable 
que una multitud recluida en un lugar cerrado.

Quizá Dios solo sea una onomatopeya del agua
en mitad del desierto que recorremos cada día,
porque el agua corre muy lejos de la sed 
en esta isla sin ríos ni torrentes, aquí mismo 
donde nací, sin otros manantiales 
que los que brotan de vez en cuando
(donde nació mi madre: en Ses Fonts Ufanes) 
y el agua nos cincela en la piel grietas negras 
y azuladas, pequeñas cruces en las rutas del destino,
en las cartas marinas sobre las palmas de nuestras manos.

Están las amapolas renovándose, tranquilas, y el erióforo
florece en la ciénaga de Lomtjen como en mí mismo.

  
 

«Mene, Mene, Tekel, Upharsin»

In girum imus nocte et consumimur igni (léase también
al revés, por favor). Es cierto que damos vueltas
en la noche y que el fuego nos acaba consumiendo.
Viene a ser la existencia un revuelo de antorchas
palpitando en la oscuridad, una carrera de relevos
en busca de la nueva luz que habrá de sustituirnos.

(Tengo la misma piel blanca 
de mis padres y debo protegerme del sol,
de sus demoledoras llamaradas, como los niños
que no pueden lloran al nacer, porque sus ojos
están faltos de lágrimas; por eso lloramos por ellos)

Sobre la mesa de madera, renqueante, las hojas resecas 
del álbum que ya no existe. ¿Existe el día aquel, 
nublado, pero alegre, de hace tantas décadas? 
¿Existe el pasado en algún sitio, 
en algún tipo de espacio alternativo 
que podamos volver a ocupar,
como si fuéramos recién llegados al mundo, 
por vez primera? El festín de Baltasar
es un cuadro de Rembrandt y lo admiré 
en la National Gallery de Londres
no hace demasiados años, pero yo conocí esa historia 
mucho antes, tal vez leyendo la Biblia, 
arremolinado en otro cuerpo y otros días 
o convertido en tránsfugo letal 
de alguna pesadilla ajena;
pero es mi mano (o así ahora me lo parece)
la que irrumpe y escribe en las paredes, la que surca
la otra realidad, la que limpia los cálices
profanados, la que advierte al rey de Babilonia 
de que va a perder su reino.
                                             Siempre se pierde 
lo que se tiene si no se mantiene cierto equilibrio 
entre lo que se nos da y lo que damos. 

                                            Es la hora magnífica
de los grafitis, la hora en la que haremos
el esfuerzo de entrar en trance
para desentrañar lo hermético de ciertos mensajes.
Lo vacío del arte o lo desnudo de tanto atrezo.
Es el instante en que la calle y el museo
deciden acogerse a las virtudes relativas
del impudor y la intemperie. Al frío, 
a la lluvia y al viento, al calor y al polvo,
a la incontinencia. ¿Mas quién nos asegura
que la interpretación del profeta Daniel fuera honesta
y verdadera? ¿Quién, que podamos desentrañar
los manuscritos del Mar Muerto, por ejemplo, sin la fe
estricta y ultramundana de algunos pocos iluminados?
No es fácil abrir de par en par las puertas de la percepción
y sentir cómo nos invade el universo entero,
sin enloquecer (según se va comprendiendo algo,
quizá lo incomprensible) 
o sin tener que darse, totalmente exhaustos, por vencidos.
Hablamos mucho y no siempre comprendemos
las diferencias entre lo que decimos y lo que nos dicen.
Yo no sé quién escucha a quién. No sé quién sabe más
sobre la nada. O sobre el vacío. Hay un silencio universal
y uno solitario, íntimo, pero muy intenso. Intento
averiguarle el santo y seña a cada paso, 
en cada esquina, en cada rincón. Lo discuto
con quienes me rodean y se lo repito, al anochecer, 
a mi mujer y a mis hijos. ¿Quién nos escucha? 
¿Y a quién escuchamos nosotros? La voz nos crea
compactos y simétricos a ambos lados del espejo. 
Nos crea según un plan cuyos entresijos desconocemos, 
con un equilibrio raro y precioso, pero precario 
y artificial como el arte. O como un palíndromo.

* «Génesis» forma parte de Arpas y laúdes (Palma de Mallorca: Órbita, 2020), y «Mene, Mene, Tekel, Upharsin» de Cercandanza (Palma de Mallorca: Los papeles de Brighton, 2020)

 

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José Vicente Rojo

 

1

Fui el portero del Arca,
Comprobé en cada pareja el macho y la hembra
Nadie me dijo
Que en la última tuviera
Que comprobar que además se amaran.

2

«No vamos a quejarnos desde ahora por nada» (Ángel Gonzalez)

Y si es por algo,
Que sea muy barato.

3

Si la poesía no debe ser sentenciosa
Que sea
Al menos
Condenatoria.

4

Dicen que abandoné
Haciéndome ovillo
Pero bien pudiera ser una trampa
Para cazar al gato
En nombre de todos mis hermanos ratones.

5

Por dos euros compré el libro
Donde realizaste
La cuidadosa selección de tu obra poética,
Así es,
Elegiste poemas
 Y yo elegí con qué monedas sumar los dos euros de la compra.

6

Que es más fácil deshacer la cama
Que hacerla
Es lo único que debieras saber
Y  practicar
En la existencia del amor.

También es verdad que una prostituta cobra treinta y cinco veces
Lo que cobra una «Kelly»,
Así  pues,
¿Cuándo lo de la cama para quien la trabaja?

(Por cierto: ¡quién de todos no trabaja en la cama!)


7

No es desmedido que te hicieras construir un barco de esa eslora
Sino que te fabricaran también
El mar sobre el que navega.


8 (A Marta)

No me hagas más tonto de lo que soy,
Deja que aprenda a serlo
Más
Mucho más
Por mí mismo.


* Textos de Aforo limitado (título muy provisional), 2020

 

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Arturo Borra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Genealogía»

Como un perro ciego
buscar un hueso en la tierra seca
–cuando ya no es posible ver
y la noche se abisma
en la añoranza: ahí 
entregarse a tientas
–hacerse palabra arrebatada
al aullido.

Embarrar tus patas heridas 
por la alambrada que separa 
los jardines del baldío insondable
donde naciste.

Solo entonces pronunciar
la cifra desconocida del cielo
.

 

 


«Desconfianzas»

Desconfiá de La lengua, su memoria repitiendo himnos de la altura, el imperio de las palabras sagradas, pronunciadas con la inflación de las liturgias; desconfiá de la bondad que llama a las decapitaciones, de la épica que engrosa la historia de la infamia, de la nobleza lírica en el derrumbe, de los que invocan la guerra para sostener sus pequeñas fortalezas. Desconfiá de la moneda falsa acuñada en la red de los intercambios. 

Desconfiá sobre todo del yo mentolado.

Y si alguien sostiene con su cuerpo otro horizonte –abrazalo hasta que su canto se confunda con la tormenta.  


* Estos textos forman parte del poemario Desde lejos, León: Eolas, 2020

 

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Yaiza Martínez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


«Armonio visceral» 

Durante la noche me desvelo, pero luego viene la confianza.

La mente aterrorizada por la corriente de aire que al infinito agujero se cae mientras los

órganos relativizan, tan campantes.  

Esta es la minucia que soy, hoja del océano, hoja de agua arrastrada; consciente de la simultaneidad.

¿Para qué temer?, los órganos me insuflan. 

Luego viene la mujer de la limpieza a hablar de meningitis y eutanasia y lo recogen todo

milagrosamente en la clave.

Será que el vientre madurado tiene otro cerebro 
y ahora veo con la lengüeta libre de la vaca 
esas correspondencias,
pienso
la música

 

 


«Lenguaje oral»


La mujer anduvo rebuscando entre los cachivaches hasta encontrar el diente y su

significado. 

Lo hizo con el amor que borra lo turbio y saca lustre al original; que eso traía en la

mano, supongo que por pertenecer, como yo misma, a la familia de los abedules. 

Me explicó que las dos éramos cuidadoras y creativas, como cualquiera que mastique

por el lado izquierdo sobre todo.

Entre tanta confidencia me dieron ganas de contar que se me había aparecido la diosa

Rati, un día, paseando con mi caballero.

Fue al final del verano, con el olor que bajaba del campo.

Pero al parecer ya lo decía todo la sola forma de mi dentadura.


* Dos poemas de Árula (inédito), noviembre-diciembre de 2020

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© Mamis & Mimos

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«Registro»

 

Francisco FERRER LERÍN

 

El color del verderol o verderón canadiense: azul-rojo

el color del fringilo de la isla de Timor: azul-verde

el color del cielo sin nubes

quinto del espectro solar

y que subido torna turquí

y aclarado celeste

y gríseo cárdeno eléctrico

y obscurecido suavemente mar o marino

el color principiante de mínimas frases de cosas útiles o inútiles

sajonia cobalto montaña ultramar o ultramarino o ultramaro

ciba champanagra alizarina berlín parís hamburgo

erlanger metileno lyón prusia toluidina

soluble (derivado del lyón)

y tripano y turnbull (parecido al prusia).

(1961)

 

 

La hora oval (1971)

Publicado en Registros el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, 2019

 

                «Una hoja sin árbol»   

Paul Celan                         
                       

para Bertold Brecht:

 

¿Qué tiempo es este
en el que una conversación
es casi un crimen
porque incluye
tantas cosas explícitas?

 

 

 

De Parte de nieve (1971)
Versión de José Ángel Valente

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«Corona»
Paul Celan

En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
regresa el tiempo a la nuez.

En el espejo es domingo,
en el sueño se duerme,
la boca dice la verdad.

Mi ojo asciende al sexo de la amada:
nos miramos,
nos decimos palabras oscuras,
nos amamos como se aman amapola y memoria,
nos dormimos como el vino en los cuencos,
como el mar en el rayo sangriento de la luna.

Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
tiempo es de que se sepa,
tiempo es de que la piedra pueda florecer,
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo.

Es tiempo.

De La arena de las urnas (1948). Versión de José Ángel Valente

 
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La gallina Ignacia y la Victoria de Samotracia

por Dr. Estulticia Plymouth Alfalfa

del Otro Ilustre Colegio Oficial de Pataphysica (OICOP)

 

En una oficina de empleo, una gallina espera su turno para acercarse al mostrador y ser atendida por un funcionario.

Funcionario: Buenas tardes. Nombre y apellidos, por favor.

Gallina: Soy la gallina Ignacia de Gallignácea.

Funcionario: Bien, señora gallina… ¿Qué desea usted?

Gallina: No, no, señora Ignacia de Gallignácea, por favor.

Funcionario: Bien, señora Ignacia.

Gallina: No, Ignacia de Galligggnácea (remarcando la g).

Funcionario: ¡Basta ya, señora Gallina SuperIgnacia! Tiene usted un nombre muy complicado para ser una simple gallina. ¿Qué desea?

Gallina: Verá, hace un año que ustedes no me llaman y he recibido una carta diciendo que tienen un trabajo para una servidora.

Funcionario: ¿¿Un año entero sin llamarle?? Déjeme ver su expediente. A ver… ¡Claro, mujer!, es que usted en sus preferencias marcó los puestos más demandados: animadora de supermercado de medusas en Ceuta y domadora de coliflores y endivias sin salsa roquefort. ¡Claro, señorita, solicita usted empleos por los que hay tortas! Bueno, déjeme comprobar, aquí está el empleo que se le ha notificado: Rejoneadora de corridas de caimanes para toros en territorio nacional, oferta de: TOCAOSA, Toros y Caimanes ácratas y ociosos S.A.

Gallina: Pero oiga, ¿son peligrosos?

Funcionario: ¡Qué va!... Los toros son todos portugueses y se sientan todos así muy juntitos, un público muy dócil y formal, muy entregado, créame. Fíjese, hasta el rejoneador más torpe siempre se lleva mínimo 2 pezuñas de caimán y da la vuelta al ruedo.

Gallina: ¡No, me refiero a los caimanes! 

Funcionario: ¡Ah, qué cosas tiene usted! ¿No ve que yo no nací en el río Orinoco ni en Segorbe, señora SuperIgnacia? ¿No ve que soy de Manchuria y que en Manchuria no hay corridas de caimanes para toros?

Gallina: No, mire, el caimán es un animal muy anguloso, así como con muchos recovecos, no leen nunca a Pérez-Reverte ni saben hacer arroz al horno los domingos. ¿No tiene algo así más de calle… estatua del museo del Louvre o locutor de canódromo?

Funcionario: ¡Es usted una gallina de lo más puntillosa, eh! Déjeme ver, ¡ah, sí, está usted de suerte! Aquí tenemos un puesto que igual le encaja, cocinera en un asador de pollos para pollos regentado por pollos.

Gallina: ¡Bueno, eso ya es avena de otra índole! ¿Y podré comerme a mis congéneres?

Funcionario: ¡Mujer, pues claro! ¿No ve que no hay leyes ni constitución ni estatuto de autonomía para pollos ni gallinas? ¡Cómase a sus congéneres tranquilamente señora! No se coarte, el canibalismo es muy socorrido y muy benigno, sobre todo tratándose de una misma familia de pollos y gallinas. Lo recomiendan hasta los homeópatas y los homeomuslos, ¡no le digo más!

Gallina: ¡Pues muy agradecida como gallina y, sobre todo, como futura caníbal!

Funcionario: Ah, de nada, de nada. Pase al siguiente mostrador para firmar la oferta de empleo.

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SÍLITHUS (un fragmento)*

Enrique Falcón

 

 

En sucesivas oleadas de tabaco

                            aquella mujer

[ XVII / N ]         aquella mujer pronunciaba

                            las palabras solamente inflamables

tras los accidentes de tráfico y los desastres aéreos.

Desde los andamios semintoxicados en los pináculos de las

            iglesias, –ella clamaba

Desde las menos atestadas correas de alimentación, –ella clamaba

Desde las plazas radiadas y sus torres albinas

Desde los lavabos de la muchedumbre, repleta de deudas

Clamaba

Desde las cabeceras de los comedores clandestinos

Desde las inmediaciones de los muros de contención (donde se

           arremolinan los curiosos y los hijos errantes)

Clamaba

Desde las contiendas de los analistas de datos

Desde las lenguas extranjeras con que aún se hablan los lobos

Ella clamaba

Desde los des filaderos que cruzan las ciudades semihundidas

Desde cada pieza de arte finalmente parasitaria

Desde la estribación del portento que aparecía en el cielo

Por cada hombre baldío

Por cada mujer baldía, –ella clamaba

Clamaba

Desde las estaciones de tránsito que ocultan los helechos

Desde la media distancia que nutre toda mano en las tramas del

            amor

Desde la vibración de los pájaros tras su cuerpo rechazado

Clamaba

Desde los matrimonios entre libros y ruecas

Desde las vigiladas frecuencias múltiples de la Radio Aliche

Desde los osarios esculpidos por las Guerras Térmicas

Ella clamaba

Desde las piras de grafeno en la Espera del Ajuar

Desde las noches arrítmicas concertadas con lúa

Clamaba

Desde las pirámides eléctricas de Talía Silenciosa

Desde las tres lenguas de la serpiente que bosteza en Nejustán

Por cada hombre baldío

Por cada mujer baldía, –ella clamaba

Clamaba

Desde las raíces menstruales, bajo los árboles-de-doce-frutos

Desde las gargantas de los asesinados por las Policías Radiales

Ella clamaba

Desde el mismo ritual supersticioso, el culto a la frigidez y al

            desgaste vacío

Desde los sepelios de los abatidos por misiles de crucero

Clamaba

Desde el alma de las ciudades, listas para la desolación y los

            Termocamu flajes

Desde los pulsadores de las autopistas antiguas y sus apoteosis de

            plástico, –ella clamaba

clamaba su ahoou desgastado

clamaba

por los hombres que acechan y tosen,

para todos los que escucharon y sintieron su frío

su ahoou comestible

para cualquier pobre insolente,

para quienes aún se adentran en ciudades tranquilas

y jamás las atraviesan a salvo.

 

Tiempo de cólera y tiempo de misericordia

 

 

 

* Nota de la redacción: estos versos forman parte del último libro de Enrique Falcón, Sílithus, obra editada por el sello La Oveja Roja cuya presentación en formato papel se vio truncada por la declaración del estado de alarma y el confinamiento de la población. El autor tomó la decisión de «liberar» la maqueta hecha por él mismo y regalar a la gente una parte sustancial del poemario, que hizo público en versión electrónica. Quisiéramos agradecer a Falcón su amable respuesta a nuestra petición de reproducir en Registros un fragmento de este libro hondo e interpelante.     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

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Ruth Miguel Franco

«Somme, 1916»

La materia tiene cuatro estados,
dos batallas.

La primera
batalla es la de fuera.
Allí los hombres mueren.
Y el primer estado de las cosas es el barro. 
Es muy grande. Cavan 
los hombres,
mastican,
tiritan, se arrepienten, son vencidos
por el barro
porque el barro es el primer estado de las cosas.

La materia tiene cuatro estados.
El segundo es la distancia.
No es lo mismo que el espacio:
en la zanja nadie puede abrir los brazos
y poniendo en fila las trincheras
se daría media vuelta al mundo.
El tercer estado es el que tiene
la carne justo antes de la herida.
Es como esperar, pero sin antes.

El cuarto
estado de las cosas
es un pájaro.

La materia tiene cuatro estados
(tres y medio si el pájaro está herido)
dos batallas.
En la batalla de dentro
alguien recoge colillas
pisoteadas
y las mira a contraluz.
Por encima de los campos de amapolas
un árbol también manco
también fuma.


«oración 2»

se desperezan
toman formas de cosas más bajas
sus límites se expanden hacia dentro
viven de sí. Son diminutos
se ríen, el espacio disponible
la tela horizontal y tristísima que envuelve
nuestras vidas
nace en su boca
son animal
son el animal y el agua que lo ahoga

 

nacida de mujer
vuelve con ellos

 

 


«las guerras subterráneas»

He venido a las guerras subterráneas.
Lo que hay dentro es pequeño, es redondo, tiene una querencia lenta, lenta y babosa hacia

la luz. Se gira. Lo que hay dentro se gira.
Es en todos igual. Yo me los cruzo. Cuando salgo de las casas, a veces cuando entro.

Somos transportados, nos movemos a la vez. Miramos fuera. Las ventanas del tren están

sucias, casi blancas, como leche congelada. Nos agitan.
Vemos casas, otras casas.
Lo que hay dentro es igual. Todas las bolas.
He venido a las guerras subterráneas. No sé qué defender.
Aprenderé de los bichos ciegos, los que se acurrucan. Los hay de todas clases. En la guerra

a veces ganan.
No siempre el animal, el poderoso. Sus patas son columnas. Los justos se refugian en su

vientre, no lo espanta el tambor, no teme el hierro.
Los justos luchan siempre más arriba. Yo no los veo. Yo conozco la luz, oh luz, oh también

superficie, pero no supe elegir.
Lo que amas mucho es mal campo de batalla.

* Estos poemas pertenecen al libro Guerra, que aparecerá próximamente en la colección Rayo Azul Poesía de Huerga y Fierro editores.

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Eva Vivancos


Hoy he comido con un dragón  

Me ha caído un rayo de sol en la ensalada  

Y a la camarera

Se le ha olvidado traerme la cuchara  

Luego, me he ido a casa  

Y hemos jugado a los dinosaurios  

Mientras yo te hablaba de las nubes  

Y tú intentabas borrarme un lunar de la nariz  

Así fue como empezó una guerra de cosquillas  

Que ganaron los gemidos y, por tanto, nadie perdió  

Ha sido un día precioso  

Aunque tú no estabas 

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Sharon Olds

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«The Unborn»

Sometimes I can almost see, around our heads,
Like gnats around a streetlight in summer,
The children we could have,
The glimmer of them.

Sometimes I feel them waiting, dozing
In some antechamber - servants, half-
Listening for the bell.

Sometimes I see them lying like love letters
In the Dead Letter Office.

And sometimes, like tonight, by some black
Second sight I can feel just one of them
Standing on the edge of a cliff by the sea
In the dark, stretching its arms out
Desperately to me

 


 

«El no nacido»

 

 

A veces casi puedo ver, alrededor de nuestras cabezas,

Como mosquitos alrededor de una farola en verano,

Los hijos que podríamos tener,

Su resplandor.

 

A veces los siento esperando, dormitando

En alguna antecámara, sirvientes, a punto

De atender la campana.

A veces los veo tendidos como cartas de amor

Devueltas en la oficina de correos.

 

Y a veces, como esta noche, por algún negro

Presagio, puedo sentir solo a uno de ellos

En el borde de un acantilado junto al mar

En la oscuridad, estirando sus brazos

Desesperadamente hacia mí.

 

 

Traducción de Jesús García Cívico

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