Música

Registros núm. 2

American heads de The Flaming Lips: Javi Barcia

Entrevista a Txema Mendizábal: Juan Pablo Merita

Registros núm. 1

The Unraveling, Drive-By TruckersJavi Barcia

American Head, The Flaming Lips (2020)

Javi Barcia

 

Los labios flameantes tienen programado para el próximo 22-23 de enero de 2021 en la sala Criterion de su ciudad natal, Oklahoma City, el primer concierto burbuja o anti-COVID de la historia. Tanto los miembros del grupo como el público asistente, 100 personas, estarán metidos en burbujas de plástico individuales, precaución que evitará  cualquier tipo de contagio.

 

Aunque el ensayo de este concierto ya tuvo lugar el mes octubre de este bizarro –por insólito– año 2020, la afición de meterse en burbujas espaciales no es nueva para estos chicos, pues cualquiera que haya asistido en los últimos años a un concierto de los Flaming Lips –actuaciones o, mas bien, espectáculos de singular tono festivo– habrá podido volear junto al resto del público al líder del grupo, Wayne Coyne, embutido en su burbuja de plástico.

 

Los conciertos en su ciudad natal no van a ser los únicos que «celebren» los Flaming Lips, ya que han anunciado gira de su último álbum con este mismo formato. ¿El concierto del futuro?

 

Este último disco, American Head (2020), es la culminación del itinerario experimental iniciado por Flaming Lips en Zaireeka (1997) –una compilación de cuatro discos que podían escucharse separadamente o en grupos de dos, tres y cuatro con múltiples aparatos estéreo– y que continuó de forma mas convencional en su siguiente trabajo, Soft Bulletin (1999), considerado una verdadera obra maestra.

 

Este nuevo tránsito se caracteriza por el dominio absoluto de los sintetizadores, con grandes arreglos orquestales, y por un experimentalismo vehiculado a través de diversos estilos  –el free jazz, el pop-rock y la música sinfónica– que, mediante capas de sonidos y voz, crea ambientes cósmicos con la ciencia ficción como telón de fondo.

 

Pues bien, American Heads es el mejor trabajo realizado desde Soft Bulletin, aunque el combo de Oklahoma llegase a momentos verdaderamente excelsos en discos como Yoshimi Battles the Pink Robots (2002), Embryonic (2009) y The Terror (2013). Este disco, que combina preciosas melodías con las más descarnadas letras autobiográficas escritas por los Flaming Lips hasta la fecha,  puede considerarse una bella cristalización del largo camino emprendido hace veinte años.

 

Las canciones de American Heads describen la inocencia perdida por el consumo de psicotrópicos. Si en el siglo XIX los artistas hicieron uso de sustancias alucinógenas para adentrarse en viajes a través de la mente y buscar estímulo o inspiración para elaborar sus obras –así, De Quincey en sus Confesiones de un fumador de opio, Edgar Allan Poe en sus cuentos de terror o Berlioz en su inspirada Sinfonía Fantástica, entre otros muchos–, desde finales del siglo pasado relatan las nefastas consecuencias de tan arriesgada travesía. Parafraseando al bardo inglés en boca de Hamlet, si la muerte es esa «incógnita región de donde nunca torna el viajero», en el viaje alucinógeno el viajero vuelve para contarlo, aunque no siempre.

 

Ahora el artista, decimos, muchas veces vuelve del viaje alucinógeno para dar cuenta de tan desatinado trayecto. William Burroughs y Aldous Huxley, entre otros, ya nos contaron sus experiencias con el LSD. También es conocida la relación desmedida con el alcohol de escritores como Bukowski, Hemingway y Dylan Thomas. Más recientemente, autoras como Leslie Jamison han testimoniado lo que supuso crecer en un ambiente tan pernicioso.

 

En la cultura pop, el verano del amor está perfectamente representado por grupos como Grateful Dead y The Doors o por «heroínas» como Janis Joplin. Y nuestros héroes también ponen su granito (tal vez deberíamos decir su gramito) para narrar sus experiencias bajo el efecto de las drogas. Autobiográfica, decíamos, pues el propio Steven Drozd, compositor principal de los Lips, luchó contra su adicción a las drogas hasta 2001.

 

No en vano, los Flaming Lips son seguidores confesos de los Pink Floyd de Syd Barrett, y tampoco es casualidad que en 2009 versionearan todos los temas de The Dark Side of the Moon, álbum conceptual realizado bajo el «influjo» de Roger Waters en 1973.

 

Nadie duda de la influencia bajo la que fueron grabados The Piper of the Gates of Dawn, de Pink Floyd, Theirs Satanic Majesties Request, de los Stones, y Sargent Pepper’s Lonely Heart Club Band, de The Beatles, ya que, a estas alturas, nunca mejor dicho, todos sabemos qué hacía «Lucy en los cielos con diamantes», canción de la que los Lips también hicieron una versión acompañados de Miley Cyrus.

 

Curiosamente, este disco es el que más suena a Neil Young, eterno héroe de estos muchachos que rondan los sesenta. Es memorable la versión que hicieron en 1989 de «After the Gold Rush» en un disco homenaje al «padrino del grunge». De hecho, los Flaming Lips comenzaron con un estilo rockero sucio y ruidoso, y pasaron por la psicodelia antes de acabar produciendo música cósmica y melancólica.

 

American Head comienza con «Will you return/When you come down»: un sencillo teclado con la sugerente voz de Wayne envuelta por una voz femenina que se intensifica con los redobles de la batería de acompañamiento. Sí, el grupo, inicialmente configurado como un cuarteto, que siguió como trío, ha ido añadiendo músicos, al igual que otras bandas de pareja madurez –léase Wilco–, hasta engrosar una banda con distintas secciones musicales. Y así, como en un trabajo conceptual al genuino estilo de los setenta, van desgranándose por arte de ensimismamiento las canciones que conforman el disco, sirviendo de puente la misma voz femenina, intensificada por el bajo de Michael Ivins en «Wachtching Bugg Glow».

 

La sorpresa, anunciada, viene con «Flowers Neptune 6», una canción puro Neil Young, con redoble, otra vez, de la batería de acompañamiento. «Dinosaurs On the Mountain» es una bellísima melodía que evoca «Lucy in the Sky with Diamonds», y ahí está dicho todo. Y otra vez, con «At the movies On Quaaludes», se repite la formula, pero sin cansar, como si estuviéramos «emparrados» viendo mariposas y pompas de jabón…  «You and me …me and you…».

 

Con «Mother I’ve taken LSD» llega la confesión a la madre… un canto a la libertad y, por qué no, a la irresponsabilidad, una confesión al ser que nos ha traído al mundo que culminará con la canción más bella del disco, precedida de otras dos, «Brother Eye» y «You n me sellin’ Weed», con las que se crea un ambiente propicio de voces y sintetizadores, con vacas y todo.

 

Y, ahora sí, comparece «Mother Please Don’t be Sad», una canción que comienza al más puro estilo fúnebre de las big bands de New Orleans, con piano y trompeta, y que nos emociona hasta las lágrimas, porque eso es lo que pretende: que lloremos ante el anuncio de nuestra muerte a la misma madre. En «When we Die when we’re High», la canción se alarga con alardes de música orquestal sintetizada por Steven Drozd, auténtico director de la orquesta.

 

«Assasins of Youth» retoma el tono que predomina en todo el álbum, y lo hace con un toque de Neil Young tamizado, cómo no, por los sintetizadores.

 

En «God and the Policeman», Wayne Coyne, acompañado de Kacey Musgraves, nos devuelve al territorio común de los Flaming Lips, con sonido de sirena de policía incluido. American Head, un bello trabajo, finaliza con «My Religion is You», otra preciosidad que canta a la libertad de credo, incluyendo la no religiosa, y que refleja una actitud genuinamente existencialista.

 

Entrevista a Mendizábal. La discreción de uno de los grandes

por J. P. Merita

 

Txema Mendizábal (Bilbao, 1975) es un músico vasco afincado en Valencia desde 1994. Tras una prolongada trayectoria en la que actuó y grabó con multitud de músicos y formaciones tanto de Valencia como del resto de España, en 2016 publicó su primer disco en solitario, Golpe de estado (La Viejita Música), y en 2019 vio la luz en el mismo sello su segundo trabajo, Disparo revelador, álbum que cosechó muy buenas críticas y que presentó en una gira de ámbito nacional.

Mendizábal es un músico con una dilatada y amplia experiencia. En 2016 sorprendió a todos e inició una carrera en solitario con su formación, Mendizábal. Sus canciones, permeadas de influencias del pop y del folk y caracterizadas por sus melodías trabajadas, sus muy cuidados arreglos y unas letras en ocasiones cercanas a lo poético, desgranan talento, elegancia y buen gusto a partes iguales.

Además, Txema se confiesa «valenciano vocacional» –es el único miembro de toda su familia que se ha quedado a vivir en Valencia–, y no olvida seguir la clasificación de su Athletic de Bilbao, pero también la del Levante U.D., querencia que se explica por los muchos años que ha vivido entre nosotros.

J. P. Merita: Txema, antes de lanzar tu carrera musical en solitario fuiste uno de los músicos que acompañaban al cantautor valenciano Manolo Tarancón y formaste parte de otros grupos valencianos como Star Trip, Nanga Parbat, Fernando Maés, Perdido y la octubre band y Powderfingers, banda, esta última, de versiones de Neil Young. En estudio, has participado en la grabación de álbumes de Sr. Chinarro, los valencianos Cat Club, Guille Dinnbier, Lauda, Desayuno o Moonflower, y tuviste ocasión de tocar en directo con Nacho Vegas, Wiretree, Nick Garrie o Furious Planet. ¿Con cuáles de todos ellos te gustó más tocar en directo o grabar? ¿Disfrutaste especialmente de algún concierto o grabación?

Txema Mendizábal: Guardo recuerdos y momentos especiales de cada uno de los proyectos en los que he participado y he ido aprendiendo de todas las bandas y músicos que mencionas, pero, por ejemplo, tocar como miembro de la banda de Nacho Vegas en directo fue especial. También disfruto muchísimo cuando toco con amigos de casi toda la vida como Star Trip, Manolo Tarancón o Powderfingers.

J.P.M. Las letras y melodías de tus canciones se perciben muy mimadas y elaboradas. ¿Cuáles son tus influencias musicales y literarias?

T.M. Procuro cuidar mucho las letras de mis canciones, creo que es el vehículo para expresar lo que sentía en momentos importantes en mi vida. Mis principales influencias provienen de autores y músicos con los que he compartido estudio, escenario y/o cervezas. No tengo fetiches a la hora de leer; me río con  Bukowski, me gustan las novelas de José Ángel Mañas y las de la serie Carvalho, de Vázquez Montalbán. Últimamente he disfrutado mucho con Juan Marsé. No soy un devorador de libros en sentido estricto, pero siempre tengo alguno cerca pendiente para leer o por acabar.

 

J.P.M. ¿Qué diferencias podemos encontrar entre tu primer y segundo disco? ¿De cuál estás más satisfecho con el sonido y el resultado?

T.M. Creo que hay dos diferencias fundamentales. La primera es que, obviamente, las canciones están compuestas en momentos diferentes de mi vida y eso afecta a su temática. La segunda es la producción. Durante el primer disco, trabajé con Carlos Soler, que posteriormente sería parte fundamental de mi banda; no sabía muy bien el tipo de sonido que buscaba, ya había grabado con él para otros proyectos y entre los dos hicimos un primer disco del que me siento muy orgulloso. Para el segundo disco quería un sonido más orgánico, que sonara a directo y sin mucho arreglo, y elegí a dos músicos y productores a los que admiraba pero que no conocía, Xema Fuertes y Cayo Bellveser, para grabar en su estudio Río Bravo y creo que di en el clavo.

No pienso decantarme por ninguno de mis dos retoños: estoy plenamente satisfecho tanto de Golpe de estado como de Disparo revelador.

J.P.M. ¿Qué ideas tienes para el futuro? ¿Seguirás con otros proyectos y grupos, además de Mendizábal?

T.M.: Quiero seguir enriqueciéndome tocando con otros músicos y autores. Por ejemplo, estos últimos meses estoy tocando bastante con Ela Vin en un proyecto de Esther Vinuesa que mola mucho. Con respecto a mi proyecto, no sé si sacaré un tercer disco o si iré grabando y mostrando canciones a medida que las vaya componiendo.

J.P.M. ¿Qué discos no pueden faltar en tu casa?

T.M.: Darkness on the edge of town, de Springsteen, Nashville, de Josh Rouse, O, de Damien Rice, Gold, de Ryan Adams, No me iré mañana, de Antonio Vega, Desde que no nos vemos, de Enrique Urquijo o Daiquiri blues, de Quique González, por nombrarte algunos.

J.P.M. ¿Unas cuantas canciones preferidas?

T.M. «Páginas tuyas», de Fabián, «Dos días de tregua», de Manolo Tarancón, «Tal para cual», de José Moreno, «La violencia de las nubes», de Llorente o «Valtari», de Ela Vin.

J.P.M. ¿Qué grupos y discos estás escuchando últimamente?

T.M. Nada nuevo, lamentablemente no escucho mucha música últimamente y, si lo hago, me cuesta hacerle un hueco entre mis escuchas habituales. Siempre me ha fastidiado no ser capaz de detectar un «pelotazo» a primera escucha, me ha pasado pocas veces y estoy seguro de que se me han escapado grandes obras por culpa de esta incapacidad.

J.P.M. ¿Qué conciertos a los que has ido recuerdas con más cariño?

T.M. Todos los de Springsteen y los Stones a los que he ido, uno de Peret que fue una mezcla de concierto y entrevista que le hizo Juan Puchades (impresionante) o uno de MClan al que fui en el año 97 (sus dos primeros discos me parecen magníficos).

J.P.M. Dejaste tu Bilbao natal en 1994 con 19 años para residir en Valencia. ¿Cómo percibiste el contraste entre el problemático País Vasco de aquellos años y Valencia?  ¿Cuál es tu percepción actual al respecto?

T.M. Lógicamente, en Bilbao todos éramos conscientes de la problemática existente por aquel entonces, pero en el día a día no me afectaba de manera directa. Recuerdo que me enfadaba soberanamente que, cuando ya vivía en Valencia, todo el mundo me sacara el tema. Me daba la sensación de que estaban buscando mi posicionamiento para darme su aprobación. Mi percepción actual es que las dos ciudades son parte de mi vida. Pienso que, con sus luces y sus sombras, ambas son maravillosas.

J.P.M. Incidentalmente, Txema comenta el gran contraste que advirtió entre los murales y las pintadas del Bilbao de la década de los 90 y los (para él) sorprendentes grafitis con declaraciones románticas o amorosas del nuevo cauce del río Turia. Por último, la pregunta más reveladora. ¿Qué dirías que es más alto? ¿Un sacapuntas de la República de Togo o un estuche de lápices senegalés?

T.M. En la República de Togo se llama sacapuntas a un artilugio utilizado para afilar troncos. Supera, por tanto, a un estuche de lápices, que es de igual tamaño en Senegal que en L’Horta Nord.

©Jorge Bellver

 

The Unraveling, Drive-By Truckers (2019)

 

Javi Barcia

 

 

En su anterior y excelente trabajo, American Band (2016), la banda de rock sureño Drive-By Truckers (D.B.T) se contagiaron del pesimismo generalizado de sus colegas de profesión, sumándose a la larga nómina formada por Green Day, Neil Young, Franz Ferdinand, Will Hoge y Twin Peaks, entre otros grupos y solistas que escribieron unas canciones impregnadas de tintes apocalípticos ante el previsible e inminente triunfo del candidato republicano a la presidencia, Donald Trump. Aquellas composiciones  barruntaban lo que podría llegar después, esto es, el declive del denominado sueño americano –o lo que los D.B.T. llaman utopian dreams– y su irremediable transformación en un escenario de pesadilla caracterizado por un evidente retroceso de los tímidos logros alcanzados por Obama en lo que respecta a los derechos civiles. Un escenario, por otro lado, bien distinto al ideario fundacional de los sesudos padres de la patria americana, léase George Washington, Benjamín Franklin y otros de los firmantes de la Constitución americana de 1.787. Aquel programa basado en el pensamiento ilustrado progresista se adelantó a la modernidad que años más tarde se respiraría, de forma más o menos cruenta, en la vieja Europa, si bien hay que anotar que, en el otro plato de la balanza, campea el puritanismo más recalcitrante y retrógrado, otro de los pilares sobre los que se funda la «cultura» americana.

Remitámonos a los hechos: desde la regresión en la igualdad de género hasta la vuelta al racismo e intolerancia ante la inmigración, desde una patente falta de sensibilidad en materia medioambiental hasta la pasividad ante –y aun el fomento de–  la violación de derechos humanos más elementales mediante la tortura, ello al margen de la  pervivencia de la pena de muerte.

Ahora, en su último trabajo, The Unraveling  (2019), la  pesadilla se ha hecho realidad, y los disipados «sueños utópicos» son descritos como una distopía. D.B.T. contextualizan este panorama en los mundos de William Gibson, aclamado escritor americano de novelas de sci-fi, padre del ciberpunk y creador del término  «ciberespacio».

¿Qué dirán ahora los D.B.T.? Que, con posterioridad a la edición de su último trabajo y en cumplimiento de su profecía, ha emergido una pandemia que nos ha obligado a relacionarnos de forma cibernáutica y virtual, como vislumbró Gibson en sus novelas

Musicalmente, los D.B.T. –de Athens, Georgia, como los REM, aunque sus líderes, Patterson Hoods y Mike Coolney, son originarios de Alabama– han demostrado su enjundia bebiendo de las raíces de rock y blues sureños a través del sonido stoniano, pues los Rolling Stones reinterpretaron el rock americano en su vertiente country pasando por su caleidoscopio la música de Gram Parsons, el padre del country rock, de quién se dice que fue inspirador y estuvo presente en la grabación de la canción «Wild Horses», incluida en el álbum Sticky Fingers, y que grabó con los Flying Burrito Brothers antes que con los Rolling Stones. Gram Parsons, que había compartido apartamento con Keith Richards, se trasladó en el verano de 1971 a Ville Necôlte, mansión ubicada en la Riviera francesa donde la banda británica estaba grabando su siguiente álbum, Exile on Main Street, probablemente su mejor disco y que, evidentemente, está influido por Parsons.

Pero no solo hay influencia de los Stones en estos auténticos héroes del rock sureño. No por casualidad, la obra maestra de D.B.T es una ópera rock, Southern rock opera (2001) cuyo leitmotiv es la vida de los Lynyrd Skynyrd (pronúnciese Len-erd Sken-erd), de los que D.T.B. son acérrimos seguidores. Cabe, además, hacer referencia al ascendiente que sobre ellos ha ejercido la música de The Replacements, The Allman Brothers Band, The Faces, REM y otras lumbreras del rock.

El disco comienza con una balada country protagonizada por un piano y acompañada por violines escrita por Patterson Hood, «Rosemary with a bible and a gun», cuya protagonista parece sacada de un relato de Flannery O’Connor.

Patterson Hood es coautor de las canciones y colíder de la banda junto a Mike Cooley, si bien siete de las nueve canciones compuestas en este álbum corren a cargo del propio Patterson y su partner asume un muy discreto papel. Este hecho, junto a un evidente cambio de estilo (¿de rumbo?), podría presagiar el inicio de la carrera en solitario de Patterson.

«Armageddon’s back in town» es una canción, más bien la única, que nos resitúa en el sonido rockero de los D.B.T., una pieza ejecutada de forma prístina –resultado de la depuración de toda suciedad– con grandilocuentes arreglos de teclado y una espectacular instrumentación a modo de coda final.

En «Thought and Prayers», Patterson nos recuerda que los D.B.T. también beben de las fuentes del llamado «alto country», pues por algo amamantaron como Loba capitolina a Jason Isbel, quien engrosó las filas de la banda en tres de sus trabajos antes de iniciar su imparable carrera en solitario. En «21st Century Usa», Patterson se muta en el mejor Neil Young para contarnos una historia fronteriza y pesimista de un mundo cada vez mas consumista y desnaturalizado, si bien el texto deja entrever un tenue atisbo de esperanza.

De las dos canciones que firma Mike Cooley, «Grievance Merchants» nos devuelve al más genuino estilo DBT, tamizado, no obstante, por la languidez, dado que su letra está permeada por el pesimismo y la desesperanza.

En general, el último álbum de los D.B.T. transmite la frustración por los  sueños rotos y la desesperanza ante una cultura declinante. Títulos como «Heroin again» y «Babies in cages» no dejan mucha cabida al optimismo y confirman que The Unraveling  es el trabajo más oscuro realizado por la banda hasta la fecha. Este veterano grupo sigue, en cualquier caso, produciendo buena música. Deseamos que este último disco no sea su canto de cisne y esperamos que nos deleiten con nuevas historias en tiempos más prometedores.

 
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