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Música

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Registros núm. 3

Love is the King (Jeff Tweedy, 2020): Javi Barcia

Lauryn Hill, MTV Unplugged 2.0: 20 años después: Sylvain Pernet
 

Registros núm. 2

American heads de The Flaming Lips: Javi Barcia

Entrevista a Txema Mendizábal: Juan Pablo Merita

Registros núm. 1

The Unraveling, Drive-By TruckersJavi Barcia

Love Is the King (Jeff Tweedy, 2020)

Javi Barcia 


 

 

Jeff Tweedy comenzó su trayectoria musical trabajando en una tienda de discos de Chicago, como Barry y Dick –cómplices de Rob Fleming, propietario de un comercio del mismo gremio en Londres y personajes protagonistas de Alta Fidelidad (Nick Hornby)–. 

A la tierna edad de diez años, el Jeff preadolescente se destetó con London Calling, de The Clash, álbum cuya compra reclamó a su madre en un Target –cadena de grandes almacenes en Estados Unidos– apelando a su más que alta fidelidad como «compañero de hacer la compra» después de leer una reseña publicada en la revista New Musical Express y de conseguir despegar con perseverancia el adhesivo de advertencia «Contenido explicito, lenguaje ofensivo» de la portada del disco. 

Unos años antes, a la edad de ocho años, después de grabar en un casete un programa de radio sobre el disco Born to Run, el Jeff niño contó a sus compañeros del instituto de su pueblo, Beleville, que era el compositor y el cantante y que tocaba todos los instrumentos. Todo ello lo relata Tweedy en su autobiografía, Let’s go (So We Can Get Back).

Pero el hecho de que Jeff Tweedy trabajara en una tienda de discos no es su único vinculo con la novela de Hornby. 

Si el Mississipi Nights –local de conciertos de St. Louis donde a los quince años vio por primera vez a sus idolatrados The Replacements– fue el garito en el que más bolos hizo con su primera banda, Uncle Tupelo, y en el Cicero’s, sala de la misma localidad, presentó al mundo a su actual banda, Wilco, el Lounge Ax de Chicago fue el recinto en el que Jeff se instaló como si fuera su segunda casa. 

El Longue Ax está ubicado junto a un callejón donde John Dillinger, famoso gánster conocido como «el Enemigo Público número 1» que se desangró hasta morir tras ser abatido por el FBI. En este mismo local se grabó una escena de la película homónima Alta Fidelidad, ambientada en Chicago –no en Londres, como en la novela– en la que el personaje encarnado por John Cusack va a ver a la banda de Lisa Bonet.

Pues bien, en el Loungue Ax, que es más que un local de conciertos –al igual que El Loco de Valencia, considerado, entre otros muchos, por el que suscribe, «el mejor local del mundo»– Jeff conoce a los 19 años a la que sería su mujer, Susie, una encargada nueve años mayor que él. En esta sala, y una vez mudado a Chicago, Jeff no solo asistió a conciertos de infinidad de grupos, sino que tmbién tocó con sus propias bandas, Uncle Tupelo y Wilco. En el Loungue Ax también celebró acontecimientos familiares y crió a sus dos hijos, Spencer y Sam, que han tomado el testigo de sus derroteros musicales.

El encierro pandémico en su vertiente «asocial» ha dado para mucho a quienes han querido y podido. A Jeff Tweedy le ha permitido grabar junto a sus hijos ya criaditos su segundo disco en solitario, Love Is the King (2020), así como escribir su segundo libro, How to write one song.

Con Spencer a la batería, Sammy en los coros y como delivery boy, y el propio Jeff Tweedy como compositor y cantante al mando del aparato instrumental –esta vez de verdad, no como en la «peculiar» versión que en su día contó a su compañeros de instituto sobre el disco de Bruce Springsteen–,  han grabado en The Loft en Chicago –el búnker-estudio de grabación de Wilco– un magnífico disco. Me explico. 

Estamos ante un disco «catártico» en el que, siguiendo la estela de su primer trabajo en solitario, un Jeff maduro ha escrito sus canciones mas directas, personales y autobiográficas hasta la fecha.

Y es que Jeff Tweedy lo ha hecho todo en música y, como en su vida, ha convertido cada una de sus crisis en una oportunidad. 

Como he dicho, Tweedy se inició con una banda de country-rock, Uncle Tupelo, banda que, una vez grabados cuatro discos, editó el último con la multinacional Warner y se disolvió por las discrepancias entre Jeff y el, co-leader, Jay Farrah, controversias motivadas, en gran medida, por la propensión de este último a adquirir protagonismo: pasó del bajo a la guitarra y a cantar, así como  a componer sus propias canciones junto a Farrah, grupo formado en los inicios con miembros de la propia familia de Jay. 

Inmediatamente después de la disolución de Uncle Tupelo, Jeff formó Wilco, grupo que desde el principio cosechó éxitos y se convirtió en una banda reconocida mundialmente. 

El primer disco de Wilco, A.M. (1995), puede considerarse como una prolongación magistral del country-rock de Uncle Tupelo. Al año siguiente, graban su segundo trabajo, Being There (1996), disco doble que atesora verdaderas gemas de rock americano y que fue seguido por Summerteeth (1999), álbum en el que, abandonadas por completo las influencias de country-rock, despliegan el mejor pop con reconocibles influencias de Brian Wilson y Big Star. 

Mientras tanto, Wilco ficha al multi-instrumentista Jay Bennet, pero sus tensiones con Jeff Tweedy acaban provocándole vómitos a Jeff, apodado «el migrañas» a partir de esta época, vínculo que termina con el divorcio de tan genial y productivo maridaje y que coincide con el cambio de sello discográfico (Nonesuch records) en Yankee Hotel Foxtrot (2002), verdadera joya experimental que los catapulta al olimpo de las grandes bandas de los noventa y que les permite codearse con bandas como Radiohead, The Strokes, ect., algo más que meritorio para un grupo cuya música es catalogada con la huera denominación de «americana».

En el impasse entre Being There y Yankee Hotel Foxtrot, y en colaboración con Billy Bragg, graban Mermaid Avenue Vols. I y II (1998 y 2000). En ambos discos, Jeff Tweedy y Jay Bennnet ponen música a letras de Woody Guthrie, mítico músico y cantautor folk que grabó en su guitarra la célebre leyenda «Esta máquina mata a fascistas» y al que un crío llamado Robert Allen Zimmerman (a.k.a. Bob Dylan) fue a visitar colándose en la habitación del hospital donde, moribundo y solitario, yacía en sus últimos días. Junto a la obra de algunos miembros de la generación beat –Allen Ginsberg y Kerouac–, Guthrie conformó el ideario inspirador de Dylan.

Posteriormente, Wilco ha grabado siete discos más, desde A Ghost is a Born (2004), ganador de un Grammy al mejor álbum de rock alternativo,  hasta Ode to Joy (2019).

Al igual que otros integrantes de Wilco, Jeff Tweedy ha puesto en marcha diversos proyectos, entre ellos Golden Smoog (banda formada por miembros de Wilco y The Jayhawks), Loose Fur, y Sukierae, y ha colaborado con músicos como The Minus 5. También ha compuesto la banda sonora de la película Chelsea Wall, dirigida por el actor y escritor Ethan Hawke y ha producido varios discos a Malvis Staples, mítica voz que acompañó en su despedida a The Band, formación de acompañamiento de Dylan, eventos plasmados en The Last Walz, película documental dirigida por Martin Scorsese.

Si en los setenta los Rolling Stones ya contaban con avión privado, sello discográfico propio, e instrumentos diseñados por la NASA, cincuenta años mas tarde Wilco no solo cuenta con sello discográfico: también tiene un festival, el Solid Sound.

Wilco está integrado en la actualidad por seis talentosos músicos finalmente reclutados en 2004 gracias a la intervención de John Stirrat, bajo y compañero de Jeff Tweedy desde los tiempos de Uncle Tupelo, cuando Jeff estaba desintoxicándose de la ingesta compulsiva de alcohol y barbitúricos para mitigar sus migrañas. 

Resta decir que Tweedy ha grabado con Wilco magníficas versiones. «One Hundred Years from Now», de los Byrds, que aparece en un disco homenaje al incomparable Gram Parsons, «The Love will find you in the End», de Daniel Johnston, «I love my Label», de Nick Lowe, grabada con motivo de la aparición de su propio sello discográfico dBpm, y la jovial «(What’s So Funny ´Bout ) Peace, Love and Understanding», de Elvis Costello. El propio Jeff Tweedy, tiene una magnífica versión de «Simple Twist of Fate», de Dylan, que podemos escuchar (y apreciar) en la banda sonora de la película I’m Not There (2007), de Todd Haynes, multibiografía del único músico premio Nobel hasta la fecha. 

En fin, Jeff Tweedy, que pasó de grabar música de forma directa en el estudio de grabación en la época de Uncle Tupelo realizar mezclas y sobreponer sonidos con Wilco –como las transmisiones de espías de la Guerra Fría que obtuvo de un CD llamado The Conet Project y que aparecen en el Yankee Hotel Foxtrot–, ahora tiene una gran banda que ha retornado a la sencillez mas absoluta.

En las letras, también ha ido conformándose la sencillez y el sentido: Tweedy confiesa que al principio mezclaba verbos y sustantivos al azar, dado que primaba la música. No obstante, en la letra de «Ashes of American Flags» de Yankee Hotel Foxtrot, se detecta la influencia de las primeras 150 páginas de Trópico de Cáncer de Henry Miller. Es, además, un admirador confeso de Emily Dickinson. Durante años sus letras constituían un autentico galimatías. 

Después de escribir dos libros, perder a sus padres, deshabituarse del alcohol y los barbitúricos, acompañar a su mujer en la superación de un segundo cáncer, criar a sus dos hijos y conformar una banda de nivel internacional, el maduro Jeff Tweedy escribe canciones pensando exactamente en lo que le gustaría decirle, a alguien como tú y como yo. Y lo consigue…

En Love Is the King dominan las canciones de melodía folk mas bien lentas, pero también los medios tiempos, y es precisamente en estas canciones donde Jeff Tweedy despliega una virtuosística sencillez. 

En «Opaline», una auténtica road song, parece que viajemos en una  camioneta con pickup mascando regaliz: la voz de Tweedy se convierte por momentos en la de un Johnny Cash acompañada de riffs y punteos que nos guía hasta el final. Efectos en la guitarra que ya han aparecido en la primera canción, «Love is the King», que da título al disco, demostrando que Jeff se las apaña muy bien solo en compañía de la parsimoniosa batería de su hijo Spencer.

«Even I can see», es una preciosa balada country en la que declara, más bien nos declara, el amor hacia su mujer. «Gwendolyn» remite a  The Band.  «A Robin Or a Wren» es una canción country-rock como la deliciosa y campestre «Natural Disaster», en la que destaca el gran efecto de los coros.  

«Guess Again» es un canto al optimismo, al amor y a las flores del campo: lo mejor de la vida. Especialmente memorable es la dylaniana «Troubled». El disco finaliza con un título que le viene al pelo, «Half-Asleep», que nos invita a imaginar al autor abriendo la nevera a media noche para tomar un vaso de leche.

Love is the King no solo es un ejercicio intimista de sinceridad, sino también una demostración de que la pandemia brinda la oportunidad de hacer balance de situación: valorar, rectificar y reinventarse, así como apreciar las cosas mas genuinas de la vida como el amor a la familia. 

Vámonos (para poder volver), el título de la autobiografía de Jeff Tweedy, está inspirado de una frase de su padre que utilizaba a menudo para animar a sus hijos a salir de la zona de confort… aunque esa salida les permitiera volver mas tarde. No es casual que en la portada del disco aparezca una foto de Robert Capa con un soldado en el desierto de Túnez.

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Lauryn Hill, MTV Unplugged 2.0: 20 años después
Sylvain Pernet

 

 

 

 

 

Hace 20 años, en julio de 2001, en los estudios MTV ubicados en Times Square, Nueva York, se grabó un directo acústico de la entonces reina de una generación, Mrs. Lauryn Hill.


¿Qué queda, dos décadas después, de ese ovni musical, de un disco que fue criticado y machacado por el público, pero sobre todo por los profesionales de la industria musical, quizá como ningún otro en la historia del pop? MTV Unplugged 2.0 es un álbum que, precisamente por la reacción airada que generó, se ha vuelto mítico para bien y para mal. Una prueba incidental de su relevancia es el juicio que en su día vertió un ejecutivo de Sony, para quien el disco de Hill «habría hecho que cualquier otro artista fuese asesinado». Nada menos.


Intento hacer memoria y la verdad es que no tengo un recuerdo nítido de todo lo sucedido entonces, pues yo era muy joven, pero recorrer el camino que transitó Hill fue todo un descubrimiento. 


Musicalmente, estamos hablando de un álbum minimalista de formato desenchufado que reúne 13 canciones totalmente inéditas interpretadas por una Lauryn Hill sola en el escenario y acompañada por su guitarra, instrumento que no dominaba del todo. En aquel entonces, decidió dejar atrás el rap y el soul que tanto éxito le aportaron con los Fugees y después con The Miseducation of Lauryn Hill (1998), el único trabajo de estudio de la diva –término para nada despreciativo en este caso– hasta la fecha.


Mientras escribo estas líneas, vuelvo a escuchar el álbum y me resulta difícil entender, desde un punto de vista amateur, el despiadado ataque de la crítica a los sosegados, pulidos y lánguidos temas de este interpelante álbum acústico, entre ellos «Adam lives in theory», «Mr. International», «Oh Jerusalem» o «So much things to say». 

La ambigüedad de la autenticidad en la mujer artista


Al parecer, el «pecado» de Mrs. Hill no era imputable a su música, aunque se hizo acreedora de venenosos reproches al respecto: «[…] solo domina tres acordes», «[…] temas interminables y poco trabajados», «[…] llanto insoportable», etc. No, lo que realmente molestó a los críticos, a la industria del entertainment –y, también, aunque en menor medida, al público– fueron las formas de Mrs. Hill. Su sinceridad, su honestidad y el simple hecho de aparecer en el escenario tal y como era –y no como querían que la viésemos– incomodaron hasta tal punto que la artista afroamericana, destinada a reinar, no volvió a publicar ningún disco y se construyó (le construyeron) una reputación de diva –en este caso, el término sí tenía una connotación negativa–, de loca que cobraba por sus entrevistas, que tenía problema con el fisco y que llegaba tarde a cualquier sitio o concierto sin importarle lo más mínimo. 


Hoy, en la época post #Me Too, sabemos de sobra que tachar de loca a una mujer es una estrategia muy habitual para hacerla callar, y la triste realidad es que funciona. En MTV Unplugged 2.0, Hill se presenta «desnuda» ante el público, es decir, sin brillantes y no sexualizada. En los interludios, recurriendo a un tono casi místico, la artista comparte con la audiencia sus revelaciones y preocupaciones sobre el mundo no precisamente maravilloso que habitamos: las injusticias y las opresiones generadas por el capitalismo, el patriarcado, el racismo, etc. Su performance no fue bien entendida y Hill fue ridiculizada y demonizada. Veinte años después del concierto, tres años después del #Me Too, un año después del asesinato de George Floyd y a punto de salir de una pandemia de escala planetaria que arrojó luz sobre todas las distopías de este mundo –a comenzar por la distopía neoliberal–, ya es tiempo de reconocer que Lauryn Hill no era una loca, sino una precursora. Y ya es hora de volver a escuchar de nuevo MTV Unplugged 2.0 desde otra perspectiva y de emplazar este inundante racimo de canciones en el lugar que merece en la música contemporánea 
 

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American Head, The Flaming Lips (2020)

Javi Barcia

 

Los labios flameantes tienen programado para el próximo 22-23 de enero de 2021 en la sala Criterion de su ciudad natal, Oklahoma City, el primer concierto burbuja o anti-COVID de la historia. Tanto los miembros del grupo como el público asistente, 100 personas, estarán metidos en burbujas de plástico individuales, precaución que evitará  cualquier tipo de contagio.

 

Aunque el ensayo de este concierto ya tuvo lugar el mes octubre de este bizarro –por insólito– año 2020, la afición de meterse en burbujas espaciales no es nueva para estos chicos, pues cualquiera que haya asistido en los últimos años a un concierto de los Flaming Lips –actuaciones o, mas bien, espectáculos de singular tono festivo– habrá podido volear junto al resto del público al líder del grupo, Wayne Coyne, embutido en su burbuja de plástico.

 

Los conciertos en su ciudad natal no van a ser los únicos que «celebren» los Flaming Lips, ya que han anunciado gira de su último álbum con este mismo formato. ¿El concierto del futuro?

 

Este último disco, American Head (2020), es la culminación del itinerario experimental iniciado por Flaming Lips en Zaireeka (1997) –una compilación de cuatro discos que podían escucharse separadamente o en grupos de dos, tres y cuatro con múltiples aparatos estéreo– y que continuó de forma mas convencional en su siguiente trabajo, Soft Bulletin (1999), considerado una verdadera obra maestra.

 

Este nuevo tránsito se caracteriza por el dominio absoluto de los sintetizadores, con grandes arreglos orquestales, y por un experimentalismo vehiculado a través de diversos estilos  –el free jazz, el pop-rock y la música sinfónica– que, mediante capas de sonidos y voz, crea ambientes cósmicos con la ciencia ficción como telón de fondo.

 

Pues bien, American Heads es el mejor trabajo realizado desde Soft Bulletin, aunque el combo de Oklahoma llegase a momentos verdaderamente excelsos en discos como Yoshimi Battles the Pink Robots (2002), Embryonic (2009) y The Terror (2013). Este disco, que combina preciosas melodías con las más descarnadas letras autobiográficas escritas por los Flaming Lips hasta la fecha,  puede considerarse una bella cristalización del largo camino emprendido hace veinte años.

 

Las canciones de American Heads describen la inocencia perdida por el consumo de psicotrópicos. Si en el siglo XIX los artistas hicieron uso de sustancias alucinógenas para adentrarse en viajes a través de la mente y buscar estímulo o inspiración para elaborar sus obras –así, De Quincey en sus Confesiones de un fumador de opio, Edgar Allan Poe en sus cuentos de terror o Berlioz en su inspirada Sinfonía Fantástica, entre otros muchos–, desde finales del siglo pasado relatan las nefastas consecuencias de tan arriesgada travesía. Parafraseando al bardo inglés en boca de Hamlet, si la muerte es esa «incógnita región de donde nunca torna el viajero», en el viaje alucinógeno el viajero vuelve para contarlo, aunque no siempre.

 

Ahora el artista, decimos, muchas veces vuelve del viaje alucinógeno para dar cuenta de tan desatinado trayecto. William Burroughs y Aldous Huxley, entre otros, ya nos contaron sus experiencias con el LSD. También es conocida la relación desmedida con el alcohol de escritores como Bukowski, Hemingway y Dylan Thomas. Más recientemente, autoras como Leslie Jamison han testimoniado lo que supuso crecer en un ambiente tan pernicioso.

 

En la cultura pop, el verano del amor está perfectamente representado por grupos como Grateful Dead y The Doors o por «heroínas» como Janis Joplin. Y nuestros héroes también ponen su granito (tal vez deberíamos decir su gramito) para narrar sus experiencias bajo el efecto de las drogas. Autobiográfica, decíamos, pues el propio Steven Drozd, compositor principal de los Lips, luchó contra su adicción a las drogas hasta 2001.

 

No en vano, los Flaming Lips son seguidores confesos de los Pink Floyd de Syd Barrett, y tampoco es casualidad que en 2009 versionearan todos los temas de The Dark Side of the Moon, álbum conceptual realizado bajo el «influjo» de Roger Waters en 1973.

 

Nadie duda de la influencia bajo la que fueron grabados The Piper of the Gates of Dawn, de Pink Floyd, Theirs Satanic Majesties Request, de los Stones, y Sargent Pepper’s Lonely Heart Club Band, de The Beatles, ya que, a estas alturas, nunca mejor dicho, todos sabemos qué hacía «Lucy en los cielos con diamantes», canción de la que los Lips también hicieron una versión acompañados de Miley Cyrus.

 

Curiosamente, este disco es el que más suena a Neil Young, eterno héroe de estos muchachos que rondan los sesenta. Es memorable la versión que hicieron en 1989 de «After the Gold Rush» en un disco homenaje al «padrino del grunge». De hecho, los Flaming Lips comenzaron con un estilo rockero sucio y ruidoso, y pasaron por la psicodelia antes de acabar produciendo música cósmica y melancólica.

 

American Head comienza con «Will you return/When you come down»: un sencillo teclado con la sugerente voz de Wayne envuelta por una voz femenina que se intensifica con los redobles de la batería de acompañamiento. Sí, el grupo, inicialmente configurado como un cuarteto, que siguió como trío, ha ido añadiendo músicos, al igual que otras bandas de pareja madurez –léase Wilco–, hasta engrosar una banda con distintas secciones musicales. Y así, como en un trabajo conceptual al genuino estilo de los setenta, van desgranándose por arte de ensimismamiento las canciones que conforman el disco, sirviendo de puente la misma voz femenina, intensificada por el bajo de Michael Ivins en «Wachtching Bugg Glow».

 

La sorpresa, anunciada, viene con «Flowers Neptune 6», una canción puro Neil Young, con redoble, otra vez, de la batería de acompañamiento. «Dinosaurs On the Mountain» es una bellísima melodía que evoca «Lucy in the Sky with Diamonds», y ahí está dicho todo. Y otra vez, con «At the movies On Quaaludes», se repite la formula, pero sin cansar, como si estuviéramos «emparrados» viendo mariposas y pompas de jabón…  «You and me …me and you…».

 

Con «Mother I’ve taken LSD» llega la confesión a la madre… un canto a la libertad y, por qué no, a la irresponsabilidad, una confesión al ser que nos ha traído al mundo que culminará con la canción más bella del disco, precedida de otras dos, «Brother Eye» y «You n me sellin’ Weed», con las que se crea un ambiente propicio de voces y sintetizadores, con vacas y todo.

 

Y, ahora sí, comparece «Mother Please Don’t be Sad», una canción que comienza al más puro estilo fúnebre de las big bands de New Orleans, con piano y trompeta, y que nos emociona hasta las lágrimas, porque eso es lo que pretende: que lloremos ante el anuncio de nuestra muerte a la misma madre. En «When we Die when we’re High», la canción se alarga con alardes de música orquestal sintetizada por Steven Drozd, auténtico director de la orquesta.

 

«Assasins of Youth» retoma el tono que predomina en todo el álbum, y lo hace con un toque de Neil Young tamizado, cómo no, por los sintetizadores.

 

En «God and the Policeman», Wayne Coyne, acompañado de Kacey Musgraves, nos devuelve al territorio común de los Flaming Lips, con sonido de sirena de policía incluido. American Head, un bello trabajo, finaliza con «My Religion is You», otra preciosidad que canta a la libertad de credo, incluyendo la no religiosa, y que refleja una actitud genuinamente existencialista.

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Entrevista a Mendizábal. La discreción de uno de los grandes

por J. P. Merita

 

Txema Mendizábal (Bilbao, 1975) es un músico vasco afincado en Valencia desde 1994. Tras una prolongada trayectoria en la que actuó y grabó con multitud de músicos y formaciones tanto de Valencia como del resto de España, en 2016 publicó su primer disco en solitario, Golpe de estado (La Viejita Música), y en 2019 vio la luz en el mismo sello su segundo trabajo, Disparo revelador, álbum que cosechó muy buenas críticas y que presentó en una gira de ámbito nacional.

Mendizábal es un músico con una dilatada y amplia experiencia. En 2016 sorprendió a todos e inició una carrera en solitario con su formación, Mendizábal. Sus canciones, permeadas de influencias del pop y del folk y caracterizadas por sus melodías trabajadas, sus muy cuidados arreglos y unas letras en ocasiones cercanas a lo poético, desgranan talento, elegancia y buen gusto a partes iguales.

Además, Txema se confiesa «valenciano vocacional» –es el único miembro de toda su familia que se ha quedado a vivir en Valencia–, y no olvida seguir la clasificación de su Athletic de Bilbao, pero también la del Levante U.D., querencia que se explica por los muchos años que ha vivido entre nosotros.

J. P. Merita: Txema, antes de lanzar tu carrera musical en solitario fuiste uno de los músicos que acompañaban al cantautor valenciano Manolo Tarancón y formaste parte de otros grupos valencianos como Star Trip, Nanga Parbat, Fernando Maés, Perdido y la octubre band y Powderfingers, banda, esta última, de versiones de Neil Young. En estudio, has participado en la grabación de álbumes de Sr. Chinarro, los valencianos Cat Club, Guille Dinnbier, Lauda, Desayuno o Moonflower, y tuviste ocasión de tocar en directo con Nacho Vegas, Wiretree, Nick Garrie o Furious Planet. ¿Con cuáles de todos ellos te gustó más tocar en directo o grabar? ¿Disfrutaste especialmente de algún concierto o grabación?

Txema Mendizábal: Guardo recuerdos y momentos especiales de cada uno de los proyectos en los que he participado y he ido aprendiendo de todas las bandas y músicos que mencionas, pero, por ejemplo, tocar como miembro de la banda de Nacho Vegas en directo fue especial. También disfruto muchísimo cuando toco con amigos de casi toda la vida como Star Trip, Manolo Tarancón o Powderfingers.

J.P.M. Las letras y melodías de tus canciones se perciben muy mimadas y elaboradas. ¿Cuáles son tus influencias musicales y literarias?

T.M. Procuro cuidar mucho las letras de mis canciones, creo que es el vehículo para expresar lo que sentía en momentos importantes en mi vida. Mis principales influencias provienen de autores y músicos con los que he compartido estudio, escenario y/o cervezas. No tengo fetiches a la hora de leer; me río con  Bukowski, me gustan las novelas de José Ángel Mañas y las de la serie Carvalho, de Vázquez Montalbán. Últimamente he disfrutado mucho con Juan Marsé. No soy un devorador de libros en sentido estricto, pero siempre tengo alguno cerca pendiente para leer o por acabar.

 

J.P.M. ¿Qué diferencias podemos encontrar entre tu primer y segundo disco? ¿De cuál estás más satisfecho con el sonido y el resultado?

T.M. Creo que hay dos diferencias fundamentales. La primera es que, obviamente, las canciones están compuestas en momentos diferentes de mi vida y eso afecta a su temática. La segunda es la producción. Durante el primer disco, trabajé con Carlos Soler, que posteriormente sería parte fundamental de mi banda; no sabía muy bien el tipo de sonido que buscaba, ya había grabado con él para otros proyectos y entre los dos hicimos un primer disco del que me siento muy orgulloso. Para el segundo disco quería un sonido más orgánico, que sonara a directo y sin mucho arreglo, y elegí a dos músicos y productores a los que admiraba pero que no conocía, Xema Fuertes y Cayo Bellveser, para grabar en su estudio Río Bravo y creo que di en el clavo.

No pienso decantarme por ninguno de mis dos retoños: estoy plenamente satisfecho tanto de Golpe de estado como de Disparo revelador.

J.P.M. ¿Qué ideas tienes para el futuro? ¿Seguirás con otros proyectos y grupos, además de Mendizábal?

T.M.: Quiero seguir enriqueciéndome tocando con otros músicos y autores. Por ejemplo, estos últimos meses estoy tocando bastante con Ela Vin en un proyecto de Esther Vinuesa que mola mucho. Con respecto a mi proyecto, no sé si sacaré un tercer disco o si iré grabando y mostrando canciones a medida que las vaya componiendo.

J.P.M. ¿Qué discos no pueden faltar en tu casa?

T.M.: Darkness on the edge of town, de Springsteen, Nashville, de Josh Rouse, O, de Damien Rice, Gold, de Ryan Adams, No me iré mañana, de Antonio Vega, Desde que no nos vemos, de Enrique Urquijo o Daiquiri blues, de Quique González, por nombrarte algunos.

J.P.M. ¿Unas cuantas canciones preferidas?

T.M. «Páginas tuyas», de Fabián, «Dos días de tregua», de Manolo Tarancón, «Tal para cual», de José Moreno, «La violencia de las nubes», de Llorente o «Valtari», de Ela Vin.

J.P.M. ¿Qué grupos y discos estás escuchando últimamente?

T.M. Nada nuevo, lamentablemente no escucho mucha música últimamente y, si lo hago, me cuesta hacerle un hueco entre mis escuchas habituales. Siempre me ha fastidiado no ser capaz de detectar un «pelotazo» a primera escucha, me ha pasado pocas veces y estoy seguro de que se me han escapado grandes obras por culpa de esta incapacidad.

J.P.M. ¿Qué conciertos a los que has ido recuerdas con más cariño?

T.M. Todos los de Springsteen y los Stones a los que he ido, uno de Peret que fue una mezcla de concierto y entrevista que le hizo Juan Puchades (impresionante) o uno de MClan al que fui en el año 97 (sus dos primeros discos me parecen magníficos).

J.P.M. Dejaste tu Bilbao natal en 1994 con 19 años para residir en Valencia. ¿Cómo percibiste el contraste entre el problemático País Vasco de aquellos años y Valencia?  ¿Cuál es tu percepción actual al respecto?

T.M. Lógicamente, en Bilbao todos éramos conscientes de la problemática existente por aquel entonces, pero en el día a día no me afectaba de manera directa. Recuerdo que me enfadaba soberanamente que, cuando ya vivía en Valencia, todo el mundo me sacara el tema. Me daba la sensación de que estaban buscando mi posicionamiento para darme su aprobación. Mi percepción actual es que las dos ciudades son parte de mi vida. Pienso que, con sus luces y sus sombras, ambas son maravillosas.

J.P.M. Incidentalmente, Txema comenta el gran contraste que advirtió entre los murales y las pintadas del Bilbao de la década de los 90 y los (para él) sorprendentes grafitis con declaraciones románticas o amorosas del nuevo cauce del río Turia. Por último, la pregunta más reveladora. ¿Qué dirías que es más alto? ¿Un sacapuntas de la República de Togo o un estuche de lápices senegalés?

T.M. En la República de Togo se llama sacapuntas a un artilugio utilizado para afilar troncos. Supera, por tanto, a un estuche de lápices, que es de igual tamaño en Senegal que en L’Horta Nord.

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©Jorge Bellver

 
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The Unraveling, Drive-By Truckers (2019)

 

Javi Barcia

 

 

En su anterior y excelente trabajo, American Band (2016), la banda de rock sureño Drive-By Truckers (D.B.T) se contagiaron del pesimismo generalizado de sus colegas de profesión, sumándose a la larga nómina formada por Green Day, Neil Young, Franz Ferdinand, Will Hoge y Twin Peaks, entre otros grupos y solistas que escribieron unas canciones impregnadas de tintes apocalípticos ante el previsible e inminente triunfo del candidato republicano a la presidencia, Donald Trump. Aquellas composiciones  barruntaban lo que podría llegar después, esto es, el declive del denominado sueño americano –o lo que los D.B.T. llaman utopian dreams– y su irremediable transformación en un escenario de pesadilla caracterizado por un evidente retroceso de los tímidos logros alcanzados por Obama en lo que respecta a los derechos civiles. Un escenario, por otro lado, bien distinto al ideario fundacional de los sesudos padres de la patria americana, léase George Washington, Benjamín Franklin y otros de los firmantes de la Constitución americana de 1.787. Aquel programa basado en el pensamiento ilustrado progresista se adelantó a la modernidad que años más tarde se respiraría, de forma más o menos cruenta, en la vieja Europa, si bien hay que anotar que, en el otro plato de la balanza, campea el puritanismo más recalcitrante y retrógrado, otro de los pilares sobre los que se funda la «cultura» americana.

Remitámonos a los hechos: desde la regresión en la igualdad de género hasta la vuelta al racismo e intolerancia ante la inmigración, desde una patente falta de sensibilidad en materia medioambiental hasta la pasividad ante –y aun el fomento de–  la violación de derechos humanos más elementales mediante la tortura, ello al margen de la  pervivencia de la pena de muerte.

Ahora, en su último trabajo, The Unraveling  (2019), la  pesadilla se ha hecho realidad, y los disipados «sueños utópicos» son descritos como una distopía. D.B.T. contextualizan este panorama en los mundos de William Gibson, aclamado escritor americano de novelas de sci-fi, padre del ciberpunk y creador del término  «ciberespacio».

¿Qué dirán ahora los D.B.T.? Que, con posterioridad a la edición de su último trabajo y en cumplimiento de su profecía, ha emergido una pandemia que nos ha obligado a relacionarnos de forma cibernáutica y virtual, como vislumbró Gibson en sus novelas

Musicalmente, los D.B.T. –de Athens, Georgia, como los REM, aunque sus líderes, Patterson Hoods y Mike Coolney, son originarios de Alabama– han demostrado su enjundia bebiendo de las raíces de rock y blues sureños a través del sonido stoniano, pues los Rolling Stones reinterpretaron el rock americano en su vertiente country pasando por su caleidoscopio la música de Gram Parsons, el padre del country rock, de quién se dice que fue inspirador y estuvo presente en la grabación de la canción «Wild Horses», incluida en el álbum Sticky Fingers, y que grabó con los Flying Burrito Brothers antes que con los Rolling Stones. Gram Parsons, que había compartido apartamento con Keith Richards, se trasladó en el verano de 1971 a Ville Necôlte, mansión ubicada en la Riviera francesa donde la banda británica estaba grabando su siguiente álbum, Exile on Main Street, probablemente su mejor disco y que, evidentemente, está influido por Parsons.

Pero no solo hay influencia de los Stones en estos auténticos héroes del rock sureño. No por casualidad, la obra maestra de D.B.T es una ópera rock, Southern rock opera (2001) cuyo leitmotiv es la vida de los Lynyrd Skynyrd (pronúnciese Len-erd Sken-erd), de los que D.T.B. son acérrimos seguidores. Cabe, además, hacer referencia al ascendiente que sobre ellos ha ejercido la música de The Replacements, The Allman Brothers Band, The Faces, REM y otras lumbreras del rock.

El disco comienza con una balada country protagonizada por un piano y acompañada por violines escrita por Patterson Hood, «Rosemary with a bible and a gun», cuya protagonista parece sacada de un relato de Flannery O’Connor.

Patterson Hood es coautor de las canciones y colíder de la banda junto a Mike Cooley, si bien siete de las nueve canciones compuestas en este álbum corren a cargo del propio Patterson y su partner asume un muy discreto papel. Este hecho, junto a un evidente cambio de estilo (¿de rumbo?), podría presagiar el inicio de la carrera en solitario de Patterson.

«Armageddon’s back in town» es una canción, más bien la única, que nos resitúa en el sonido rockero de los D.B.T., una pieza ejecutada de forma prístina –resultado de la depuración de toda suciedad– con grandilocuentes arreglos de teclado y una espectacular instrumentación a modo de coda final.

En «Thought and Prayers», Patterson nos recuerda que los D.B.T. también beben de las fuentes del llamado «alto country», pues por algo amamantaron como Loba capitolina a Jason Isbel, quien engrosó las filas de la banda en tres de sus trabajos antes de iniciar su imparable carrera en solitario. En «21st Century Usa», Patterson se muta en el mejor Neil Young para contarnos una historia fronteriza y pesimista de un mundo cada vez mas consumista y desnaturalizado, si bien el texto deja entrever un tenue atisbo de esperanza.

De las dos canciones que firma Mike Cooley, «Grievance Merchants» nos devuelve al más genuino estilo DBT, tamizado, no obstante, por la languidez, dado que su letra está permeada por el pesimismo y la desesperanza.

En general, el último álbum de los D.B.T. transmite la frustración por los  sueños rotos y la desesperanza ante una cultura declinante. Títulos como «Heroin again» y «Babies in cages» no dejan mucha cabida al optimismo y confirman que The Unraveling  es el trabajo más oscuro realizado por la banda hasta la fecha. Este veterano grupo sigue, en cualquier caso, produciendo buena música. Deseamos que este último disco no sea su canto de cisne y esperamos que nos deleiten con nuevas historias en tiempos más prometedores.

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