Hibridaciones

Collages y poemas de José Luis Jover


                         Collages

 

 

 

Un collage es un poema

 

La poesía, el poema, el acto de escribir un poema se parece mucho al de componer un collage. Así, durante el proceso de escritura de un poema, mientras buscas las palabras, a menudo encuentras otras que no buscabas –o que no sabías que buscabas– y que quizá guardan un tesoro. Por eso el poema es azaroso, porque mitad lo buscas y mitad lo encuentras. Con el collage sucede lo mismo.


Además, los dos son engañosos. Cuando escribes un poema o compones un collage, hay un momento en que crees entrever lo que andas buscando, hueles la presa, estás a punto de cazarla... Y de pronto se esfuma. Ya no hay poema, ya no hay collage.


Asimismo, tanto uno como otro tienden a la concisión, o así lo creo yo, pues soy de la opinión de que siempre sobra algo. Me adhiero, pues, al enunciado de Joan Brossa: «Se trata de dar lo máximo con lo mínimo».


Borges, en sus últimos días, dictó que «escribir un poema es ensayar una magia menor». Creo que componer un collage es lo mismo.


J. L. J.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poesía

 

MIRAR Y NO VERSE

O LA POESÍA SECRETA DE JOSÉ LUIS JOVER

Ángel Luis Luján Atienza

 

José Luis Jover anda camino de convertirse en uno de esos poetas clandestinos de los que no hablan las historias de la literatura ni las antologías, de los que no se citan en los tabernáculos de la Universidad y la crítica, o se hace en voz baja, así como entre dientes, pero que un buen día un lector despistado de tales cantos de sirena (y por ello auténtico) encuentra en su camino, lee y se ve así enfrentado a la poesía en autenticidad, entre sorprendido y maravillado, dichoso portador de un secreto.

A esta sensación de secreto contribuye no poco la parsimonia en la publicación, lo breve de la producción y lo lejana que va quedando la última entrega poética de nuestro autor: Solo tienes que pensarlo, de 1997. Desde entonces un silencio absoluto se cierne sobre la persona lírica de José Luis Jover, si exceptuamos los textos que acompañan a algunos de sus collages, que andan a caballo entre el poema en prosa y el micro-relato, o no andan en ninguna cabalgadura y son simplemente lo que son: diálogo verbal con la imagen. Por eso, lo más seguro para referirnos a su poesía es acudir a La cara que a mí me ven (2001), volumen de decantación, que aparece como antología de autor pero que es en realidad una puesta al día de la obra, no tanto en el sentido de corregir textos (que no lo ha hecho) sino en el sentido de ordenar lo escrito en continuidad para hacer entrar toda la creación en un orden nuevo. Bien es verdad que los poemas recogidos aquí se centran principalmente en la etapa que arranca desde A esta baraja le faltan corazones (1993), poniendo así cierta distancia con la etapa anterior, cuyo último libro sería Retrato del autor, de 1982; esto es 11 años de pausa que justifican un corte también estético, aunque no muy pronunciado. Que dicha antología se plantee como esbozo de la obra total se debe a la profunda coherencia que caracteriza a toda la poesía de Jover, a pesar de esas matizaciones epocales que afectan más al tono que a la esencia del poetizar.
 
La poesía de Jover, desde su primer gran libro, En el grabado (1979), se había caracterizado por la tendencia a lo mínimo, lo concentrado y fragmentario, pero la actual renuncia a la palabra se puede decir que constituye el resultado (¿final? ¿necesario?) en que desemboca un movimiento, el de su creación, que progresivamente ha ido adelgazando el poema hasta quedar a veces en pinceladas verbales impresionistas o gnómicas. Se trata de una poética que debía fatalmente abocar al silencio, al que siempre ha estado rozando y seduciendo desde que se inició. Algo de ello explica igualmente la vocación ecfrástica de esta poesía desde sus inicios; los títulos En el grabado, Lección de música (basado en varios cuadros de Veermer), Paisaje o Retrato del autor son inequívocos. El conflicto entre imagen y palabra, o cómo la palabra se hace imagen, cómo la palabra se convierte en una manera de mirar o ser mirado ha desembocado en la práctica del collage.
 
No se puede abordar la creación de Jover más que partiendo de una paradoja: la poesía está hecha por todo aquello que la niega, por todo lo que huye al sentido. A partir de esta declaración de ausencia de fundamentos podemos empezar a construir una crítica sobre ella de la misma manera que se escribe la propia poesía: en el aire. José Luis Jover ha sabido desde siempre tomarse a broma (y de manera corrosiva en ocasiones) el oficio de poeta, que otros se toman tan a pecho, y de ahí la serie «Poéticas» de A esta baraja le faltan corazones. Ello hace que, de manera coherente, el verso de Jover suene al sorprendido lector como poco poético. Y ahí comienzan las matizaciones. La poesía de Jover es, desde luego, poco «lírica» o poco «poética» en el sentido que se le atribuye tradicionalmente al término (como embellecimiento del lenguaje), porque la poesía que él busca tiene otra forma y otra función. Se trata de una poesía conceptual (que no intelectual) pero que no renuncia en ningún momento a la sugerencia. Es una experiencia lingüística que parte de la aporía de tener que hablar con el mismo lenguaje que quiere negar, lo cual sugiere la realidad de la nada, la presencia del hueco del sentido. Se trata de una poesía que tiene una gran conciencia de sí misma como medio artificial y artificioso, por lo que anda siempre vuelta hacia la autoironía y la disolución propia. Este giro metapoético, sintomático de las estéticas modernas y postmodernas, denuncia en Jover el hecho de que la poesía solo pueda hablar de sí misma, hecha objeto narcisista de su propio discurso.
 
A partir de ahí la experiencia del poema es, como quería Eliot, una experiencia del lenguaje y más allá de la sensibilidad vacía. En su concreción y espacio reducido los poemas acuden a varios expedientes: la expresión sentenciosa, la salida de tono, la sorpresa final, el pastiche, la parodia, el absurdo, la pasmosa objetividad que es engaño a los ojos, esto es: toda una serie de técnicas de desestabilización del lenguaje y del sentido.
 
La poesía de José Luis Jover establece un diálogo con todo ese mundo de formas mínimas que vienen dominando la modernidad poética y que parten de la insistencia en el fragmento, visto este como una totalidad que niega y absorbe a la vez lo exterior. Formas como el haiku, de las cuales esta poesía parece a veces una subversión, se mezclan con un tipo de poesía a punto de diluirse en la sutilidad de la línea imperceptible a la manera de Mallarmé: «Salta / del agua del río / un pez. / Del ojo del pez salta / una lágrima. / Dibújalo / en el aire». Pero tales afirmaciones encuentran su propia parodia en la obra misma de Jover como muestra este evidente juego burlesco sobre la experiencia mallarmeana del papel en blanco: «Papel vacío que lo blanco defiende. / ¿Lo blanco defiende el vacío papel? / ¿El papel vacío defiende lo blanco?». Toda poesía, finalmente, cae en su propia trampa, porque no se puede decir la nada, y el hecho mismo de sugerirla la llena de cosas, aunque sean interrogantes.
 
Como en toda la poesía verdaderamente moderna, el problema central al que se enfrenta Jover es el de la representación de la realidad a través de la palabra poética, es más: de la problematización de la realidad a partir de la experiencia poética. Si para los clásicos, la poesía era mímesis de una realidad anterior (física o mental) ahora la poesía engendra su propio reflejo sin tener nada debajo en lo que apoyarse, copiar o reflejar. La poesía no como espejo sino como espejismo.
 
Ocurre por ello que el verso está transitado de citas de poemas anteriores. Nunca una poesía ha sido tan consciente de resultar reescritura, de situar la tradición, más que como un horizonte que superar, como un entramado de citas del que es imposible salir si no es mediante su propia subversión, de ahí el continuo juego al pastiche y el travestismo, como en la versión escatológica de un soneto de Villamediana que aparece en A esta baraja le faltan corazones. Esta subversión es a la vez lucidez y espíritu lúdico, y remeda el propio movimiento de la tradición de estar buscándose por múltiples mensajes y medios. Jover pone así de manifiesto lo movible de toda tradición, y la paradoja en que se funda: la tradición crece alimentándose de su propia negación.
   
Es de destacar, por ejemplo, la subversión de la fábula que practica nuestro autor. El famoso texto de Samaniego sobre las moscas y la miel se convierte en Jover en el siguiente
 
«Poema objetivo»


A la tira engomada
que colgaba del techo
acudían las moscas
y al posarse quedaban
por las patas pegadas
y al libar les pasaba
con la trompa lo mismo
y se iban muriendo.
 
Jover mezcla aquí dos tradiciones, por una parte está esa poesía concreta de lo inmediato cotidiano, propia del realismo sucio, y por otra el recuerdo infantil de la fábula con toda su carga aleccionadora. Es en el choque feroz de estas dos influencias contrapuestas donde se produce el sentido o se desenmascara el sinsentido. Los textos, a pesar de su envoltura, remiten a mundos ajenos, sin moraleja y sin referentes.
 
Este ejemplo fabulístico nos pone ante otra característica central de la poesía que nos ocupa: su función de destrozar cualquier tópico, lugar común o convención. Para ello el autor acude, como hemos visto, al diálogo imposible de dos textos en una convivencia quimérica, lo cual tiene continuidad en la técnica del collage que desarrolla en lo plástico y que ha constituido gran parte de su poesía, hecha de fragmentos incongruentes, de asociaciones inesperadas, de diálogos sin interlocutores y absurdos.
 
La enseñanza es que el lenguaje solo puede hablar de sí mismo, aunque cree la ilusión de que habla de otra cosa: la poesía únicamente puede decirse a sí misma. Los poemas que parecen enunciar algo en realidad nos sumergen en el abismo de sí mismos, nos llevan a un infinito sin remisión, a un hueco, una aporía: «Ser un pingüino / que se protege / debajo del faldón / de otro pingüino». Es además una poesía en la que los planos se confunden, lo real y lo simbólico aparecen en un mismo espacio de representación, con lo que se duplica también el ser enunciador, que aparece a la vez como sujeto y objeto del poema: «Mira aquella casa en ruinas / hace tiempo deshabitada. / Esa casa eres tú. / Acércate a la puerta, / que te saque una fotografía».
 
Con ello desembocamos en el otro de los temas fundamentales de Jover: el de la identidad y la imposible perspectiva que tendría uno mismo visto desde fuera, como indica el título de la antología La cara que a mí me ven. El deseo de ser a la vez mirada y cosa mirada, ser visión en los dos sentidos de la palabra. Ello enlaza con el tema de la muerte, que aunque sin estridencias, también aparece en estos poemas; está presente en esos espacios vacíos, y esas arquitecturas fantasmales, en el eco que hace la soledad del poema, y en los diversos poemas de mutilaciones. La poesía se convierte realmente en el espacio de la muerte: en la escritura alguien muere para mirarse muerto y uno puede ver su propio entierro, como nos recuerda Jover en un poema, haciendo suyo ese tema romántico por excelencia.
 
Tal juego con las identidades es deudor de la poesía de Pessoa y su anhelo de serlo todo de todas las maneras. Si la poesía nos permite ser aquello que nunca seremos, es entonces una especie de desapego de uno mismo y un instrumento de despersonalización. Jover busca así el repliegue, el dejar de ser, el acercarse a la nada.
 
En cuanto al aspecto externo de su presentación en la página se trata de una poesía proteica. En ella asistimos a una continua metamorfosis de la forma: tenemos el acostumbrado poema en verso, el poema en prosa, la prosa separada por barras (como si fuera la cita de otro poema), la disposición de los versos en escalera, o la burla con la rima. Como el sentido, la forma se está siempre convirtiendo en otra cosa, reinventándose.
 
«Escribir un poema es ensayar una magia menor». Lo dejó escrito Borges en Los conjurados y José Luis Jover ha hecho suyo este lema, o mejor dicho y de manera más borgiana: la poesía de Jover ha ejemplificado desde su inicio este aforismo del Borges último y eterno. Donde la palabra toca sus límites y se desliza por su propia materialidad se abre el reino del secreto y del misterio, se atisba el reverso de lo expresable. La poesía, como los espejos mágicos, devuelve su propia imagen invertida y es, también como ellos, umbral hacia eso otro que pudiera ser y no puede acabar de decirse.
 
Confieso, tocando ya el final, que estuve a punto de hacer un chiste en el título y escribir «la policía secreta de José Luis Jover», con tachadura a la manera de Nicanor Parra. Hubiera sido demasiado fácil, en el sentido peor del término, pero hubiera reflejado a la perfección por un lado la omnipresente matriz intertextual de los versos de Jover y a la vez el lado más lúdico y juguetón de una poesía que está siempre en la delgada línea del ingenio, sin caer nunca en lo ingenioso, pozo en que han sucumbido tantos buenos ingenios. Curioso (en verdad) lector, mírate en ella y calla lo que ves.

 

 ONCE POEMAS  PROCLIVES

José Luis Jover

«Tatuado en la planta del pie» 


Que estás en este muelle
es todo cuanto sabes
después de saber tanto
pues ni siquiera sabes
si ha de pasar un barco
no sabe cuándo nadie
ni acaso nadie sepa
si no ha pasado ya.

«Soñaste que morías»


Soñaste que morías
y entrabas en la nada.
Y la nada no era
el espacio vacío
donde la luz dejara
su recuerdo el blanco,
sino un bloque de mármol
del color de la noche
y el tamaño de Dios.

«La sombra»


En la pared la sombra.
Si me acerco se aleja.
Me quedo quieto
y a esa distancia
me duermo de pie.

«Juego de manos» 


En la serrería de su padre una sierra le corto una mano siendo niño. Sin decírselo a nadie, el padre embalsamó la mano y la conservó guardada. Muchos años después, ahora, el hijo ha hallado una caja que contiene aquella mano pequeña. Coge esa mano, la tiene en su mano, la está mirando.

«Ansiedad»


Una ardilla ascendiendo
por el árbol sin fin
de mi respiración.

«Estribillo para Estrella» 


Porque lo vio tan triste,
una estrella de mar
fue nadando hasta el cielo
de la boca de un pez
para hacerle cosquillas
en el paladar.

«Ese espacio metafórico»

 

Hasta esas pequeñas
últimas raíces
del tronco del dolor
descienden y se instalan poblaciones
de mariposas negras.

«Al anochecer» 


Al anochecer, en los parques ya sin nadie del otoño avanzado, a veces, en su deambular, se acerca hasta la débil luz de una farola, envuelto en su vieja gabardina, el amistoso fantasma, triste y feo, de la melancolía.

«Moscas» 

 

A la tira engomada
que colgaba del techo
acudían las moscas
y al posarse quedaban
por las patas pegadas
y al libar les pasaba
con la trompa lo mismo
y se iban muriendo.
(Un poema objetivo)

 

 

 

 

 

«Sugería Canetti»


Puede que Dios no duerma
sino que esté escondido
del miedo que le damos.
¿Sugería Canetti
–o imagina el poema–
un Dios muerto de miedo?

«Finge el poema» 


¿Poseer el recuerdo
de un recuerdo robado?
¿Acaso la memoria
construye dobles fondos?
¿O quizá simplemente
es que te guardas, mago,
recuerdos más allá
de la visible manga?
¿Dónde estaba el poema?

 

 

 

 

 


 

Medianoche americana, José Luis Jover, 2003

Autorretrato de acordeonista, José Luis Jover, 2004

In the still of the night, José Luis Jover, 2005

Homenaje a Nabokov, José Luis Jover, 2006

Levantando el vuelo, José Luis Jover, 2008

Electrocinemascopio, José Luis Jover, 2010

Alborozo, José Luis Jover, 2012

El hidrogeómetra, José Luis Jover, 2013

Seminaristas de Vic cruzando un paso de cebra (en memoria de Julio Moisés), José Luis Jover, 2014

Fly me to the moon, José Luis Jover, 2017

 
 
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