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Déjà vu:

las críticas de Oscar Peyrou

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La dignidad del silencio

Teniendo en cuenta que este es el último Déjà Vu, llevare el método hasta sus ultimas consecuencias.

Si hasta ahora demostraba que se podia criticar una pelicula sin verla, ahora propongo el sistemas mas intimo, revolucionario  y confiable: reflexionar sobre el film sin emitir juicio, para que este no este condicionado por la propaganda, la hiperbole o el qué diran.

Es decir, el silencio.: vemos o no la obra y nos guardamos nuestra opinión: la dignidad del silencio.

En busca del Oscar 

En este caso, el cartel refleja con cierta perfección el sentido último de la película En busca del Oscar, dirigida por Octavio Guerra y protagonizada por Oscar Peyrou.


Una cara agradable de asesino o de agente secreto o de imbécil, con unos anteojos de sol que favorecen el misterio. Esta cara se repite varias veces, como rotando sobre si misma pero sin hacerlo. El gesto serio, incluso adusto,  sugiere  una personalidad solitaria, profunda, rica  y  compleja o un ser superficial, anodino o algo presumido que, sin haber llegado a  nada, cree poder elevarse por encima del resto.  ¿Un charlatán algo soberbio o un modesto artista de la palabra? ¿Alguien infiere alguna  inteligencia en estos rasgos, alguna sensibilidad? ¿Algo perverso se esconde la piel? Una historia violenta sugiere la cicatriz que casi no se ve en la esquina izquierda  de la boca. Debajo de los cristales verdes puede haber un mundo de fantasía y dolor o absolutamente nada. Un vacío que puede llenar o no la imaginación del espectador. No tiene marcas o arrugas excesivas que permitan adivinar un pasado tormentoso o, siquiera, intenso. La calumnia o la alabanza, si existieron,  no han dejado rastros. En realidad, podría ser el jefe de la planta de oportunidades de un gran almacén. Sin embargo, hay algo inquietante en este rostro que  únicamente se repite un número indeterminado de veces. Tal vez sea precisamente eso. Es una cantidad indescifrable pero no infinita, como la que producen dos espejos paralelos, con un sentido incierto, difícil o imposible de descubrir. El hombre de la foto parece tranquilo y silencioso, pero puede haber una tensión en esa calma. 


La última imagen de la derecha, casi oculta,  no permite ver prácticamente nada y tal vez por eso, es fundamental. La más importante, inquietante, oscura y reveladora a la vez. ¿Para qué fue colocada si apenas se ve? Esa falta de objeto, esa gratuidad  es lo que produce zozobra. Aunque tal vez, ese hecho obedezca a un desesperado afán de verosimilitud, a mostrarnos que no es simplemente un diseño gráfico, sino un dato significativo. Que esas caras, ni una más, ni una menos, son diferentes versiones de una misma cara, igual y distinta, y pertenecen a alguien que a veces es muchos y a veces es uno,  como una sola fotografía de la que nada se puede decir con certeza, un pálido o luminoso rostro perdido,  entrevisto entre la niebla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Madres paralelas o el oportunismo geométrico


En su nuevo filme, Pedro Almodóvar, el Cukor de Calzada de Calatrava, continúa su viaje oportunista en el mundo del cine.


Aclaro que mi reseña no se basará esta vez ni en el cartel de la película ni en la prosodia del título o del nombre de sus protagonistas, sino en las propias declaraciones del peligroso y revolucionario Bambi manchego.


Un análisis detenido de sus declaraciones lo muestran tan superficial y vanidoso como siempre –full of himself, como se suele decirse–.


El realizador afirma con arriesgada rotundidad que no le gusta el cine político, lo cual es incongruente no solo con el contenido de su recién estrenada película –que trata de un modo tópico el dramático caso de las fosas perdidas de los asesinados durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo– o con el de su entera filmografía, sino con todo el cine –que, desde Walt Disney hasta Chaplin, es esencialmente político–.


Además, se presenta a sí mismo como una especie de iconoclasta, o revolucionario de las costumbres, cuando en realidad repite los comentarios de moda como si fueran dardos venenosos. Llega a decir que Rajoy, expresidente del Gobierno, va a quedar retratado para la historia porque en su película se recuerda un comentario despectivo que el mandatario del PP hizo sobre las fosas comunes.


Otra de sus más originales y profundas reflexiones es que el hombre nunca va a entender la maternidad.


En cuanto al título de la película, nadie espera que el hijo pródigo de Calzada de Calatrava haya estudiado geometría, pero las madres de las que habla, cosificadas como líneas que jamás pueden cruzarse, nunca se van a encontrar.

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El agente topo

por Oscar Peyrou

 

 

 

 

 

 

En el  caso de El agente topo, de la chilena Maite Alberdi,  no me  fijé en el cartel para hacer la crítica, sino solo en la prosodia del título y en una pequeña sinopsis del filme.

Siempre es mejor ir a ver una película sin saber nada de ella para no sufrir desilusiones, y más aún si uno va a hacer la crítica sin verla.

De esta forma, el crítico va descubriendo poco a poco –a través de la intuición o la creatividad–  la magnitud de la historia.

Al parecer, la cinta se inicia como una comedia de espías muy agradable que pronto descubre su verdadero ser. En consecuencia, no es un documental que parece una ficción, sino una ficción que parece un documental.

A través de varios relatos, la verdadera historia que se desea contar es la de la vida que les queda a los ancianos que viven en un geriátrico. Para averiguar si tratan bien a su padre, una hija infiltra en el lugar a una especie de agente de edad provecta para que pase desapercibido. Lo interesante sería que este infiltrado lo haga tan bien que acabe formando parte del grupo de análisis.

La comedia y el drama se alternan –o deberían hacerlo– en un proyecto de estas características, en el que un final funesto es obligatorio o previsible.

La idea es buena y original, pero el peligro es mantener una tensión sin altibajos, lo que no sé si se logra.

En el mundo del documental de ficción no siempre es fácil generar una propuesta visual y artística potente que no se fundamente únicamente en la recolección del material que el realizador tiene entre manos.

Por esta razón, Maite Alberdi parece haber  intentado  componer una cinta cuyo montaje parece combinar la realidad con la ficción.

 

 

 

Una película rusa

​por Oscar Peyrou

Es curioso que de la mejor película que vi en mi vida no recuerde ni el título ni su director ni, menos aún, sus intérpretes. Es como si no la hubiera visto. Solo recuerdo su argumento, que la vi en Ginebra hace muchos años y que era rusa.


La cinta cuenta la historia de un chico de unos 20 años que vive en una de esas pequeñas ciudades tristes del interior del país sembrada de casas de apartamentos baratas y un poco sórdidas, construidas en la época soviética. Puede ser que la historia transcurra en ese periodo.

Al chico nadie le hace caso; incluso sus escasos amigos lo ignoran. Un día, desalentado, y por decir algo, comenta que le gustaría abandonar la ciudad. Esas simples palabras despiertan el interés de los otros.

Con sorpresa, incredulidad y entusiasmo descubre que, gracias a esas simples palabras dichas al azar, se convierte en el centro de atención de ellos. Lentamente, a lo largo de los días, va perfeccionando la historia: el deseo se transforma en un hecho. Se va a ir; luego se va a ir a casa de unos familiares; luego a casa de unos familiares que viven cerca de Siberia. Todo es falso. Su prestigio aumenta geométricamente. Ya no solo lo admiran sus amigos; los vecinos corren la voz. Con sorpresa y, tal vez, envidia, todos comentan el acontecimiento y organizan una fiesta de despedida. Entre vasos de vodka, música, risas y felicitaciones, el chico es ya el héroe de la pequeña ciudad.

Al día siguiente, le compran un billete y lo acompañan hasta el autobús.

La última escena muestra cómo cara del chico va perdiendo la sonrisa de orgullo y de felicidad a medida que el vehículo se aleja porque comprende que viaja hacia la nada.

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Dolor y gloria

por Oscar Peyrou

 

Dolor y gloria, cinta que merecería llamarse Molestia y popularidad, es una película  escrita y dirigida por Pedro Almodóvar y protagonizada por Antonio Banderas, Asier Etxeandia, Leonardo Sbaraglia, Nora Navas y Julieta Serrano que cuenta con la colaboración especial de Penélope Cruz.

Según el texto de la sinopsis oficial, Salvador Mallo –personaje interpretado por Antonio Banderas– es un aclamado director de cine en horas bajas.​ Sus recuerdos lo llevan a regresar al escenario de su infancia, vivida en los años 60 en el pueblo valenciano de Paterna junto a sus padres, para evocar sus primeros amores, su primer deseo y la figura de la madre y para tomar conciencia de su finitud, así como para traer al presente el primer amor adulto que tuvo ya en el Madrid de los 80 y el dolor asociado a la ruptura de esta relación cuando todavía estaba viva y palpitante. En su regreso a Paterna, Mallo también reflexiona sobre la escritura como única terapia para olvidar lo inolvidable, el temprano descubrimiento del cine y el vacío ante la imposibilidad de seguir rodando.

Pedro Almodóvar confirmó que el punto de partida de la escritura del guion de Dolor y gloria es su propia vida; su último filme es, por tanto, una autoficción.

El director manchego se caracteriza por sobrevalorarse. Por ello, «dolor» y «gloria» nos parecen sustantivos exagerados referidos a su persona, especialmente el segundo. En cuanto al presunto vacío que impide rodar al protagonista, creemos que no es más que un coqueteo mediante el cual el director pretende, sin éxito, teñir de trascendencia su último trabajo.

En el centro del cartel destaca, con grandes letras azules, el nombre de la película. Sobre un fondo blanco, el título está rodeado de fotos de los personajes en diversas situaciones independientes, lo que imprime un carácter fragmentario y un poco caótico al afiche,  que no destaca por su originalidad ni su belleza. Más bien sugiere una obra plana, sin profundidad ni excesivo interés sobre un director algo ególatra, hiperbólico y presumido.

El rodaje tuvo lugar a lo largo de 44 días entre Madrid y la Comunidad Valenciana durante los meses de agosto y septiembre de 2018, tal y como el productor, Agustín Almodóvar, comunicó a través de su perfil de Twitter el 15 de septiembre. Al igual que en trabajos anteriores del cineasta manchego, Alberto Iglesias es el compositor de la banda sonora original de la película.

 

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